Cultura

La gente anda leyendo: Las campanas doblan por todos

Una melancólica reflexión sobre la muerte y la humanidad a partir del recuerdo de la lectura de "Por quién doblan las campanas", de Ernst Hemingway.

 

Por Dante Galdona

Decir el lugar de Hemingway en la literatura es caer en obviedades. La seguridad de lo obvio me atrapa de vez en cuando. Mientras camino por la peatonal San Martín, entre la fuente y la Catedral, miro a una chica que lleva en un brazo, junto a una carpeta y lo que parece ser un juego de fotocopias, “Por quién doblan las campanas”.

Lo lleva apretado contra el resto del material, en la parte más alejada de su cuerpo, y entonces el mundo sabe que es profesora de

Letras o estudiante de Letras o lectora de Letras. O yo lo sé, porque es obvio para mí. Porque todo lo obvio me lo asegura. O porque Robert Jordan, el personaje del libro, era profesor de español.

Desconozco si al igual que él, ella también desactiva bombas en alguna guerra de las tantas que hay, guerras sin tiros ni explosiones, guerras de dolores y heridas emocionales.

Eso ya no es tan obvio pero va apurada, no estoy lo suficientemente cerca para hacerle alguna pregunta, no está dispuesta a detenerse, lo que me acerca un poco más a la idea de la bomba. Quizá la bomba sí sea metafórica y ella va a desactivar alguna que está latente en el promontorio de su vida o la de uno de sus amigos. Mientras sus pasos rápidos dejan atrás los míos, alejado convenientemente de la guerra civil española, comienzo a pensar en esta columna.

La cita que usa Hemingway al inicio de la novela viene a mi cabeza después de mucho tiempo: “Nadie es una isla en sí mismo. Cada hombre es un trozo del continente, una parte del todo. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de un amigo, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy atado a la humanidad; por lo tanto, no mandes preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”.

Ella es una isla móvil que se aleja, el libro es un parte de esa isla, Mar del Plata es el continente: del libro, de la chica, mío, de este texto.

Como otra isla, desierta, me dejo tomar distancia y agarro por Yrigoyen hacia Colón: en la sala velatoria lloran deudos, abrazan amigos, se acercan.

¿Cuántas veces he mandado a preguntar a quién están velando en la cochería, de quién son esas flores en ese auto negro? ¿Del muerto o de los familiares, o mías?

Ya no veo a la chica, ni la veré.

Un sonido envuelve a Mar del Plata, llaman a misa. Doblan las campanas de la catedral, doblan por mí, doblan por ella, doblan por todos.

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