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Opinión 13 de octubre de 2020

La traición de General Villegas

Foto: Gentileza Patricia Bargero.

Por Nino Ramella

Demoler una casa es barrer una historia, tirar al vertedero aquellos sueños, dolores y alegrías de las que sus paredes fueron testigo. Ninguno de nosotros deja de relacionar -para bien o para mal- los momentos fundacionales de su vida con el lugar en el que creció. No necesitamos bucear en los arcanos de la psicología para entender que ese tiempo de nuestra niñez nos constituye sin apelación.

En General Villegas, provincia de Buenos Aires, había hasta hace pocas horas una casa no muy grande. Allí nació el Día de los Inocentes del año  1932 Manuel Puig. Sus primeros meses de vida fueron cobijados por el techo de esa casa hasta que su familia se mudó a otra en la misma manzana. Y debemos decir había, con el sentido irreparable
que ese tiempo de verbo convoca. Acaban de tirar, pues, el espacio embrionario que forjó la personalidad
de un escritor que inspirado en los escenarios que le vieron nacer conquistó el mundo con sus novelas.

“La Traición de Rita Hayworth” y “Boquitas Pintadas”, sus dos primeras historias convertidas en
libros, tienen como escenario su pueblo natal que en la ficción el autor bautizó como “Coronel Vallejos”.

Aquel “vértigo horizontal” como llamó Drieu Larochelle a la pampa, seco y de alguna manera poco inspirador, fue sin embargo una experiencia tan vital, acaso por hostil, que alimentó la fantasía creativa de un escritor irrepetible.

Las divas que tenían a aquel pueblo más propio de un western -según el propio Puig- como escenario de sus historias fue obra de las inquietudes de un jovencito que soñaba con transformar la opresión de una realidad que tenía pocas puertas para escapar.

Una de ellas fue el cine que para él fue una ventana al mundo exterior. Los personajes de sus dos primeros libros
entonces se mezclan con la cotidiana vida de ese pueblo y con otros protagonistas que el escritor saca de sus propios recuerdos porque eran primos, amigos o tías.

Manuel Puig escribe sus primeras novelas fuera de Argentina. “Un buen consejo que recibí fue que escribiera sobre lo que conocía. No sobre los páramos de Yorkshire” le confesaba en una entrevista que le hizo Joaquín Soler Serrano. Escribió, claro sobre General Villegas. “”Lo que yo quería era contarme a mí mismo esos años de mi niñez. Ya tenia 30 años y todo me había fallado”.

Manuel Puig.

Manuel Puig.

La casa de la calle Arenales al 400 ya no existe. Tampoco tuvo nunca una placa que recordara que ahí había nacido Manuel Puig, ni tuvo protección legal alguna. Eso sí, en la entrada de General Villegas hay un cartel que la etiqueta como “la ciudad del escritor Manuel Puig”. Se ve que el orgullo que alcanzó para un cartel y no para conservar la casa.

El intendente se había comprometido a negociar con los dueños de la casa. Va de suyo que el intento
fracasó. No debe haber sido por falta de diálogo, pues el hijo del propietario es el subsecretario de Gobierno
de la Municipalidad. La noticia de la casa tiene alcance nacional una vez demolida. Quizá si la Municipalidad hubiera advertido a los medios, a la Gobernación o al gobierno Nacional sobre su inminente desaparición tal vez se hubieran conseguido los fondos para comprarla. Es justamente la búsqueda de soluciones
lo que se entiende por “gestión”. Destruimos aquello que no conocemos. No cuidamos aquello que no queremos y …otra vez…no queremos lo que no conocemos.

No sé si una placa señalando a esa como la casa natal de Manuel Puig hubiera generado conocimiento por parte de la sociedad villeguense, pero su no existencia demuestra la indiferencia de quienes sí debieron procurar que ello ocurriera.

Acaso esa ciudad tenga muchos otros sitios patrimoniales sobre los que preocuparse antes que por la casa donde nació uno de lo escritores argentinos de mayor trascendencia internacional.

Ojalá se difundan así recuperamos un motivo para visitarla.  Eso sí…el propietario de la casa se ha mostrado
muy generoso y anunció que donará las rejas y la puerta a la Biblioteca local. Tal vez hubieran podido
trasladar la biblioteca a la casa de Puig e intercambiar ambas propiedades. Lástima que se trata de una idea
a destiempo.

Manuel Puig no la pasó bien en General Villegas y eso lo marcó. Pero como sabemos, la patria es la infancia y ese sitio fue con él a todos los lugares del mundo que habitó.

Como Piazzolla con Argentina .y si me apuran hasta con su Mar del Plata natal-, podríamos decir que Puig tenía un vínculo de amor-odio con la ciudad en la que nació. Pero justamente por eso ese lazo lo
constituye sin atenuantes.

Algunas historias de pueblo narran que algunos no lo apreciaban. Sobre todos aquellos que se vieron identificados con los personajes de sus libros. Hasta llegaron a colgar carteles que rezaban “Maldición eterna a quien lea” en alusión a su libro “Maldición eterna a quien lea estas paginas”.

Pero descuento que habrá ciudadanos villeguenses -ya que no sus autoridades- que sí entienden la gravedad de lo que perdieron. Y como hay que saber aprovechar las pequeñas ganancias de las grandes pérdidas tal vez lo absurdo del hecho les sirva para hacer pie y transmitir a las nuevas generaciones que hubo en ese pueblo alguien que se
animo a desafiar los cánones literarios de la época y triunfó

Una querida amiga lo fue también de Manuel Puig. Me refiero a la marplatense May Lorenzo Alcalá, escritora y diplomática. Seguramente ella hubiera escrito sobre la traición de General Villegas con la destreza suficiente como para interpelar conciencias.