Caminamos por la playa, en otoño.
Lo que me diferencia de ella es cierta pausa
y cierta consistencia al caminar.
Ella gira la mirada hacia el mar
y se queda, pienso, flotando
como un barco al borde de un abismo que disfruta.
Yo catalogo caracoles y me comprometo
con las diferentes humedades de la arena:
juego a prever la línea final de la espuma
antes del barrido de cada ola.
No sé de dónde salieron tantos caracoles;
siempre me olvido de googlearlo.
Tampoco sé cómo se formó la arena.
Ella me suelta la mano pero incluso antes siento
que no entiende la gracia de mi juego
con los caracoles la arena la espuma.
El sol es un plato que se hunde.
Ella da un paso hacia el agua con el pelo suelto.
De repente me siento solo y me someto
a la velocidad de su mirada.
La abrazo pero también pienso
que por cosas así se deja de amar.
Una mirada forzada y alguien podría
calcular, sin querer,
la flotación de un simulacro.
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