Cultura

La gente anda leyendo: Inicios mágicos

Una reflexión sobre algunos inicios de novelas que marcaron un antes y un después en la literatura: Pedro Páramo y Cien años de soledad.

 

Por Dante Galdona

Lucía me cuenta que leyó “Pedro Páramo”. Lucía me recuerda el inicio más formidable de una novela. Más allá de eso no me recuerda nada más, todo lo hace nuevo. Hasta mi tercera lectura de “Rayuela” la leo como si fuera un libro escrito ayer, tiene ese don de las cosas que siempre son nuevas, te sorprende con su sorpresa. No el libro, sino Lucía. La tercera lectura de “Rayuela” es un poco Lucía y Lucía un poco “Rayuela”.

Pero también está “Cien años de soledad”. García Márquez contra Juan Rulfo. Cortázar, árbitro.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en plan de prometerlo todo. ‘No dejes de ir a verlo -me recomendó-. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte’. Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas”.

Tal inicio nos deja en la incapacidad de cerrar el libro. No importa el después, que por cierto mantiene la misma calidad, pero no creo en que alguien haya sido capaz de no seguir leyendo. Realismo mágico que traspasa la hoja y se apodera del lector, de modo que ficción y realidad juegan en el mismo plano a partir de entonces. Se llama Juan Rulfo, es mexicano, escribió ese libro y “El llano en llamas”, nada más. ¿Para qué más?

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Y luego empieza a describir Macondo, ese pueblo imaginario en que cualquier escritor se vio alguna vez viviendo. Realismo mágico, segunda acepción.

Si mi querido lector no se siente con la necesidad de ir a buscar estos libros no voy a insistir, es posible que ya no tenga interés en convencerlo. Con que Lucía los lea me basta y sobra, prescindente lector.

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