Cultura

La ruta hasta Humahuaca

por Paola Lamacchia

La alarma otra vez. Si la postergo otros 5 minutos no llego. Vamos, abrí los ojos. Sofía me espera sentada en la cama, tratando de despabilarse, en cambio a Santiago lo despierto con mimitos porque es muy remolón. Preparo el desayuno mientras Matías se viste. Tomamos dos mates, un beso rápido y nos dividimos. Todavía es de noche, Matías lleva a los chicos al colegio porque le queda de pasada. A mí me toca retirarlos entre una clase y la otra, Santi tiene el cumpleaños de su amiga Julia y a Sofi la cuida mi suegra hasta que salgo de trabajar. Hace años que nuestros días están cronometrados, las tareas y los horarios acomodados como las piezas del tetris. Estamos tan acostumbrados a esta dinámica que la transitamos como una danza, fluyendo entre la casa, el auto, el colegio, el trabajo, las compras, los pasatiempos, los cumpleaños, los amigos. La rutina nos atraviesa en forma tan inconsciente que los días de ocio se sienten como esas escenas de película en las que la imagen se congela, las gotas de lluvia frenan inmóviles a mitad de camino del suelo, todos los personajes estáticos, sus gestos congelados, la banda sonora en silencio. La escena dura unos segundos, hasta que todo vuelve a arrancar. En el jardín habían pedido que mandáramos galletitas y me olvidé. Esta tarde paso por el almacén, de paso compro azúcar y detergente. Galletitas, azúcar y detergente. Para cuando llego al laboratorio ya amaneció. Recorrí todo el camino enfrascada en mis ideas y manejando en piloto automático. Es algo que me pasa muy seguido, creo que algún día voy a encarar la ruta hasta Humahuaca sin siquiera darme cuenta.

Lucía llegó antes y puso a calentar agua, además trajo chipá recién horneado de la panadería. Santa Lucía. Dos mates más mientras prendo la computadora y reviso los correos. Una de mis becarias me mandó el informe, Fernando el listado de alumnos para el segundo cuatrimestre, las revisiones del último paper, algunos anuncios de la facultad, la respuesta del director del instituto sobre el pedido de subsidios, dos escuelas interesadas en que vaya a dar una charla, Marcela del Centro de Estudios Epidemiológicos de Paraná.

Lucía, con su guardapolvo blanco y el pelo atado despeja la mesada para preparar una electroforesis. Mientras inyecta con cuidado el líquido en el gel, achina los ojos y saca la lengua para mantener el pulso, me recuerda a mi mamá cuando enhebraba el hilo en la aguja para emparchar las rodilleras de mi pantalón. Pasé buena parte de mi infancia vistiendo ropa reciclada con pitucones, de tanto que me arrastraba en el barro y trepaba los árboles. Cada Semana Santa visitábamos a mis abuelos en su casa de campo y yo corría a la higuera del jardín trasero. Con la agilidad de un macaco me alzaba entre las ramas y cortaba los primeros higos de la temporada para comer a escondidas mientras el Tata daba vuelta la carne al fuego. Era tan ingenua de creer que nadie se daría cuenta, pero al bajarme rasgaba la ropa y volvía a encontrarme con mamá, mis manos pegajosas y el viento fresco corriéndome entre las piernas. Ella me retaba con una mueca. Se reía, por dentro se reía. Cómo no iba a hacerlo, si éramos iguales. Ella también corría y trepaba y rasgaba su ropa cuando tenía mi edad. Cómo le hubiese gustado a mamá ser científica. Bióloga o química. Veterinaria tal vez. Siempre rescataba pichones caídos en la casa de mis abuelos, y hacía trucos de magia con bicarbonato. Pero qué se yo, se casó, tuvo cuatro hijas. Apenas si le quedaba tiempo a mamá para levantar las piernas y descansar los callos entre la ropa, la cocina, la casa, las camisas de papá. Siempre pensé que mamá era feliz.

Cantaba incluso cuando planchaba las camisas. Nunca le pregunté si hubiese preferido hacer algo más, como trabajar fuera de casa, viajar sola, practicar yoga o aprender flamenco. Nunca le pregunté porque no se me ocurrió. Sin embargo, ahora que la miro a Lucía y achina los ojos y saca la lengua y podría ser mi mamá, ahora que el reflejo de la ventana me devuelve sus rasgos, su nariz chiquita, sus labios finos y sus ojos redondeados. Ahora pienso que quizás quiso, pero no pudo. Era otra época, en su pueblo no había universidad, y cuando se casó con papá enseguida quedó embarazada.

Papá quería que sus hijas estudiáramos. Nos hablaba del privilegio de vivir cerca de una universidad pública y gratuita, de nuestro derecho y también nuestra responsabilidad de ser profesionales al servicio del pueblo. Mamá lo escuchaba emocionada. Después nos contaba la anécdota de la famosa física Maria Goeppert-Mayer, ganadora de un premio Nobel, que repetía las palabras de su padre: nunca seas solo una mujer. Esas palabras siempre me incomodaron, aunque no entiendo la razón.

Lucía me codea para sacarme del trance antes de acomodar el material en la mesada. Pestañeo fuerte y estiro los brazos para salir del letargo. Recupero la compostura y abro el correo de Marcela, la de Paraná. Dice que están los primeros resultados de nuestro kit para el diagnóstico de la enfermedad de Chagas. Me manda un archivo adjunto, va a viajar su jefe en un par de semanas y tenemos que sentarnos a hablar. Se despide emocionada, augurando un abrazo de celebración el día que nos encontremos.

Hay días que yo también tengo poco tiempo para levantar las piernas y reposar los callos. Más de una vez quisiera subirme el auto y manejar en piloto automático hasta Humahuaca, como le habrá pasado a mamá. Pero incluso en esos días, congestionados y agobiantes, me descubro cantando como hacía ella. Quizás no lo haga mientras plancho, pero a la mañana o a la noche, acurrucando a mis hijos o analizando resultados inmunológicos, dando clases o escuchando absorta las ideas de mis becarias, mirando televisión con Matías o cocinando para mi familia, sonrío y por dentro canto. Pienso en mamá, en María Goeppert-Mayer, en Marcela, Lucía, en mis hermanas.

Pienso en el camino que allanaron y seguimos construyendo, para mi hija, mis alumnas y becarias, para todas las demás. Por más que me esfuerce no veo diferencias entre nosotras, y aquellas palabras me siguen incomodando, porque… ¿qué significa ser sólo una mujer?

(*): Texto ganador del concurso “Cuentonaturalexa”, organizado por la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad Nacional de Mar del Plata.

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