Grandes libros, pequeños lectores: “Siete años, mil vidas” de Verónica Sukaczer
La novela reconstruye la experiencia escolar durante la dictadura a través de la historia de una niña lectora. Entre poemas, libros prohibidos y recuerdos de aula, el libro traza un potente retrato sobre la censura, la memoria y el poder de la lectura.
Verónica Sukaczer participará en la Jornada La literatura y la escuela, que se realizará el 6 de junio en Mar del Plata.
“Siete años, mil vidas”
Verónica Sukaczer
Buenos Aires
Nube de tinta
2025
192 páginas
Por Elena Stapich (*)
Esta novela es varios libros al mismo tiempo. Por un lado, es la historia de Ruth, que comenzó la escuela primaria en 1975 y la finalizó en 1981, igual que la autora, según nos cuenta en un paratexto que encontramos al final bajo el título “Algunas notas y apuntes”. Paso a paso, la realidad política del país va permeando el espacio de la escuela. Por eso la madre reflexiona en algún momento: “Pensábamos que la escuela sería un lugar seguro… vos lo habías dicho, lo de afuera no entra al colegio… Pero no es verdad, Migue. Todo lo que está pasando se replica en las aulas”.
Por otro lado, paralelamente, el libro es una especie de antología fragmentaria de los textos canónicos que se enseñaban en la escuela. Desde ese punto de vista, el recorte es atemporal, cristalizado: podrían ser los que leyeron los niños en 1940 o en 1970. Porque allí están esos poemas, alguno con una retórica tan ajena a las infancias: “Al Pampero” de Rafael Obligado (“Hijo audaz de la llanura / y guardián de nuestro cielo…”), “Santos Vega”, también de Obligado (“Cuentan los criollos del suelo / que, en tibia noche de luna…”), “El grillo” de Conrado Nalé Roxlo, “El sapito glo glo glo” de José Sebastián Tallón, “La higuera” de Juana de Ibarbourou y “Las Malvinas” de José Pedroni.

Y como también es la historia de una lectora, Ruth va construyendo su propio camino lector –como diría Laura Devetach– enlazando textos de Elsa Bornemann y María Elena Walsh con frases de Anteojito (“Intríngulis Chíngulis uuu”) que entran en contrapunto con “El silencio es salud”, “Los argentinos somos derechos y humanos” y la marcha del Mundial 78 (“Veinticinco millones de argentinos / jugaremos el Mundial…”).
Ruth tendrá en la fiesta de egresados su revancha, cuando en lugar de recitar el poema convenido, pasa lista a los libros prohibidos por la dictadura: “Un elefante ocupa mucho espacio. / La paloma de la paz ocupa mucho espacio. / El sol albañil ocupa mucho espacio…”. Es una lectora que se construye en lucha contra la censura.
También podemos leer esta novela como un pequeño ensayo pedagógico, en el que asistimos a la imposición de los poderes de turno sobre las prácticas docentes: no se pueden enseñar más que las letras prescriptas, aunque los textos resultantes no tengan mucho sentido…
A través del texto de Verónica Sukaczer, se hace presente una época que algunos no han vivido y otros prefieren olvidar, corriendo así el riesgo de que la historia se repita.
(*) Socia fundadora de la ONG Jitanjáfora. Redes sociales para la promoción de la lectura y la escritura. Para más recomendaciones literarias de textos infantiles y juveniles, visitar la sección Grandes libros, pequeños lectores de LA CAPITAL, escrita por especialistas que son miembros de Jitanjáfora, haciendo clic acá.
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