CERRAR

La Capital - Logo

× El País El Mundo La Zona Cultura Tecnología Gastronomía Salud Interés General La Ciudad Deportes Arte y Espectáculos Policiales Cartelera Fotos de Familia Clasificados Fúnebres
Cultura 18 de octubre de 2026

Itinerarios de lectura: la madre, la leche y la piedra

En el Día del Madre, uno de los relatos más perturbadores de Marguerite Yourcenar que se encuentra en "Cuentos orientales".

Agregar La Capital en

Marguerite Yourcenar (1903-1987), escritora y traductora francesa nacionalizada estadounidense.

 

Por Nomi Pendzik

Años treinta, terraza de un restaurante de Ragusa –actual Dubrovnik– de cara al Adriático. Un ingeniero francés le pregunta a su compañero de viaje cómo es su madre. La respuesta es un retrato de la época: una mujer elegante, tan bien conservada que la toman por hermana de su hijo. El ingeniero lamenta que ya no queden madres de verdad, de las de leche y lágrimas abundantes, y para probar tal carencia cuenta una leyenda de Albania. Ese es el marco con que empieza La leche de la muerte (1938), de Marguerite Yourcenar (1903-1987), uno de los relatos más perturbadores de sus Cuentos orientales.

La leyenda –es decir, el relato enmarcado– habla de tres hermanos que levantan una torre contra los saqueadores turcos. Pero la torre amenaza con derrumbarse, y los hermanos prometen seguir una muy poco amable costumbre edilicia del folclore de los Balcanes: encerrar en los cimientos a alguna persona para apuntalar el edificio.

Los fabulosos hermanos pactan emparedar a la primera de sus mujeres que llegue a traerles la comida. El pacto se cumple a medias: sin revelarles la verdad a sus esposas, los dos hermanos mayores se las arreglan para que ellas no vayan, y la que llega es la esposa del menor –el único que honró su promesa–, madre de un bebé. Y la historia va desplegándose entre la belleza y la crueldad, según lo comprobarán ustedes cuando termine esta introducción.

Yourcenar viste esta historia con un lenguaje que suena deliberadamente arcaico: apelativos tradicionales, reiteraciones de fórmulas y situaciones típicas de los relatos folclóricos –me llaman la atención los paralelismos de remotas resonancias poéticas, como, por ejemplo, aquello de “hermanos por la sortija del matrimonio y la bendición del sacerdote”–.

Verán que acá, a la inversa de lo que sucede en los cuentos populares, el sacrificio no es elegido por la heroína, sino que le es impuesto. Y ella –o tempora, o mores– no tiene más remedio que aceptarlo admirablemente, hasta el punto de que su hieratismo en la entrega es comparado con la actitud enhiesta de la Virgen detrás del altar.

El marco que cierra el relato nos trae de vuelta a la cruda realidad: una gitana se acerca a los viajeros con un niño de ojos vendados. El ingeniero la conoce, y sobre todo conoce su historia: ella ha cegado a su hijo para que le asegure el sustento, mendicidad mediante.

Pero entre la madre mítica, la de vitrina y la monstruosa hay un inmenso río de madres posibles. A todas nosotras, con nuestras grandezas y nuestros límites y desvelos y entregas y renuncias, desde esta sección nos deseo…, ¡feliz día, y que Nuestra Señora nos proteja!


La leche de la muerte

de Marguerite Yourcenar

“Cuando los tres hombres la vieron de lejos, pequeña silueta aún indistinta, corrieron hacia ella; los dos primeros inquietos por el buen éxito de su estratagema y el más joven rogándole a Dios. El mayor contuvo una blasfemia al descubrir que no era su morena, y el segundo hermano agradeció al Señor en voz alta por haber salvado a su lavandera. Pero el menor se arrodilló, rodeando con sus brazos las caderas de la joven mujer, y sollozando le pidió perdón. Enseguida, se arrastró a los pies de sus hermanos y les suplicó tener piedad. Por último, se levantó e hizo brillar al sol el acero de su puñal. Un martillazo en la nuca lo lanzó jadeante a la orilla del camino. La joven mujer, espantada, había dejado caer su cesto, y la comida regada alegró a los perros. Cuando comprendió de qué se trataba, tendió las manos hacia el cielo:

“—Hermanos a los que nunca he faltado, hermanos por la sortija del matrimonio y la bendición del sacerdote, no me hagan morir, mejor avísenle a mi padre que es jefe de clan en la montaña, y él les proporcionará mil sirvientas que podrán sacrificar. No me maten: amo tanto la vida. No coloquen entre mi amado y yo el espesor de la piedra.

“Pero bruscamente se calló, porque se dio cuenta de que su joven marido, tirado a la orilla del camino, no movía los párpados y de que su cabello negro estaba sucio de sesos y sangre. Entonces, sin gritos ni lágrimas, se dejó conducir por los hermanos hasta el nicho en el muro circular de la torre: dado que iba a la muerte por su propio pie, podía ahorrarse el llanto. Pero en el momento en que colocaban el primer ladrillo sobre sus pies calzados con sandalias rojas, se acordó de su hijo que tenía la costumbre de mordisquear sus suelas como un perro cachorro juguetón. Cálidas lágrimas rodaron por sus mejillas y vinieron a mezclarse con el cemento que la cuchara igualaba sobre la piedra:

“—¡Ay!, mis pequeños pies —dijo—, ya no me llevarán hasta la cima de la colina para enseñarle más pronto mi cuerpo a mi amado. Ya no conocerán la frescura del agua corriente: solo los Ángeles los lavarán, en la mañana de la Resurrección.

“Ladrillos y piedras se elevaron hasta sus rodillas cubiertas por un faldón dorado. Completamente erguida en el fondo de su nicho, parecía una María parada detrás de su altar.

“—Adiós, queridas manos, que cuelgan a lo largo de mi cuerpo, manos que ya no harán la comida, que no tejerán la lana, manos que ya no abrazarán al amado. Adiós, cadera mía, y tú, mi vientre, que no conocerás ni el parto ni el amor. Hijos que hubiera podido traer al mundo, hermanos que no tuve tiempo de dar a mi hijo, ustedes me acompañarán en esta prisión que es mi tumba, y donde permaneceré de pie, insomne, hasta el día del Juicio Final.

“El muro de piedra llegaba ya al pecho. Entonces, un escalofrío recorrió el torso de la joven mujer, y sus ojos suplicantes tuvieron una mirada semejante al gesto de dos manos tendidas.

“—Cuñados —dijo—, en consideración no mía sino de su hermano muerto, piensen en mi hijo y no lo dejen morir de hambre. No empareden mi pecho, hermanos míos, que mis dos senos permanezcan accesibles bajo mi blusa bordada, y que todos los días me traigan a mi hijo, al alba, a mediodía y al crepúsculo. Mientras me queden algunas gotas de vida, descenderán hasta mis pezones para alimentar al hijo que traje al mundo, y el día que ya no tenga leche, beberá mi alma. Accedan, malvados hermanos, y si así lo hacen mi marido y yo no les haremos ningún reproche el día en que nos volvamos a encontrar frente a Dios.

“Los hermanos intimidados consintieron en satisfacer ese último deseo y dejaron un espacio a la altura de los senos. Entonces, la joven mujer murmuró:

“—Hermanos queridos, coloquen sus ladrillos frente a mi boca, porque los besos de los muertos asustan a los vivos, pero dejen una hendidura frente a mis ojos, para que pueda ver si mi leche aprovecha a mi hijo.

“Hicieron como ella había dicho y dejaron una hendidura horizontal a la altura de sus ojos. Al crepúsculo, a la hora en que su madre acostumbraba amamantarlo, se condujo al niño por el camino polvoriento, bordeado de arbustos bajos que las cabras pastaban, y la torturada saludó la llegada del bebé con gritos de alegría y bendiciones dirigidas a los dos hermanos. Torrentes de leche manaron de sus senos duros y tibios, y cuando el niño, hecho de la misma sustancia que su corazón, se hubo adormecido contra su pecho, cantó con una voz que amortiguaba la espesura del muro de ladrillos. Cuando su bebé se separó del pecho, ordenó que lo llevaran a dormir al campamento; pero toda la noche la tierna melopea se escuchó bajo las estrellas, y esta canción de cuna entonada a distancia bastaba para que no llorara. Al día siguiente ya no cantaba, y con voz débil preguntó cómo había pasado la noche Vania. Al otro día se calló, pero todavía respiraba, porque sus senos, habitados por su aliento, subían y bajaban imperceptiblemente en su encierro. Días más tarde, su respiración fue a hacerle compañía a su voz, pero sus senos inmóviles no habían perdido nada de su dulce abundancia de fuentes, y el niño adormecido en la cavidad de su pecho, aún escuchaba su corazón. Luego, ese corazón tan bien conciliado con la vida espació sus latidos. Sus ojos lánguidos se apagaron como el reflejo de las estrellas en una cisterna sin agua y a través de la hendidura solo se veían dos pupilas vidriosas que ya no miraban el cielo. A su vez, esas pupilas dejaron lugar a dos órbitas hundidas al fondo de las cuales se percibía la Muerte, mas el joven pecho permanecía intacto y, durante dos años, a la aurora, a mediodía y al crepúsculo, el brote milagroso continuó, hasta que el niño abandonó por sí mismo el pecho.

“Solamente entonces los senos agotados se desmoronaron y solo quedó en el reborde de los ladrillos una pizca de cenizas blancas. Durante algunos siglos, las madres conmovidas venían a pasar el dedo por los ladrillos quemados y las grietas marcadas por la leche maravillosa; luego, incluso la torre desapareció, y el peso de las bóvedas dejó de ser una carga para ese ligero esqueleto de mujer. Por último, los propios huesos frágiles se dispersaron, y ya no queda ahí más que un viejo francés asado por este calor infernal, que repite al primero que llega esta historia digna de inspirar a los poetas tantas lágrimas como la de Andrómaca”.