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Cultura 26 de julio de 2026

Fabián Casas: “Sin vergüenza casi no hay posibilidad de poesía”

El escritor habla sobre “El libro del karate imaginario y otros ensayos”, una recopilación de las columnas que fue publicando durante tres años en elDiarioAR. Literatura, música, cine, series, fútbol, anécdotas familiares, recuerdos se cruzan en cada texto cuyos temas se mezclan, invitando al lector a pasear por distintos lugares de la cultura para reflexionar partiendo desde lo cotidiano.

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Fabián Casas es poeta, narrador, ensayista y periodista.

Por Félix Lencinas

Hay un capítulo de Los Simpson que empieza con la familia yendo a una suerte de feria de pulgas donde, entre antigüedades y coleccionables, los chicos de la familia, Bart y Lisa, descubren que su padre Homero junto a Skinner, Apu y Barney habían sacado un disco hace ocho años. Eran un cuarteto de ‘barbershop’, una formación de música vocal donde cantaban a capella. Homero le cuenta a sus hijos cómo empezó y cómo fue la trayectoria del cuarteto, que parodia, a su vez, la trayectoria de la banda de Liverpool, The Beatles. El cuarteto de Homero, conocido en Latinoamérica como Los Borbotones, fue tan popular que ganó premios y notoriedad. En un momento, Homero Simpson conoce a George Harrison, en uno de los momentos más recordados del capítulo.

George Harrison, comenta Fabián Casas, es un beatle subestimado. Ya estaba en un nivel superior artísticamente pero vivía a la sombra de Lennon y McCartney. Se había sumergido en el hinduismo, lo cual influyó mucho en la música de la banda. Cuando la ruptura era inminente por los conflictos entre los músicos, Los Beatles grabaron “Abbey Road”, uno de sus mejores discos, una representación de que algunos artistas aún en su ocaso todavía tenían algo más para dar.

Casas, en enero de 2021, se pregunta si Messi iba a tener “un período tardío” (el concepto que desarrolló el crítico Edward Said) un momento en el final de su carrera donde iba a brillar. En julio de 2026 se puede responder que sí, y qué período tardío tuvo.

Esta introducción intenta reproducir de forma tosca lo que un lector puede sentir cuando lee los ensayos publicados en “El libro del karate imaginario…” de Casas: un texto donde el puntapié puede ser una sensación, una película, una reflexión y después desembocar en otros temas que están más alejados, pero que están ligados a ese comienzo. Un dispositivo que recuerda a un capítulo de Los Simpson (de las temporadas buenas), donde una situación lleva a un chiste y a otro y a otro, y finalmente nos encontramos hablando de Los Beatles, de la industria de la música y de lo artístico. El volumen contiene ensayos que se recopilaron de tres años de publicaciones en elDiarioAR, todos los sábados desde el 2021 hasta 2024.

Cuando el autor del libro coordinó con LA CAPITAL la entrevista que le dio a este medio, envió como forma de saludo un sticker con una ilustración de George Harrison saludando con un collar de flores de la India.


Karate


—¿Cómo fue hacer una columna semanal durante tanto tiempo?

—Sí, salía los sábados. Al principio fue muy interesante, me gustaba porque era un ejercicio con esa exigencia. Y después cuando pasó mucho tiempo, pero no por sucesos del hecho de hacer la columna, sino por otras cosas que pasaban en mi vida, me fue costando más hacerla porque me produjo un desgaste de que quizás no tenía tantas cosas para contar en esos momentos, que tienen que ver con la vida. Al ser periodista, yo he estado en Olé, he estado en medios donde escribía cualquier cosa por semana, de todo. Así que no era un problema para mí. Pero sí que por ahí a las columnas yo le ponía mucho. Son columnas que van dando vuelta por todos lados, los textos no tienen un tema definido, entonces como yo le ponía mucho, también eso me implicaba bastante. No quería hacerlas fáciles. Entonces, después de tres años, bueno, tendría la necesidad de dejar de hacerlas.


“Hace 20 años que hago karate y siempre que voy al dojo, voy a pasar vergüenza”.


—En algún momento, en alguna de las columnas hablabas de “la magdalena de Proust”, una sensación que trae un recuerdo. Los ensayos partían de algo y después ibas hacia otros lugares y no necesariamente volvías al principio…

—No volvía al punto inicial o por ahí se expandían en diferentes temas. Yo había hablado con algunas personas que las leían y me decían, había columnas que empezaban, no sé, porque yo estaba escribiendo y estaba lloviendo, entonces había todo un discurso sobre la lluvia y de golpe después hablaba de una película y la conectaba con eso. Y a veces abría muchos temas en las mismas columnas y tal vez no cerraba ninguno. Bueno, eso era un poco la idea.

—Esto lo quiero relacionar con la disciplina que le da el título al libro, el karate. Mencionás que el karate es una disciplina que te permite silenciar el ruido mental, que a veces incluso se hace sin ningún sentido, que buscás el kimé, que es algo que no se puede explicar pero que uno lo busca. ¿Hay algo poético quizás en relación con eso?

—Yo pienso que sí. Para mí, el karate tiene unos condimentos, sobre todo, cuando vos no lo hacés bien. Hace 20 años que hago karate y siempre que voy al dojo, voy a pasar vergüenza. No es que voy al dojo a mostrar una habilidad o un talento. Eso para mí es bastante similar a la poesía. Sin pasar vergüenza, no podés escribir poesía. Hay algo ahí, una vergüenza que es muy liberadora cuando aceptás pasarla, no cuando la enmascarás. Las habilidades que puedas tener en el dojo se ponen en cuestionamiento. A veces, te puede pasar que decís “hoy no tengo ganas de ir, estoy cansado”, pero nunca, no hay ningún día que yo me esté bañando posclase, y decir “qué pena que vine”, no. Siempre fue genial ir. Gracias. Me encantó.


“A veces la emoción puede ser el disparador del poema, pero después tenés que construir el poema como una máquina. La emoción no sirve para nada”.


—Dentro del libro aparecen un montón de personajes, pero hay dos personajes principales que son tu papá y tu mamá, ¿no?

—Mirá, bueno, sí, puede ser, sí.

—Son el puntapié de muchos momentos de los textos. Tu papá sobre todo con sus conexiones, trae un montón de anécdotas, ¿no?

—Sí. Era una persona que traía y metía el mundo dentro de la casa. A través de situaciones que yo viví con mi papá y mi mamá cuando éramos chicos en una casa muy abierta. Entraban los amigos por la ventana, por todos lados, era una casa con mucha gente que practicaba muchas disciplinas diferentes. Tuve una infancia muy feliz y éramos muy humildes. Mi mamá murió muy joven, murió a los 40, creo, 42. Mi papá vivió un montón, 90 años casi.

—Sobre tu mamá, está esta idea de que no pudiste escribir ese poema de cuando ella muere, pero después terminó apareciendo su muerte en ese cuento que vos publicaste en “Una serie de relatos desafortunados”.

—Sí, ese cuento era uno de los primeros cuentos que escribí. Cuando empecé a escribir relatos, escribí esa experiencia de ir a buscar sus restos. Me acuerdo que fue uno de los primeros que le mostré a Ricardo Zelarayán, un gran escritor y amigo mío. Y el poema era básicamente porque el tema que yo quería narrar, que era ir a la tumba de mi mamá a llevar flores, era lo que no funcionaba en el poema. Tal vez porque eso fue una parte más emotiva y a veces la emoción puede ser el disparador del poema, pero después tenés que construir el poema como una máquina. La emoción no sirve para nada. Entonces supongo que era el disparador para el poema y ahí tomé la decisión de seguir al poema y no seguir lo que yo quería decir.

—En uno de los ensayos hablás sobre anotar en libretas para poder recordar. ¿Es también la forma en que vos creás tu literatura? ¿O lo hacés solamente para recordar?

Yo anotaba en libretas para escribir. En una época también llevé tres diarios, en los 90. Era para escribir, probar la mano, dejar registro, para ver cómo iba construyendo, cómo se iban ocurriendo cosas y podía desarrollarlas y probarlas como si fuera una especie de laboratorio de escritura. En una época llevaba encima libretas cuando estaba en la calle, estaba bastante afuera. Me gustaba mucho caminar, con mis amigas y amigos, andaba dando vueltas por la ciudad. Entonces ahí anotaba las cosas. Libretas de apuntes tuve muchísimas, de hecho, ahora tengo muchas libretas. Pero en general están donde escribo. Y si viene alguna idea o algo, las anoto ahí. Y tengo diferentes, pero ya no las llevo encima. Tal vez porque tengo una confianza que por ahí antes no tenía, que si se me ocurre algo, un tema, si ese tema vale la pena, va a pervivir en la memoria hasta que yo pueda llegar a escribirlas. Por ahí, cuando sos más joven o por ahí el impulso mismo de ser más joven te dan ganas de anotarlo en ese momento, qué sé yo. O tenés menos confianza de que tenés tantas ideas o tantas cosas cuando sos joven. Las querés capturar en el momento. No sé dónde están mis libretas, pero eran cantidad de libretas con desarrollo de poemas, de cuentos. Escribo siempre a mano y después paso a la computadora.

En 2011 Casas fue elegido por la Feria del Libro de Guadalajara como uno de los autores que garantizan el relevo de los grandes escritores latinoamericanos del siglo XX.

En 2011 Casas fue elegido por la Feria del Libro de Guadalajara como uno de los autores que garantizan el relevo de los grandes escritores latinoamericanos del siglo XX.

—¿Todavía las conservás a las libretas o se fueron descartando, se fueron perdiendo?

—Debo tener libretas en algún lugar. Hay amigos míos que tienen cajas con cosas mías. De hecho, hace poco encontramos una obra de teatro que tiene más de 30 años, que se llama “La felicidad”, la publicó Gog y Magog. Es una obra de teatro que escribí cuando era muy chico y que estaba en una caja que tenía un amigo nuestro en su casa y que, buscando cosas, la encontró. Me dijo, “mirá, me encontré una obra de teatro”. Y bueno, la empezamos a ver con la gente de Gog y Magog y decidieron publicarla. O sea que hay gente amiga mía de otros momentos que tiene cosas mías.

—Claro, o sea que también puede pasar que aparezca algo que vos por ahí no recordabas y se pueda publicar.

—Sí, sé que hay personas que han tenido cosas mías y que las vendieron, por ejemplo. Hay una novela que yo escribí antes de mi primera novela “Ocio”. Y la novela se llama “Los árboles, los árboles, los árboles”. Un título rarísimo. Y yo ni me acordaba que la había escrito. Pero después me enteré que un amigo mío que estaba mal de plata la vendió a un coleccionista. Se la quise comprar y no me la quiso vender.

—¿Y vos no te acordás ni siquiera de qué está escrito ahí o más o menos?

—No, después empecé a recordar un poco y me empecé a acordar un poco más que lo que está escrito y de cuándo lo escribí. Siempre fui bastante nómade y después de que dejé de vivir con mis papis empecé a vivir en casa de novias, amigas, amigos, saltando de un lado para otro. Ocasionalmente volvía a lo de mi papá. Así estuve mucho tiempo. Después me fui de viaje dos años. Recorrí el norte argentino, estuve viviendo en el Amazonas, después volví. Siempre tuve una vida bastante nómade. Entonces hay gente que se ha quedado con cosas mías, que he dejado o he olvidado. Después aparecen, me entero que alguien vende los originales de los libros.

—Hay otra regularidad que aparece que es la reflexión sobre el llanto masculino. Aparece con tu padre llorando la muerte de Olmedo, con la pelea con el amigo. Cuando lloraste viendo “Guardianes de la Galaxia” o Messi llorando cuando se va del Barcelona. Hay algo que vos asociás a una masculinidad distinta.

—Sí, me parece que es una masculinidad distinta a la que crecí. Y que de alguna manera para mí fue muy liberador eso. Poder mostrar tu parte débil. Cuando hacés karate, uno de los consejos de Gichin Funakoshi, que es el maestro que unificó los golpes del karate, es que la debilidad es esencial para el practicante que ya tiene mucho tiempo. Y se supondría que no, en un arte marcial, un sentido común diría no, la debilidad no. Pero él dice que la debilidad es algo muy potente y yo estoy de acuerdo con él. O sea, poder expresar momentos de debilidad en el llanto, en la tristeza, me parece muy potente. Muy liberador. Lo mismo que atravesar la vergüenza, si te pasa algo que te da vergüenza, que eso no te derribe, sino que te haga más fuerte caminar. Sin vergüenza casi no hay posibilidad de poesía. Porque muchas veces muchas cosas que vos enunciás en un poema o que escribís, a mucha gente al principio le puede dar vergüenza, te puede parecer raro. No habría innovaciones en la poesía. Yo no la combatiría, hay gente que la esconde o la oculta. Si paso vergüenza, paso vergüenza, no tengo problema.


“La vida es el arte de perder y si no lo practicás, vas a tener una vida muy insatisfecha”.


—En relación con el llanto y con Messi, ¿tenés alguna reflexión acerca de lo que pasó en la final con la foto principal de Messi llorando?

—No, nada más que ahí estaba llorando por otro motivo que por el ensayo mío que escribí. La tesis de ese ensayo es que él lloraba porque sentía que era una parte dentro de una estructura del capital. Y creo que el domingo lloraba porque era su último mundial y porque lo había perdido. También está bueno practicar el arte de perder. Básicamente, en la vida perdés las llaves, perdés seres queridos, perdés casas, perdés amigas, amigos. La vida es el arte de perder y si no lo practicás, vas a tener una vida muy insatisfecha. Vas a estar siempre enojado por perder. Si hay algo que te muestra qué significa ser un adulto es darte cuenta que vas a perder.

—Para terminar, Mar del Plata aparece muy ligada a tu papá. ¿Cuál es tu relación con esta ciudad?

—Mi papá se fue a vivir temporadas a Mar del Plata solo. Era un lugar donde él iba, tenía muchos amigos. Y nosotros veraneábamos con él porque seguíamos a Alberto Olmedo en las temporadas. Pero también, es un lugar que me gusta mucho. De hecho, fui cuando escribí unas películas, primero con “Jauja”, que escribí con Lisandro Alonso. Y volví a los festivales. Siempre que puedo voy a Mar del Plata, me gusta sobre todo más en invierno. Es una ciudad a la que vuelvo todo el tiempo, me parece hermosa. Aparte tiene algo que a mí me gusta mucho más que la playa, el bosque. Los bosques me encantan.