La cara secreta de las máscaras, en el nuevo libro de Sebastián Chilano
En "Mirar una máscara", editado por el sello artesanal Atávica, el autor marplatense parte de un payaso herido en una guardia médica para construir un libro breve e intenso sobre el rostro, la identidad, la voz, la mirada y las formas en que una vida se muestra o se esconde.
Sebastián Chilano, médico clínico, socio fundador de El Gran Pez y escritor, ganador del premio Alfonsina a la trayectoria literaria.
Por Carlos Aletto
Una máscara de oxígeno apoyada sobre la máscara blanca de un payaso. La imagen, con algo de escena hospitalaria, de chiste cruel y de revelación metafísica, abre Mirar una máscara, de Sebastián Chilano, publicado por Atávica, la editorial marplatense de Diego Forte. En una guardia médica, un payaso herido, con el maquillaje corrido por la sangre y el dolor, se resiste a que le limpien la cara. No quiere perder aquello que lo vuelve personaje. No quiere morir sin su máscara. La escena condensa, desde el comienzo, el movimiento del libro: mirar una cara nunca alcanza; detrás de un rostro puede haber otro, y detrás de una máscara no siempre espera una verdad desnuda sino otra forma de identidad.
En apenas 61 páginas, Chilano construye una pieza difícil de clasificar: ensayo narrativo, crónica íntima, memoria familiar, relato médico y reflexión cultural. La primera parte, Mirar una máscara, instala el motivo central desde el cuerpo dañado: el payaso, la enfermera, la guardia, la muerte, la etimología de “persona”, la historia de las máscaras teatrales y curativas. El libro piensa, pero no se despega nunca de la materia: piel, sangre, maquillaje, aire debajo de la piel, oxígeno, dolor.
Desde esa guardia donde la identidad parece pegada a la piel, el libro se desplaza hacia una memoria familiar en Plottier: un abuelo mecánico viaja al sur para encontrar a su socio desaparecido, un hombre musulmán que ha huido detrás de una mujer embarazada. El relato tiene algo de fábula moral y algo de road movie modesta: garbanzos, limones, un camión remolcador, una deuda de buena fe y una fotografía final. La máscara aquí no está en un objeto visible sino en lo que cada persona oculta, en lo que no sabe decir de sí misma, en las identidades religiosas, familiares y afectivas que se revelan de a poco.
“Chilano muestra que vivimos entre máscaras, rostros, voces y miradas, y que tal vez la humanidad consista en aprender a leer esos pliegues sin destruirlos”.
La pregunta por el rostro encuentra después otra superficie en Fotografías. Allí la imagen fotográfica aparece como una máscara moderna: fija un rostro, documenta una identidad, sustituye las antiguas descripciones físicas de los pasaportes y, al mismo tiempo, fracasa frente al paso del tiempo. El espejo, Blancanieves, las redes sociales, las cirugías estéticas y las imágenes de juventud conservadas en internet forman parte de una misma inquietud: qué queda de nosotros cuando una imagen pretende decir quiénes somos.
Antes de entrar en la zona más oscura del libro, Jugar abre una pausa apenas engañosa. Las máscaras infantiles, los superhéroes, Darth Vader, el glitter y el maquillaje de cumpleaños parecen pertenecer al territorio inocente del disfraz. Pero Chilano mira ahí otra cosa: el instante en que el juego deja de ser reversible, el momento en que un niño deja de ser niño, el miedo adulto ante la velocidad con que la infancia se pierde.
Esa inquietud desemboca en Como un mandala visto desde un dron, el centro narrativo más oscuro del libro. Una fiesta de catorce años, los disfraces, las amigas, la torta, las copas y las abejas se contaminan con la presencia de un cura invitado por el padre de la protagonista. La sotana, que parecía una máscara más dentro de la fiesta, se convierte en emblema de autoridad, amenaza y abuso. Chilano narra esa escena sin golpes bajos, con una precisión seca y una incomodidad sostenida. La máscara ya no protege: encubre. Y la víctima aprende, también, a usar una: callar, actuar, seguir en la fiesta, fingir que nada pasó.

Mirar una máscara fue publicado por Atávica Ediciones, un sello artesanal marplatense.
El movimiento final empieza en Amor, donde el libro revela su arquitectura secreta. El narrador conoció en un viaje a una mujer argentina musulmana, cubierta por el hiyab, cuyo rostro nunca llegó a ver. Ella le contó la historia del abuelo y la del cura. La máscara se vuelve entonces límite, deseo, relato y apropiación posible. No mostrar el rostro no impide contar; al contrario, vuelve más intensa la voz. El otro existe también por aquello que no entrega.
El cierre, La voz y la mirada, vuelve a la medicina y a la relación entre médico y paciente. Las máscaras no desaparecen: cambian de forma. Están en el barbijo, en el rol profesional, en el dolor que cada paciente disimula, en la distancia necesaria para atender y en la cercanía imprescindible para ver. Chilano no propone arrancar las máscaras para llegar a una verdad simple. Más bien muestra que vivimos entre máscaras, rostros, voces y miradas, y que tal vez la humanidad consista en aprender a leer esos pliegues sin destruirlos.
El tono del libro es grave, íntimo y clínico, pero nunca frío. Su registro mezcla precisión médica, deriva ensayística, memoria familiar y narración literaria. Además de la máscara, aparecen la identidad, el rostro, la religión, el deseo, el abuso, la infancia, la fotografía, el tiempo, el amor, la inmigración, la enfermedad, la voz y la mirada. En esa combinación está su singularidad: Mirar una máscara no es un ensayo que ilustra una idea, sino un libro breve y concentrado que piensa narrando, y que encuentra en cada cara una forma movediza de misterio.
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