Cultura

Historias de Barrio: Romance fulminante

Ella desde la panadería; él en el Salón de Belleza. Y las habladurías en el barrio.

Por Enriqueta Barrio (*)

 

Una de las historias más mentadas en el barrio fue la del romance fulminante entre la de Giacaglia y el Rober.

Ella era la dueña de la panadería más fifí, “Las Orquídeas”, junto con Don Mario Giacaglia, su marido desde siempre.

Mujer sin tiempo, era muy difícil calcularle la edad, fundamentalmente porque era una mujer grande desde los quince; podría tener treinta, cuarenta o cincuenta tranquilamente. Por la edad de los hijos calculábamos casi sesenta.

Bajita pero ancha, “es más fácil saltarla que rodearla”, afirmaba la bestia peluda de Don Mario, que no era precisamente Brad Pitt.

Con anteojos de montura de oro, permanecía en la caja de “Las Orquídeas”, sentada en una banqueta alta, horas y horas. Recibía a los clientes que venían con el ticket que les daba la vendedora, los sellaba con fuerza y cobraba. En su muñeca se hundían innumerables esclavas de oro, “una por cada año que la tuve que soportar”, aclaraba Don Mario con una carcajada estentórea, mientras la aludida permanecía incólume, como si no lo escuchase, acostumbrada a las guarangadas de su compañero.

Ella era de pecho prominente y caderas generosas y bamboleantes; siempre de falda a la rodilla de la que asomaba el forro de tafeta de un pequeño tajo atrás, que le permitía subirse a la banqueta y caminar con cierta comodidad, y blusa con estampados florales o geométricos, a cada cual más feo.

Lo que sí, siempre estaba peinada impecable.

Teñida de un color dorado cobrizo, claramente inexistente en la vida real, se peinaba como casi todas las señoras de la época: con el pelo corto, separado de la cabeza, como inflado, formando una especie de casco duro, inalterable a los movimientos o al viento. Quedaba claro que era imposible dormir apoyando la cabeza en la almohada con ese peinado, supongo que lo haría sentada.

La panadería era un lujo. Al haber sido uno de los negocios más exitosos del barrio, la habían ampliado y reformado, agregándole mostradores laqueados y vitrinas de bordes dorados, en las que los brazos de Jacob, las sopas inglesas y los borrachitos se lucían tentadores. Las vendedoras vestían unos conjuntos de pollera y casaca que había diseñado la de Giacaglia, con una cofia al tono que llevaba bordado “Las Orquídeas” en una rebuscada letra cursiva.

Don Mario Giacaglia miraba el conjunto de su negocio con orgullo, mientras se balanceaba en sus cortas piernas con las manos en los bolsillos y le contaba a todo el mundo que habían venido de Italia sin nada, que habían trabajado veinte horas por día para ser lo que eran, mieles que disfrutarían sus hijos. El mayor, Mario también, asomaba pocas veces desde adentro, blanco de pies a cabeza de harina y dos chicas con cara de nada que iban a la facultad, donde estudiaban Ciencias Económicas.

Tenían la casa arriba del local, siguiendo la costumbre de la mayoría de los gringos de la época, cuya vida era trabajo, trabajo y trabajo.

A media cuadra de “Las Orquídeas” estaba la peluquería del Rober.

“Salón de belleza”, especificaba él, pionero en el concepto de transformar la clásica peluquería de barrio en una usina de glamour.

Sobre la vidriera, en letras doradas, como si fuese una firma, “Robert”: le henchía el corazón al verlo, cada mañana al abrir, mientras pensaba qué diría su madre, allá, en Corrientes, si viera su éxito. Algún día la iba a traer, se prometía.

Morocho, estilizado, impecable, el Rober pasaba primero por la panadería y se compraba una torta negra, su único vicio, decía exagerando.

Al llegar a la caja, saludaba a la de Giacaglia, una de sus clientas más dilectas, elevando el tono “Hola, mi amoooor!!!… me parece que hoy vamos a tener que hacer color, eh?… está perdiendo brillo…”

Ella sonreía simpática mientras le daba el vuelto y murmuraba un “Sí, después nos vemos…”

Don Giacaglia no se privaba de hacer algún comentario soez al ver al Rober girar e irse moviéndose cual bailarín, “Cuidado vos con este, a ver si en un descuido se acuerda de que es macho”, y largaba una carcajada que le sacudía la panza tirante, acomodando su virilidad con la mano en el bolsillo.

A la tarde, la de Giacaglia se bajaba de la banqueta, se acomodaba la ropa y salía balanceando las caderas a la peluquería.

Yo, mientras hacía los mandados, los solía ver a través de la vidriera: ella cubierta con un enorme poncho de tela que replicaba el “Robert” del cartel impreso, sin los anteojos, mientras el peluquero con un peine de cola finita le escardaba el cabello. Ella cerraba luego los ojos, apretándolos con fuerza, y él la rociaba con el spray, ampulosamente, creando una nube perfumada de la que salían muertos de risa.

A la mañana la torta negra, a la tardecita el spray.

Eso es todo lo que sabíamos de la relación entre el Rober y la de Giacaglia.

Por eso fue una bomba en el barrio el día que se descubrió que se habían ido juntos.

Nunca se supo cómo nació el amor, cómo se desarrolló, entre esta tana señorona de su casa y el coiffeur amanerado.

De un día para el otro, la peluquería quedó con sus cortinas de volados cerradas y la banqueta de la caja de “Las Orquídeas” vacía, y tardamos unos días en relacionar las ausencias, tejiendo todos un montón de conjeturas.

La de Giacaglia había pelado antes de desaparecer la caja de seguridad en la que amarrocaron durante tantos años y fue esto lo que provocó en Don Mario un bobazo devastador.

“Ni las esclavas me dejó”, fueron sus últimas palabras, “y eso que era una por cada año que la aguanté”.

 

 (*) En Facebook: Enriqueta Barrio Escritora, enriquetabarrio@gmail.com, @soylaqueta.

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