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Opinión 12 de septiembre de 2026

La gran oportunidad perdida de la Industria Naval

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Por Domingo Contessi

El 12 de septiembre se celebra el Día de la Industria Naval Argentina. Se recuerda el Decreto 7.992 de 1961, en el que el presidente Arturo Frondizi puso en marcha el Plan Esteverena para renovar unos 37 buques de ELMA y, con eso, desarrollar no solo a la Marina Mercante Nacional sino también a la Industria Naval.

Hoy, por el contrario, asistimos al ocaso de un proceso de renovación de la flota pesquera que arrancó con el DNU 145/2019. En los últimos siete años hubo 37 botaduras de barcos pesqueros en astilleros argentinos, que compitieron de igual a igual con astilleros españoles, pero en 2027 probablemente no haya ninguna botadura. Ese éxito industrial fue opacado por una macroeconomía destrozada: inflación en dólares que triplicaba costos y trabas para importar insumos. La industria naval argentina enfrentó esos obstáculos, a costa de hacer pésimos negocios.

Hoy, con la macroeconomía afortunadamente en vías de normalización, era el momento para que nuestro sector despegue. Sin embargo, estamos a punto de quedar encallados: estamos entregando los últimos barcos y nos quedamos sin cartera.

El Consejo Federal Pesquero, órgano estatal a cargo de definir la política del sector, tuvo en sus manos la oportunidad de darle trabajo a la mayoría de los astilleros argentinos, sin recurrir a un solo peso del erario público.

Después de más de 30 años, se otorgaron 18 permisos nuevos para buques poteros (calamar). El potero es un buque sencillo, perfectamente construible en el país. Sin embargo, de una flota actual de más de 80, no se construyó ninguno en el país sino que siempre se armó un traje a la medida de armadores y astilleros extranjeros, a veces aduciendo razones geopolíticas.

Esta oportunidad no fue la excepción: de los 18 nuevos permisos, siete serán importados usados y once se construirán en astilleros chinos. Se nos dijo que teníamos preferencia en el puntaje, pero nos dieron solo veinte días para diseñar, costear y salir a vender un barco. Se pidió una prórroga, pero se nos negó. Con un cupo de sólo cinco barcos, todos los astilleros nacionales habríamos tenido trabajo por dos años.

Ningún país desarrollado deja pasar este tipo de oportunidades para generar trabajo industrial. El caso más extremo es el de Estados Unidos, que no permite la importación de pesqueros, ni nuevos ni usados.

Si bien se nos dice que la mejor política industrial es no tener política industrial, el RIGI es la política de política industrial más audaz de la historia argentina, con beneficios cuantiosos e impacto en recaudación futura, para sectores seleccionados. Está bien que exista el RIGI, pero también que el Estado tenga política para otros sectores como el nuestro, que no resigna sino que genera y multiplica ingresos para el fisco.

La competitividad de la industria no es solo una cuestión cambiaria o macroeconómica. En la industria naval, como en otras en el mundo actual, la clave es la especialización. En Noruega los astilleros se enfocan en buques offshore y de acuicultura; en Holanda e Italia, en yates y grandes cruceros; en España, en pesqueros y buques de investigación; un astillero de Tasmania se especializa en grandes ferrys de pasajeros que en estos días entrega el catamarán eléctrico más grande del mundo: el “China Zorrilla”.

La Industria Naval Argentina también transitó y puede avanzar en ese camino de especialización en la pesca: estábamos construyendo buques con cada vez más calidad, más tecnología y a precios competitivos. Seguir ese camino requiere un trabajo conjunto entre el sector y las autoridades: no surge sólo por generación espontánea.

Aún en la crisis, la industria naval es resiliente y no va a bajar los brazos. Los astilleros argentinos volverán a ser reparadores o transformadores de buques con más antigüedad. Algunos pocos intentaremos seguir manteniendo la vocación de construir barcos nuevos, financiándose con fondos propios e intentando diversificar para salir de los mercados regulados. Obviamente se perderá músculo y capacidades en proveedores y subcontratistas.

Sin embargo, no podemos dejar de decir que estamos perdiendo, como país, una gran oportunidad para darle continuidad y profundizar la necesaria renovación de la flota pesquera argentina. Con diálogos constructivos, aún estamos a tiempo de mitigar el daño.