El autor de “Topos” conversó con LA CAPITAL sobre su faceta literaria: el cruce entre la investigación periodística y la ficción, su interés por retratar el “lado B” de la naturaleza humana y la posibilidad de ejercer una crítica social a través de la literatura.
Por Rocío Ibarlucía y Félix Lencinas
Hugo Alconada Mon viene consolidando, en paralelo a sus trabajos periodísticos, una obra literaria que dialoga de manera directa con su oficio. Tras haber publicado cinco libros de investigación y dos libros que reúnen entrevistas a referentes mundiales, dio el salto a la ficción en 2022 con “La ciudad de las ranas”, una novela histórica que reconstruye la fundación de La Plata desde múltiples perspectivas sociales y revisita, así, la generación del 80, con sus luces y sus sombras.
Su incursión en la literatura se afianzó con la publicación de “La cacería de Hierro” (2024), un policial que indaga los orígenes de la criminología moderna en la Argentina de fines del siglo XIX a partir de un asesinato real ocurrido en Necochea. La historia está narrada por un personaje ficcional, Valentín Hierro, quien dialoga con figuras históricas como Juan Vucetich y Eduardo Álvarez, primer detective de la Policía bonaerense.
La serie se completa, por ahora, con “Topos” (2025), una obra de no ficción que se lee con la intensidad de un thriller. El libro reconstruye la historia de dos espías rusos que vivieron en la Argentina durante más de una década bajo identidades falsas, con hijos incluidos, hasta ser detenidos en Eslovenia.
Su visita a Mar del Plata, en el marco del festival MarPlaneta –donde el lunes 2 de febrero participó junto a Jorge Fernández Díaz de la charla “Detectives de la literatura en búsqueda de lo real”, a sala llena–, ofreció la excusa para preguntarle por los cruces entre la investigación periodística y la escritura de ficción.
Lejos de abandonar el periodismo cuando se adentra en la ficción, Alconada Mon traslada a sus novelas la misma matriz investigativa que guía su oficio. Como un detective de la literatura en busca de lo real, siguiendo el título de la charla, sigue pistas, explora archivos y se nutre del trabajo de campo y de los testimonios para construir tramas que exponen las “zonas grises” de la política y la moral. “El lado B, la carnadura humana, las tentaciones que son propias de la naturaleza humana” son, en sus palabras, las tensiones que procura iluminar también desde la narrativa. En ese territorio híbrido entre el rigor documental y el pulso narrativo, entre el dato duro y el suspenso, el autor delinea una poética propia.
Los libros más recientes de Alconada Mon, publicados por Planeta.
—Desde tu experiencia como escritor tanto de ficción como de no ficción, ¿en qué puntos percibís que se cruzan el detective literario y el investigador periodístico?
—Bueno, hay una zona gris donde los periodistas que hacemos investigación o cubrimos policiales o temas como narcotráfico se solapan con los escritores que hacen policiales y con policías y con detectives. Cuando leo algunas novelas, a mí me da la sensación de que no son verosímiles, porque he participado en operativos y cuando lo leo, automáticamente me cruje. Y conozco investigadores, agentes de inteligencia y lo que ves en la vida real y lo que ves en alguna novela no tiene mucho que ver tampoco. Entonces, es una mezcla.
Y también depende del contexto histórico. Por ejemplo, este verano volví a leer a Edgar Allan Poe. Auguste Dupin, en aquel momento, en medio del siglo XIX, fue revolucionario, un genio. Pero vos lo ves ahora y es un ingenuo, no dura tres minutos. Por el contrario, también he leído durante el verano dos de los libros de la saga del comisario Montalbano y es muchísimo más verosímil porque es así.
—¿En dónde se ve esa cercanía con lo real?
—Tenés un colaborador que es un incompetente y decís, es cierto, pasa todo el tiempo. Y también las redacciones, cometés errores y te querés matar porque metiste los dedos solo en el enchufe. Y vos mismo cometiste un error que boicoteó tu investigación. Y es ensayo y error, intentás 500 veces y te va mal. Y vas 501 y de repente salió bien. Y vos decís, ¿qué pasó que salió bien? Y vos mismo sospechás de vos mismo. Y decís, no puede ser. Es una mezcla.
—Quisiéramos preguntarte por uno de los detectives de tu literatura, que es Eduardo Álvarez, de la novela “La cacería de Hierro”, quien además fue el primer detective de la Policía bonaerense. ¿Qué te atrajo de esta figura histórica para recuperarla en tu novela?
—Que fue real. Y al leer el informe que él envía al jefe de la policía, y la carta que le escribió Vucetich, y el momento histórico en el cual le envía ese informe, 1892, me di cuenta de que lo que él vuelca en ese texto era de avanzada. No un revolucionario, pero era de avanzada. Decís, carajo, este tipo, en ese momento, está haciendo o está intentando técnicas de investigación que todavía hoy se aplican. Pero cuando él lo intentó, era un adelantado. Entonces, lo primero que me pasó con él es como cuando vos te encontrás con alguien que tenés la sensación de que es un distinto. Si tuviera una máquina del tiempo, probablemente me maten todos los de la poli, pero si tuviera que elegir entre juntarme con Juan Vucetich o con Eduardo Álvarez, yo digo, vamos con Álvarez. Vucetich ya lo conocen todos, es un genio; a mí dámelo a Álvarez. Yo me iría a tomar un Fernet con Álvarez.
—La novela también muestra dos caras de la policía: la de la corrupción, pero también la de quienes buscan la verdad y la justicia. ¿Cuánto de esa cara dual sigue persistiendo y qué te parece que deberíamos recuperar de las premisas de tu detective, Álvarez?
—Es esa dicotomía entre los supuestos atajos que no lo son. Entonces, tengo un testigo, ¿aplico las técnicas de investigación correctas y legales y quizás no llego a obtener la información? ¿O aplico mano dura y por ahí consigo la información? Pero en la práctica, eso que parece un atajo, termina haciendo volar por los aires toda la investigación. Te arruina la investigación. Y cuando ves los informes de la Correpi (Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional), todos los años hay apremios ilegales en las comisarías, hay torturas, hay vejámenes, hay abusos, es un desastre. Y la policía cree que de ese modo logra avanzar las investigaciones. Lo único que hace es que a la larga quede todo impune. Porque muchos de esos procesos, no todos, se anulan correctamente.
Y lo que ves es que Álvarez en ese informe que le manda al jefe de policía, le dice que el comisario de Necochea se pasó de piola, torturó, abusó, y ya lo levanté en peso. Y aunque yo lo levanté en peso, le estoy informando para que usted tome las medidas disciplinarias que considere pertinentes. ¿Cuántos comisarios hoy vos conocés que se animarían por escrito al jefe de policía o al ministro de Seguridad, se animaría a denunciar por apremios ilegales a otro comisario? Yo no conozco ninguno. Lo que hizo ese comisario en 1892, todavía hoy, 133 años después, no hay muchos que se animen a hacerlo. Lo que te muestra los valores morales que tenía este tipo. Para mí es espectacular. Ojalá tuviera muchos más oficiales de ese lado, que los hay.
A fin de año, me invitaron a dar una charla para los oficiales y suboficiales de la Escuela de Policía Juan Vucetich. Y mi charla fue sobre eso, justamente, de decir a esos chicos y chicas que tienen por delante dos caminos: el camino de ir por la banquina o el camino más complicado, donde eventualmente tenés que enfrentarte con tu propio jefe, pero donde vas a poder dormir tranquilo de noche. Cada uno sabrá lo que tiene que hacer.
Alconada Mon, durante la charla del festival MarPlaneta junto a Jorge Fernández Díaz, moderada por Bernabé Tolosa.
—Ricardo Piglia define el género policial no como un género de mero entretenimiento, sino como una herramienta para leer la sociedad y denunciar los mecanismos de poder.
—Camilleri. Vos leés a (Andrea) Camilleri y el comisario Montalbano te habla de los vínculos entre la política y la mafia y los controles de la policía y las agachadas y la inoperancia y la competencia y la negligencia. Algunos de los grandes escritores escandinavos, como la pareja (Maj) Sjöwall y (Per) Wahlöö, yo me leí los diez libros, unos genios, te cuentan la verdadera Escandinavia. Es lo mismo con Stieg Larsson en la trilogía “Millennium”, que te muestra el lado B, donde tenés a los muchachos que miran con cariño a Adolf Hitler. No me vengas con los fiordos, ni con los escandinavos rubios de ojos celestes que son todos buenos y caminan como Heidi por los Alpes. La mitad de esos muchachos quieren pasar por una máquina de picar carne a la otra mitad. Y terminaste abordando el lado B. Y hay una crítica social.
—¿Y de escritores argentinos?
—Acá en la Argentina no es estrictamente policial, pero “Kryptonita” (de Leonardo Oyola) es un libro medio en joda, medio en serio, pero que te da un pantallazo de lo que es el verdadero conurbano que no te dan muchos libros de supuestos investigadores académicos con sus biribiris, que vos los leés y te das cuenta de que este tipo o esta mujer nunca pisaron el conurbano.
—Y en tu caso, ¿qué tensiones sociales, políticas, éticas creés que se ponen en juego en tu narrativa policial, en “La cacería de Hierro” y en parte en “Topos”?
—El lado B, la carnadura humana, las tentaciones que son propias de la naturaleza humana. El policía que intenta jugar limpio y el policía que intenta el atajo. Y en el caso de los espías, la doblez, las agachadas, la violencia moral. Una de las cosas que a mí más me impactaron de la historia de “Topos” y que fue el verdadero motivo por el cual lo escribí fueron los chicos. Porque ponele que vos y yo fuéramos pareja y por amor a la patria o por sed de aventuras o por tilinguería o por lo que fuera, que nosotros dedicamos 10 años de nuestras vidas a vivir en Etiopía y a simular que somos etíopes para conseguir el pasaporte etíope y para después con el pasaporte etíope irnos a Europa. Bueno, somos dos, somos adultos y tomamos la decisión. Ahora, cuando nosotros dos ya tenemos hijos y les mentimos a nuestros propios hijos, les ocultamos la verdad a nuestros propios hijos, ¿cuál es el límite moral? Y vos decís, en pos de la patria, ¿estoy dispuesto a engañar a mis hijos? En pos de la patria, ¿estoy dispuesto a ocultarles que tienen abuelos, a ocultarles su propia identidad? Una grisura moral en la cual no hay decisión que salga bien, porque cualquier decisión que tomes es un espanto, porque si le contás la verdad a los chicos, ¿qué significa? Que los tenés que hacer cómplices. Y si no le contás la verdad a los chicos, los vas a tener en la mentira. En cualquier lado, la solución es un espanto. Es horrible. Y si vos decís, bueno, la tercera variante, le digo la verdad y los mando de regreso a Rusia, entonces se crían sin los padres. No hay opción válida. Esa grisura fue lo que a mí más me atrajo de este texto.
“El lado B, la carnadura humana, las tentaciones que son propias de la naturaleza humana” son, en palabras de Alconada Mon, las tensiones sociales que puso en juego en sus últimas novelas.
—Volviendo a las tensiones entre ficción y periodismo, ¿cómo fue en “Topos” contar una historia real con el viso literario de las novelas de espías y policiales pero manteniendo el rigor periodístico?
—Bueno, ahí yo tomé la decisión. Porque es decir, ¿qué hago? ¿Lo escribo como una crónica periodística? ¿O utilizo alguna de las herramientas de la ficción para un texto de no ficción? Y en este caso me pareció mucho más provechoso, útil, atractivo contarlo como una novela de espionaje pero donde todo lo que conté era real. Y que entonces, para respetar eso, una y otra vez yo vuelco eso de decir: ¿pudo haber ocurrido esto? ¿Pudo haber ocurrido lo otro? No lo sé. Entonces, como no lo sé, no te lo invento, te lo dejo ahí.
A vos te queda claro que no es que se me escapó la tortuga de que no vi que esta era una posibilidad. Pero al mismo tiempo, como todavía es una posibilidad y no sé si eso ocurrió, te lo dejo simplemente como una duda. ¿Pudo haber ocurrido? De hecho, me pasó que en “Topos”, yo llego a escribir estas cosas de decir: ¿es posible que el plan último de estos espías fuera que los chicos algún día se convirtieran en espías? Pero lo planteé como duda, porque hubo un par de fuentes que me lo decían. Ahora, no tenía ningún dato.
Después de publicado el libro, ella, la mamá espía, da una entrevista a un canal de televisión del Kremlin y ella confirma en un ‘off the record’ que sí, le pusimos esos nombres, porque esos nombres sonaban bien con su apellido de fantasía y con el pasaporte argentino, y algún día iban a poder ser espías.
Si querés, en esa línea, yo venía de leer “La llamada” de Leila Guerriero. Un libro tremendo, escrito como los dioses. Leila, te envidio profundamente. Además, es amiga. Yo venía de leer varios textos de ese palo donde, sin cruzar la línea hacia la ficción, pero juegan con las herramientas literarias. No sé si leyeron “La torre elevada” de Lawrence Wright. Es la historia de Al Qaeda y del agente del FBI que intenta cazar a Osama Bin Laden. Y es la historia de los muchachos que van construyendo Al Qaeda. Este, en el intento por detenerlos, harto de que en el FBI no le den bola, finalmente renuncia al FBI y se va a laburar en el sector privado. ¿A dónde fue a laburar? Director de Seguridad de las Torres Gemelas. Y muere el 11 de septiembre a manos de los tipos que él intentó detener. El libro es espectacular y no cruza una sola vez hacia la ficción y no es necesario.
Bernabé Tolosa, Jorge Fernández Díaz y Hugo Alconada Mon, durante la charla a sala llena en Chauvin, en el marco del festival MarPlaneta.
—Tus trabajos de investigación quitan el velo a la corrupción y los abusos de poder. Como lector y como escritor, ¿percibís que la literatura también puede ser un ejercicio crítico frente al poder?
—Sí. Ambos. Yo creo que la ficción, como el periodismo, puede servir para cuestionar al poder y al relato oficial. Y la no ficción también, como está lo que decíamos antes. Para mí, el libro “La llamada” de Leila Guerriero es una maravilla porque evita esta cosa maniquea, blanco y negro, buenos y malos, y te muestra justamente el caleidoscopio de grises morales en las cuales se movieron todos, algunos mucho más oscuros que otros. Y cuestiona versiones, relatos. Lo mismo que el libro este de Lawrence Wright, que termina cuestionando mucho más eficazmente al sistema nacional de inteligencia norteamericano que un informe del Congreso de los Estados Unidos. Y hay veces que también la ficción te permite cuestionar a una sociedad y llegás mucho más lejos. Yo creo que Montalbano terminó mostrándote la catadura de muchos, desde un pueblo ficcional que es Vigata, que no existe, y Vigata le terminó mostrando una radiografía de Italia mucho más eficaz que lo que pidieron explicar muchos políticos o académicos. Y lo lograron a través de un pueblo fantasma. Entonces, sí, para mí son herramientas.