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Opinión 30 de junio de 2020

La educación a distancia y las distancias en educación

Por Gustavo de Elorza Feldborg (*)

En esta sociedad de la información y el conocimiento cada vez se hace más necesario que los docentes dominen y apliquen con sentido educativo las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, a fin de que en el desarrollo de sus prácticas educativas puedan explorar, desenvolverse y superarse con soltura en los nuevos territorios digitales–virtuales en los cuales median y operan las “distancias”, representadas por distintas variables y significados, como hemos visto en estos tiempos de pandemia.

La sociedad y el mundo han cambiado, y es por esto, que la educación debe agiornarse y el principal desafío que enfrentamos es superar la disrupción, provocada por la inesperada mudanza desde la presencialidad hacia la virtualidad.

Los escenarios educativos de hace siglos, hoy ya no son los mismos, aunque muchas de las personas que hoy enfrentan la realidad educativa y las nuevas distancias pedagógicas son las mismas. Para responder a estos nuevos contextos, escenarios y territorios, es imperativo ofrecer modelos innovadores que faciliten y posicionen mejor la actividad docente frente a los estudiantes, y por que no mencionar la necesidad de acortar las distancias que se ven representadas por las nuevas brechas culturales de una sociedad que no se detiene y que aun más, su ritmo de transformación se ha acelerado en este último tiempo.

Dichas mejoras deberían consistir en prácticas educativas más atractivas, significativas y enriquecedoras, tanto para docentes como para estudiantes, que permitan ir reduciendo paulatinamente la brecha edu-generacional, la cual representa la verdadera distancia que existe entre los profesores, las prácticas educativas, la utilización de los recursos tecnológicos, los procesos de enseñanza y de aprendizaje, las oportunidades de aprendizajes más allá de las instituciones educativas tradicionales, los nuevos modelos educativos centrados en el b-learning y el u-learning con sustento en el autoaprendizaje, como así también la incorporación de estrategias neuroeducativas y la protección de pautas en ciberseguridad en una educación conectada mediante dispositivos en ambientes de virtualidad.

Las “distancias educativas” que se observan en estos tiempos han puesto de manifiesto la realidad de la formación de los docentes, cuyas experiencias y prácticas profesionales se sostienen mayoritariamente en estructuras, concepciones y sentido educativo del siglo XIX y XX, cuya capacitación no incluyó el uso de las nuevas tecnologías, con sentido educativo, habilidades y competencias para enfrentar un salto disruptivo, en donde el desafío, consistió en atender y mantener el vínculo y la continuidad pedagógica entre los estudiantes destinatarios de sus prácticas, que sí desarrollan sus experiencias y aprendizajes en el siglo XXI y con el uso de la virtualidad y con procesos relacionales y conectivista, por ser las mismas partes de un consumo cultural masivo y cotidiano, que atraviesa a estas nuevas generaciones, dotándolas de múltiples potencialidades creativas.

Por otro lado, los docentes han tenido que realizar un esfuerzo increíble y una carrera en contra del tiempo, para estar en la altura de la medida de lo posible, frente a la situación educativa de esta etapa; claro está, que también observamos que ese gran esfuerzo fue proporcional al grado de falta de capacitación con la que no contaban.

La sociedad de la información y el conocimiento que opera dentro de una infraestructura tecnológica mundial conocida como Sociedad Red (Castells, 1997), propicia la aparición permanente de tecnologías emergentes, las cuales reclaman la implementación de pedagogías emergentes (Adell y Castañeda: 2012) que puedan ser incorporadas como herramientas de uso corriente al servicio del proceso de enseñanza y de aprendizaje.

De esta forma se puede achicar una de las principales distancias, la digital que tiende a producirse, no solamente entre los que tienen acceso a las nuevas tecnologías y los que no, sino también, entre los que utilizan los entornos virtuales, pero no se actualizan en su permanente crecimiento rizomático y los que si cuentan con estas competencias pedagógicas.

En cuanto a éstos últimos -los que se actualizan- se espera que estén formados en competencias digitales, en un proceso que llamamos de “formación y capacitación permanente”. Sin embargo, no solamente debemos poner el acento en la herramienta (competencias digitales, entornos virtuales, TIC), sino también en otra fuente de conocimiento como la neuroeducación, la cual permite comprender cómo aprende el cerebro que aprende, para que de esta forma, poder contar con la ductilidad de adaptación a los medios que permiten potenciar cognitivamente el alcance de los fines.

Otra de las distancias que en el corto plazo deberemos acortar consistirá en ofrecer capacitaciones docentes, que permitan diseñar intervenciones educativas en línea con un amplio sentido pedagógico, superando el mero carácter instrumental y operativo de los entornos virtuales de enseñanza–aprendizaje.

Entre las distancias que debemos recorrer en el uso y aplicación de una educación mediada por entornos virtuales, es que debe estar centrada en los estudiantes y orientada al aprendizaje activo, presentando situaciones que se aproximen lo máximo posible al mundo real. En ella, se deben contemplar tres aspectos fundamentales: el profesor pasará del rol de mero transmisor de información y depositario del saber, al de diseñador de ambientes e intervenciones mediadas para el aprendizaje; las bibliotecas, por su parte, dejarán de ser un reducido espacio físico para ampliarse exponencialmente al alcance de todos, libres y circulando por la red, y por último, los materiales podrán ser multimedia, prescindiendo del soporte papel. (Cabero y Llorente, 2008).

Aún cuando las tecnologías no se apliquen directa y deliberadamente al aula, de una forma u otra, tanto docentes como estudiantes estamos inmersos en ellas en la vida cotidiana, en nuestras relaciones y entrecruzamientos permanentes que atraviesan todos los procesos sociales, entre ellos también, la educación (Lion: 2006).

Por eso es de vital importancia capitalizar ese caudal de posibilidades a favor de enriquecer el proceso de enseñanza y de aprendizaje, en un escenario que ya no es el mismo -ni siquiera semejante- a aquel en el que los docentes fueron formados y que hasta ayer representaba la comodidad y la seguridad de lo conocido.

No existe ninguna área de la vida social que esté virgen de algún tipo de tecnología, y, sin embargo, aún existen distancias y reticencias a la hora de incorporarlas a las prácticas docentes, y mucho más, ante el desafío que los nuevos escenarios disruptivos de pandemia los cuales nos desafían y reclaman.

Por último, creemos que es muy necesario, analizar, reflexionar y operar en consecuencia, sobre las distancias que se nos han presentado, y que muchas de ellas hace bastante tiempo que demandan nuestra atención y compromiso por parte de todos los sectores y actores sociales.

Entre estas distancias de hoy, por encontrarnos en una situación de aislamiento y distanciamiento social emergen hacia una visibilidad que es casi imposible mirar hacia otro lado y en donde deberíamos ocuparnos de acercar soluciones entre la educación tradicional y una educación para este siglo XXI, las formas de capacitación docentes, el equipamiento tecnológico con que empoderamos a nuestras instituciones educativas, los modelos pedagógicos pensados para la era industrial y su inminente transformación hacia la sociedad del conocimiento, las distinción entre calificación, evaluación y acreditación de saberes y competencias, las distancias entre presencialidad y virtualidad, los nuevos modelos entre contenidos, actividades y la redefinición de su función, la necesidad imperiosa de acercarnos a una educación de calidad con base en la comprensión, claro está, eliminando de una vez y para siempre la distancia entre los integrados y los caídos del sistema educativo, muchas veces debido a sus condiciones, contextos y falta de oportunidades.

(*) El autor es profesor e investigador universitario (UFASTA) y especialista en educación y nuevas tecnologías (FLACSO).