Iñaki Urlezaga vuelve a bailar y Mar del Plata será una de las pocas ciudades que tendrá la oportunidad de disfrutarlo. La decisión llegó mientras desarrollaba, como coreógrafo, “El aplauso final”, una obra que había comenzado a crear sin pensar en él como parte del elenco y cuyo concepto es “un homenaje a los artistas”.
Ocho años después de su despedida oficial de los escenarios, el bailarín y coreógrafo se calza nuevamente las zapatillas de baile para mostrar esta pieza que definió como “disruptiva”, sobre la despedida de una artista de los escenarios, las emociones y los vínculos que la atraviesan. El espectáculo, que cuenta con 16 artistas en escena se presentará este sábado, a las 20, en la sala Astor Piazzolla del Teatro Auditorium.
La obra original de Urlezaga estará precedida por fragmentos de “El lago de los cisnes”, “Romeo y Julieta” y “La traviata”, emblemáticos del repertorio universal del ballet.
Primera figura del Royal Ballet de Londres, Urlezaga cuenta con una extensa trayectoria internacional y continúa desarrollando su actividad como coreógrafo, director y formador de nuevas generaciones de bailarines.
“Creé una obra sin saber que yo iba a estar arriba del escenario, sinceramente te lo digo. Y es importante porque si yo la hubiera estado pensando para mí, en como yo mejor la podía interpretar, hubiera hecho una obra restringiéndome más a mis cualidades artísticas que al rango del rol en sí mismo”, confió Iñaki Urlezaga en una charla con LA CAPITAL, antes del estreno.
Fue cuando empezó a buscar el elenco que razonó que “en vez de enseñarle este rol a alguien y explicarle de que se trata, lo que busco, el ahora, el contexto… si es un coreógrafo y yo soy coreógrafo, yo puedo hacer esto, estoy facultado para hacerlo”. En ese momento, reconoció, comenzó a agregarle al rol “cosas más personales, lógicamente”.
“Personal, pero no autobiográfica”, definió el artista a esta pieza y contó que “la obra en sí misma es sobre la despedida de una bailarina y tiene todo el aditamento que implica cómo lo vive una mujer, cómo la mujer se para frente a un determinado rol, tiene amplitud. No habla de mi despedida, sino que habla de la despedida de los artistas”, aseveró.
—¿Un tributo, también, a esa disciplina que los acompaña, que es mucho más exigente que otros trabajos?
—Sí, lo decís y yo lo siento de alguna manera. Es un homenaje a la carrera, es un homenaje a los artistas, a la gente que perdura gracias al amor que se le tiene a esta profesión, a seguir adelante y a no claudicar, con todo lo que eso implica. A mí, por eso, me emocionan mucho los artistas.
—¿Y un mensaje también sobre la tolerancia a la frustración que requiere dedicarte a la danza, a ese nivel?

“La danza va a seguir siendo atractiva para el público dependiendo de cómo uno elija mostrarla. Si no, uno corre el riesgo de que quede como una pieza de museo, algo sin vida y me parece que eso no nos lo podemos permitir”.
—Sí, lógicamente, porque es difícil, es de mucha exigencia, de mucha disciplina, de mucha rigurosidad. No es fácil bailar bien, necesitas atravesar muchos noes para llegar a un sí. Y yo estoy de acuerdo en esa disciplina, porque me parece que es la única manera posible de poder llegar a una excelencia y yo respeto mucho al público. A mí me parece que el arte es una disciplina valiosísima como herramienta humana de poder transformarte y ayudar a transformar a otros. Y yo quiero que siga teniendo ese valor y para tener ese valor hay que poder tener la capacidad de trascender toda dificultad con honestidad. Y la danza es una escuela de vida, es una enseñanza que forja en parte tu propia personalidad, con lo cual yo le estoy profundamente agradecido.
—Volver al escenario después de ocho años, ¿cambió tu rutina?
—Sí, cuando vos subís al escenario todo cambia, todo tiene otro color, todo tiene otra visión, todo tiene otra vibración, te diría, hasta a nivel genético, humano y existencial. Así que saber que uno se sube al escenario tiene siempre una connotación, además de hermosa, de una enorme responsabilidad. Y cuando dije que sí, sabía también todo lo que se venía. Te voy a ser honesto, me gusta vivir acorde a cómo siento y pienso. Y después también por respeto al público, yo creo que uno debe darle algo fructífero. Te diría que puede hasta no gustarle el espectáculo al público, porque no todos los espectáculos gustan, pero yo creo que si hay un rigor y hay un trabajo y hay una estética, siempre se agradece, porque a veces las propuestas son distintas y el propio público te disfruta más en un rol que en otro. Está bien que sea así, porque es parte de la profesión, ser observado y juzgado por los otros. Pero en el fondo, lo que yo creo que no debe nunca dejarse de lado la honestidad intelectual con la cual uno trabaja, que me parece que es lo que también la gente agradece.
—Esta obra tiene también un componente actoral además de la técnica de la danza. ¿Cómo trabajaste ese aspecto?
—Sí y en este caso es una obra actoral bailada, porque tiene una historia muy humana, muy linda y si bien es un ballet, porque se abre el telón y uno ve zapatillas de punta y tiene el formato académico de tutú, es una obra que cuenta una historia actoralmente hablando. No es que haya texto, los bailarines hablan con el cuerpo. Tiene una expresividad y una teatralidad que no se limita solamente a expresar con movimientos de danza. Hay gestos, hay actuación, hay momentos donde para expresar sentimientos humanos, lógicamente, no alcanzan los pasos de danza, hay que poder hacerlo con una naturalidad mucho más propia de la persona.
—En la primera parte del espectáculo proponés fragmentos de clásicos, ¿por qué elegiste esas obras?
—Como “El aplauso final” es tan disruptiva, la obra en sí misma es una propuesta muy arriesgada, me parecía darles una primera parte de algo más clásico, que pudieran recibir con los brazos abiertos -porque son el “Lago de los cisnes”, “Romeo y Julieta”, “La traviata”, músicas muy conocidas que la gente verdaderamente ha disfrutado a lo largo de su historia-. Darles un plafón, un lugar a lo que viene después, para decir, de alguna manera: la danza también puede ser esto.
—¿Es parte de tu búsqueda como coreógrafo y director, dentro del ballet clásico?

—Estamos en el siglo XXI, me parece que la danza va a seguir siendo atractiva para el público dependiendo de cómo uno elija mostrarla. Porque lo que la mantiene viva, lógicamente, es la sucesión de nuevos artistas y nuevas interpretaciones de lo que es la misma disciplina. Si no, siempre uno corre el riesgo de que quede como una pieza de museo, algo sin vida, que fue producto de otra época. Y me parece que eso no nos lo podemos permitir. Creo que tenemos que contribuir con algo valioso a los tiempos que corren. La evolución hay que ir acompañándola y no hay que tener miedo, no hay que ser prejuicioso, me parece que el arte lo que hace justamente es derribar tabúes y prejuicios.
—¿Qué lugar ocupa “El aplauso final” entre las obras que hiciste?
—Mirá, esta obra de todas es la más personal, porque como tiene desgraciadamente el rol del coreógrafo, esto habla mucho de mí a la hora de la coreografía, a la hora de cómo yo coreografío, a la hora de cómo yo trabajo con los bailarines, acá se ve claramente y sinceramente es algo que me gratifica. Después yo no tengo preferidas, yo me apasiono mucho por el trabajo en general, cuando me toca hacer una obra, siempre la hago porque me mueve profundamente y en general trasciende al tiempo. Pero esta obra realmente yo no quisiera dejar de hacerla nunca y me gustaría que eso le pase a la gente.