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Cultura 23 de agosto de 2026

Itinerarios de lectura: tres retratos, entre la realidad y la apariencia

¿Cómo describir a una persona? Oscar Wilde ofrece un ejemplo magistral en su cuento "El modelo millonario".

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Oscar Wilde.

Por Nomi Pendzik (*)

Describir a las personas suele ser uno de los problemas más complejos de la escritura. ¿Cómo presentar al personaje para que parezca un verdadero ser humano, con todas las aristas y vericuetos de su personalidad? ¿Convendrá mostrar sus rasgos físicos y temperamentales, y en qué orden? ¿Dónde incluir información acerca de su particular psicología y comportamiento? Y no olvidemos que el retrato estará influido por la visión que tiene el observador –autor, narrador o personaje– sobre aquel a quien describe, lo que le brinda un sesgo bastante parcial.

En esas cuestiones, Oscar Wilde (1854-1900), el autor de aquel grandioso estudio del alma humana que es “El retrato de Dorian Gray”, es un verdadero maestro. En el cuento que les traigo hoy –“The Model Millionaire”, publicado originalmente en 1891–, encontraremos tres sugestivas descripciones de sendos personajes principales. El protagonista está pintado con trazos de amable ironía, y el artista con pinceladas mordientes; en cuanto al mendigo que posa, Wilde lo trabaja en dos momentos claramente diferenciados: los rasgos visibles –la apariencia– por un lado, y las actitudes –la realidad– por otro. Luces y contraluces modelan los rasgos de los personajes, en un relato que ya desde el comienzo nos despierta una sonrisa.


El modelo millonario

de Oscar Wilde

A menos que se sea rico, no sirve de nada ser una persona encantadora. Lo romántico es privilegio de los ricos, no profesión de los desempleados. Los pobres debieran ser prácticos y prosaicos. Vale más tener una renta permanente que ser fascinante. Estas son las grandes verdades de la vida moderna que Hughie Erskine nunca comprendió. ¡Pobre Hughie!

Intelectualmente, hemos de admitir, no era muy notable. Nunca dijo en su vida una cosa brillante, ni siquiera una mal intencionada. Pero era, en cambio, asombrosamente bien parecido, con su pelo castaño rizado, su perfil bien recortado y sus ojos grises. Tenía todas las cualidades, menos la de hacer dinero. Había frecuentado la Bolsa durante seis meses; pero ¿qué iba a hacer una mariposa entre toros y osos? Había sido comerciante de té, pero pronto se había cansado del té chino negro fuerte y del negro ligero. Había intentado vender jerez seco; no resultó; el jerez era tal vez demasiado seco. Por último, se dedicó a ser simplemente un joven encantador, inútil, de perfil perfecto y sin ninguna profesión.

Para colmo, estaba enamorado. La muchacha que amaba era Laura Merton, hija de un coronel retirado que había perdido el humor y la digestión en la India, y que no había vuelto a encontrar ni lo uno ni la otra.

Retrato de Oscar Wilde a los 28 años, por Robert Goodloe Harper Pennington.

Retrato de Oscar Wilde a los 28 años, por Robert Goodloe Harper Pennington.

Laura le adoraba, y él hubiera besado los cordones de sus zapatos. Hacían la más bonita pareja de Londres, y no tenían ni un penique entre los dos. Al coronel le parecía muy bien Hughie, pero no quería oír hablar de noviazgo.

—Muchacho —solía decirle—, ven a verme cuando tengas diez mil libras tuyas, y veremos.

Y Hughie tomaba un aspecto taciturno, y tenía que ir a Laura en busca de consuelo.

Una mañana entró a ver a un gran amigo suyo, Alan Trevor. Trevor era pintor. Como persona era un individuo extraño y rudo, con una cara llena de pecas y una barba roja descuidada. Sin embargo, cuando cogía el pincel era un verdadero maestro, y sus cuadros eran muy solicitados. Hughie le había interesado mucho; en un principio, hay que reconocer, a causa enteramente de su encanto personal.

—Un pintor —solía decir— debiera conocer únicamente a las personas que son tontas y hermosas, a las personas que son un placer artístico cuando se las mira y un reposo intelectual cuando se habla con ellas.

Cuando llegó Hughie aquel día encontró a Trevor dando los últimos toques a un magnífico retrato de un mendigo en tamaño natural. El mendigo posaba de pie, subido a un estrado, en un ángulo del estudio. Era un viejo seco, con una cara semejante a un pergamino arrugado y una expresión sumamente lastimera. De los hombros le colgaba una tosca capa parda, toda desgarrada y harapienta; sus gruesas botas estaban remendadas y con parches, y con una mano se apoyaba en un áspero bastón, mientras que con la otra sostenía su maltrecho sombrero, pidiendo limosna.

—¡Qué modelo tan asombroso! —susurró Hughie al estrechar la mano a su amigo.

—¿Un modelo asombroso? —gritó Trevor a plena voz—, ¡eso creo yo! No se encuentran todos los días mendigos como él.

—¡Pobre viejo! —dijo Hughie—, ¡qué aspecto tan triste tiene! Pero supongo que para ustedes, los pintores, su cara vale una fortuna.

—Ciertamente, no querrás que un mendigo parezca feliz, ¿verdad?

Al cabo de un rato entró el sirviente y dijo a Trevor que el hombre que hacía los marcos quería hablar con él.

El viejo mendigo aprovechó la ausencia de Trevor para descansar en un banco de madera. Parecía tan desamparado y desdichado que Hughie no pudo por menos de compadecerse de él, y se palpó los bolsillos. Sólo encontró una libra de oro.

«¡Pobre viejo!, lo necesita más que yo; aunque no podré tomar un simón en dos semanas».

Y deslizó la moneda de oro en la mano del mendigo.

El viejo se sobresaltó, y una débil sonrisa revoloteó en sus labios marchitos.

—Gracias, señor —dijo—, gracias.

Entonces llegó Trevor, y Hughie se marchó, sonrojándose un poco por lo que había hecho. Pasó el día con Laura, recibió una encantadora reprimenda por su extravagancia, y tuvo que volver a casa andando.

Aquella noche entró en el Palette Club, y encontró a Trevor sentado solo en el salón de fumadores.

—Bien, Alan, ¿terminaste el cuadro? —dijo, mientras encendía su cigarrillo.

—Está terminado y enmarcado, muchacho —contestó Trevor a propósito—, has hecho una conquista. El viejo modelo te tiene verdadera devoción. He tenido que contarle todo acerca de ti: quién eres, dónde vives, de qué ingresos dispones, qué perspectivas de futuro tienes…

—Querido Alan —exclamó Hughie—, naturalmente, estás bromeando. ¡Pobre viejo! Desearía hacer algo por él; es terrible que haya alguien tan desdichado. Tengo montones de ropa vieja en casa. ¡Sus harapos se caían a pedazos!

—Pero tiene un aspecto espléndido con ellos —dijo Trevor—. Lo que tú llamas harapos, yo lo llamo atuendo romántico; lo que a ti te parece pobreza, a mí me parece aspecto pintoresco. Sin embargo, le hablaré de tu ofrecimiento.

—Alan —dijo Hughie gravemente—, ustedes los pintores son gente sin corazón.

—El corazón de un artista es su cabeza; y, además, nuestra tarea es comprender el mundo como lo vemos, no reformarlo. Y ahora, dime cómo está Laura. El viejo modelo se interesó mucho por ella.

—¿Le hablaste de ella?

—Sabe todo respecto al inexorable coronel, la bella Laura y las diez mil libras.

—¿Contaste al viejo mendigo todos mis asuntos? —exclamó Hughie, enrojeciendo y enfadándose.

—Mi querido muchacho —dijo Trevor, sonriendo—, ese viejo mendigo es uno de los hombres más ricos de Europa. Podría comprar mañana todo Londres sin dejar al descubierto sus cuentas corrientes. Tiene una casa en todas las capitales; come en vajilla de oro, y cuando quiera puede impedir que Rusia entre en guerra.

—¿Qué demonios quieres decir? —exclamó Hughie.

—El viejo que viste hoy en el estudio era el barón Hausberg. Es un gran amigo mío; compra todos mis cuadros, y hace un mes me encargó que le pintara de mendigo. Y he de reconocer que hacía una magnífica figura con sus harapos.

—¡El barón Hausberg! —exclamó Hughie—. ¡Cielo santo! ¡Y yo le di una libra!

Y se desplomó en un sillón.

—¿Le diste una libra? —gritó Trevor, lanzando una carcajada—. Mi querido muchacho, nunca volverás a verla.

—Podías habérmelo dicho, Alan —dijo Hughie malhumorado—, y no haberme dejado que hiciera el ridículo.

—Nunca se me hubiera ocurrido que fueras por ahí tan atolondrado repartiendo limosnas. Puedo entender que des un beso a una modelo guapa, pero que des una moneda de oro a un modelo feo, ¡por Júpiter, no! Además, en realidad yo no sabía si a Hausberg le gustaría que se mencionara su nombre.

—¡Qué imbécil debe creer que soy!

—Nada de eso. Estaba del mejor humor; no hacía más que reírse entre dientes y frotarse las viejas manos rugosas. Yo no podía explicarme por qué estaba tan interesado en saber todo lo referente a ti, pero ahora lo veo claro. Invertirá tu libra por ti, Hughie, te pagará los intereses cada seis meses, y tendrá una historia estupenda para contar después de la cena.

—Soy un pobre diablo sin suerte —refunfuñó Hughie—. Lo mejor que puedo hacer es irme a la cama, y tú, querido Alan, no debes decírselo a nadie.

—¡Tonterías! Esto hace honor a tu alta reputación de espíritu filantrópico.

Hughie se fue a casa, sintiéndose muy desgraciado y dejando a Trevor con un ataque de risa.

A la mañana siguiente, entró en la habitación un señor anciano con gafas de oro y pelo canoso, y dijo con un ligero acento francés:

—Vengo de parte del barón Hausberg. El barón…

—Le ruego, señor, que le ofrezca mis más sinceras excusas —balbuceó Hughie.

—El barón —dijo el anciano con una sonrisa— me ha encargado que le traiga esta carta.

Y le tendió un sobre lacrado, donde estaba escrito: «Un regalo de boda para Hugh Erskine y Laura Merton, de un viejo mendigo.» Dentro había un cheque por diez mil libras.

Cuando se casaron, Alan Trevor fue el padrino, y el barón pronunció un discurso en el desayuno de bodas.

—Los modelos millonarios —observó Alan— son bastante raros, pero, ¡por Júpiter!, los millonarios modelo son más raros todavía.


Texto completo disponible acá.