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Interés general 2 de enero de 2018

La “crisis” judicial

Por Marcelo Esteban Zarlenga. [email protected]

 

La cuestión judicial está hoy más “en foco” que nunca. En los medios, y también por autoridades políticas de fuste, se utiliza con frecuencia la expresión “crisis judicial” para aludir a ella. Y efectivamente la Justicia provincial está “en crisis”, pero no de ahora, sino hace un largo tiempo.

Ahora bien, las soluciones que cotidianamente se ofrecen para superar dicha “crisis” adolecen de superficialidad, y transitan por aspectos tales como el presupuesto, el aumento del número de juzgados, la informatización de tal o cual sector o una mayor dotación de empleados. Todo ello está muy bien, sin duda, pero no llega al núcleo de la cuestión que no es otra que el factor humano. Es decir, la adecuada selección de aquellos que ocuparán el cargo de magistrado.

En tal sentido un antiguo presidente del Colegio de Abogados de la provincia de Buenos Aires, doctor Jorge Alvarez decía lo siguiente: “a partir de la práctica diaria de los abogados notamos cómo una unidad jurisdiccional (juzgado, fiscalía, defensoría) que no funciona de modo eficiente cambia notoriamente con la mera sustitución de su titular. Y ello sucede con la misma infraestructura, la misma cantidad de expedientes, personal y presupuesto, un juzgado pasa a ser de un día para otro de ineficiente a eficiente”.

Esto, que parece una verdad de Perogrullo –y en realidad lo es-, ha sido sistemáticamente descuidado en nuestra Provincia que, no obstante la reforma constitucional de 1984, ha dejado en los hechos en manos del poder político la designación de los jueces, distorsionándose por completo la finalidad del Consejo de la Magistratura que lejos ha estado de cumplir mínimamente la función para la que fue creado, a pesar de pomposas declamaciones.2

En efecto, a partir de la sistemática violación de principios constitucionales, a saber: publicidad y motivación de los actos de gobierno, ha permitido que, a la par de la designación de abogados probos, laboriosos y estudiosos, se designara un alto porcentaje de arribistas, carentes de todo otro mérito fuera del aceitado contacto con algún padrino político.3 El dicho popular “billetera mata galán” se metamorfoseó en “padrino mata curriculum”

Lamentablemente, al día de la fecha las ternas se siguen conformando sin dar fundamentación adecuada. Es decir, nadie puede saber por qué se eligen tres personas sobre –pongamos por caso- veinte que aprobaron el examen, ya que no se brinda explicación alguna al respecto. En esto no “cambiamos” nada. La lesión constitucional persiste.

Naturalmente, ello conspira gravemente contra la transparencia del sistema. Y la solución sería muy sencilla: bastaría que la Gobernadora instruyera a sus cuatro representantes en el Consejo para que ello se modificara, ya que sin duda se sumarían los legisladores del partido en el gobierno y seguramente los representantes de los abogados al igual que los magistrados y el representante del Ministerio Público. ¿Por qué no lo hace? No tengo la respuesta. Misterio.

Los jueces italianos

Hace poco más de un mes se difundió por los medios una noticia que repercutió a nivel mundial, incluso en nuestro país, cual fue la muerte en prisión de Totó Riina, el tristemente célebre jefe de la mafia corleonesa, a quien se atribuyen, entre otros, los atentados de los que fueron víctima en 1992 los jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino.

Esto trajo a la memoria la epopeya de los magistrados y funcionarios policiales italianos que, sobre todo a partir de los 70, arriesgaban la vida para combatir el crimen organizado en Sicilia, particularmente. La lista no es breve, a los ya mencionados se pueden añadir Rosario Livatino, Antonino Caponnetto,Gaetano Costa, Rocco Chinicci, Vito Schifani, Antonino Montinaro, Rocco Di Cillo, Emanuela Loi, Claudio Traina, Walter Cosina, Vincenzo Li Muli, Agostino Catalano, Nino Cassará –el autor de la célebre frase “somos cadáveres que caminan”- , Paolo Giaccone, el general Carlo Alberto dalla Chiesa…y muchos más.

Ahora bien, ¿qué conduce a un hombre o mujer corrientes, con familia, con proyectos y sueños, a arriesgar de esa forma la vida? Pues no veo otra respuesta que ésta: su vocación. ¿Y ello en qué consiste? ¿Cuándo surge? Concuerdo con el filósofio Héctor Mandrioni quien enseña que “la vocación aparece en el momento en que el individuo reconoce que no puede ser para sí su propio fin, que sólo puede ser el mensajero, el instrumento y el agente de una obra con la que coopera y en la que el destino del universo entero se halla interesado”.

Es curioso el contraste de esta idea con lo que en una ocasión dijo un hoy encumbrado y famoso jurista: “Yo no soy juez, trabajo de juez”. Es decir, que podría desempeñarse tranquilamente en otra cosa sin que eso lo perturbara mínimamente. Décadas antes había sido ya refutado por Alfredo Colmo, quien expresaba que “magistrados que son tales como podrían ser directores de aduana…no son magistrados cabales y no merecen serlo”.

Por el contrario para quien tiene vocación, la pasión por su misión es inherente a la labor que desempeña y es ello lo que en definitiva lo conduce a la felicidad -bien que de la manera imperfecta que podemos vivirla en este mundo-.
En este sentido, Manfredi Borsellino, hijo del Magistrado asesinado por la Mafia dice, en la presentación de un libro dedicado a su padre, que el ejemplo que les había dejado a él y a sus hermanas era el de una persona “increíblemente enamorada de su trabajo; era feliz como un chico cuando bien temprano por la mañana se preparaba para ir a la procuración, casi impaciente de comenzar, era como se suele decir, un hombre totalmente realizado; y además sabía gozar de la vida”.

Lo propio podía decirse de Giovanni Falcone, el cual podía trabajar de manera casi ininterrumpida más de veinticuatro horas sin prestarle atención al descanso, mientras veía cómo iban “cayendo” sus colaboradores, uno detrás de otro, momento en el que asumía la tarea de ellos y seguía adelante.

Por cierto sería un simplismo afirmar que esta pléyade de jueces heroicos surgió sólo porque el diseño del Consejo de la Magistratura italiano, elaborado por los constituyentes del 48, excluye prácticamente toda intervención política en las designaciones, privilegiando de esta forma abrumadoramente el mérito sobre las posibles influencias.

Pero lo cierto es que, junto con otros factores, este esquema ha tenido sin duda una incidencia importante. No es lo mismo que el sistema le “diga” a un joven aspirante: “para llegar a juez hay que ‘matarse’ estudiando y trabajando honradamente”, que le “diga”: “lo importante es tener un buen padrino; y si tenés algunos antecedentes, no está mal tampoco”.

No se me escapa que desde el Ministerio de Justicia bonaerense se vienen proponiendo cambios (alguno de ellos ya concretados por vía reglamentaria, como la modificación del absurdo e inútil sistema de exámenes que veníamos padeciendo), pero es necesario imprimirles mayor agilidad, y permitir un debate público que oxigene la comisión designada al efecto. Y hasta ahora ese debate no se ha dado, más allá de las intervenciones públicas del Ministro y del Subsecretario de Justicia, que revisten más bien un carácter informativo.

Mientras tanto, es imperioso que se termine de inmediato con la conformación de ternas en violación a los principios constitucionales que antes enuncié.
Sólo así podremos ir construyendo un Poder Judicial digno de ese nombre.5