Cultura

Historias de barrio: Cuestiones celestiales

Un relato de Enriqueta Barrio sobre la Primera Comunión.

En la vida de una piba que asistía a un colegio de monjas al que iban solo mujeres (menos mal, decía mi viejo, si no ésta no se hubiera recibido más), el momento de la Primera Comunión era un punto álgido.

Las monjas, sabedoras de lo atrayente del suceso (relacionado por supuesto con el vestido y la plata que se recaudaba de familiares y amigos), aprovechaban para poner toda la carne al asador y bajar línea a lo loco, ya que no era fácil conseguir la atención de los padres durante el resto de la escolarización. Entonces, se despachaban dando mil charlas preparatorias para las familias.

Los comunicados invitando a los Queridos Padres a estas reuniones, venían pegados en el Cuaderno de Comunicaciones y eran recibidas por mi viejo con un “menos mal que es la primera comunión, para cuando se case me voy a tener que internar en un convento” y otras frases un poco más subidas de tono, como “qué manera de escorchar estas monjas” o “como se nota que están al divino botón, eh”. Norita esbozaba un “ay, Miguel Ángel, no seas ordinario” poco convencido, ya que a ella también la fastidiaba tanta sarasa. De hecho era ella la que iba, pero esas reuniones complicaban la rutina doméstica: ¿y a qué hora va a estar la comida entonces?, preguntaba preocupado papá. Norita, siempre en plan Graciela Borges, hacía trompita y decía “Ay, Miguel Ángel, ¿lo único que te interesa es comer?”

“Más vale”, contestaba mi viejo guiñándome un ojo.

La tarde de la reunión las madres se agrupaban en la recepción y empezaban a cotorrear entre sí, hasta que aparecía una de esas chupacirios que hay siempre en las iglesias, de mocasines planos y medias opacas, sonriendo e inclinando la cabeza hacia un lado, mientras arreaba a las madres a una de las aulas.

Las mujeres se sentaban sin parar nunca de hablar, y al cabo de un tiempo prudencial, hacía su aparición la Madre Superiora.

La chupacirios abría solícita, al ver el tocado gris asomarse por el vidrio transparente de la puerta, y la Hermana Eulogia entraba como si hubiese bajado de los Cielos diez minutos antes. Sonrisa beatífica, caminando lentamente, oliendo a incienso y con las blanquísimas manos entrelazadas, saludaba repitiendo una fórmula a todas las madres, que ahí sí se callaban.

Las reuniones empezaban con un recordatorio sobre el carácter espiritual de la cuestión, advertencias sobre no caer en frivolidades y ostentaciones, para inmediatamente continuar la conversación hablando sobre frivolidades y ostentaciones el tiempo restante.

Fue tema de arduos debates el tipo de vestido que deberíamos llevar y ni hablar de los complementos.

Algunas se decantaban por el vestido largo y monacal, otras proponían uno más austero y corto y la Madre Superiora mediaba entre las dos corrientes de pensamiento haciendo honor a la institución a la que pertenecía, es decir quedando bien con ambas y no complaciendo a ninguna. Finalmente fue ella la que impuso el uso de un vestido por debajo de la rodilla, sin puntillas ni ornamentos superfluos, que desilusionó a más de una.

Recrudeció el debate cuando el tema fue el uso o no de la mantilla en la cabeza. La señora de Bibiloni, una comerciante exitosa del barrio, estaba empecinada en que la nena llevase una mantilla que había traído de Valencia, de un encaje inolvidable, recuerdo del pueblo donde nacieron los abuelos de la futura bendecida. En cambio, la madre de Carolina D’Ambrosio se oponía férreamente a que su hija tapara lo hermoso de su pelo con una mantilla, y defendía a gritos el uso de un moño de tafeta como único adorno. Ahí también decidió la monja, y concluyó la historia en que se usaría una vincha que apartara el cabello de la cara.

No quiero aburrirlos con las discusiones sobre los guantes, el rosario, el misal, la bolsita, los zapatos, el ágape posterior, las estampitas, las flores de la iglesia, las medallitas recordatorias, las fotos, las velas…solo les diré que sin duda estaban todas subidas a una moto imparable, yendo por una ruta repleta de convencionalismos y careteadas, a toda velocidad, con el fin, claro, de crecer en espiritualidad y elevación del alma.

Norita, en las reuniones, debatía de una manera belicosa que me avergonzaba, haciendo que los diálogos siempre fueran sobre esa delgada línea en la que pareciera todo a punto de ir a parar al diablo. En ese ámbito por demás inapropiado, salía con planteos zurdos sobre la austeridad y llegó a decir, frente a la mirada fulminante de la Madre Superiora, que la religión era el opio de los pueblos. Siguiendo su habitual estilo, debatía y opinaba, pero jamás se sometía a las decisiones tomadas por otro que no fuera ella.

Así que fui a la comunión con un vestido con puntillas, con unas trenzas atadas arriba de la cabeza que acentuaban mi cara de torta y zuecos.

Tener a mis tíos viviendo en Suecia había hecho que todos usásemos zuecos para todas las ocasiones posibles. Norita creía que tenían mucha onda, sobre todo después de verlo a Bjon Borg recibir un premio en traje y zuecos, y esa idea se impuso en casa.

Estábamos las chicas agrupadas en la sacristía, esperando el momento de la misa y todas comparando lo que tenía una y otra.

“No se podía traer el pelo atado”, me dijo la insoportable de Martina Irala ni bien me vio.

Solo faltaba llegar Carina Greco, la más traga del curso, raro en ella que siempre estaba primera. No se podía empezar la ceremonia sin la presencia de todas.

De golpe se abrió la puerta doble de madera labrada y vimos a trasluz el contorno de una nena vestida como la Cenicienta para el baile.

Llegó Carina con un vestido con miriñaque que obligó a abrir las dos puertas, largo hasta el piso, pletórico de volados, enaguas y cintas. Guantes blancos hasta el codo, cubriendo las manos con las que, en pose, la piba sostenía un rosario de oro y perlas y un librito de misa de tapas nacaradas. La cabeza cubierta con una mantilla de encaje blanco que caía como velo de novia y, lo más insufrible de todo, ella, parpadeando lentamente, mirando hacia arriba con la misma expresión de las estatuas, con cara de misericordia, mientras el resto de las chicas quedamos con la boca abierta ante semejante aparición.

De atrás del órgano asomó la cara de la Hermana Eulogia, lívida, sin poder creer lo que veían sus ojos.

Se acercó a la madre de Carina y le indicó que pasase a la salita del costado, que tenía que decirle “una cosa”.

Se hizo un silencio sepulcral y quedamos mirando ora a la iglesia ya llena de parientes, ora a la puerta cerrada tras la cual se debatía una lucha de poder.

Porque la cuestión de fondo era que la familia de Carina Greco era la que ponía la tarasca para la construcción del salón de actos, y eso dejaba en clara inferioridad de condiciones a las decisiones de la monja y agrandaba a los Greco.

La chupacirios corrió al coro, nerviosa, y las cuatro viejas empezaron a cantar con sus voces temblorosas y aflautadas, que recorrieron la bóveda de la iglesia creando un ambiente celestial.

La pobre Carina Greco hacía esfuerzos por no llorar, sabiéndose la piedra de la discordia, mientras las compañeras se lo subrayaban con la mirada.

De golpe, se abrió la puerta de la salita contigua y salió echando fuego la madre, la de la piba, no la superiora.

Agarró del brazo enguantado a la nena, clavándole las uñas de la bronca, y haciéndola girar y tropezarse con el miriñaque, mientras le pisaba la mantilla que, sujeta a la cabeza con horquillas, casi la desnuca.

Vociferaba como poseída, puteando del monaguillo al Papa, mientras la Madre Superiora se acomodaba el velo con cara de furia.

Nunca una monja escuchó semejantes palabrotas, que salían de la boca de la señora de Greco, y que asombraban a las mismísimas culebras y demonios de los frescos de la iglesia que representaban al averno.

Las viejas del coro, queriendo disimular la situación, aumentaban los agudos, llevándolos al paroxismo y poniéndonos los pelos de punta.

A los empujones nos hicieron poner en fila para recibir, distraídas y confusas, el sacramento de la eucaristía.

Yo estaba casi al borde del llanto, asustada, hasta que siento la risueña voz de mi viejo que murmura a mi espalda: “Menos mal que te mandamos a un colegio de monjas, aunque esto ya parece la Comisión Directiva del Club Defensores de Cambaceres”.

Largué la carcajada y dije Amén.

Autora: Enriqueta Barrio

En Facebook: Enriqueta Barrio Escritora

enriquetabarrio@gmail.com

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