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Interés general 11 de octubre de 2026

Facundo Arana: “Quiero que se me recuerde con una sonrisa”

El actor recordó su cáncer adolescente, defendió la prevención y habló de Mar del Plata, la inseguridad, las redes sociales y el teatro. Una charla sobre el amor, la escucha y lo que de verdad importa.

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Facundo Arana habla de teatro, inseguridad, redes sociales y del cáncer que superó de adolescente. Pero regresa siempre al mismo lugar: el valor de la vida y los afectos. “Quiero que se me recuerde con una sonrisa”, dice al pensar en su legado. Antes había elegido, sin vacilar, que lo recordaran como una buena persona antes que como un buen actor.

Mar del Plata ocupa un lugar central en su historia. “Me han recibido siempre como uno más. Me meto en invierno al agua y eso me hace uno más”, bromea. “Estoy ahí desde muy chico, voy siempre, en cada esquina tengo una anécdota, tengo amigos que son familia allá”. Hasta tiene un refugio al que llama “mi lugar en el mundo”: Honu Beach. “Me siento súper abrazado por Mar del Plata y su gente”, resume.

En diálogo con Agenda Real, el programa de LA CAPITAL y Canal 8, explicó por qué escribió una carta abierta sobre la inseguridad marplatense. La idea surgió después de conocer Ojos en Alerta, un sistema de comunicación ciudadana que vio aplicar en San Miguel. “No me imaginé jamás que se iba a armar semejante bola”, reconoció sobre la repercusión. Y aclaró: “De política no entiendo nada. De seguridad no entiendo nada. No soy licenciado en nada”.

Su explicación fue sencilla: ante un episodio sospechoso, un vecino puede avisar por WhatsApp para que el centro de monitoreo evalúe una intervención. “Imaginate tener un millón de pares de ojos que están viendo, sin intervenir ni nada”, planteó. “Cuando alguien ve algo que está ocurriendo, marca un WhatsApp directo en su teléfono”. Para Arana, es una herramienta que merece ser estudiada, no una receta milagrosa: “En estas aguas hay que hablar con la gente que sabe”.

Tampoco se sintió cuestionado por las respuestas que provocó su carta. “Cuando vos señalás algo, hay gente que está muy de acuerdo y te lo dice; hay otra gente que no está de acuerdo”, sostuvo. “Soy un porteño que va a pasarla súper bien a Mar del Plata, que siempre me abrió los brazos. No me sentí cuestionado en ningún momento”. Prefiere asumir su lugar de ciudadano que aporta una idea, no de especialista que pretende dar lecciones.

“No creo que haya una sola persona que no quiera terminar con la inseguridad”, aseguró. Sobre la violencia, dijo: “Hoy la inseguridad es que para sacarte una mochila te meten un tiro”. Insistió en que la respuesta exige un esfuerzo conjunto. “Cuando se trata de seguridad, no hay bandera política”, afirmó. Y recurrió a una metáfora que repitió varias veces: “Todos empujen el mismo tren para adelante”.

 


Visitando al Sr. Green
Arana está nuevamente en escena con Visitando al Sr. Green, obra que interpretó hace más de dos décadas junto a Pepe Soriano y que hoy protagoniza con Jorge Suárez. “Es una historia sobre dos planetas que de ninguna forma podrían convivir”, explicó. Dos personas de generaciones y costumbres distantes que, contra todo pronóstico, logran acercarse. “No te imaginás que estas dos personas puedan sentarse a tomar un café”, contó sobre ese vínculo que convierte el choque inicial en una historia de encuentro.

La presencia de Suárez le da a esta etapa una emoción especial. Su compañero regresó al escenario después de un trasplante de riñón y páncreas. “Cuando empezamos a ensayar le costaba hasta subir las escaleras y hoy está haciendo un trabajo brillante”, relató. “Para mí es un lujo verlo sanar sobre el escenario”. Cree que esa historia puede transmitir esperanza a quienes esperan un trasplante. “Lo ves ahí parado en un escenario”, dijo, y aseguró que su trabajo es “para alquilar balcones”.

¿Qué encuentra en el teatro que no le ofrecen la televisión o el cine? Imagina a una pareja que se arregla para salir, se reúne con amigos y se deja llevar por una historia contada frente a sus ojos. “Vos salís del teatro con la panza llena de teatro, con el alma llena de teatro”, define. Reconoce el impulso que la televisión les dio históricamente a las salas, pero advierte que aquella industria cambió: “Hoy esa ficción bajó, no hay ficción en la televisión abierta”.

La obra también lo lleva a pensar en lo difícil que se volvió escuchar a los demás. “Voy a cualquier lado y me encuentro con el 80% de las personas mirando el teléfono”, observa. Describe una mesa de cinco personas en la que una toma el celular y enseguida las otras hacen lo mismo. “Estás perdiendo minutos de escucha. Estás perdiendo minutos de habla”, lamenta. Cree que todavía estamos aprendiendo a convivir con una tecnología cuya velocidad modifica nuestras relaciones.

Su inquietud crece cuando habla de los chicos y del acceso a imágenes violentas. “¿Cómo hacés para parar que un chico de 15 años vea una masacre en tiempo real en su teléfono?”, pregunta. No culpa exclusivamente a las redes: menciona también el ritmo de una vida dominada por estímulos fugaces. “¿Cómo le explicás a un chico que tiene que sentarse 15 minutos a tener una conversación, cuando no puede aguantar más de diez segundos mirando algo que ocurre en su teléfono?”. Le preocupa el silencio de quienes temen contarles a sus padres lo que vieron.

Como padre, tampoco encuentra soluciones simples. Sus hijos ya son grandes, pero recuerda la tentación de ofrecerles una tableta para entretenerlos mientras los adultos resuelven tareas. “Es algo que me preocupó toda la vida”, admite. Uno intenta tapar con la mano el acceso a ciertos contenidos, pero “hay tantas cosas que se nos escapan, tantas cosas todo el tiempo”. Por eso vuelve a una idea central: antes de ofrecer respuestas definitivas, conviene escuchar a quienes estudiaron cada cuestión.
“Más de mil quinientos abrazos”
“Hay que empezar a escuchar a la gente que sabe y pedirle a la gente que no sabe que se calle la boca”, dice, incluyéndose en la crítica. “Todos tenemos una voz muy fuerte y nunca sabés qué voz se hace viral”. A veces, advierte, “las voces que se hacen virales son ignorantes o estúpidas” y se imponen a los especialistas. “Preguntame qué pasa arriba de un escenario, cómo se hace para grabar veinte escenas por día en televisión, y yo te cuento”. Y se impone una regla: “Tratar de levantar la voz cuando sé de lo que estoy hablando”.

El momento más íntimo llega cuando recuerda el cáncer que atravesó a los 17 años. “Yo tuve que soltar las riendas de mi vida porque era un cáncer”, cuenta. Hasta entonces asociaba aquella palabra directamente con la muerte. El diagnóstico también le mostró el acompañamiento de su familia y la posibilidad de recuperarse. “Recibí más de mil quinientos millones de abrazos de mi vieja, de mi viejo, de mis amigos”, evoca, exagerando deliberadamente la cuenta para expresar el afecto recibido.

La experiencia lo marcó, aunque no la considera la única explicación de su vida. “A todos nos pasan cosas. Uno hace lo que puede con lo que tiene”, reflexiona. En 1989 atravesó un linfoma y pudo salir adelante. Más tarde, cuando llegó la popularidad, sintió que tenía algo importante para comunicar además de hablar de su trabajo. “Yo tenía algo importante para decir, que no fuera solamente ‘vengan a verme al teatro’, sino decir: ‘Che, donar sangre salva vidas’”.

Su mensaje se concentra en la prevención. “Nada hay en la medicina que sea mejor que la prevención”, afirma. Compara los chequeos con el mantenimiento de un automóvil: nadie debería esperar a que todo falle para ir al mecánico. “Vayan al médico, revísense”, insiste. Relata que lo impactó la despedida pública de un hombre de 58 años que lamentaba no haber consultado a tiempo. “¿Saben qué cambiaría? Hubiera ido antes al médico”, recordó que decía aquel mensaje. Su conclusión es breve: “Prevención igual vida”.

Pero sus recuerdos más conmovedores no se detienen en la enfermedad que superó, sino en las pérdidas que llegaron después. “Hubiera preferido vivir mil cánceres antes de que mi viejo se muriera”, confiesa. Su padre murió a los 81 años, acompañado por su familia. “Vivió una vida muy buena, muy útil, muy linda, muy fructífera”, recuerda. Ese final rodeado de afectos se convirtió para él en una forma de pensar qué significa haber vivido bien.

Hacia el cierre le proponen elegir entre dos legados: ser recordado como un gran actor o como una buena persona. No duda: “Como una muy buena persona”. Luego va más allá: “Quiero que se me recuerde con una sonrisa. Porque dos generaciones después ya no vamos a ser un recuerdo”. Y completa: “Somos lo que hicimos. Que nos recuerden con una sonrisa, pero sobre todo que nosotros nos vayamos con una sonrisa, como hizo mi viejo”, concluyó.