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La Ciudad 14 de mayo de 2026

Los esfuerzos por mantener la Zona Fría, llegó la motosierra mientras caen las ventas y el marplatense que le pone racionalidad al hantavirus

Todos los entretelones de lo que es noticia en Mar del Plata.

La pelea por la Zona Fría amenaza con convertirse en uno de los conflictos políticos y sociales más sensibles del invierno. Y no solamente por el impacto económico que tendría en miles de hogares marplatenses, sino porque toca una fibra histórica de la ciudad: la sensación permanente de que Buenos Aires decide mirando mapas climáticos que terminan demasiado lejos del mar. El proyecto enviado por el Gobierno nacional al Congreso propone modificar el régimen vigente y quitar el beneficio automático a gran parte de los usuarios incorporados en 2021, entre ellos, Mar del Plata y buena parte de la Costa Atlántica. El descuento seguiría existiendo, pero condicionado a niveles de ingresos. Ahí empezó el temblor. Porque detrás de la discusión técnica, aparece una pregunta mucho más concreta: cuánto va a costar calefaccionarse.

 

En los barrios marplatenses la memoria tarifaria sigue intacta. Nadie olvidó las facturas imposibles de pagar durante los años de los primeros grandes aumentos energéticos. Tampoco olvidan las protestas, los amparos judiciales y aquella discusión que terminó instalando algo que durante décadas parecía increíble: que Mar del Plata fuera reconocida oficialmente como ciudad de clima frío. La incorporación al régimen no cayó del cielo. Fue el resultado de una pelea política, técnica y social larguísima. Hubo estudios climáticos, reclamos empresariales, presión de asociaciones de consumidores, campañas de intendentes, legisladores y defensorías. El argumento era sencillo: el nivel de consumo de gas de una familia marplatense no se parece al de otras ciudades bonaerenses, porque acá el invierno dura más y pega distinto. La ley finalmente salió en 2021 y fue celebrada como una reparación histórica. Por eso ahora el tema genera tanto ruido. Muchos sienten que no se está discutiendo un subsidio, sino un derecho ya consolidado.

 

 

En el Gobierno nacional hablan de “reordenamiento” y focalización del beneficio. En Mar del Plata, la mayoría traduce otra cosa: más gasto fijo en un momento económico complicado. Y el contexto no ayuda. Justamente, esta semana el relevamiento de la UCIP volvió a mostrar caída en las ventas minoristas, comercios con rentabilidad deteriorada y consumidores cada vez más cautelosos. La ciudad viene atravesando un proceso silencioso de ajuste cotidiano donde cada gasto empieza a ser revisado dos veces. Por eso la discusión energética no aparece aislada. Se conecta directamente con el humor social. En los pasillos políticos locales ya empezó otro movimiento interesante: el intento de construir una defensa transversal del régimen. Radicales, peronistas, defensorías, organizaciones de consumidores y sectores empresarios comenzaron a coincidir en algo poco frecuente: nadie quiere pagar el costo político de quedarse callado frente a una posible suba masiva de tarifas. Incluso dirigentes cercanos al oficialismo nacional admiten en privado que el tema es extremadamente sensible en General Pueyrredon.

 

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La respuesta opositora más concreta llegó desde el Senado bonaerense. Fernanda Raverta presentó un proyecto para rechazar formalmente la modificación del régimen e hizo foco en lo que el debate técnico muchas veces oculta: el impacto real en las familias. “Hay familias que ya están haciendo cuentas para llegar a fin de mes. Si encima les aumentan el gas, el invierno se vuelve imposible”, advirtió la exdirectora de Anses. Y remató con una frase que sintetiza el problema mejor que cualquier tecnicismo: muchas familias van a tener que volver a elegir entre comer o prender la estufa. El proyecto cuestiona además que el gobierno nacional pretenda limitar el acceso al beneficio según ingresos económicos, argumentando que eso rompe con el criterio de equidad territorial y desconoce los parámetros técnicos con los que se definen las zonas bioambientales del país. “El gas no es un lujo. En ciudades como Mar del Plata es algo básico para vivir y atravesar el invierno”, afirmó.

 

Hay un dato que conocen todos: en Mar del Plata el gas no es un lujo. Es parte de la vida cotidiana durante buena parte del año. La preocupación también tiene un componente demográfico que en la ciudad pesa mucho más que en otros lugares. Mar del Plata tiene una población envejecida, con fuerte presencia de jubilados y hogares de ingresos medios fijos. Para muchísimas familias, una boleta de gas más cara no implica resignar consumo suntuario: implica elegir qué gasto postergar. Mientras tanto, el Congreso se prepara para una discusión áspera. Y la política local ya tomó nota de que la Zona Fría tiene potencial para transformarse en bandera electoral. Porque pocas cosas generan más consenso en Mar del Plata que la idea de defender un beneficio asociado al frío, al costo de vida y a cierta identidad histórica de ciudad postergada frente al centralismo. En definitiva, detrás de los tecnicismos tarifarios, aparece otra vez una vieja discusión argentina: quién paga el ajuste y desde dónde se decide.

 

 

A la vez, la motosierra llegó a Mar del Plata. Y esta vez no como consigna de campaña ni como discusión ideológica abstracta. Llegó con números concretos, organismos específicos y una pregunta incómoda para el oficialismo local que se lanza desde sectores opositores: “¿qué gana la ciudad con su alineamiento total con la Casa Rosada?”. La reducción de más de $2.000 millones en partidas nacionales para Mar del Plata abrió un frente político inesperado. Porque el ajuste pega sobre áreas sensibles y emblemáticas, que son la Justicia Federal, el Inidep y Chapadmalal. Tres universos distintos, pero atravesados por una misma lógica: menos Estado, menos inversión y más incertidumbre. La poda más fuerte cayó sobre la Justicia Federal. Son $1.440 millones menos. Un recorte importante en términos presupuestarios, aunque en tribunales todavía aseguran no haber recibido una notificación formal ni sentir, por ahora, un impacto operativo inmediato. Curiosidades de la Argentina libertaria: mientras el Gobierno recorta fondos judiciales, impulsa al mismo tiempo el pliego de un nuevo camarista federal para Mar del Plata y hasta analiza ampliar la sede de la Cámara Federal. Ajuste y expansión simultáneos. La motosierra también tiene contradicciones.

 

 

El otro foco caliente está en el Inidep. Ahí el recorte tiene una sensibilidad especial porque toca uno de los corazones económicos de la ciudad: la pesca. Menos recursos para combustibles, químicos y equipamiento científico implican menos campañas de investigación y menos capacidad de monitoreo del recurso pesquero. En un puerto donde cada dato biológico define cuotas, temporadas y millones de dólares, nadie toma esas decisiones como un detalle administrativo. Y después aparece Chapadmalal. El Gobierno eliminó directamente la obra de restauración del Hotel 4, iniciada durante la gestión de Alberto Fernández y paralizada desde el cambio de gobierno. La decisión se da justo cuando Nación avanza con la idea de concesionar el complejo turístico. El mensaje político es claro: retiro del Estado y apertura a operadores privados. Pero en Mar del Plata el tema toca además una fibra histórica y emocional que excede cualquier balance contable.

 

El concejal Juan Manuel Cheppi aprovechó el escenario para pegar donde más le duele hoy al oficialismo local: su sociedad política con Javier Milei. “¿De qué sirve pintarse de violeta si el Gobierno nacional nunca le tira un centro a los marplatenses?”, disparó. La frase cayó rápido en los despachos municipales porque instala una discusión incómoda para Guillermo Montenegro y Agustín Neme. Hasta ahora, la cercanía con la Rosada no parece traducirse en grandes beneficios presupuestarios para la ciudad. En el entorno del intendente responden que el ajuste es general y que la prioridad nacional sigue siendo el equilibrio fiscal. Pero, en voz baja, algunos admiten que empieza a aparecer un problema político complejo: defender la motosierra en abstracto es sencillo; explicar los recortes cuando afectan intereses concretos de Mar del Plata ya es otra cosa. La discusión recién empieza. Porque detrás de los números aparece una tensión cada vez más visible. ¿Cuánto está dispuesta a resignar Mar del Plata en nombre del ajuste nacional y cuánto margen tendrá el oficialismo local para seguir defendiendo decisiones que impactan directamente sobre sectores estratégicos de la ciudad?

 

 

En otro aspecto, el termómetro del consumo en Mar del Plata sigue marcando fiebre baja. Abril cerró con una caída interanual del 2,6 % en las ventas minoristas medidas en unidades físicas y confirmó algo que comerciantes y empresarios vienen murmurando hace meses detrás de los mostradores: la plata circula menos, el cliente piensa dos veces antes de comprar y el ánimo para apostar al futuro está en pausa. El relevamiento de la UCIP dejó varios datos que, puestos en fila, pintan una postal bastante clara de la ciudad real, esa que se mueve lejos de los discursos optimistas de la macroeconomía. La mitad de los comerciantes cree que su situación está igual que hace un año, pero casi otro 46 % siente que empeoró. Los que ven una mejora son apenas una minoría microscópica: 3,2 %.

 

La definición que más se escucha en los centros comerciales a cielo abierto es “aguantar”. Aguantar el alquiler, los servicios, los costos laborales y la mercadería. Aguantar hasta que aparezca un rebote que todavía no llega. Porque incluso quienes logran vender reconocen que los márgenes son cada vez más finitos. La rentabilidad ya no es negocio, sino supervivencia. En los locales se repite la misma escena. Mucha gente entra, pregunta precios, mira promociones, revisa etiquetas y se va. El consumo emocional desapareció. Todo se volvió racional. El comprador de hoy no improvisa, calcula. El dato político y económico más delicado quizá no esté en la caída de ventas, sino en las expectativas. Casi el 78 % de los comerciantes asegura que no es momento para invertir. Traducido: nadie quiere arriesgar. Y cuando una ciudad deja de invertir, deja también de imaginar crecimiento.

 

 

El empleo todavía resiste, aunque sin entusiasmo. Más del 90 % de los comerciantes dice que no hará cambios en su plantilla. No hay despidos masivos, pero tampoco nuevas incorporaciones. El mercado laboral quedó congelado en modo espera. En paralelo, aparece otra curiosidad del informe: la digitalización comercial todavía muestra enormes zonas grises. El relevamiento refleja que la enorme mayoría aún no encuentra en la venta online una herramienta decisiva para compensar la caída del consumo presencial. El comercio tradicional sigue dependiendo, casi exclusivamente, de lo que ocurra en la calle. En el ecosistema empresario local empiezan a convivir dos sensaciones contradictorias. Por un lado, cierto alivio por la desaceleración inflacionaria. Por el otro, preocupación creciente porque la estabilidad no alcanza para reactivar la caja diaria. En otras palabras, hay menos sobresaltos, pero también menos ventas. Y en una ciudad históricamente sostenida por el comercio, el turismo y el movimiento permanente de dinero chico, el enfriamiento del consumo deja de ser un dato estadístico para transformarse en clima social. Ese clima que, mucho antes que las encuestas, suele anticipar el humor de una época.

 

 

La noticia explotó en España como si el Covid hubiera vuelto a desembarcar en Europa. Un crucero polar, un virus exótico, cuarentenas militares y un nombre que todavía conserva potencia cinematográfica: hantavirus. Pero en medio de la alarma apareció una voz marplatense para ponerle racionalidad a la escena. Daniel Antenucci, investigador del Conicet y profesor de la Universidad Nacional de Mar del Plata, salió a explicar desde la experiencia argentina lo que buena parte de Europa desconoce: el hantavirus mata mucho, pero contagia poco. Y esa diferencia cambia todo. “No hay motivos para la paranoia”, dijo en una entrevista publicada por El Mundo. La frase tiene peso porque viene de alguien que trabajó años literalmente entre roedores silvestres, haciendo tareas de campo en zonas endémicas del país. Antenucci se ponía el traje de bioseguridad, capturaba ratones colilargos, tomaba muestras y estudiaba cómo se movía el virus en la naturaleza mucho antes de que el planeta aprendiera a hablar de curvas epidemiológicas, aislamientos y contagios comunitarios.

 

 

La aparición del marplatense en la discusión española tiene además un costado simbólico interesante: mientras Europa reacciona con reflejos postraumáticos después del Covid, Argentina –y especialmente la Patagonia– convive hace décadas con el hantavirus sin convertirlo en una catástrofe permanente. El contraste es fuerte. En España se habla de evacuaciones militares, cuarentenas de 45 días y protocolos extremos alrededor del crucero MV Hondius. De este lado del Atlántico, Antenucci, quien fue vicerrector de la Universidad Nacional de Mar del Plata, recuerda que en las peores temporadas argentinas los brotes rara vez superaron unas pocas decenas de casos. No porque el virus sea leve. Todo lo contrario. La cepa Andes puede tener una mortalidad cercana al 40 %. Lo que cambia es la capacidad de expansión. No es Covid. No es gripe. No es un virus diseñado para arrasar poblaciones enteras en pocas semanas.

 

 

La explicación científica también sirve para entender por qué el miedo social se multiplica más rápido que el virus. El hantavirus necesita cercanía extrema para transmitirse entre personas. Ambientes cerrados. Convivencia prolongada. Contacto directo. Mucho más parecido a una cadena íntima de contagio que a una circulación aérea masiva. Por eso, Antenucci cree más probable que el contagio dentro del barco haya sido horizontal entre pasajeros y no producto de un roedor escondido en el crucero. Es decir, alguien subió infectado y el confinamiento hizo el resto. Pero quizás lo más interesante de su análisis aparece cuando conecta el avance del hantavirus con el deterioro ambiental. Destrucción de hábitats, desplazamiento de especies y cambio climático forman parte de una misma ecuación. Los virus no aparecen de la nada. Muchas veces llegan cuando los humanos alteran los equilibrios naturales y obligan a los reservorios animales a convivir más cerca de las personas. Mientras España descubre el hantavirus con el dramatismo de una serie de Netflix, un científico marplatense les recordó algo bastante argentino: convivir con un riesgo no significa vivir aterrados.