Cultura

Guillermo Martínez: “Entiendo la literatura como una forma de conocimiento”

El destacado escritor y matemático conversó con LA CAPITAL, antes de participar en el festival MarPlaneta, sobre los cruces entre literatura y filosofía, compartió su deseo de que surja una nueva generación de lectores que vuelva a valorar lo intelectual y dio un anticipo de su próxima novela.

Por Rocío Ibarlucía y Félix Lencinas

Para Guillermo Martínez, la literatura no es mero entretenimiento ni tampoco un espacio donde las ideas se exponen como en un manual: es un modo singular de pensamiento. Desde Acerca de Roderer, su primera novela publicada en 1992, su obra se mueve en el cruce entre ficción y reflexión, al abordar preguntas filosóficas, dilemas éticos y problemas del lenguaje y de la razón a través de personajes dominados por pasiones intelectuales. En un contexto que suele mirar con recelo a la llamada “literatura de ideas”, Martínez reivindica la belleza estética de la filosofía y su potencia narrativa para decir algo nuevo sobre la naturaleza humana. Y lo hace mediante tramas cargadas de erudición pero también de intriga, apoyándose muchas veces en el policial como una vía privilegiada para hacer más amable el pensamiento abstracto.

Nacido en Bahía Blanca en 1962, doctor en Ciencias Matemáticas por la UBA y con una estancia posdoctoral en Oxford, Guillermo Martínez es uno de los narradores argentinos más leídos y traducidos de su generación. Publicó siete novelas, además de libros de cuentos y ensayos, y varias de sus obras tuvieron versiones cinematográficas: Crímenes imperceptibles fue llevada al cine como Los crímenes de Oxford, dirigida por Álex de la Iglesia y protagonizada por Elijah Wood; la nouvelle Una madre protectora dio origen a El hijo de Sebastián Schindel; y La muerte lenta de Luciana B. fue adaptada como La ira de Dios, también dirigida por Schindel, con Diego Peretti en el rol protagónico.

Además, el año pasado publicó una edición ampliada de Borges y la matemática, un ensayo que indaga los modos en que aparece el pensamiento lógico en los cuentos y ensayos del autor argentino. Ese fue uno de los ejes de la charla que brindó el lunes pasado en Chauvin, en el marco del festival literario MarPlaneta, junto a Daniel Mecca y con la moderación de Nicolás Artusi. Antes de ese interesante encuentro alrededor de la figura de Borges, Martínez dialogó con LA CAPITAL sobre una de sus obsesiones: la literatura entendida como una forma de conocimiento, una idea que atraviesa sus novelas y que proyecta seguir desarrollando en una nueva obra que publicará en abril.

Daniel Mecca, Nicolás Artusi y Guillermo Martínez, en la charla del festival MarPlaneta el pasado lunes.

—Tu literatura no solo cuenta historias, sino que también desarrolla conceptualizaciones teóricas, filosóficas. ¿Qué es lo que te permite la literatura como forma de pensamiento que tal vez no te ofrece la matemática o la ciencia?

—Mirá, esa pregunta va directamente a por qué me interesa escribir, diría yo. Hay un abandono de lo que se llamaba la literatura de ideas, un cierto desprecio contemporáneo con lo que fue el posmodernismo, a lo que en alguna época se llamó así. Pero a mí me parece, tanto por mi formación como por mis lecturas, que hay también una belleza estética en las ideas y en la filosofía. Hay un elemento que no solamente puede, sino que yo creo que debe habitar de algún modo en las novelas. De hecho, cuando yo me decido a escribir una novela y no un cuento, porque casi todas mis historias las pienso inicialmente como cuentos, es porque surge una conexión con alguna idea teórica que tiene raigambre en la filosofía o una idea que se ha discutido a lo largo del tiempo y me parece que puede, de algún modo, articularse con la situación dramática de los personajes. Yo entiendo la literatura como una forma de conocimiento, pero no conocimiento de algo, no es que el lector va a tener el 2×1 de alguna clase de sabiduría de una disciplina, sino que justamente las ideas se imbrican con la trama y le dan como un segundo espesor y uno sabe algo más también de la naturaleza humana, que es en definitiva de qué tratan las novelas.

A mí, y esto es como una especie de herencia de Cortázar, en todo caso, me interesan los personajes que tienen sus pasiones intelectuales. Yo creo que Cortázar fue uno de los últimos escritores argentinos que no tenía vergüenza de exhibir sus gustos musicales, sus lecturas, sus películas. Y entonces, sí, mis últimas novelas, diría yo, o casi todas mis novelas, tienen alguna vinculación con algún asunto filosófico. Acerca de Roderer, el pacto fáustico; en La mujer del maestro, el mito de Prometeo; en Crímenes imperceptibles, la cuestión de la epistemología y cómo saber la manera de pensar de algunas disciplinas te permite, de algún modo, adelantarte y engañarlas, que está muy ligado con los teoremas de Gödel; en Los crímenes de Alicia, la paradoja de la traducción de Wittgenstein, de Quine, y en La última vez hay algo así como una relectura de “Pierre Menard, autor del Quijote”, con la cuestión de las diferentes interpretaciones que puede tener el mismo texto.

Algunas novelas de Guillermo Martínez. “Casi todas tienen alguna vinculación con algún asunto filosófico”, dijo a LA CAPITAL.

Y ahora, mi última novela, la que voy a publicar en abril, se llama Un crimen dialéctico, y realmente ahí la filosofía juega un papel todavía más importante en lo que se discute. Se discute un experimento sobre si existe o no el libre albedrío y todo el desarrollo de la novela tiene que ver con la posibilidad de transformar a los personajes en lo contrario de lo que son. Ahí aparece mi idea. Entonces creo yo que sí, que esta manera de pensar la literatura en combinación con ideas filosóficas es algo que intenté a lo largo de toda mi obra.

—Te centrás en el policial particularmente, ¿creés que el género policial te ayuda a sostener estas ideas filosóficas?

El género policial permite deslizar ideas filosóficas de una manera un poco más amable, que no tengan la crudeza y la dureza del ensayo. Aunque hay alguna incrustación de ensayos o algún deslizamiento de lo híbrido del ensayo en alguna de mis novelas. Por ejemplo, en Yo también tuve una novia bisexual, que no tiene nada que ver con el policial, se habla de una conferencia donde se exponen ideas sobre las dicotomías en el discurso crítico. De nuevo, es una idea que yo retomo en otras novelas. Hay algunos vasos comunicantes, yo los llamo agujeros de gusano entre mis novelas, porque es como si remitieran a novelas anteriores o posteriores en el tiempo.


“Yo apuesto, a pesar de que la juventud se volcó masivamente al voto a Milei, a una nueva generación de jóvenes. En algún momento va a volver una mirada que va a valorar lo intelectual”.


—En una de las jornadas anteriores de MarPlaneta, surgió entre los escritores presentes un debate acerca de la crisis del pensamiento crítico y, por ende, del lenguaje a causa del escroleo y la inteligencia artificial.

—Del cualquerismo, de que la opinión propia es la única que vale.

—Sí, ¿creés que la literatura en ese sentido todavía puede ocupar un lugar de resistencia o salirse de esta tendencia y ofrecer un espacio de pensamiento?

—Es que depende mucho de cuán escuchadas son las novelas en cada época. Es decir, uno puede escribir, y esto también vale en política, uno puede tener la mejor argumentación, el mejor modelo de país, pero si los votantes sienten o perciben, pueden votar algo diametralmente opuesto por otras razones. Lo mismo con los lectores. O sea, vos podés escribir “los versos más tristes esta noche”, podés escribir la novela más inspirada y genial y los lectores pueden estar con otra agenda en la cabeza, con otros intereses. La época influye mucho en eso. Hay novelas que se redescubren mucho tiempo después, hay entierros y desentierros. La literatura tiene mucho de eso. Por ejemplo, el rescate de Sara Gallardo en esta época. Y después olvidos, también letargos. Así que no es tanto algo que el escritor puede hacer o deba hacer, sino que tiene que haber una consonancia con la época para que un libro diga aquello que quiere decir con toda su fuerza. Por ejemplo, yo trato de hacer novelas que son las que a mí me gustaría leer en el fondo y que tienen una cantidad de elementos, de reflexión, de filosofía, de pensamiento. Bueno, pero para eso necesito lectores inteligentes y que estén dispuestos a perder cierto tiempo en leer con cierta detención. Y no estoy muy seguro de cuánto de eso se encuentra hoy.

—¿Hasta qué punto puede incidir una obra literaria en los modos de pensar de una persona o una sociedad?

—Yo apuesto, a pesar de que la juventud se volcó masivamente al voto a Milei, a una nueva generación de jóvenes. Me parece que el momento para conectarse con una u otra literatura es entre la adolescencia y la juventud. Entonces, yo creo que en algún momento va a volver una mirada que va a valorar lo intelectual, por decirlo de alguna manera. Y también quiero decir que hay una dicotomía con la que siempre luché, que es la dicotomía entre la razón y las pasiones. Me parece que es muy primitivo pensarlos como mundos totalmente separados. Hay pasión en las búsquedas intelectuales, pasiones que arrastran toda una vida, por decirte algo. Wiles, cuando se dio cuenta de que había una chance de poder probar el último teorema de Fermat, abandonó su carrera matemática, se encerró en el piso de arriba de su casa, estuvo siete años pensando en su teorema. Eso y “Moby Dick” son lo mismo. Quiero decir, el sacrificio, la concentración, la dilapidación de una vida en la búsqueda de algo que no tenés ninguna certeza de que va a ocurrir, eso requiere una pasión igual a la de cualquier lucha en otro terreno. Y a la vez, hay cálculo en las pasiones. Si no, no tendríamos que las modelos se casan sistemáticamente con grandes empresarios. Está bien, tendrán grandes amores, pero dirigidos a un sector muy determinado. Es decir, pensar que son mundos tan diferenciados me parece que es un error.

Martínez obtuvo, entre otros, el Premio del Fondo Nacional de las Artes, el Planeta 2003, el Konex de novela (2004-2007), el Nadal de novela (España) y el Milovan Vidakovic (Serbia).

—Varios críticos han señalado que tus tramas suelen presentar una tensión entre la explicación científico-racional del hecho y la explicación sobrenatural o extraña. ¿De dónde viene tu interés por moverte entre estas dos formas de pensamiento?

—Bueno, eso tiene bastante que ver con la biblioteca familiar, digamos. En mi casa había una biblioteca donde convivían los libros de la llamada literatura social, que podían ser (Bernardo) Kordon, (Enrique) Wernicke, Álvaro Yunque, Roberto Mariani, Leónidas Barletta, con la biblioteca de Sur, que es Marco Denevi, Borges, Cortázar, Silvina Ocampo. Entonces, yo creo que de la biblioteca Sur vienen mis primeros cuentos que tienen que ver con esa especie de deslizamiento a los fantasmas. Un deslizamiento que nunca llega a lo sobrenatural. Es como la inminencia de algo que no es enteramente de este mundo. Yo tengo un poco la idea de que la creación literaria es la creación de un mundo relativamente autónomo del mundo real tal como lo conocemos. Y lo creo sin separarme del todo del realismo. Porque la gente, en sus cabezas, tiene una cantidad de pensamientos mágicos con los que termina decidiendo cosas. Cada presidente que tuvimos tuvo su brujo al que le consultaba, las cábalas, las supersticiones, todo eso pesa. Las brujas de Salem, por decirte algo, la atmósfera del pensamiento mágico, las religiones y las guerras por las religiones pertenecen también a la esfera de lo real. Hay un cuento mío que se llama “Un gato muerto” (N. d. R.: que este año relanzó en una novela gráfica con ilustraciones de Santiago Caruso), en el que hay una mujer embarazada a la que una vieja la mira a través de un visillo durante horas. Y la mujer embarazada se obsesiona porque está en una situación de relativa debilidad y a pesar de ser científica, piensa que le está echando una maldición a lo largo del tiempo. Entonces, la sugestión y todos esos elementos fantásticos conforman también lo real.


“Hay también una belleza estética en las ideas y en la filosofía”.


—Hablaste de que hay “agujeros de gusanos” entre tus novelas. ¿Cuáles dirías que son esos vasos comunicantes, viendo tu obra en conjunto? ¿Hay una pregunta o una inquietud que vuelva una y otra vez en tu literatura?

—Aprovecho para decir algo. Mi próxima novela se llama Un crimen dialéctico. Va a aparecer en abril y junto con esa novela van a reeditar todos mis libros en una biblioteca con mi nombre en Seix Barral. Eso me hizo tener que volver a mirar porque voy a escribir algunas palabras, como prefacios, para los libros. Y me ocurre algo raro, siempre pensé que una parte de mi vida la iba a dedicar a la literatura, desde chico, y finalmente fue así, más de lo que hubiera imaginado. Sabía que iba a escribir libros y que tenía muchas ideas que todavía tengo anotadas. Ahora, lo que nunca hubiera imaginado es la clase de libros que fueron saliendo. Entonces es un poco como si yo mismo estuviera viendo algunas regularidades que no sé si son material de psicólogo, de psiquiatra, pero advierto ciertas recurrencias que no fueron deliberadas y algunos temas que sí tienen que ver con esto de elementos filosóficos que sí me han interesado a lo largo de toda mi vida. Entonces, por ejemplo, por decirte algo, yo pensaba desde la juventud, cuando recién empezaba a estudiar matemática, la posibilidad de hacer una formalización matemática de la lógica dialéctica. Y bueno, en este libro, Un crimen dialéctico, que lo escribo 50 años después, y no estoy exagerando lamentablemente, aparece de algún modo ese tema entremezclado con lo dramático. Se van conformando estos vasos comunicantes entre los libros. Es decir, una persona que empieza a leer mis libros de pronto empieza a encontrar como si tuviera una única mirada en diferentes épocas y en diferentes situaciones. Entonces creo que se va formando algo así como la figura en el tapiz, pero no necesariamente es una figura que me guste del todo. No tenía una idea muy clara, pero es como si los libros fueran formando una serie que tendrá algún significado, pero es enteramente un significado que ni el mismo autor imagina. Mi libro La última vez trata de un autor que sabe lo que quiere decir y el problema que tiene es que nadie lo entiende. Pero ni uno mismo entiende lo que quiso decir.

—Imaginamos que también en el propio proceso de escritura surgen nuevas ideas.

—Cambian cosas, claro. Porque son cuestiones más atractivas desde el punto de vista dramático. Por ejemplo, hay un personaje en La muerte lenta de Luciana B. que es el narrador, pero el narrador, que es un escritor, piensa lo opuesto de lo que pienso yo de literatura. Y bueno, porque para lo que era la novela me resultaba más importante que el narrador fuera lo opuesto. Entonces tampoco puedo decir, tampoco me identifico del todo con mis personajes. Yo siempre preferí subordinarme a los requerimientos internos dramáticos que a mi ideología. En Un crimen dialéctico, el narrador es un exmilitante político que le dan la misión de asesinar a una persona inocente. Es algo tremendo. Y bueno, es mi personaje, así que voy con ese personaje y sería lo opuesto a lo que yo haría en esa situación. Pero me interesa la situación de ese personaje, no lo que haría yo.

—¿Con esta novela se cierra la trilogía de Oxford?

—No. Ojalá que pueda escribir la tercera de la trilogía de Oxford. Esta es una novela que va a estar ambientada en un pueblo de un país parecido a la Argentina y el pueblo, yo imagino que es un pueblo como Cachi, en el norte.

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