Juan José Becerra: “La literatura es un espacio de libertad total porque no hay código penal en el arte”
De paso por Mar del Plata para participar del festival MarPlaneta, el escritor habló con LA CAPITAL sobre su díptico “Un hombre” y “Dos mujeres”, la escritura como experiencia de desaparición y su incursión en el teatro con “Chanta”, que llega esta temporada a la cartelera local.
Juan José Becerra participó el pasado lunes en el festival literario MarPlaneta, que continuará el 2 y 3 de febrero en Chauvin. Foto: Alejandro Guyot / Gentileza Planeta.
Por Rocío Ibarlucía
Juan José Becerra es uno de los grandes escritores de la literatura argentina contemporánea, autor de ensayos (como “Grasa”), relatos y novelas (“El espectáculo del tiempo”, “El artista más grande del mundo”, “¡Felicidades!” y “Amor”, por mencionar solo las más recientes), además de guionista, periodista y docente. En 2025 publicó un experimento narrativo que pone en jaque la noción de libro como objeto cerrado: el díptico “Un hombre” y “Dos mujeres” (Seix Barral).
Se trata de dos novelas breves que se venden juntas y dialogan entre sí –no solo por la imagen que conforman si se unen sus tapas, sino porque sus personajes se cruzan en una escena narrada en ambos libros–, aunque también admiten una lectura autónoma y sin un orden fijo.
En “Un hombre”, el protagonista, aquejado por el paso del tiempo, se deja arrastrar por el deseo y encarna una sucesión de identidades posibles: pasa de ser El Ingeniero a El Coleccionista de Autos, de El Mecánico a El Parrillero, hasta devenir en El Ladrón y El Asesino. En “Dos mujeres”, la narradora se deslumbra con una vagabunda que grita en Plaza de Mayo y así empieza una caminata nocturna durante la cual conoce la historia de esta “princesa lumpen” que abandona su familia, su trabajo, su casa, su estabilidad para ir en busca de la libertad. Ambas historias, entonces, también comparten reflexiones acerca del dinero, el consumo, la insatisfacción con el orden social y el deseo.
Becerra conversó con LA CAPITAL sobre este díptico, su incomodidad con las restricciones del libro como continente, la búsqueda de una escritura cada vez más cercana a la oralidad, las diferencias de especie entre hombres y mujeres, y su idea de la literatura como un territorio sin códigos penales ni correcciones morales. También habló de su trabajo teatral junto a Mariano Cohn y Gastón Duprat en “Chanta” y del placer que le genera escribir por hallar en ese estado un modo de desaparecer.
“En la ficción no entra la política. Es un yacimiento que yo no utilizo y no sé muy bien por qué, aunque podría decir que es porque no me gustan los discursos”.
—¿Cómo apareció la idea de publicar dos novelas en libros separados que, sin embargo, se leen en conjunto? ¿Qué es lo que te permitió explorar esa separación que un solo libro no te hubiera dado?
—Hace un tiempo, me empezaron a inquietar las posibilidades muy restringidas del libro como objeto, como continente del lenguaje. Me venía dando vueltas un problema: que lo que estuviese escribiendo, dentro de la ficción, fuera a parar a una especie de corset, que es el libro, que por otro lado es un objeto que yo amo, obviamente. Y se correspondía con otra cosa, que era que yo iba abandonando lo que se llama la literatura escrita y me fui deslizando hacia una literatura más de lengua hablada, al mismo tiempo que me parecía que el libro era un continente más represivo para esa lengua.
Entonces, empecé a hacer algunas cosas, algunas no las puedo contar, pero tienen que ver con la fantasía de escribir sin firma, y también empecé con la fantasía de que un libro pueda ser un objeto arborescente, es decir, continuarse en varios libros. Cuando uno entra en la librería, todas las historias están en un libro. Dos libros no es una gran cosa, pero por lo menos es más que uno. Lo que pienso ahora es que me encapriché con eso. Los niños son muy terroristas para sostener el capricho, y yo lo sostuve de un modo terrorista ese capricho. Se lo planteé a Planeta, hasta que en un momento habrán dicho, o lo internamos, o le publicamos los dos libritos y que se deje de hinchar, que fue lo que pasó (risas).
—¿Y por qué los títulos “Un hombre” y “Dos mujeres”? ¿Qué te interesó de prescindir del nombre propio y elegir, en cambio, estas figuras genéricas?
—En realidad, la reunión tiene que ver con una intersección de las dos historias, porque hay una escena común, y porque tiene que ver con cómo está organizada la cadena causal de la experiencia de vida de cualquiera de nosotros. O sea, uno va avanzando por una línea que no se sabe muy bien quién la empuja, por lo general uno es empujado, y hay muchas encrucijadas donde uno se detiene o sigue, y por lo general nunca se sabe muy bien con qué eficacia uno se detiene o sigue. El arrepentimiento, para mí, obedece a ese tipo de situaciones en las que se dice “me tendría que haber quedado acá o no tendría que haber ido a tal otro”. Hay como una especie de desesperación por detectar que las decisiones que se toman son las correctas y es muy difícil estar plenamente conforme con las decisiones que se toman. Entonces, que en esa historia común de las dos novelas, los personajes podrían haber continuado en la otra, eso a mí me producía cierta fascinación, te diría, paraliteraria, que tenía que ver con la literatura, pero también con lo que podemos llamar la vida.
Y, después, está la cuestión del hombre y la mujer. A mí me parece que, por sus características específicas, son géneros de una diferencia tan radical que a veces puede confundirse con diferencias de especies.
—¿Por qué diferencias de especie?
—La mujer es más perspicaz y tiene una inteligencia mucho más biológica para detectar lo que es un hombre, pero para mí el hombre siempre está en falta respecto de lo que es una mujer para él. Es decir, la mujer sabe mucho antes qué es un hombre, que un hombre sabe lo que es una mujer. Ese déficit siempre me dio la tentación de experimentar cómo sería sentir como una mujer. Sentir como una mujer es para mí el gran proyecto del hombre, o sea, qué tipo de sensibilidad hay, porque con otro cuerpo es muy posible que la sensibilidad sea otra. Yo creo que el hombre lo que tiene es el berretín de la ubicuidad. Al hombre, capaz que a la mujer también, pero al hombre quizá un poco más, por lo neurótico que es, le gustaría un poco más pasar de una identidad a la otra. Entonces, qué bueno sería para un hombre vivir muchas vidas. En este caso, este hombre lo que hace es vivir varias vidas de un modo como dejándose llevar.
En cambio, en el caso de las dos mujeres, lo que tienen es una relación mucho más desinteresada con la experiencia vital. O sea, la mujer es más sabia, sabe desde un principio que el orden en el que está viviendo no la conforma y entonces lo que hace, en vez de multiplicar las identidades, es suprimirlas, y ser una especie de animal, de animal femenino, que se desentiende de todas las estructuras y todos los sistemas que la tienen atada, la maternidad, el amor, el trabajo, la economía, y se lanza a vivir como un ejemplar salvaje.

“Un hombre” y “Dos mujeres” se publicaron en conjunto en 2025 por Seix Barral.
—¿Y cómo fue el proceso para encontrar la voz de la mujer y esa sensibilidad de la que hablabas?
—Debe ser esta la primera vez que en una entrevista hablo de mi mamá, porque la pregunta me lleva a vincular la respuesta con esa especie de matriz: yo nací en Junín, en la provincia de Buenos Aires, un espacio geográfico y cultural muy conservador, y a mi mamá siempre la vi como una protofeminista, una persona que sin tener un discurso de esa naturaleza, actuaba de ese modo. Ella estaba por delante de cualquier discurso, por lo general no tenía un discurso, pero los actos eran feministas, por decirlo así, muy radicales, y no tenía ningún problema con pagar el costo, incluso lo sigue haciendo ahora. Entonces, yo siempre le presté atención al mundo femenino. Para mí, las mujeres siempre fueron individuos libres, porque yo lo vi en mi mamá, y tenía un lenguaje que se expresaba de una manera muy diferente al del hombre. Y cuando me encontré por primera vez con la lectura de Puig, ahí noté que esa cepa del lenguaje femenino que busca la experiencia de libertad ya estaba en la literatura. Y se correspondía con lo que yo vivía en mi casa. Tenía al acto masculino como más represivo y al acto femenino como más libre. Esos dos campos siempre estuvieron distinguidos, entonces empecé a prestar más atención a la voz de la mujer que a la del hombre. Y yo creo que eso fue lo que plantó un poco los intereses míos por la lengua femenina, por su relación con la libertad y con el deseo.
“Cuando me siento a escribir, ese ánimo yo lo reconozco como el del deseo total. No estoy, no existo, no soy nada. Solo soy un animal que por gracia nací con una cosa llamada lenguaje para entender qué es esto”.
—Y en un contexto en el cual las discusiones sobre la cuestión de género están muy polarizadas, ¿cómo pensás que este debate dialoga con tus dos novelas?, ¿te interesa intervenir en esa discusión o preferís correrte de esos marcos desde la ficción?
—A mí me pasa algo que es que en la ficción no entra la política. Me interesa mucho la política, me dan bronca muchas cosas que pasan, tengo posiciones, pero son muy íntimas. No sé por qué razón la política no entra cuando escribo literatura, me parece que no es trascendente, no es un material noble para la literatura. O sea, lo puedo leer en otros y me parece fascinante, genial y útil. En mí no entra, es un yacimiento que yo no utilizo por lo general, y no sé muy bien por qué, aunque podría decir que es porque no me gustan los discursos, incluso me molesta a mí a veces cuando me encuentro sosteniendo alguno. Porque el discurso en general no responde al acto de quien lo sostiene, es como una coartada. ¿Cuánta gente hemos visto pronunciar un discurso que no tenía nada que ver con los actos que producía en la intimidad, incluso en los hechos públicos, y en la intimidad cuántas personas conocemos que no son personas públicas, empezando por cada uno de nosotros? Yo empezaría por mí. Siempre me pareció que el discurso era como una salida cínica para construir una identidad que no se correspondía con los hechos de los actos íntimos. No conozco a nadie que pueda sostener un discurso. Es preferible ver actos nobles sin discurso que escuchar discursos nobles que no se corresponden con el acto. Sobre todo en la literatura.
Para mí la literatura es un espacio de libertad total. Y la libertad la entiendo como una situación en la que el miedo está ausente. O sea, no la libertad del tipo que va a escalar el Everest con EPOC, no la kamikaze, sino la libertad casi absoluta que te ofrece la literatura. ¿Qué no podés hacer en la literatura? Si, en nombre de la corrección, vos vas a dar un paso atrás respecto del paso adelante que deberías dar para conquistar esa libertad que no mata a nadie, no entendería yo cuál sería la onda de escribir literatura. Para mí, la literatura es un espacio en el que se puede hacer cualquier cosa. Cuando digo cualquier cosa es cualquier cosa, porque no hay código penal que se pueda aplicar sobre el arte. Entonces, ¿cuál sería el temor moral a tener un personaje nazi, o antifeminista, o un asesino serial? No comprendo que las cuestiones vinculadas a los códigos de censura de la sociedad rocen siquiera los de la literatura. Entonces, no siento la época, por decirlo así. Podría tranquilamente tener yo una posición política como sujeto civil muy firme en algunas cuestiones y todo lo contrario cuando escribo literatura, son dos mundos.

Juan José Becerra. Foto: Alejandro Guyot/Gentileza Planeta.
—Además de la imagen de tapa y ese encuentro fortuito en la ruta, también hay algo que une a las dos novelas: tanto el hombre como la mujer tienen vidas acomodadas pero eligen salirse del sistema. ¿De dónde surge tu interés por construir personajes insatisfechos con el orden social?
—Como la literatura es una disciplina de composición y consumo burgués, no quisiera caer en una situación que no me sentiría cómodo sosteniéndola, que es la de romantizar la pobreza. Pero, con esta salvedad, lo que sí puedo decir es que quien tiene resuelta la vida material no puede no caer al abismo del tedio. Quiero decir, el impulso vital que tiene que ver con la supervivencia está anulado, porque la supervivencia está garantizada justamente porque hay una protección material vinculada a los logros de clase que hacen que uno no sepa muy bien qué hacer con la vida en términos de actividad. Entonces, el qué hago de la persona acomodada es qué consumo.
Esto lo digo porque casi todo lo que digo de la literatura tiene que ver con el lugar en el que nací y viví hasta los 18 años: Junín. No es el conurbano, no es la ciudad de Buenos Aires, no tiene el tamaño de Mar del Plata o de La Plata que es donde yo vivo. Es un punto sociocultural híbrido. Yo fui a escuelas públicas, donde estaba el millonario y el hijo de la portera, iba a los barrios bajos e iba al centro con una naturalidad que se pierde en estructuras sociales más grandes. Entonces, ser de Junín es como ser del centro y de la periferia. Me relacioné, con naturalidad, con la pobreza y la riqueza, estando en el punto intermedio que es el de la clase media. Entonces lo que veo en el pobre a veces, y lo digo con admiración poética, es que la necesidad genera planes literarios de supervivencia, y lo digo con todo el cuidado del mundo y tratando de no ser un idiota en el sentido de “ah qué lindo que es el pobre”. Lo que digo es que por la presión de la supervivencia, a veces la imaginación se despliega de otro modo que las clases acomodadas. Entonces la pobreza parece como un escenario literario natural para mí.

Agustín “Rada” Aristarán, en la obra teatral “Chanta”, escrita por Juan José Becerra, Mariano Cohn y Gastón Duprat, que subirá al escenario del Teatro Lido a partir del 22 de enero.
—Este verano llega a la cartelera de Mar del Plata “Chanta”, que escribiste junto a Cohn y Duprat, ¿qué te aportó a la experiencia de la escritura dramática? ¿En el teatro encontrás esa posibilidad de salir del corset del libro?
—Para mí la literatura es lo más libre del planeta, es el mundo en el que me siento libre, obviamente sin serlo del todo porque las restricciones formales o vinculadas a los dones propios que siempre están ahí son muy cortas. Hago lo que puedo, pero lo que puedo lo hago en el marco máximo de libertad, eso para mí es la literatura. Después, a mí me gusta que lo mío se disuelva en un tanque de ácido cuando hago trabajos en colaboración. Por eso me gusta trabajar con Gastón Duprat y Mariano Cohn, porque hay diferencias que a veces son como para matarnos a tiros, pero que para mí son muy saludables. Ceder es una experiencia más saludable que la de imponerse. Porque en ese mestizaje en el que uno tiene que renunciar a sostener su supuesta identidad encuentra mayor salud personal que artística, me parece a mí. La gente está muy enamorada de lo que se supone que es propio y yo no sé si vale la pena tener un enorme enamoramiento de lo propio.
Entonces me gustó mucho hacer esta obra de teatro y guiones donde hay cosas que se resuelven por el lado por el que yo no las resolvería. Porque en esa pérdida está también la experiencia de aprendizaje de bajar el copete, bajar los humos. Y la pregunta de quién te pensás que sos porque escribís libros me parece que es una pregunta que se responde con la palabra nadie, no hagamos un monumento de esa experiencia tan corriente que es la de escribir.
Y cuando fui a ver “Chanta”, vi lo que hacía Agustín (“Rada” Aristarán) y vi en la terminación aquellas cosas con las que yo estaba de acuerdo, el registro y la voz, y las otras que son más estructurales, con las que tenía diferencias, pero que estaba todo muy bien armado, y estábamos todos en esa mezcla. Y me dio mucha alegría, que no es una alegría literaria, es una alegría social, por cómo se reía la gente. No sé qué puede haber mejor que gente que se ríe, no importa de qué. Más que el de Agustín, que es un fuera de serie, el espectáculo principal era la gente riéndose, que es como un virus contagioso. Me parece que cuando uno baja las defensas y se entrega a la diversión es un gran momento de la inteligencia humana. Ojalá pueda participar mucho más de eso que de lo que participo con mis libros.
Escribir como modo de desaparecer

Nicolás Artusi, Juan José Becerra y Adrián Lakerman, en la charla “Los estados de ánimo de la literatura”, que ser realizó el lunes 5 de enero en MarPlaneta.
—¿Qué reflexiones te suscita el título de la charla enmarcada en MarPlaneta: los estados de ánimos de la literatura?
—Por estados de ánimo puede entenderse muchas cosas. Hay un estado de ánimo muy específico para mí que es el de la escritura. Cuando me siento a escribir, ese ánimo yo lo reconozco como el del deseo total. Por ejemplo, ahora que vos me llamaste, yo estaba escribiendo, empecé una novela ayer. Y yo estaba en un momento de placer, que es el momento en el que te perdés, en el mejor sentido que es perderse en un ánimo en el que no se reconoce ninguna identidad propia, que para mí es lo mejor que tiene la experiencia de escritura. No estás ahí. Uno está ahí en términos de naturaleza, utilizando como si fuese un arma el artificio del lenguaje, pero desaparecés, sos como una partícula, sos como lo que somos en realidad, una cosa que no tiene ninguna importancia, pero que percibe algo del orden de estar acá, que vale la pena reportarlo, aunque la calidad del reporte sea mala. La sensación que yo tengo cuando me siento a escribir, es que yo no existo, yo no soy nada, solamente soy un animal que, por gracia de la especie en la que nací, cuenta con una cosa llamada lenguaje, con lo que se puede hacer algo para acercarse con una voluntad un poco ridícula, y una confianza más ridícula todavía, a entender qué carajo es esto. Entonces, no me siento que esté escribiendo, ese ánimo para mí es el principal de la literatura.
Después, hay otros, como por ejemplo, el ánimo de lectura, que es otro tipo de placer, o el ánimo de satisfacción que puedo tener cuando termino un libro, que es nulo, porque ya no me interesa, yo ya estuve en mi placer. Publicar un libro es como el verdadero después, terminaste un hecho placentero y lo que viene después no sé qué es, pero ya no es placentero. Y yo creo que es el ánimo por el cual mucha gente escribe, no solo la reconocida. Muchísima gente escribe y capaz que es porque encuentra un modo de desaparecer, y tiene mucho que ver con la felicidad. La felicidad para mí es un momento en el que uno no está. La felicidad es la despreocupación total, no es “oh qué bueno el auto que tengo”, sino que es estar al borde de no estar. Y no estar es la despreocupación, es decir, no tengo nada que me moleste, entonces eso que parece un antiánimo, que para mí es el mejor estado del ánimo.
—¿Y cómo es el estado de la lectura?
—Con la lectura, yo creo que lo que ocurre es que se disparan sensibilidades incluso más autobiográficas que con la de la escritura. Por ejemplo, a mí me pasa a veces cuando escribo momentos emotivos de los personajes, yo me emociono cuando los escribo y sueño con que esa emoción pueda filtrarse en la lectura. Creo que es lo único que me interesa que ocurra, no que digan “ah qué inteligente es este ganso”, “qué idea bárbara”, sino que haya una estocada emocional que deje al lector en estado de debilidad, que es en el estado que me deja a mí la literatura que a mí me gusta. Es como cuando leés y no podés sostener la mirada en el libro, porque decís “puta, che, ¿qué pasó?”, que te toca algo muy íntimo. Ese es el milagro de la literatura, algo que no sabías vos ni siquiera que estaba, y tenés que respirar de otra manera. Quiero decir, hay un contacto físico de la escritura con la lectura, me parece a mí, que es del orden del milagro. Entonces, esa relación o sensación no es la misma que la de escribir, que es la de la desaparición total. La lectura sí estás ahí, sí apareciste, apareció tu pasado, es el pasado de uno el que aparece en esas emociones.
Cuando uno dice por qué sigue existiendo la literatura, con toda la competencia desleal que tiene que enfrentar, desleal en el sentido de “facilonga”, me respondo: y bueno, porque eso lo produce en la literatura. Quiero decir, un boludo hablando de cómo hay que hacer negocios, bienes raíces, no te toca ninguna cuerda interior. En cambio, cuando vos estás leyendo y sentís que sale un dedo del libro y te mete el dedo en el ojo, ¿qué pasó? ¿por qué ocurrió esto? Bueno, hay algo que se llama literatura y que si bien es una disciplina, es una ciencia, una ciencia oculta, es una disciplina marginal, produce ese tipo de milagros. Tiene un alcance que, cuando ocurre, es de una profundidad que no tiene ninguna otra disciplina para mí, solo la literatura. Pero, bueno, estás hablando con un fan.
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