En el habla de la gente, en las calles, y no en los circuitos académicos o literarios, es donde la lengua sigue “creciendo, traficándose e inventándose”, analizó el escritor en una entrevista con LA CAPITAL, en la cual también habló de poesía, cine, talleres de escritura y su último libro de relatos.
Por Félix Lencinas y Rocío Ibarlucía
Fabián Casas no cree en las obras cerradas ni entiende la literatura como un territorio controlable. Para escribir –dice– hay que salirse de la literatura, correrse, perder estabilidad. Prefiere los bordes, los desvíos, los textos que no terminan de encajar. Esa poética atraviesa “Una serie de relatos desafortunados”, el libro que recupera textos descartados o inconclusos, escritos en distintos momentos de su vida y ahora reunidos en una antología que asume el error y la duda como potencia creativa.
Publicado originalmente en 2020 por Eloísa Cartonera, este libro de relatos fue reeditado por Emecé en 2025 con un prólogo y dos cuentos adicionales. Entre esos nuevos textos aparece “La cárcel”, escrito mientras Casas guionaba junto a Luis Ortega y Rodolfo Palacios la aclamada película “El jockey”. “En un momento nos quedamos bloqueados y, para destrabar ese bloqueo, escribía relatos”, contó el autor a LA CAPITAL. También guionista del filme “Jauja”, dirigido por Lisandro Alonso y protagonizado por Viggo Mortensen, Casas destacó que “lo que más me gusta de escribir guiones es laburar de manera colectiva”.
Esa misma lógica comunitaria es la que encuentra hoy en Nómade, los talleres de escritura que dicta, una de las prácticas que más satisfacción le generan. “Es lo que más me gusta hacer ahora. Las personas que van al taller son muy estimulantes y muy humildes. Una persona vanidosa te puede destruir un taller. Al taller vas a escuchar, precisamente, al que dice cosas diferentes”, afirmó. En sus espacios formativos conviven edades y oficios diversos y, gracias a esa heterogeneidad, “todos vamos aprendiendo y desaprendiendo, y también construyendo”.
Antes de su presentación en el festival literario MarPlaneta el pasado martes, Casas habló con LA CAPITAL de este regreso a sus propios restos de escritura y su rechazo a la originalidad como mandato. El autor de novelas como “Ocio” y “Titanes del coco”, además, resaltó que su material para la escritura, su musa literaria, está en escuchar la lengua viva de la gente en los mercados, en la calle, en la vida cotidiana, más que en congresos académicos o círculos de escritores.
—Los relatos reunidos en tu último libro fueron descartados en el pasado. ¿Qué es lo que cambió de tu mirada sobre ellos para decidirte publicarlos?
—Lo que pasó fue que, durante la pandemia, un amigo me pidió un texto. Yo no soy un escritor muy prolífico, no escribo mucho, por eso le dije que no tenía ninguno, pero lo que me pagaba era como dos expensas juntas. Y era pandemia. Así que abrí un lugar donde tengo textos que fui escribiendo, que van quedando siempre afuera de los libros, o que quizás en otro momento los retomo. Y ahí encontré uno que se lo di a mi amigo y me lo publicó.
Después, me di cuenta que puede ser que lo que para mí no tiene valor como para publicar para otros sí, es decir, es algo que no depende solamente de mí. Porque nunca sabés cómo vas a ser percibido. Uno se viste con ropa pensando que podés controlar cómo vas a ser percibido y en realidad no podés controlarlo. Vos pensás que sos David Bowie y la gente dice “sos un tarado” o al revés, pensás que sos horrible y la gente dice “me enamoré de vos”.
Entonces, decidí publicar varios de esos textos juntos y escribí un prólogo para unificarlos. Y lo escribí cuando estaba viendo con mis hijos en ese momento “Una serie de eventos desafortunados”, vimos la serie y después la película. Y me gustó ese juego. Muchos títulos de mis libros tienen el nombre de una banda de rock. En este caso, jugué un poco con esa película y así fui armando los textos. Me gustaba opinar por qué me parecía que no funcionaban.
—¿Por qué no funcionaban? ¿Por qué son “desafortunados” o qué hace que un relato sea “desafortunado”?
—Cada uno tiene algo en particular. En algunos pensaba que quería plasmar determinada voz y sentía que no lo había logrado. Por ejemplo, en el cuento “El resplandor”, que va con la novia a un casamiento. Mi novia de ese momento se enojó cuando lo leyó y lo borró de mi computadora. Como yo siempre escribo a mano, lo seguí conservando, pero cambié el título para no molestar, porque tampoco me gusta molestar a la gente con lo que escribo. Igual no lo podés evitar, se ofende todo el mundo, siempre ofendés a la gente. Y me acuerdo que en ese momento pensaba que el narrador era muy petulante. También estaba bueno mostrar que es lo que es, que no hay que tomarse tan en serio lo que vos mismo escribís. Y reírte de las cosas que están buenas y las cosas que no funcan, o sea, correrte de la idea de armar una obra cerrada y controlarla. Por ejemplo, con la novela “Titanes del coco” siempre tuve, y la editorial también, un montón de dudas. Para mí es una novela que no está terminada tampoco, no se sabe bien para dónde va. Pero realmente me gusta todo lo que no está de alguna manera terminado.
“Una serie de relatos desafortunados” , la edición aumentada publicada en 2025 por Emecé.
—En “Titanes del coco” se ve esto que retomás algunas ideas que empezaron en relatos, como la escena de la boda. ¿Qué es lo que cambia o qué es lo que decidís cambiar?
—“Titanes del coco” era en un momento cuatro novelas separadas: una novela sobre el poeta peruano Javier Heraud; una novela sobre el diario donde había trabajado; una novela sobre un preceptor demoníaco que tuve; y otra novela sobre un amigo con el que nos trepábamos a los techos. Durante el largo tiempo de ocho años, yo tuve cuatro relatos separados. Y la gente de Planeta y Meme Güiraldes, mi editora, que siempre fueron geniales conmigo, en un momento me dijeron “tenés que entregarlo”. Me lo dijeron cuando yo estaba en Suiza en un encuentro de poesía, me comí un embole descomunal. Ahí me di cuenta que podía mezclar todos los relatos, estructurarlos como una novela y que no necesariamente tenían que encajar. Si la ves, no encaja mucho. De hecho, la editorial pidió una lectura del manuscrito y la chica que lo leyó desaconsejó la edición porque decía que no encajaban los relatos. A mí me gusta igual la malformación que tiene.
—¿Publicar textos inconclusos, malformados, se puede pensar como una forma de resistir a una manera de hacer literatura que dé conclusiones, discursos cerrados, certezas?
—Recién Diego Sztulwark dijo “yo no soy un escritor”. Seguramente él debe ser el que mejor escribe de todos (N. d. R.: en referencia a lo dicho por el escritor en la conferencia de prensa del festival MarPlaneta, cuya crónica puede leerse acá). Y, para mí, para poder escribir, tenés que salir de la literatura. O sea, si te pensás dentro de la literatura, no podés escribir. Me dan ganas de leerlo, porque precisamente se planta fuera de la literatura. Para poder hacer filosofía tenés que salir de la filosofía. Si querés pensar, tenés que correrte, o entrar y salir. De la pareja tenés que entrar y salir. De la familia tenés que entrar y salir. Del esoterismo tenés que entrar y salir; si no, terminás en una secta suicidado. Del surrealismo tenés que entrar y salir, porque si no se convierte en algo que se falsea y ya no tiene funcionalidad. Los grandes escritores son los que precisamente entraron al surrealismo, le sacaron la potencia y la desarrollaron en otras estructuras. Me parece que está bueno eso de perder un poco la forma humana, correrte. Estamos viviendo una época que también como tiene cosas malas, tiene cosas geniales. Que una persona puede ser un perro a la mañana, una mujer a la tarde, y a la noche un hombre, y después un pájaro, me encanta a mí. Antes, en mi crianza, era todo binario, hombre-mujer, eso es antifluidez y me parece malísimo. Y para escribir es lo mismo. Podés desarrollar cualquier esquema, podés trabajar cualquier cosa. Cuando recién hablábamos con todos, se hizo bastante hincapié en las historias, pero hay una cosa que tiene que ver también con la estructura narrativa: ¿cómo elijo escribir? ¿Qué punto de vista pongo? Esta historia, ¿cómo la narro para que para mí sea más potente y más riesgosa y se escape también de mis manos? Me gusta eso.
Joaquín del Mundo, Adriana Riva, Fabián Casas e Iván Chausovsky, en la charla del festival MarPlaneta sobre musas y canciones.
—¿Sentís que en esta época de posiciones tan taxativas, tan tajantes, la literatura puede salirse de la polarización ideológica?
—Pienso que hay un montón de prácticas que de alguna manera tratan de escaparle a las sentencias. La literatura precisamente es un terreno muy inestable, donde vos podés enunciar cosas de lo técnico. Por ejemplo, yo te puedo decir que si vas a escribir un poema largo, no repitas nunca la misma palabra o el mismo adjetivo. Después, viene Nicanor Parra y te escribe “El Hombre Imaginario” y te muestra que lo que vos dijiste no funcionó. O sea, funciona para algunos. La literatura no permite que haya maestras ni maestros. Cuando vos enunciás algo, ya está la escritora o el escritor que hace lo que vos enunciaste como que no hay que hacer, y la rompe. Eso me parece genial.
“Busco la poesía en cómo hablan las personas”
—Decías que para pensar lo real no vas a discursos periodísticos o ensayísticos, sino que vas a la literatura y sobre todo a la poesía. ¿Qué es lo que encontrás en la poesía?
—Sí. Me gusta sobre todo la poesía de cómo hablan las personas. Busco la poesía. Hay un montón de gente que habla en poesía. Por ejemplo, el otro día estuve en el sur y había una chica que me encantó cómo hablaba porque me di cuenta que era muy emancipadora para mí porque me hizo pensar en formas de escribir. Ella, por ejemplo, decía “¿a este sabés como me lo hago cartera y me lo pongo bajo el brazo?”. Es genial. Y justo estaba leyendo un libro hermoso que se llama “El zorro de arriba y el zorro de abajo”, de Arguedas, un libro muy complejo. Yo dije, esta chica habla como los relatos de Arguedas. Aparte, del libro de Arguedas, hay partes que no las entendés y cuando vos reconocés que no necesitás entender para que algo te conmueva, es tremendamente potente eso. El mejor lector, a grandes rasgos, es el que entra a un libro sin la necesidad de tener que entender. Si leés “El Monte Análogo”, es espectacular porque no se entiende nada y sí se entiende todo, pero todo lo que entendés es algo que vos sabés, pero no sabías que sabés. Trabaja con ese costado tuyo.
—Por otro lado, la charla de MarPlaneta se titula “Musas de los libros y las canciones”. ¿Qué te despierta la palabra “musa”?
—Yo escribí un poema a la musa. A la muzzarella. Está en internet, lo podés buscar. Me contrató Quilmes para que escribiera un poema para el Día de la Pizza. Y yo escribí un poco como “La Ilíada”, “Oh, muzza…”, y es un poema largo sobre la muzza.
Escuchar la oda a la muzza de Fabián Casas en YouTube:
Ahora, con respecto a la musa que te baja, a mí lo que me conmueve para escribir es algo que dice alguien en la calle. Veo a alguien moviéndose, veo una imagen que me impacta y eso me lleva a escribir.
—En relación a esto, en el libro hablás de la idea de robarle a otros, robarte a vos mismo. ¿Cómo funciona esta idea de los referentes literarios?
—Soy de una generación que padeció mucho la idea de tener que ser original. Para mí la originalidad es traumática. O sea, creo que lo que existe son formas nuevas o laterales de articular dispositivos, narraciones, pero no hay una cosa. La búsqueda de la originalidad siempre termina como una mochila muy pesada. No me atrae para nada. Me gusta tomar cosas de otros, modificarlas. Yo no tengo imaginación, no voy a crear un mundo, sino que voy creando, con lo que me van diciendo, lo que se me ocurre. Un libro que leí lo mezclo con algo que me dijo alguien y en función de eso se va armando.
—¿Y a quiénes te interesa robar hoy?
—Yo estoy disponible para robar a todos mis compañeros que estaban en la mesa conmigo, o sea, puedo leer a todos (N. d. R.: en referencia a Diego Sztulwark, Florencia Canale, Florencia Sichel, Nicolás Artusi y Adriana Riva, con quienes compartió la conferencia de prensa y la segunda jornada del festival MarPlaneta). No tengo a alguien en especial y no necesariamente tiene que ser un escritor. Yo soy muy fan de Ricardo Zelarayán, un genio total de la lengua. Y yo me daba cuenta que él trabajaba mucho con la oralidad, y con la oralidad federal. Él traía formas de hablar, inclusive de cómics, como Patoruzú. A mí me encantaba ese sincretismo que hacía con la lengua, con lo que había escuchado. Él me decía siempre “yo soy escuchón”. Por eso me gusta también cuando viajo ir a los mercados. Porque, en el Congreso de la Lengua no está la lengua, está viva en los mercados, donde está la lengua creciendo, traficándose, inventándose. La gente habla de manera superpotente. La lengua es diferencia, es creatividad. No puede estar en un congreso. De la misma manera que a veces en los encuentros de poesía no hay poesía. Dejé de ir a los encuentros de poesía porque no había poesía. Me aburría. Era muy retórico, muy estructurado.
—Dijiste que no presentabas libros, ¿por qué?
—Nunca presenté un libro. No porque me parezca mal que otros presenten libros. Simplemente porque yo puedo pasar de eso. Aparte, cuando empezás escribiendo poesía no le importa a nadie. Solamente publicás. Y también sos un buscador de quién está escribiendo poesía en otros lugares. Estás interesado en eso más que en la estructura retórica de la literatura.
En 2011 Fabián Casas fue elegido por la Feria del Libro de Guadalajara como uno de los autores que garantizan el relevo de los grandes escritores latinoamericanos del siglo XX.
—¿Y por qué creés que no se lee poesía?
—Me parece que en general, lo que yo veo, es que la poesía está en un estado de pregunta. Aun cuando parezca que te está enunciando algo, la poesía siempre te está preguntando. Y las personas quieren respuestas, por eso van a la autoayuda. No soportan vivir en un estado de preguntas. El estado de incertidumbre no te lo bancás mucho. “Trilce”, 1922 (César Vallejo), obra maestra: “Quién hace tanta bulla y ni deja / testar las islas que van quedando”. Si alguien lo lee acá, dice, ¿de qué habla? Hay algo que la poesía tiene siempre que es subvertir sobre todo la comunicacionalidad del lenguaje, el estereotipo. Busca cierto lugar de peligro en el lenguaje. La poesía no solamente es escrita en verso. “La montaña mágica” es un poema gigante para mí. Los libros de Saer, ¿por qué no se leen? ¿Por qué no son best-seller, siendo un escritor tan genial? Precisamente porque tiene eso: subvierte.