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Cultura 15 de junio de 2026

Itinerarios de lectura: los riesgos de un llamado imprevisto

En toda buena ficción, hay un punto de inflexión que obliga a los personajes a salir de su zona de confort e ir hacía la búsqueda de la aventura. Esa búsqueda esta vez es ejemplificada por una novela de Dante Galdona.

Dante Galdona, autor de La conversión del Señor Tramayo, junto con Nomi Pendzik.

Por Nomi Pendzik

El punto de inflexión contundente, el punto de giro, ocurre en la vida de los personajes en todas las buenas novelas, películas y series. Acerca del thriller que abordaremos hoy, imaginemos a un hombre mayor que llegó a la jubilación con todo en orden. Instalado en su preciada zona de confort, no piensa ni por asomo modificarla. Imaginemos también que algo o alguien pretende obligarlo a salir de ese refugio. El protagonista deberá decidir. ¿Se deja llevar por este camino inesperado, o se niega y se queda en su casa?

Estas preguntas le tocan bien de cerca al protagonista de La conversión del señor Tramayo, de Dante Galdona (Otamendi, 1978), novela publicada por Bucanera en 2025, de la que hoy les ofrezco prácticamente todo el primer capítulo.

El erudito Joseph Campbell, autor de El héroe de las mil caras. Psicoanálisis del mito, uno de los libros más prestigiosos que se han escrito sobre las estructuras míticas, ha denominado a este momento crucial “el llamado a la aventura”. Lo define así: “El llamado siempre levanta un velo que cubre un misterio de transfiguración; un rito, un momento, un paso espiritual que cuando se completa es el equivalente de una muerte y un renacimiento”. Muchas veces esa llamada, que pone en marcha la historia o la hace cambiar de rumbo, viene de la mano de un mensajero. El mensajero o heraldo puede ser un amigo o un enemigo, incógnita que se dilucidará sólo con el correr de la narración. Galdona nos presenta en su gran novela a Tadeo Tramayo, exfarmacéutico incrustado en un mundo vulgar, sin mayores aspiraciones que la de seguir con su rutina hasta que lo venga a visitar la Parca. Inesperadamente aparece la llamada clásica: un mensajero lo aborda en el café que él frecuenta para proponerle una de las propuestas más raras que me han sido dadas de leer. Y tan inesperadamente aparece que lo hace en la primera oración de la novela, que bien podría citarse en aulas y talleres como ejemplo de inicio. ¿Qué hará Tramayo, puesto ante tal revelación? ¿Dará ese paso que puede convertirlo en el peor de los antihéroes? Acompáñenme a ver cómo plantea Dante Galdona un perfecto llamado a la aventura –o a la peor de las tragedias, vaya a saber– para un protagonista que quiere carecer voluntariamente de todo protagonismo. Y no se pierdan esta sensacional historia, completa.  


La conversión del señor Tramayo

de Dante Galdona

—Se lo aseguro, señor Tramayo. Muy pronto, usted se convertirá en el mejor asesino de la historia. Mauricio Destcher es mi nombre, y a partir de hoy le será muy familiar.

Esas fueron las palabras con que Mauricio Destcher había decidido captar al señor Tramayo, que en ese momento, con la cara seca de tiempo y llanto contenido, se preguntaba quién sería ese invasor que, sin que él se diera cuenta, acababa de tomar el control en su mesa.

Esa acusación en forma de elogio ¿era una broma de mal gusto o el desquicio de un loco sentado frente a él?

Tadeo Tramayo no estaba preparado para asumir, y mucho menos resolver, semejante cuestión.

Media hora antes, Tramayo había llegado al café, como lo venía haciendo durante los últimos cuarenta años. Pero, a diferencia de los últimos cuarenta años, aquel día era el primero en su vida de jubilado.

Hacía tiempo que Destcher observaba desde una mesa cercana los gestos de ese viejo diminuto: los ojos esmerilados detrás de las gafas bifocales cuando leía el diario, el mechón de pelo blanco amarillento lo suficientemente largo como para llevarlo de una oreja hasta la otra para, inútilmente, disimular la calvicie, la piel flácida del cuello que le sobresalía por arriba del último botón de la camisa, la mirada fugaz sin punto fijo, salvo al leer.

Destcher venía estudiando a Tramayo desde hacía tanto tiempo que ya podía predecirle cada mueca. La única razón por la que acechaba ahí era para cazar a Tramayo y elegir la mejor forma de reclutarlo.

Suponía Tramayo que, después de desgastarse durante cuarenta años como despachante en la farmacia, algo que no le interesaba en lo más mínimo, lo esperaba la tranquilidad. El trabajo había sido simple, y todas sus aspiraciones se satisfacían en el cobro del sueldo. De haberlo querido, podría haber sido socio: el dueño de la farmacia se lo había ofrecido cada tanto. Es que Tramayo hacía sentir tan cómodas a las personas, que a veces ni registraban su presencia. En varias ocasiones, por ejemplo, sus compañeras se habían encontrado delante de él hablando del desempeño sexual de su pareja de la noche anterior. Desde el mostrador donde se encontrara, Tramayo solía tirar al piso alguna caja de medicamentos para distraer la atención, sin la necesidad de advertirles abiertamente que las escuchaba. Ellas, casi siempre hermosas porque el dueño así las elegía para atraer clientes, sonreían tímidas cada vez que esto sucedía.

El señor Roschtadt, dueño de la farmacia, le había propuesto muchas veces, cuando Tadeo aún mantenía intacta su energía vital, abrir una sucursal para que se hiciera cargo. Tramayo, guardando el respeto y sin que la negativa sonara a desprecio, respondía que no. No quería complicaciones de ningún tipo. Y el inicio de una etapa diferente hubiera resultado desestabilizador para su vida. Según el mundo Tramayo, la cuenta era simple: llegar a fin de mes sin sobresaltos.

Ahora, junto a ese hombre desconocido, los ojos del viejo esperaban alguna confirmación a las miles de suposiciones que en esos segundos pasaron por su mente.
La televisión gritaba un cartel rojo en letras blancas: “Último momento”. Todos menos Tramayo y Destcher buscaron la imagen.

Una mosca empecinada en un grano de azúcar fue presa fácil para Destcher, que con una mano rápida la atrapó a dos centímetros de la mesa.

—¿Les traigo algo más? —preguntó la camarera.

—Un café y un vaso de soda —dijo Destcher.

Mauricio Destcher consideró que era el momento de aclarar la situación. Al menos un poco.

—No lo tome a mal —le dijo a Tramayo—. Quiero decir que usted, en este momento, ni para la justicia ni para la sociedad, mucho menos para usted mismo, es considerado un asesino. Pero sucede que nosotros estamos detrás de usted, lo necesitamos. —Cuando Tramayo preguntó quiénes eran “nosotros”, Destcher largó la mosca que, atontada pero intrépida, volvió a insistir con el azúcar—. Nosotros sabemos, y esto nadie puede cambiarlo, que dentro de algunos días usted cometerá un doble asesinato. Y también sabemos que ese hecho será el primero de una larga y feliz lista de, llamémosle por ahora, homicidios. Aunque no se preocupe: no va a sucederle nada de lo que usted en este momento considera “malo”.

Tramayo, como muchas veces en su vida, no supo qué decir. Y, quizá con la esperanza de que sus preguntas interiores fueran respondidas sin necesidad de hablar, eligió el silencio para que su interlocutor siguiera con el rumbo de su discurso. Tramayo no se sintió paralizado por la magnitud de lo que escuchaba, ni por el semblante y porte de ese hombre de estirpe metálica que había invadido su mañana. Tampoco por el cese de todo el ruido ambiente y el murmullo matinal. Se sintió paralizado porque siempre se sentía así cuando alguien le hablaba, aunque más no fuera para pedirle la hora.

Cada vez que alguien se le acercaba para hablarle, el momento se reducía a una parálisis, a un miedo atroz, aunque tan efímero, que sólo él notaba la sangre que se incendiaba dentro de su cuerpo durante una fracción de segundo, los ojos ciegos en menos de un parpadeo, los oídos como a tres mil metros bajo el mar, la piel erizada, los músculos sin fuerzas. Un instante de muerte.

Al ver la mirada de aquel extraño, se dijo que ese hombre lo sabía todo. Destcher conocía a Tramayo, Destcher respondería a su debido tiempo a todos los interrogantes. Pero, seguramente, para alcanzar ese nivel de confianza en la incipiente relación debería pasar un tiempo, y también algunas cosas.

Ese día, Tramayo había entrado en el bar a las ocho y media de la mañana, pidió tres medialunas saladas y un café con leche, sacó el diario de la barra y, a la espera del desayuno, se sentó a leer en una mesa bajo la ventana. Siempre leía de la misma forma. Primero la tapa, luego la contratapa, las noticias de deportes y locales, luego las nacionales y las internacionales, las policiales por último. Tenía una velocidad extraordinaria para la lectura. En la sección Policiales solía detenerse un poco más, según la noticia. Si la crónica se refería a una muerte, prestaba más atención. Prefería los crímenes de sangre: casi podía sentir que se le dilataban las pupilas y saboreaba hasta la última coma para entender a la perfección los hechos relatados, incluso visualizando vívidamente la escena, aunque la nota estuviera mal escrita. (…)

Mientras Tramayo acomodaba el diario para, como siempre, dejarlo en la mesa junto al pago, aquel desconocido se levantó de la silla y fue hasta la mesa de Tramayo. Leonela, la mesera, se acercó a retirar las cosas pero, al ver que Destcher ocupaba una silla, volteó a limpiar la mesa de al lado.

Y ahora, frente a frente, Tramayo y Destcher se miraban a los ojos por primera vez.