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Arte y Espectáculos 28 de diciembre de 2022

Historias de Barrio: El amor después del amor

Aunque el amor a Maradona es inalterable, la protagonista de este relato descubrió otro amor y volvió a festejar, como en 1986.

 

Por Enriqueta Barrio (*)

 
En el ’86 estábamos, como tantas veces en mi vida, quebrados económicamente. Yo era chica, había pasado la primavera alfonsinista y mi viejo no le encontraba la manija a la bocha, después de que la empresa en la que trabajó toda la vida, Olivetti, levantó campamento y se fue a Brasil.

Eran días difíciles y tristes en casa. En un televisor blanco y negro vimos el mundial de México y descubrí en mi corazón un amor incondicional, total y entero. Maradona hizo llorar a mi viejo y eso es muy fuerte cuando sos chica y te criaste en el modelo ese en el que los hombres no lloran.

Hizo gritar a mi tío que vino desde el culo del mundo, de ese “primer mundo” lleno de complacencias y comodidades, a ver el Mundial en blanco y negro, pero juntos.

La sonrisa de Diego con la copa fue Todo y no hubo nada que quebrara esa alianza que sellé con él en el Estadio Azteca ese mediodía. Lo quise para siempre: falopero, gordo, bardero, feroz y lúcido. Lo defendí a capa y espada, me enfrenté con todos aquellos que lo criticaban, incluso cuando tenían razón.

Diego era mi patria: peleadora, contradictoria, turbulenta y genial.

Cuando murió (y todavía me cuesta escribirlo) fue un dolor inmenso, que aún hoy padece no tener donde ir a ponerle una flor. Pensé que nunca iba a volver a sentir ese amor.

Me equivoqué. El pibito me gustaba, claro, cómo no te va a gustar esa gambeta, esa magia. Pero no parecía ser lo mismo, no sentía esa emoción, ese fuego que viví en la adolescencia y después. Un jugador increíble, por supuesto, pero… Sin embargo, me volví a enamorar.

Como una viuda a la que le quedó el dulce recuerdo de su amor, que lo será por siempre, volví a sentir la sangre corriendo caliente, el corazón galopando y las ganas de que él, el pibito que ya es Messi, fuera feliz, muy feliz. Claro que quería la copa.

Pero más quería que él la ganara. Porque, como en el amor maduro, nació a fuego lento y persistente, a fuerza de sencillez y honestidad. Porque sonrío cuando él sonríe, porque le creo, porque otra vez se selló la alianza inalterable. Mi viejo y mi tío Cachi estaban sin estar junto a mí mientras Lionel levantaba la copa, y nos abrazábamos y le dábamos gracias a Dios por ser argentinos, con lágrimas en los ojos, felices y pobres como aquella vez, en el ’86.

 

(*) En Facebook: Enriqueta Barrio Escritora, [email protected], en Instagram @soylaqueta y en FM 104.5 “Noches de Barrio”.



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