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Cultura 10 de febrero de 2024

La mirada de un marplatense en los 150 años de la ciudad

Un texto por los cuarenta años en Mar del Plata de Mariano Taborda, escritor y docente que nació y aún vive en la ciudad.

Mariano Taborda, de pequeño en una playa marplatense.

Por Mariano Taborda (*)

Este año, en mayo, cumplo cuarenta. Nací y vivo en Mar del Plata. Mi mamá nació en Capital y sus padres también. Mi papá nació en Capital pero sus padres eran de Ayacucho, gauchos de a caballo, muchos hermanos, bisabuelos, tatarabuelos gauchos y ahí se corta la señal, qué sigue, cuál fue el primer gaucho de los nuestros. Sobre finales de la década del setenta mi padre quiso venir a vivir acá, mi madre -joven, recién recibida de la UBA, acostumbrada a los vértigos de la política y la urbanidad- se oponía, y la pequeña hija, mi hermana mayor, apenas balbuceaba para festejo de la familia.

Mi papá había vivido esos veranos traicioneros en los que al turista -porque se enamoró, porque el bronceado le duró meses o porque el pelo logró un color nuevo por el contacto diario con el agua y el sol- le parece razonable mudarse de forma permanente al lugar de las vacaciones. Mi papá visitaba a su tía y primos, pasaba temporadas enteras; en algún momento se alojaba en una casa quinta que la tía disfrutaba por Antártida Argentina al fondo, pasando los hoteles alojamiento con nombres singulares. Sus primos marplatenses eran jipis, se drogaban, gozaban de cierta fama porque no eran muchos en la ciudad allá por los finales de los sesenta y comienzos de los setenta que hacían artesanías e intentaban transformar a Mar del Plata en San Francisco. Mi papá se extasió y perdió un poco en el casino, nadó en el mar, bebió y comió en los boliches de la rambla que ya no existen. Y un día llegó con el auto cargado y la familia a vivir a un departamento en Matheu y Alem. Allí, en el invierno de 1980, no había nada, no había nadie. Los pocos negocios que resistían todo el año cerraban temprano, a veces ni abrían después del mediodía. El edificio no tenía otros departamentos habitados, recién unos días en semana santa, recién unos días en las vacaciones de invierno. Mi mamá se resignó. Los tres hijos siguientes fuimos los primeros marplatenses de la familia.

Los padres de mis amigos no son de Mar del Plata. Solo Germán tiene hasta los abuelos marplatenses. Es raro. Beto, el amigo más antiguo que conservo, nos conocimos en febrero de 1994, nació en Caseros. Hace unos días, sentados en reposeras coloridas, de frente al mar, me dijo que allá por finales de los 90, le gustaba no ser marplatense, no ser parte del todo de ese fracaso generalizado que era la ciudad por aquel tiempo. Veo, en historias de Instagram, que muchos contactos publican fotos de la costa, del mar, del edificio Havanna, con un mismo texto: la ciudad más linda del mundo. En 2001, año en que terminé la secundaria, ninguno de mis amigos creía ser un privilegiado por ese lugar en el que nos tocó nacer. La veíamos más como Luvina, el cuento de Juan Rulfo en el que el personaje dice algo así como, acudo a la memoria para no levantarme a buscar el libro: “Luvina es el lugar donde anida la tristeza”.

Cuando era chico vivíamos en Punta Mogotes. En el furor menemista, con los amigos del barrio éramos los beneficiarios de las promociones. Cerca del pato estacionaban camionetas y nosotros hacíamos la fila una y otra vez hasta que agotábamos la camioneta y buscábamos otra. Al final de la tarde, juntábamos el botín: chocolates, helados, sachets de champú, crema de enjuague. Mar del Plata era nuestro barrio. Mar del Plata era la imposibilidad de cruzar la calle Soler a las seis de la tarde porque la fila de autos que volvían de la playa era infinita, Mar del Plata era Ferimar y la casa embrujada en la que la física estaba rota: lo que debía bajar, subía; Charly Prodan, el primer amigo de mi papá en el ciudad, y que murió unos días después, tal vez porque no pudo soportar la ciudad y la vida sin su amigo, era el que administraba ese lugar extraño, podíamos entrar con mis hermanos todas las veces que quisiéramos, Mar del Plata era el barrio vacío, abandonado durante el invierno, las casas en las que podíamos entrar como travesura, recorrer las habitaciones y salir, porque alguien no cerró con llave, porque alguien no trabó la ventana. Mar del Plata era el año 2001, el último de escuela: no teníamos plata para comprar las camperas de egresados, una lástima porque alguien, no recuerdo quién, propuso la leyenda que deberían haber llevado las camperas: EGRESADOS 2001, DESOCUPADOS 2002. Mar del Plata eran los dos o tres bares a los que íbamos, las dos o tres bandas que escuchábamos, Mar del Plata era el lugar que todos queríamos abandonar porque no había trabajo, porque no había nada para hacer. Mar del Plata era el lugar del éxodo, los primos, los hermanos mayores, los amigos de los hermanos habían escapado a España; cuando viajé a Mallorca, muchos años después a visitar a mi hermano, esperaba encontrar la estatua de un pato o de unos lobos marinos. Mar del Plata era la ciudad de los viejos, del frío inexplicable del invierno, de los bares de Alem, de los negocios que cerraban en la peatonal, de la tristeza. En esos años, a comienzos de siglo, mi amigo Beto tenía razones para no sentirse del todo responsable, él había nacido en otra ciudad, alguien de su familia tomó una mala decisión y qué podemos hacer nosotros que tenemos veinte años y estamos condenados, no hay a dónde escapar. No íbamos mucho a la playa, daba lo mismo si la ciudad tenía mar o una montaña o nada.

Hasta hace unos años, solía decirle a Emilio, mi compañero de trabajo, la ciudad que te gusta a vos, cuando se desataba una tormenta o una inundación, cuando publicaban los números de desocupación. Él navega, pesca, intenta con el surf. Yo solo barreno las olas a pelo, porque eso hacemos los marplatenses. Mi amigo Macedonio hace surf desde los noventa, éramos chicos y él hacía surf, era tan extraño para el resto como la equitación o la esgrima. En el taller de lectura y escritura que coordinamos con Emilio, al principio, era raro encontrar a Mar del Plata como escenario de una ficción. El prejuicio dictaba que mejor en el subte, mejor en una librería de usado de la calle Corrientes, mejor en cualquier lugar del mundo, real o imaginado, pero no en Mar del Plata.

Parece que siempre hubo algo marplatense. Gente que se viste un poco mal, usa buzos con capucha, joggins, ojotas, le cuesta pagar una entrada y busca hasta el final la invitación, el sorteo, gente que se queja del frío y del calor, desconoce la historia de la ciudad, la ama al mismo tiempo que la odia.

Con la crecida que nos hizo alejar unos metros las reposeras, Beto me confesó que hoy preferiría ser marplatense y no tener que aclarar que vino de chiquito, que solo tenía unos meses, que es casi marplatense. Macedonio no es el único amigo que surfea, aunque para mí siempre será un pionero. En los textos del taller cada vez con mayor frecuencia aparecen las aguas hostiles del Atlántico. Hay una identidad, multifacética, difícil de precisar, que construye lo marplatense sin complejo de inferioridad con Buenos Aires ni con nada. En el 2001 no nos podíamos ir a Buenos Aires porque no teníamos ni para el micro. Ahora nadie de los que conozco se iría. Muchos de los problemas de la ciudad siguen ahí, notorios, insoslayables, pero hay algo del ser marplatense. Tiene que ver con apropiarse de la ciudad, del espacio, de las playas, de su defensa, de las múltiples identidades que contiene.

Hoy veo a mi hija de tres años con su gorro amarillo correr por la arena, atacar el mar de frente y escapar de la ola con el mismo entusiasmo; la paciencia del obrero con la pala de plástico, las piernas algo bronceadas a pesar del protector factor 50, y agradezco que mis padres hayan cargado el auto en dirección al sur, evaluaban también Mendoza y Córdoba, y que hoy mi hija sea marplatense.

 

(*) Mariano Taborda nació en la clínica 25 de Mayo, vivió sus primeros meses en un departamento en Alem y Juan B. Justo y luego su familia se mudó a Punta Mogotes, donde pasó su infancia. Aún vive en Mar del Plata. Trabajó como alfabetizador y formador de alfabetizadores, como corrector y columnista en el Diario El Atlántico y como cronista en medios gráficos y digitales. Desde 2017 dicta talleres de lectura y escritura junto con Emilio Teno. Trabajan en el guion de un filme documental sobre Haroldo Conti.