Itinerarios de lectura: La mirada del narrador
En esta nueva edición de la visita guiada de Nomi Pendzik, se hace foco en la figura del narrador y como su mirada nos puede modificar la manera en que percibimos a los personajes en un relato.
O. Henry, seudónimo de William Sydney Porter (1862-1910).
Por Nomi Pendzik
Cuando un autor escribe una historia, tiene entre manos unos hechos, un escenario, una época, unos personajes, y el instrumento imprescindible: un narrador. El narrador no es el autor, sino la voz que el autor elige para relatar los hechos. Es quien nos filtra la historia: la conocemos a través de su mirada, y eso determina nuestra visión de los hechos y de los personajes.
Hay narradores neutros que se distancian de sus personajes, y así nos dan la impresión de estar leyendo una crónica periodística o un libro de Historia. Hay narradores que enfocan con virulencia a sus personajes, y nos hacen odiarlos profundamente. Y hay narradores que los tratan con tanto amor que no podemos menos que quererlos.
En el caso de nuestro autor de hoy, el genial cuentista norteamericano O. Henry (seudónimo de William Sydney Porter, 1862 – 1910), la mirada que el narrador le imprime a su protagonista presenta una mezcla muy particular. Cuenta la historia del vagabundo Soapy con cariñosa ironía. Nos despierta una sonrisa de superioridad, pero a la vez empatizamos con el pobre tipo, lo acompañamos en su periplo y queremos que consiga su objetivo supremo: ser encarcelado de una buena vez, usar la prisión como una pensión con comida y techo asegurados. Identificados con él, nos dejamos inundar por la magnífica evocación de la música, cuando el narrador parece abandonar la ironía y nos atrae, como a Soapy, hacia un camino diferente, un camino de cambio y redención.
Y, como el narrador nos ha enclavado en el alma del protagonista, el final nos resulta un anticlímax inesperado y poderoso.
Este cuento, como muchos de los de este autor, nos arrastra hasta precipitarnos en el sorpresivo desenlace. Un magistral ejemplo de los famosos “finales a la O. Henry”.
Déjense deslizar por él.
“El policía y el himno” (1904) de O. Henry
(versión abreviada)
Soapy se removió nervioso en su banco de Madison Square. Cuando los gansos salvajes graznan con fuerza por la noche y las mujeres con abrigos de piel de foca tratan con amabilidad a sus maridos y cuando Soapy se remueve nervioso en su banco del parque, no hay duda de que el invierno anda cerca.
Una hoja seca cayó sobre el regazo de Soapy. Era la tarjeta de presentación del señor Escarcha. El señor Escarcha es amable con los inquilinos habituales de Madison Square y los avisa con tiempo de su visita anual.
La mente de Soapy tomó conciencia de que le había llegado el momento de desdoblarse en un peculiar Comité para la Supervisión de las Finanzas con el fin de tomar las precauciones necesarias de cara a los rigores venideros. Las aspiraciones invernales de Soapy no eran de las más ambiciosas. Lo que anhelaba el alma de Soapy eran tres meses en la Isla. Tres meses con pensión, cama y agradable compañía aseguradas, a salvo de Bóreas y los uniformes azules, le parecían a Soapy la esencia de todo lo deseable.
Una vez decidido a trasladarse a la Isla, Soapy acometió de inmediato la tarea de satisfacer su deseo. Existían muchos medios sencillos para conseguirlo. El más agradable consistía en comer lujosamente en algún restaurante caro y luego, tras declararse insolvente, dejar que te entregaran tranquilamente y sin protestar a un policía. Un magistrado complaciente haría el resto.
Soapy avanzó por Broadway hasta detenerse frente a un café fastuoso en el que todas las noches se reúnen los productos más selectos de la vid, el gusano de la seda y el protoplasma.
Se sentía confiado desde el botón inferior de la americana para arriba. Iba afeitado, llevaba un abrigo decente y una corbata limpia, negra y de nudo corredizo ya hecho, que le había regalado una misionera el día de Acción de Gracias. Si conseguía llegar hasta una mesa del restaurante sin llamar la atención, tenía el éxito asegurado. La parte de Soapy que quedaría visible por encima de la mesa no levantaría las sospechas del camarero. Un pato real asado serviría, pensó Soapy…, con una botella de Chablis y seguido de Camembert, copa y puro. Con un cigarro de dólar bastaría. El total no sería lo bastante alto para despertar cualquier manifestación suprema de venganza por parte de la dirección del local y, no obstante, le dejaría ahíto y feliz para encarar el viaje hacia su refugio de invierno.
Pero en cuanto Soapy puso un pie en el restaurante, la mirada del camarero jefe cayó sobre sus pantalones raídos y sus zapatos gastados. Unas manos fuertes y raudas le dieron la vuelta y lo sacaron a la calle en silencio, evitando un innoble destino del ánade amenazado.
Soapy dejó Broadway. Parecía que su ruta hacia la Isla anhelada no iba a ser del tipo epicúreo. Había que pensar en otra manera de entrar.
En la esquina con la Sexta Avenida destacaba el escaparate iluminado y astutamente decorado de una tienda. Soapy cogió un adoquín y lo lanzó contra el cristal. La gente apareció corriendo a la vuelta de la esquina, con un policía a la cabeza. Soapy permaneció inmóvil, de pie con las manos en los bolsillos y sonriendo ante la visión de los botones de latón.
—¿Dónde está el responsable de esto? —inquirió nervioso el agente.
—¿No se le ocurre que quizá yo tenga algo que ver con el asunto? —comentó Soapy no sin cierta sorna, pero amigablemente, como quien da la bienvenida a la buena suerte.
La mente del policía se negó a aceptar a Soapy ni siquiera como pista. Los que destrozan ventanas no se quedan a parlamentar con los subalternos de la ley. El policía vio a un hombre corriendo para subirse a un coche media manzana más allá. Se sumó a la carrera con la porra en alto. Soapy, con el corazón compungido tras dos fracasos, se dedicó a vagabundear.
Se detuvo en el distrito donde por la noche se encuentran las calles, corazones, promesas y libretos más animados. Mujeres con abrigos de pieles y hombres con sobretodos se paseaban alegremente entre el viento invernal. De repente, Soapy temió ser víctima de un hechizo atroz que le habría hecho inmune al arresto. La idea le dio pánico y cuando se encontró con otro policía holgazaneando presuntuosamente frente a un teatro refulgente, se aferró de inmediato a la opción desesperada de la «conducta desordenada». Empezó a gritar incoherencias de borracho a pleno pulmón en mitad de la calle. Bailó, aulló, despotricó e imprecó a las alturas.
El policía hizo girar la porra, se volvió de espaldas a Soapy y le comentó a un ciudadano:
—Es uno de los muchachos de Yale que celebra la paliza que le han metido a los Hartford College. Son ruidosos pero inofensivos. Tenemos instrucciones de dejarlos en paz.
Desconsolado, Soapy abandonó aquel barullo inútil. ¿Es que ningún policía lo atraparía jamás? En sus sueños, la Isla parecía una Arcadia inalcanzable.
Soapy se alejó en dirección este por una calle aquejada de mejoras.
Al final llegó a una de las avenidas que dan al este donde el brillo y el oropel y el bullicio son más vistosos. Miró hacia Madison Square, puesto que el instinto de volver al hogar subsiste incluso cuando el hogar es un banco del parque.
Pero se quedó petrificado en una esquina inusualmente tranquila. Había una iglesia vieja, extraña, laberíntica y con tejado a dos aguas. De un ventanal de vidrio violeta emanaba una luz suave desde donde, no había duda, el organista se entretenía con las teclas para asegurarse de que dominaba el himno dominical. Porque del interior se escapaba una música dulce que sedujo a Soapy y lo inmovilizó contra la verja de hierro forjado.
La luna brillaba en lo alto, lustrosa y serena; había pocos vehículos y peatones; los gorriones gorjeaban soñolientos en los aleros: por un breve instante la escena podría haber correspondido al cementerio de una iglesia rural. Y el himno que tocaba el organista clavaba a Soapy a la verja de hierro, porque lo conocía bien de los días en que su vida incluía cosas tales como madres y rosas y ambiciones y amigos y pensamientos inmaculados y collares.
La conjunción del estado mental receptivo de Soapy y la influencia de la vieja iglesia desencadenó un cambio maravilloso y repentino en su alma. Vio con horror arrebatado el pozo en el que había caído, los días degradados, los deseos indignos, las esperanzas muertas, las facultades disminuidas y los afanes innobles que conformaban su existencia.
Y en ese momento también su corazón respondió con emoción a este nuevo ánimo. Un impulso fuerte e instantáneo le empujó a luchar contra su destino desesperado. Se levantaría del fango, volvería a hacer un hombre de sí mismo, conquistaría el mal que se había apoderado de él. Tenía tiempo; todavía era relativamente joven: resucitaría sus antiguas ambiciones impacientes y las perseguiría sin flaquear. Aquellas notas del órgano, solemnes pero dulces, habían iniciado una revolución en su interior. Al día siguiente iría al ajetreado distrito central y encontraría trabajo. Un importador de pieles le había ofrecido trabajo de conductor en una ocasión. Al día siguiente lo encontraría y le pediría el puesto. Sería alguien. Sería…
Soapy notó una mano en el hombro. Se volvió de inmediato para encararse con el rostro amplio de un policía.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó el agente.
—Nada —contestó Soapy.
—Pues acompáñame.
—Tres meses en la Isla —dijo el magistrado a la mañana siguiente en el tribunal.
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