Grandes libros, pequeños lectores
El juego de la nieve, de Pablo De Santis, P. (2016), Buenos Aires: loqueleo/Santillana. 258 páginas
Por Raquel Piccio
Integrante de la ong Jitanjáfora
El juego de la nieve completa la trilogía que comenzó hace trece años con la publicación de El inventor de juegos y que continuó con El juego del laberinto. El personaje protagónico es Iván Dragó, un niño de siete años que, en aquel primer libro publicado en 2003, participa, de manera aparentemente accidental, de un concurso para inventores de juegos.
A partir de ese momento, su propia vida se convertirá en un juego y él, ya con 12 años, deberá jugarlo para descubrir quién y con qué propósito ha hecho desaparecer a sus padres y lo ha involucrado en fantásticas situaciones. En El juego del laberinto (publicado en 2012), las aventuras continúan con nuevos antagonistas que Iván debe enfrentar para salvar a Zyl, la ciudad de los juegos donde vive con su abuelo.
En El juego de la nieve, el protagonista adolescente asistirá a nuevos desafíos que retoman el paisaje y a los habitantes de Zyl. Nos reencontramos con personajes que ya nos son familiares: Ríos y Lagos, sus inseparables amigos; Anunciación, su compañera incondicional, vecinos de Zyl, como el obsesivo director del museo, Zelmar Canobbio.
Además surgen nuevos personajes como Orfila, encargado de reeditar una cuestionada enciclopedia sobre juegos e inventores, que aparecerá muerto misteriosamente. Y Spativo, el creador del juego de la nieve, que esconde un asombroso secreto. Pero, como última parte de un todo, también nos encontramos con situaciones que quedaron pendientes –y que esperábamos que se resuelvan- desde el primer libro… la misteriosa desaparición de sus padres y el silencio que envuelve a Morodian, su primer antagonista.
Pablo De Santis cierra magistralmente una historia en la que el propio lector se ve inmerso como un activo participante de los juegos que se le proponen al joven protagonista. Y en la que se pueden leer entre líneas concepciones acerca de la literatura y de la vida misma como un juego. Porque al igual que en los juegos, esos primeros casilleros del tablero -que se despliegan ya desde las primeras páginas de la novela- serán sólo el inicio de un intrincado recorrido de descubrimiento. Porque como dice uno de los personajes: “Todos tenemos derecho a saber a qué clase de juego pertenece nuestra vida.” Sólo se trata, entonces, de jugar el juego.
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