Cultura

Itinerarios de lectura: lo que esconde cierto armario

C. S. Lewis sabe conducir de la mano a los lectores por senderos más imprevistos. En la primera novela de Las Crónicas de Narnia, hay un giro inesperado que cambia la historia.

 

Por Nomi Pendzik

Me impresiona comprobar cómo los buenos escritores saben conducir de la mano a los lectores por los senderos más imprevistos. Y “a su propio riesgo” como decía Oscar Wilde, y valga la anfibología. En El león, la bruja y el armario (publicado por primera vez en 1950), del anglo-irlandés Clive Staples Lewis (1898-1963), junto a los hermanos Pevensie vivimos casi doscientas ansiosas páginas esperando al león Aslan, el gran líder que vendrá a combatir a la Bruja Blanca para salvar a Narnia del invierno eterno.

Al fin aparece el majestuoso león, y nos preparamos para la batalla. Pero no: Aslan se aleja del campamento y, solo, se entrega a la Bruja y a su horrenda corte. ¿Qué pasa? ¿No era el héroe, el salvador que nos conduciría a la victoria? ¿Precisamente ahora nos abandona? Escarnecido, Aslan se entrega sin luchar, y la antagonista vence. Pero… ¿no es que un personaje debe superar las pruebas para convertirse en héroe? ¿Esto significa que no era Aslan el verdadero héroe de esa historia? ¿Era un engaño, un impostor? Las niñas Pevensie lloran amargamente, y los lectores nos sentimos igualmente tristes y defraudados: cuando pensábamos que todo estaba a punto de resolverse, nos echan tierra a la cara. ¿Quién conducirá ahora a este pueblo tanto tiempo sometido al Mal? ¿Ya no hay esperanza?

Pero no olvidemos que, cuando escribe su maravillosa saga titulada Las crónicas de Narnia, C. S. Lewis ya es un ferviente cristiano, y sabe que hay esperanza: él mismo afirma en sus cartas que Aslan es una encarnación imaginaria de Cristo, adaptada al mundo de Narnia. Y por eso, pese a que nos ha llevado a la más oscura de las noches, ahora vemos el resplandeciente triunfo del Bien. El Héroe —que se había entregado no por cobardía sino para salvar a Edmond Pevensie—, ya resucitado, ya triunfante, restaura el equilibrio del mundo.

Por todo eso, queridos lectores… ¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!


El león, la bruja y el armario

C. S. Lewis

El triunfo de la bruja

Un aullido y un farfullar consternado surgió de las criaturas cuando vieron al gran león que avanzaba despacio hacia ellas, y por un momento incluso la bruja pareció dominada por el temor. Se recuperó en seguida, no obstante, y soltó una salvaje carcajada.

—¡Idiota! —exclamó—. El muy idiota ha venido. Atadlo bien.

Lucy y Susan contuvieron el aliento a la espera de oír el rugido de Aslan y verlo saltar sobre sus enemigos; pero no sucedió. Cuatro arpías, de expresiones burlonas y maliciosas, aunque también, al principio, vacilantes y medio asustadas por lo que debían hacer, se habían acercado a él.

—¡Atadlo, he dicho! —repitió la Bruja Blanca. Las arpías se abalanzaron sobre él y profirieron un agudo chillido triunfal cuando vieron que no ofrecía resistencia. A continuación otros —enanos y monos malvados— se apresuraron a ayudarlas, y entre todos pusieron al león acostado de espaldas y le ataron las cuatro patas juntas, sin dejar de lanzar gritos y aclamaciones como si hubieran hecho algo muy valeroso, aunque, de haberlo querido el león, una de aquellas garras habría supuesto la muerte de todos ellos. Sin embargo no hizo ningún ruido, ni siquiera cuando los enemigos, tensando y tirando, ataron las cuerdas con tal fuerza que se le clavaron en la carne. Luego empezaron a arrastrarlo hacia la Mesa de Piedra.

—¡Deteneos! —ordenó la bruja—. Hay que afeitarlo primero.

Otro estallido de carcajadas ruines se alzó entre sus seguidores cuando un ogro con un par de tijeras de esquilar se adelantó y fue a agacharse junto a la cabeza de Aslan. El instrumento chasqueó y chasqueó en sus manos, y masas de dorados rizos empezaron a caer al suelo. A continuación el ogro retrocedió y las niñas, que observaban desde su escondite, contemplaron el rostro del león que entonces parecía muy pequeño y distinto sin su melena. Los enemigos también observaron la diferencia.

—¡Vaya, pues si no es más que un gato grande, al fin y al cabo! —chilló uno.

—¿«Esto» es lo que tanto temíamos? —dijo otro.

Se apelotonaron alrededor de Aslan, mofándose, a la vez que le decían cosas como:

—¡Gatito, gatito! Pobre gatito.

—¿Cuántos ratones has atrapado hoy, gato?

—¿Quieres tu platito de leche, minino?

—Pero ¿cómo pueden? —exclamó Lucy, con lágrimas corriéndole por las mejillas—. ¡Son unos bestias, unos bestias!

Pues ahora que había pasado la primera impresión, el rostro esquilado de Aslan le parecía más valiente, más hermoso y más paciente que nunca.

—¡Ponedle el bozal! —dijo la bruja.

Incluso entonces, mientras forcejeaban con su boca para colocarle el bozal, un mordisco de sus fauces les habría costado las manos a dos o tres. Sin embargo, no se movió ni una vez, y aquello pareció enfurecer a la multitud. Todos se abalanzaron sobre él entonces. Aquellos que habían temido acercársele, incluso después de que lo ataran, empezaron a recuperar el valor, y durante unos minutos las dos niñas ni siquiera pudieron verlo, de tantas como eran las criaturas que lo rodeaban para asestarle patadas y golpes, escupirle y burlarse de él.

Por fin la chusma tuvo suficiente, y empezaron a arrastrar al atado y amordazado león hacia la Mesa de Piedra, unos tirando y otros empujando. Era un animal tan enorme que incluso cuando lo tuvieron allí fue necesario efectuar un supremo esfuerzo para conseguir izarlo hasta la parte superior. Una vez sobre la Mesa, volvieron a atarlo con más cuerdas y a tensarlas bien.

—¡Cobardes! ¡Cobardes! —sollozó Susan—. ¿Todavía le temen, incluso ahora?

Una vez que Aslan quedó atado —atado de tal forma que en realidad era una masa de cuerdas— sobre la piedra plana, toda la muchedumbre se quedó silenciosa de repente. Cuatro arpías, que sostenían cuatro antorchas, se colocaron en las esquinas de la Mesa. La bruja se descubrió los brazos como lo había hecho la noche anterior cuando su presa había sido Edmund en lugar de Aslan, y a continuación empezó a afilar el cuchillo. A las niñas les pareció, cuando el destello de las antorchas cayó sobre él, que el cuchillo estaba hecho de piedra, no de acero, y que tenía un forma extraña y maligna.

Por fin la bruja se acercó, y fue a colocarse junto el rostro crispado y convulsionado por la ira, mientras que el del león contemplaba el cielo, todavía inmóvil, sin cólera ni temor, tan sólo un poco entristecido. Entonces, justo antes de asestar el golpe, la bruja se inclinó hacia él y dijo con voz estremecida:

—Y ahora, ¿quién ha ganado? Idiota, ¿creíste que con todo esto salvarías al traidor humano? Ahora te mataré a ti en lugar de a él tal como pactamos, de modo que la Magia Insondable quede aplacada. Pero cuando estés muerto, ¿qué me impedirá matarlo también a él? ¿Y quién me lo quitará de las manos entonces? Comprende ahora que me has entregado Narnia para siempre, has perdido tu propia vida y no has salvado la de él. Sabiendo eso, desespera y muere.

Las niñas no vieron el momento en que lo mataba, pues no pudieron soportar contemplarlo y se taparon los ojos. (…)

En cuanto el bosque volvió a quedar en silencio, Susan y Lucy se deslizaron sigilosas hasta la cima al descubierto de la colina. La luna empezaba a descender y finas nubes la atravesaban, pero aún pudieron ver la figura del león que yacía atado y sin vida. Las dos se arrodillaron sobre la húmeda hierba y besaron su rostro helado y acariciaron su hermoso pelaje —lo que quedaba de él—, y lloraron hasta quedarse sin lágrimas. Luego se miraron la una a la otra, se tomaron de las manos sintiéndose muy solas y volvieron a llorar; y a continuación volvieron a quedar en silencio. Finalmente, Lucy dijo:

—No soporto contemplar ese horrible bozal. ¿No podríamos quitárselo?

Así pues lo intentaron; y tras muchos esfuerzos, debido a que tenían los dedos helados y además era la hora más oscura de la noche, consiguieron su objetivo. En cuanto vieron su rostro sin él, volvieron a prorrumpir en lágrimas y lo besaron y acariciaron y limpiaron la sangre y la espuma tan bien como pudieron. La suya era un sensación de soledad, desesperación y espanto mucho mayor de la que yo sabría describir. (…)

Magia Más Insondable de antes de los albores del tiempo

La salida del sol había hecho que todo tuviera un aspecto muy diferente —todos los colores y sombras habían cambiado—, tanto que por un momento no vieron lo más importante. Aunque no tardaron en verlo. La Mesa de Piedra estaba rota en dos pedazos con una enorme hendidura que la recorría de extremo a extremo; y no había ni rastro de Aslan.

—¡Oh, oh! —exclamaron las dos, regresando a toda prisa hasta la Mesa.

—No, esto es insoportable —sollozó Lucy—; podrían haber dejado en paz el cuerpo.

—¿Quién lo ha hecho? —exclamó Susan—. ¿Qué significa? ¿Es magia?

—¡Sí! —contestó una potente voz a su espalda—. Es más magia.

Se dieron la vuelta. Allí, brillando bajo la luz del amanecer, más grande de lo que lo habían visto antes, sacudiendo la melena, que al parecer había vuelto a crecer, estaba el propio Aslan.

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