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Cultura 26 de julio de 2026

Itinerarios de lectura: heroica infancia

Una visita guiada por el relato “El cielo entre los durmientes”, del escritor argentino Humberto Costantini.

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Humberto Costantini (1924-1987).

Por Nomi Pendzik

Hace poco, cuando les ofrecí un capítulo de “La conversión del señor Tramayo”, de Dante Galdona, veíamos cómo muchas historias contemporáneas, casi siempre sin proponérselo, siguen las estructuras habituales de los relatos míticos. El protagonista recibe un llamado a la aventura, y si lo acepta sale de su hábitat para recorrer un camino que, una vez sorteadas las pruebas y desafíos que se le presentan, lo convertirá en héroe.

En el relato “El cielo entre los durmientes”, del escritor argentino Humberto Costantini (1924-1987), se cumplen estos pasos, pero en un contexto insólito: dos chicos que salen a vivir aventuras en el barrio dormido. Las pruebas y desafíos no vienen a su encuentro: ellos mismos los provocan. Los impulsan la amistad y la voluntad de vencer, no en furiosa competencia contra el adversario, sino contra sus propias limitaciones. Y la visión del cielo mencionado en el título corona su victoria.

La nostálgica voz del adulto recrea la aventura en un lenguaje poético que convierte las peripecias en símbolos conducentes del camino heroico. Y nos hace vivir la gloria de mirar el cielo desde abajo de los durmientes, con todo lo que eso significa.


“El cielo entre los durmientes”

de Humberto Costantini

Por la calle vamos Ernesto y yo. Hace cinco minutos, un silbido me arrancó de la sombra de la glicina y me mostró entre dos pilares de la balaustrada un rostro enrojecido y contento. No hubiera sido necesario que me dijera –¿salís?– con un grito breve y exacto como un pelotazo. Yo lo estaba esperando, o mejor dicho yo estaba esperando un pretexto cualquiera para dejar aquella modorra del patio.

Por eso no le contesté nada y enseguida estuve con él en la puerta. Se sabe que saldríamos a caminar. Ernesto es así, y nuestros doce años no soportan otras tratativas que ese “¿salís?” liso y directo viniendo de un mechón caído sobre los ojos, de una transpirada camiseta amarilla y de unas ganas de hacer muchas cosas que le brillan en la mirada.

Un saludo —¿qué hacés?–– y caminamos. El agua de la zanja, un agua barrosa, oscura, caliente, cubierta de protuberancias verdes como el lomo de un sapo, se agita por momentos a impulso de invisibles zambullidas.

Caminamos. ¡Aquella montaña! ¡A saltarla! La sangre nos golpea en el pecho y en el rostro. La vida es una alegría retenida en los músculos y es ese olor a sol, a sudor y a piel caliente que viene de la ropa de Ernesto.

Caminamos. Ernesto sabe de muchas cosas. De trabajos, de aventuras, de casas abandonadas y de extraños nombres de calles. Me cuenta un disparate y yo me río. Me río como un loco. Me río tanto que Ernesto se contagia de mi propia risa y empieza a reírse él también. Yo lo miro y me da más risa todavía verlo reír.

La esquina. Otra cuadra. La risa. Ladridos detrás de un alambre. Otra cuadra. Magnolias, jardines, postes de teléfono. Otra cuadra. El cielo, la soledad de la siesta, el silbido de una urraca. Otra cuadra, otra cuadra…

Apoyo de pronto mi mano en el hombro de Ernesto y señalo el terraplén del ferrocarril.

—¡A ver quién llega primero!

Salimos como balas. Una ametralladora de pasos y el crujido de los terrones resecos. Oigo el jadeo de Ernesto y apenas veo su camiseta amarilla pegada a mi costado. Me pongo enormemente contento cuando dejo de verla y cuando siento que el jadeo va quedando atrás. Apenas por un par de metros, pero llego primero arriba. Y desde arriba lo miro triunfante.

Ernesto tiene la cara negra de tierra y un sudor barroso le forma ríos en la nuca y la espalda. Yo debo estar igual porque en la manga que me pasé por la frente queda una gran mancha negra y húmeda.

A Ernesto se le ocurre caminar por la vía y vamos pisando los durmientes o haciendo equilibrio sobre los rieles. Lo más lindo son los puentes. Cuando allá abajo vemos la calle entre los durmientes deslizándose como un río. Algunos son muy altos y hay que pisar bien para no caerse. Yo camino despacio, aparentando indiferencia, pero sintiendo en todo momento un ligero vértigo que me obliga a clavar la vista en mis pies, a calcular cada pisada, hipnotizado por ese lomo de tierra que se mueve sin cesar debajo mío.

Ernesto, en cambio, se mueve con maravillosa soltura. Me habla, grita, se da vuelta, corre… Es imposible seguirlo. Anda por ese andamiaje de hierro, madera, viento y cielo como por el patio de su casa. No digo nada, pero pienso que estamos a mano con lo de la carrera.

Llegamos a un puente de poca altura y como viene un tren decidimos verlo pasar desde abajo. Descendemos la pequeña cuesta y nos ubicamos a un costado del puente. Oímos el bramido del tren que se acerca y luego un ruido infernal que hace trepidar toda la tablazón. Las vías parecen curvarse bajo las ruedas. Un pandemonio de vapor, chispas, truenos y aullidos que nos sacude hasta las entrañas. La verdad, sentimos un poco de miedo y deseamos que venga otro tren para reivindicarnos.

Las vías pasan a menos de tres metros sobre la calle. Con un buen salto es posible alcanzar los durmientes y colgarse de allí como de un pasamanos. La idea surge como una pedrada y casi de los dos a un tiempo. Quedarnos colgados cuando pase el tren.
La tarde es un desierto de sol y tierra enardecida.

Esperamos el rumor que nos anuncie la llegada de un tren. Los minutos transcurren lentos en el calor sofocante del reparo que forman las paredes del puente.

—A no soltarse, ¿eh?

—No, a no soltarse.

De pronto llega. Es apenas un murmullo perdido entre cien murmullos iguales, pero para nosotros imposible de confundir.
Con cierta parsimonia nos preparamos. Frotamos las manos en la tierra, ensayamos un salto, otro salto. Subimos a verlo, ya está cerca.

Tomamos posiciones.

—¡Cuando yo diga saltamos!

El silencio, avasallado ahora por aquel torrente que se agranda y se agranda. Nos miramos y miramos los durmientes allá arriba.

—A no solt…

—¡Ahora!

Me falla un salto. Al segundo estoy arriba balanceándome todavía por el impulso. Ernesto ya está allí, firmemente prendido. Me guiña el ojo. Quiere decir algo, pero no lo escucho porque un ruido ensordecedor me oculta sus palabras. —¿No quemará la locomotora?––. Ya viene. Allí está. Hierros, fuego, vapor y un ruido de pesadilla.

No sabemos cómo fue. Cuando queremos acordarnos los dos estamos a diez metros del puente, mirando cómo los últimos vagones se deslizan haciendo oscilar las vías.

La tarde se nos acuesta entera encima de los hombros. Nos acercamos al puente, cabizbajos, avergonzados.

—¡Vos te soltaste primero!

—¡Tenías una cara de miedo vos…

Otra vez el silencio. La sierra sin fin de la cigarra nos chista y se ríe de nosotros. Estamos agitados, desfigurados por el calor y la excitación pasada.

—Si vos te quedabas, yo me quedaba…

—Yo también, si vos te quedabas, yo me quedaba.

Nos tiramos al suelo para esperar otro tren. La tierra pegándose a la piel mojada. El reverbero de la calle o quizás las gruesas gotas de sudor que me empañan la vista.

Y el tiempo que se desliza silencioso sobre las vías como un tren infinito formado por el latido de nuestros corazones.
Silencio. Las voces de la siesta.

Ahora sí. Es un tren éste. El rumor lejano pero inconfundible. Nos ponemos de pie. Ninguno dice una palabra. El temor de soltarse y la decisión de permanecer hasta el fin. El contacto de la tierra caliente en las palmas de las manos.

—¡Cuando yo diga!

El ruido que crece segundo a segundo. Ernesto se agazapa para saltar.

—¡Ahora! —digo, y salto con todas mis fuerzas.

El ennegrecido durmiente queda aprisionado entre mis manos. A un metro de mí, Ernesto se columpia en el suyo.

El ruido ensordecedor. La cara roja de Ernesto entre sus dos brazos en alto. Su camiseta amarilla y su pelo caído sobre la frente.
Terremoto de hierro, vapor y chispas. El ruido infernal. El puente que se hunde con el peso del tren. Un miedo espantoso. Pero estamos colgados todavía.

Me doy cuenta de que estoy gritando a todo lo que doy. Ernesto también grita y patalea y me mira gritando y pataleando como un loco.

El tren no termina nunca de pasar. Las ruedas a medio metro de las manos. Una montaña encima de mi cabeza. El calor, el ruido. Todavía no sé si voy a quedarme hasta que pase todo. Y grito para darme coraje y también porque es necesario gritar. Lo veo a Ernesto congestionado, enloquecido, con las venas del pescuezo hinchadas por los gritos y por el esfuerzo.

Gotas de sudor se me meten en la boca. —No doy más, me quedo hasta que se quede Ernesto. —No doy más, me quedo hasta que se quede Cacho.

¿Cuánto faltará todavía? La cara de Ernesto gesticulando y escupiendo sudor. Sus piernas tirándome patadas. ¿Cuánto faltará todavía? Grito y lo pateo para hacerlo bajar. ¿Cuánto faltará todavía? El ruido. La vibración del puente metiéndose hasta los tuétanos. ¿Cuánto faltará todavía? Los sesos a punto de estallar. Borrachera de ruido, calor, alaridos y miedo. ¿Cuánto faltará todavía?

Algo dulce que nos acaricia los brazos. El tren que se aleja y el cielo azul a pedazos entre los durmientes.

Un silencio que crece de la tierra. El silbido lejano de la locomotora.

Seguimos colgados y nos miramos sonriendo.

La tarde canta en la voz de la cigarra.

¿Te acordás, Ernesto, cómo cantaba?

(Versión abreviada)