Itinerarios de lectura: anatomía del infortunio
Qué hay dentro de los hombres que se ofrendan al sangriento espectáculo de la lucha. Qué los impulsa hacia lo más bestial del ser humano y por qué flaquean cuando ven la ocasión de reafirmarse y rehacerse, se pregunta Nomi Pendzik para presentar este relato de Claudio Siracusano.
Por Nomi Pendzik
¿Cómo se desbarranca una vida? ¿Cuándo empieza la debacle, y por qué quien la sufre no se da cuenta de su caída hasta que es demasiado tarde? Los relatos que tienen como protagonistas a boxeadores suelen resultar significativos. Pensemos nomás en Por un bistec, de Jack London, o en Torito, de Julio Cortázar: cuánto nos conmueven esas tremendas historias. Uno se pregunta qué hay detrás, qué hay dentro de esos hombres que se ofrendan al sangriento espectáculo, qué los lleva a luchar a veces con una saña inconcebible y a veces con estudiada perfección, qué los impulsa hacia lo más bestial del ser humano y por qué flaquean cuando ven la ocasión de reafirmarse y rehacerse.
Quizás el texto que les traigo hoy –un fragmento del excelente cuento La noche de Swansea, del argentino Claudio Siracusano, cuyas crónicas ya son conocidas en estas páginas– nos lo devele. Su protagonista no es un peleador cualquiera: fue ebanista, y eso le da al personaje una perspectiva diferente de aquel que no conoce otra posibilidad que la de batirse en la arena. Pero el contexto en que se desarrolla la historia lo condiciona. Vemos en las rotundas descripciones la pobreza y la decadencia del barrio y de la ciudad. Siracusano pinta con contundentes imágenes y crudas metáforas el derrumbe indefectible del personaje: las heridas que carga no son solo consecuencia directa de su pugilato, sino que también han lastimado su espíritu. Él lo sabe, pero no puede –¿o no quiere?– abandonar la actividad que está arrastrándolos a él y a su matrimonio a la ruina.
Si quieren saber qué pasó “la noche en que el horror se desató”, lean el texto completo en Fin, el periódico virtual que dirijo en elaleph.com. Verán a un escritor al que no le tiembla el teclado a la hora de describir con brusca poesía las más terribles acciones del ser humano.

Claudio Siracusano.
La noche de Swansea
de Claudio Siracusano
Diría que mi ruina comenzó en uno de aquellos inviernos, cuando no había encargo alguno en mi banco de ebanista y la harina debía medirse con sacramental parsimonia. Una mañana se presentó en mi taller un sujeto llamado Morgan Pike, promotor de combates y mercader de apuestas. En suma, tenía frente a mí a un conocedor de toda suerte de hombres ruines. Se atusaba los encerados bigotes, me estudiaba con el ojo de quien con la misma rapidez calcula el peso de un caballo o la desesperación de un cristiano:
—Me han dicho que usted es carpintero —medía con la mirada mi envergadura—. Lástima. Con esas espaldas podría haber sido algo más útil.
No me ofendió, pues el hambre vuelve razonable hasta al propio orgullo. La Cardiff de entonces no era ciudad para delicados. Crecía a sacudones, entre chimeneas, astilleros, herrumbre y un humo tan espeso que las mañanas parecían haber sido ya usadas por la tarde de ayer. Ante la desesperada sorpresa de Ellen, Morgan Pike me prometía lides de puño desnudo, sin más ley que la resistencia de los huesos y la codicia de los que apostaban. No buscaba artistas del pugilato, desde luego. Buscaba hombres fuertes, anclados en su empecinamiento.
—Necesito bestias, bolsas de carne que nunca eviten la trituración.
Acepté.
Cuando Morgan se retiró, satisfecho, Ellen dejó la vela sobre la mesa y me miró con una congoja que, de haber tenido yo más juicio, habría temido más que la furia.
—Prefiero cenar pan duro y agua contigo, Evan, que ver cómo vuelves de esos antros con la cara destrozada. Haré sacrificios, haré lo que fuese. Volveremos a tu banco de ebanista. Tus manos aún recuerdan.
—Mis manos recuerdan, pero los clientes no.
Ella no insistió aquella noche. Se sentó cerca del fuego, con el chal sobre los hombros, y se quedó observándome como si ya me viera alejándome de ella por las calles de nuestro barrio, en las cercanías de Bute Town.
Yo no sabía entonces que, junto con las monedas, empezaría a traer a casa el aliento del aguardiente y esa falta de lucidez que convierte el cansancio en rencor, y el rencor en algo más truculento.
—Te golpean como a una bolsa de arena —decía Ellen, palabras más, palabras menos, restañándome la sangre del pómulo con agua tibia y vinagre—. No peleas: te usan. Pronto el médico dará paso al enterrador.
A veces no necesitaba hacerla callar: junto a la palangana donde me lavaba, quedaban las monedas. Monedas suficientes para un trozo de tocino, para botas nuevas en invierno, para pagar nuestro alquiler sin oír los codiciosos tacones del casero en la escalera. La dignidad, en los barrios pobres, canta con el percutir de la lluvia y el sol en los techos de zinc. Pero en el nuestro, en las cercanías de Bute Town, ni la lluvia ni el sol crean su música sobre las casas apiñadas, húmedas en los cimientos y desdichadas en los techos. Los niños corrían descalzos entre barriles vacíos y charcos de aceite. Las mujeres tendían ropa que salía del lavado tan gris como había entrado, y los hombres, ya fuesen estibadores o peones del carbón, cargaban en los rostros esas expresiones de fatiga que no son sólo del cuerpo, sino también del destino. Por las noches, cuando el viento cambiaba, se oían más las campanas de las tabernas que las de la iglesia, voz de Dios.
Es sabido que el dinero ganado sin paz tiene esa cualidad del alcohol: engaña, convence al hombre de que mañana sabrá detenerse. Mañana, decía yo. Mañana volveré a la ebanistería. Pero al día siguiente Morgan Pike ya disponía de otro contrincante, otra bolsa, otra promesa. Mañana, siempre mañana.
Nunca me lo perdonó Ellen, y quizás hizo bien.
—¿No te basta Swansea? —dijo, y al oír ese nombre yo sentía todavía un tirón en el costado.
Se refería a la pelea con Butterbean Joe, aquella noche del Día de Muertos que ha quedado grabada en mi memoria con malsana nitidez. Swansea olía a brea, pescado y cerveza; un antiguo establo improvisado con tablas por tribuna y un crucifijo colgado torcido sobre la puerta: Cristo prefería apartar la mirada. Butterbean Joe era un gigantón de los hornos de cobre, bajo de frente y ancho de pecho, célebre por golpear al cuerpo con el mismo fervor con que otros hombres oran. Yo había vencido a dos rivales menores aquella semana, y estaba ya gastado antes de subir. Ellen me había suplicado que no fuera.
—Te matará —había dicho en el umbral—. Lo presiento. Te abrirá de pies a cabeza, y yo tendré que verte morir por unas libras que no alcanzan para comprar otra vida.
Yo me reí, porque los hombres solemos reírnos cuando la verdad ajena nos incomoda.
Butterbean me castigó desde el comienzo con una brutalidad metódica, a puño desnudo. No era la ferocidad desordenada del borracho, sino el trabajo regular y espantoso de un obrero aplicado. En el séptimo asalto me alcanzó tan abajo de las costillas que creí con una certeza helada que algo se me había desgarrado por dentro. Caí de rodillas y vi el suelo subir hacia mí con la lentitud de un telón, manchado aquí y allá por salivazos rojos y por el barro sanguinolento que íbamos dejando.
Recuerdo la voz de Pike, lejana como el llamado de un marinero a un náufrago en el agua. Y recuerdo, por encima de todo, la imagen de Ellen cuando desperté dos días más tarde en una cama alquilada de Swansea: tenía los ojos hinchados de tanto llorar y me tomó la mano con una delicadeza que era más terrible que cualquier reproche.
—Casi pierdes un riñón —dijo, y no levantó los ojos de mis manos. Afuera llovía sobre Swansea—. Y yo recé por días enteros para que no murieras. ¿Qué más debo hacer para persuadirte?
Mas dejo ya esa noche de Swansea, cuya memoria aún me punza, y vuelvo a lo que siguió, pues he narrado mis miserias no para excusar aquello que sobrevino, sino para mostrar cómo un hombre puede descender sin advertir en qué peldaño dejó de ser un infortunado y pasó a ser una pesadilla oscura.
La noche en que el horror se desató regresaba yo de una pelea en Canton.
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