Cultura

Feliz aniversario

por José Santos

– Veo tu futuro.

Escucha Sofía, una joven y esbelta arquitecta, cuando sale de la confitería. Se encuentra con dos gitanas, que la rodean, una de cada lado.

– Hermosa, dos minutos y sabrás lo que ignoras.

Sofía camina con su hijo Francisco, apura el paso hacia su camioneta. Desde un Nissan azul estacionado frente al mar, dos calvos vigilan la escena. La gitana más joven acaricia la cabeza rubia del nene.

– Preciosa, estamos más allá de las apariencias ¿no?

Sofía le quita la mano que acaricia a su hijo. Apura el paso, hacia su Land Rover, estacionada en el boulevard de la costa. No debió desviarse del camino. Maldice las tortas. No admite que sus tentaciones manejan su vida. Cuando abordan la camioneta, una de las gitanas, insiste:

– Bella, para conocer tu futuro dame unos pesos que a ti te sobran y a mí…

Sofía se resiste a la vulgaridad del insulto. Enciende la camioneta, y contesta:

– Gracias, pero mi presente es maravilloso, y mi futuro inmejorable. Lo dice convencida. Se sobresalta cuando escucha una detonación a su lado:

– ¡Plaf!

El estampido es de una de las gitanas golpeando con sus puños sobre los vidrios. Atemorizada pone en marcha la camioneta. La gitana regordeta, grita:

– Sofía, eres miserable. Tu maravilla ya fue, es solo pasado. Y tu futuro es peor que el mío.

La Land Rover acelera y avanza hacia avenida Luro. El Nissan azul hace lo mismo. Sofía se pregunta cómo conocen su nombre. Acelera más. Francisco pálido, sin colocarse el cinturón de seguridad, ni atreverse a mencionar a las gitanas, pregunta:

– ¿Por qué la torta mamá?

No escucha a su hijo. Acelera. Repasa el incidente. Piensa si su felicidad se nota demasiado. Que se jodan. Acelera más. La alarma de los cinturones sin abrochar sigue sonando. Francisco se inquieta. Atraviesa las esquina sin detenerse. Detrás suyo, el Nissan azul.

– ¿Por qué la torta mamá?

– ¿Por qué repetís una y otra vez lo mismo? ¿Por qué?

– Porque no me contestás, mamá.

Por fin, el semáforo de Buenos Aires y Belgrano detiene la marcha.

– Tenés razón–. Sonríe, se siente ridícula, se dejó llevar por la ira.

– Soy una tonta. Hoy hace doce años que tus papás se casaron. Y desde entonces nos fuimos a vivir al country, a papá lo ascendieron, viajamos por el mundo, nos compramos un campo, pero lo más hermoso sos vos. Somos felices y disfrutamos una hermosa vida. Tu papá vuelve hoy de Perú. Y lo festejaremos juntos.

Le muestra una sonrisa que tranquiliza a Francisco. Sofía piensa que además de la torta, se merece un festejo íntimo. El Nissan azul la sigue a una distancia cercana. Está depilada. Usa su nueva lencería con encajes. Sofía no se percata porque cuando el semáforo se pone en rojo y el Nissan se detiene a su lado, se apresura a tomar el teléfono. Revisa mensajes. Lee:

– Mañana…nos vemos?

Contesta: Of course.

– ¿En tu casa de la playa?

– Claro, como siempre.

Se examina en el espejo retrovisor. Su cara esta ahora modelada por la felicidad. Dicen que se parece a Sabrina Rojas, una modelo de curvas perfectas. Alta, delgada, rubia, con cara angulosa. Retoma la marcha a su casona. Piensa si acaso Martín la esté esperando. Eso le despierta culpa por sus planes para mañana, pero se le pasa de inmediato. Aunque su microcosmo matrimonial le genere un vacío, no obstante, por contradictorio que le resulte, la idea que desaparezca le da una angustia intolerable. Cuando llega a su casa no ve el Chevrolet Camaro estacionado. Le sobreviene un alivio, puesto que Martín aún no ha llegado y entonces elegirá con libertad qué cenar. La casona es típica del country. Líneas rectas, modernas. Dos plantas, ventanas amplias, pileta climatizada, garaje múltiple, cinco baños. Acaso lo distinto sea que, en el fondo, hay un pequeño arroyo. Francisco se deja caer en el sofá, enciende el televisor, y comienza un zapping incesante. Sofía se dirige a la cocina. Piensa que un risotto al curry con camarones estaría muy bien. Aunque sabe que ni a Francisco ni Martín les gusta el arroz. Pero ella necesita lucir espléndida. Piensa en el encuentro de mañana. Siente la adrenalina. Se detiene frente a un espejo.

Levanta su pollera, baja su tanga. Revisa su entrepierna rosada en forma minuciosa. La depilación es perfecta. Vuelve a la cocina. Envía un mensaje, pero esta vez a su marido, Martín:

– ¿Te falta mucho?

– Llego tipo 8.30.

– ¿Y Lima? ¿Te reuniste?

– El ceviche una delicia. Pude verlo, todo ok.

Sofía aprovecha esos minutos para reservar hotel en Mónaco, en el aniversario de su boda. Aunque pasa más de una hora cuando regresa Martín, Sofía aún sigue en su sillón del escritorio. No preparó el risotto ni el curry. No se mueve ni lo saluda. Congelada, mira en su monitor, una foto reciente de su esposo. Reconoce el lugar, es el aeroclub Batán. De hecho, Martín calza su traje de paracaidista. Abraza a una mujer más joven, bonita, morena, de rulos. La fotografía capta el preciso momento en que su marido y esa mujer se besan.

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