En 2025, el ilustrador decidió ir por el lado de las novelas gráficas y presentó “Ojo en el cielo” y “La disquería del infinito”, que combinan elementos de la ciencia ficción, del mundo del rock y del heavy metal con el culto a la amistad.
Por Paola Galano
“Admito que es un cóctel muy raro… pero es muy rico, no le puse frenos a la musa y así me salió. Estoy muy orgulloso de mis dos nuevos hijitos, esta vez literarios e ilustrados por mí”, reconoce el historietista y guionista marplatense Juan Carlos Quattordio sobre las dos novelas que publicó en 2025: Ojo en el cielo y La disquería del infinito.
Con universos similares –la música como motor, las disquerías, el heavy metal, la ciencia ficción y la rusticidad de los personajes–, La disquería del infinito y Ojo en el cielo son novelas gráficas que buscan rescatar el espíritu de los libros de fines del siglo XIX, en los que las historias estaban ilustradas.
La disquería del infinito es una novela gráfica sobre un asesino del futuro que llega a los 90 con una extraña misión.
La disquería del infinito es la historia de un equívoco. Un asesino del futuro llega para matar a alguien pero equivoca el nombre. “Le pasaron mal el dato de a quien debía matar. Suponemos que, entreleyendo el homenaje a Terminator, el androide vendría a matar a Sarah Connor, pero no; lo mandan a matar a Claudio O’ Connor, el cantante de Hermética, la mítica banda de Ricardo Iorio“, repasa el argumento.
Sin planearlo, conoce al dueño de una disquería perdida en el conurbano y logra lo imposible: conseguir discos raros, joyas de la música, gemas perdidas en los años 90, en un momento en que el disco deja de tener importancia y aparecen otros formatos.
“Esta jugada del destino le acerca a la amistad, a lo humano, al poder de la música, aunque no deja de hacer cosas como viajar en el tiempo y hacer violentos desmanes con tal de conseguir vinilos imposibles, ya sea en nuestra realidad o en otra”, sigue Quattordio.
Ojo en el cielo está protagonizada por Mike y sus amigos que viven el viaje de sus vidas gracias a un disco maldito.
Por su parte, Ojo en el cielo transcurre en Estados Unidos. Mike es un guitarrista que se reencuentra con sus viejos amigos de juventud y con su ciudad. Juntos descubren el secreto que late en el interior de la vieja disquería a la que asistían. El enigma se activa con un disco maldito.
“Mike tuvo algo de éxito siendo segunda guitarra de una banda medianamente exitosa, hasta que el metal clásico entró en decadencia en los 90. En su ciudad él es un héroe para los demás, pero sabe que no es tan así; lucha como todos los demás para poder vivir y es muy querido por sus viejos amigos”, desliza el escritor.
“Es posible que resucite el boca en boca y de a poco caiga lo mediocre y lo insensato”.
—Como ilustrador y dibujante, ¿qué encontrás en el género de la novela gráfica? ¿Te permite expandirte?
—Mi expansión hacia la novela o ‘nouvelle’, ya que son novelas cortas, se dio por dos razones. La primera fue el haber asistido a la Feria del Libro Heavy Metal, un evento que se hace en Capital. Es una feria en la cual se presentan libros y ponencias expresamente pensadas para ese evento. Justo coincidía con la reedición de “Los años metálicos”, una historieta semiautobiográfica que contaba mis andanzas en la música en los 80. Más “Wolf Boys”, una comedia negra de terror con guion del yanqui Nathan Pathan, ambientada en Estados Unidos y que cuenta sobre unos pibes con ansias de éxito que deciden usar máscaras de lobos para animar el show, sin saber que esas máscaras estaban malditas. Me encontré con un ambiente maravilloso que me alentó a querer volver en siguientes ediciones. El asunto es que no tenía ninguna historieta preparada para 2025. Entonces, me decidí a expandir “Las crónicas de recomendeitor”, unos guiones para un programa de radio que contaba las locas andanzas de un androide en la Argentina menemista. Desde fines de 2024 hasta marzo de 2025, me dejé llevar por Cacho 600 y el disquero Don Tomás (los personajes de “La disquería del infinito”). Seguí el consejo de Stephen King, plantar una idea interesante o inquietante, dejar que los personajes aparezcan, que surja la dinámica, nazca la historia y se desarrolle solita. Con “La disquería del infinito”, completé algo que ya estaba escrito en un veinte por ciento. Traté de llevar a la ‘nouvelle’ un guion que tenía pensado presentar en una editorial de Estados Unidos.
Ilustración de Quattordio.
—¿Considerás que las dos novelas se pueden leer como parte de un mismo universo, de tu universo de referencia? El rock, los años 90, historias urbanas, el amor-desamor, lo rústico de los personajes, los autos, la música…
—Ambas novelas, aunque no haya un nexo visible y explícito, comparten una ética, que es la compartida en la cultura rock y que es vivir con los sentidos amplificados, amar locamente, tomar la amistad como una religión, a la música como el oxígeno, no atarse a lo establecido, persistir, resistir, insistir, existir. Los personajes de ambas novelas son gente normal a las que el rock los hace más grandes que la vida misma. Creo en las grandes historias de amor de mis personajes. El rock te enseña que no se puede vivir sin pasión y sin códigos. ¿Si los personajes de ambas novelas podrían cruzarse? No lo descarto, me encanta la idea. Es más, quiero continuar desarrollando algunas ideas que se me ocurrieron. Y el ‘crossover’ sería una cosa fantástica.
“Escribir me dio asilo, me rescató, me protegió, escribí en defensa propia”.
—“La disquería del infinito” incluye personajes de existencia real: los músicos de Hermética, los Beatles y reconstruye una época, los años 90, con la llegada del CD y la muerte del vinilo. ¿Qué tiene de interesante esa operación de usar personajes reales para ficcionalizar?
—En “La disquería del infinito”, meto varios personajes reales, Iorio, Hermética, Jim Morrison, Los Beatles. Me parecen geniales las ucronías, el qué pasaría si… le da muchísimo peso específico. Usé a Perón y Evita en “Argentina Potencia”, una historia de superhéroes. Poder ampliar el jueguito de química de la ficción añadiendo fragmentos de realidad crea bellos fuegos de artificio.
Ilustración de Quattordio.
—La ciencia ficción recorre todos los libros, ¿te reconocés fan de ese género?
—Soy muy fanático de la ciencia ficción. “Robocop”, “Star Wars”, “Blade Runner”, “Terminator” transmiten conceptos con una potencia que no creo que otros géneros puedan equiparar. Es hermoso el juego de suspender la realidad y luego insertarla en forma poética o brutal. Mis dos libros presentan varios tópicos de la ciencia ficción, el elemento fantástico (llave a otro mundo), el viaje en el tiempo, el viaje dimensional, el futuro opresivo, los típicos rebeldes a los que hay que tratar de pintar sin clichés, el viaje del héroe, la redención, los falsos finales, el autodescubrimiento. La ciencia ficción aúna cosas que en otros géneros serían casi imposibles de juntar, en mi caso, creo que yo me salí del molde al meter el héroe colectivo en “Ojo en el cielo” y contar cosas muy dolorosas, que hasta pueden sin querer linkear a cosas terribles de nuestro pasado no tan lejano. Por más que se desarrolla en Estados Unidos, el caso de las desapariciones de jóvenes en ese país linkea con el dolor de victimas y familiares aquí. Y a su vez, lo nuestro impregna sus dolores. En todo caso, es inenarrable el dolor de quien no sabe la suerte de un ser querido, en toda latitud.
“Los personajes de ambas novelas son gente normal a las que el rock los hace más grandes que la vida misma”.
—¿Qué cuota de autorreferencialidad tienen tus personajes?
—Todos los personajes de ambos libros tienen algo de mí: Cacho 600 y yo tenemos un look metalero que a alguno le puede parecer amenazante, pero como el androide soy un romántico perdido; de Mike tengo una mezcla de ilusión y resignación que se alternan, más el tomar a la música y a la amistad como algo sagrado. Soy melodramático como Jesse y Tony, trato de ser anfitrión como la esposa de Jesse, tengo la cinefilia, el humor estúpido y la lealtad de los amigos de Mike, de Don Tomás tengo la nostalgia de tiempos mejores. Está la cuestión de tratar de tira una idea, una reflexión, una buena, en estos tiempos oscuros que vive el mundo. Cacho y Mike usan su fuerza y poder para cambiar su mundo, el de sus amigos, y en lo posible, de muchos. Hacer ambas novelas encendió una velita dentro de mí, iluminó esas zonas que la vida y el mundo fueron oscureciendo; escribir esto me dio oxígeno, me sacó afortunadamente de un año obsceno, ilógico, opaco, tóxico. Escribir me dio asilo, me rescató, me protegió. Escribí en defensa propia. Y por suerte, ambas novelas están gustando mucho y cada lector le encuentra cosas además de las que uno pretende transmitir.
—Otro detalle de las historias es que parecen enaltecer el pasado, en contraposición a un presente distópico: distópico porque se escucha una música diferente al rock, distópico porque las máquinas gobiernan y las masas andan alborotadas, distópico porque la juventud pasada de los personajes se añora. ¿Hay algo de eso?
—Tanto yo como los personajes de ambas novelas creemos que estamos en una época donde circula más tontería y maldad que cosas elevadas, pensantes, espirituales. Hay una bola de confusión, una bola de nieve, que va cegando, ensordeciendo, creando confusión, desencanto, neurosis. Esa bola viene directo a nosotros, pero a los costados hay lugares donde refugiarse. Pocos se mueven a los costados, ya que como los demás no se corren, parece lo adecuado. No soy un nostálgico furioso, ya que celebro cuando aparece una serie inteligente, una buena peli, un buen libro, una banda que diga algo, canciones que digan algo. Pero no soy muy entusiasta y esperanzado con respecto al futuro y al gusto de las nuevas generaciones. Al menos nos queda la cultura que conocimos. Y las recomendaciones que nos hacen almas afines. En eso veo la luz. Es posible que resucite el boca en boca y de a poco caiga lo mediocre y lo insensato.