Cultura

Itinerarios de lectura: un cuento perfecto

En esta edición de la columna de Nomi Pendzik, leemos una narración de Garcìa Márquez que es un gran ejemplo de aquella tesis de Piglia de que un cuento cuenta dos historias, una superficial y otra escondida, revelada al final.

Por Nomi Pendzik

En su ensayo Tesis sobre el cuento, Ricardo Piglia afirma que un cuento siempre cuenta dos historias. Una de ellas es la que se narra en primer plano. Y, a medida que esa historia se va construyendo, entre sus hendiduras se va delineando la otra. Dice Piglia: “Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario. El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie”.

Esa, la de las dos historias, es la estructura que vertebra nuestro cuento de hoy, Un día de estos, de Gabriel García Márquez (incluido en Los funerales de la Mamá Grande, 1962). Lejos de las florituras y la compleja sintaxis de la prosa de Cien años de soledad o El otoño del patriarca, este cuento trabaja con un estilo escueto, incluso cortante. Exactamente lo que corresponde para la situación que se narra y para los personajes que intervienen en ella. Aquí el lenguaje esconde mucho más de lo que revela, y es el lector quien debe inferir todo lo que no se dice, pescar lo que va deslizándose bajo la superficie. Porque lo que no se dice, lo que se sugiere, lo que va por debajo, es lo que constituye la verdadera historia.

El protagonista, don Aurelio Escovar –“dentista sin título”, aclara el narrador– es un hombre seco, lacónico. Su ámbito de trabajo se le parece: pobre, desabrido. Desde el comienzo del relato, el narrador describe con detenimiento los rasgos del personaje, sus costumbres, su vestimenta, sus minuciosas acciones. La aparición del alcalde –notoriamente, el antagonista– rompe apenas la monotonía del trabajo de Escovar. Lo que nos alerta, la primera hendidura podríamos decir, es por qué el dentista se niega a atenderlo. Y por ahora la pregunta no tiene respuesta. La segunda hendidura nos sorprende: el revólver en la gaveta. ¿Para qué querrá el arma el dentista?

Nos tranquiliza un poco lo que parece cierta empatía por parte de Escovar, al compadecerse del dolor del otro. Pero la duda sigue creciendo cuando le niega la anestesia a su paciente: ¿será cierto que tiene un absceso, o es una excusa para hacerlo sufrir?

La segunda historia emerge, con todo su vigor, en una sola frase de don Aurelio, que explica no sólo la enemistad entre ellos, sino también el porqué de su parquedad: no tienen nada más que decirse, porque ya todo está dicho.

El lector comprende también que no sólo están involucrados estos dos personajes, sino que toda la historia del pueblo se ha jugado en ese revelador y escueto parlamento. Y el círculo termina de cerrarse con la respuesta final del alcalde. Rivalidad, rencor, deseos de venganza, corrupción: una explosiva mezcla que el tiempo ha cocido en un lento caldo. Y todo, en menos de novecientas palabras. Díganme si eso no es maestría.

Quienes quieran conocer el texto completo del cuento, junto con la excelente lectura y el análisis por parte de Marcelo di Marco, podrán encontrarlo en el canal de YouTube @TallerCyC. Y suscríbanse, ya que estamos.



Un día de estos

de Gabriel García Márquez

El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.

Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella. (…) La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.

—Papá.

—Qué.

—Dice el alcalde que si le sacas una muela.

—Dile que no estoy aquí.

Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.

—Dice que sí estás porque te está oyendo.

El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:

—Mejor.

Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.

—Papá.

—Qué.

Aún no había cambiado de expresión.

—Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro.

Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.

—Bueno —dijo—. Dile que venga a pegármelo.

Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:

—Siéntese.

—Buenos días —dijo el alcalde.

—Buenos —dijo el dentista.

Mientras hervían los instrumentos, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal, y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca.

Don Aurelio Escovar le movió la cabeza hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una presión cautelosa de los dedos.

—Tiene que ser sin anestesia —dijo.

—¿Por qué?

—Porque tiene un absceso.

El alcalde lo miró a los ojos.

—Está bien —dijo, y trató de sonreír. El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.

Era una cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente. El alcalde se aferró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo:

—Aquí nos paga veinte muertos, teniente.

El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.

—Séquese las lágrimas —dijo.

El alcalde lo hizo. Estaba temblando. (…) El dentista regresó secándose.

—Acuéstese —dijo— y haga buches de agua de sal.

El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.

—Me pasa la cuenta —dijo.

—¿A usted o al municipio?

El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica:

—Es la misma vaina.

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