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Cultura 4 de enero de 2026

La vida después de los 80: Adriana Riva narra el lado luminoso de la vejez

La novela "Ruth" da voz a una mujer de 82 años que observa el paso del tiempo con lucidez, humor y sin idealizaciones. Su autora conversó con LA CAPITAL antes de presentarse este martes 5 de enero en el festival literario MarPlaneta que se realizará en Chauvin.

Adriana Riva publicó el libro de cuentos “Angst” (2017), la novela “La sal” (2019) y el poemario “Ahora sabemos esto” (2022).

Por Rocío Ibarlucía

Ruth tiene 82 años y observa el mundo (y a sí misma) con una mezcla de lucidez, crudeza y humor. Sabe que su cuerpo ya no responde como antes y lo dice sin rodeos, en frases breves, como “Habitamos cuerpos que ya no ofrecen protección”, de una agudeza poética e irrisoria que te dejan pensando por días. Por eso, evita los espejos, que le devuelven una imagen deformada, como los de los parques de diversiones, capaces de ensanchar, achanchar o adelgazar hasta volverla irreconocible. Enumera las pérdidas que sufre a esta edad, que son muchas –“oído, vista, pelo, dientes, músculos, altura, calor, aire, pulso”–, y advierte, con agudeza, una disociación brutal: “Es asombroso llegar a esta edad en la que no hay relación alguna entre cuerpo y cabeza, un chiste macabro”.

Así piensa y habla la protagonista del último libro de Adriana Riva, que lleva por título su nombre: Ruth (Seix Barral). En esta segunda novela, la autora narra el envejecimiento desde adentro, en primera persona, sin solemnidad ni golpes bajos. Pero eso no implica negar las zonas oscuras de la vejez: junto al deterioro físico, aparecen también la muerte de los contemporáneos, la soledad, el olvido, la confusión del lenguaje y la sensación de convertirse, como dice la narradora, en “una extranjera entre la gente”.

“Yo no quería contar un cuento de hadas”, aclara Riva en diálogo con LA CAPITAL, antes de presentarse este martes 5 de enero en MarPlaneta. Sin embargo, su apuesta fue mostrar el costado luminoso y activo de esta etapa de la vida, en la cual también el deseo persiste, aunque transformado.

“Cada vez deseo menos, pero nunca alcanzo la felicidad de no desear. Todavía tengo querer: un chocolate, una película, flores”, reflexiona Ruth. Fantasea aún con un compañero de vida –“pero están todos enterrados”, remata con humor– y decide operarse de cataratas movida por un anhelo simple y profundo: seguir viendo colores.

El arte se convierte, de hecho, en su motor de vida. Toma clases de pintura por Zoom, estudia a artistas clásicos y modernos, recorre museos y, por primera vez, se compra un cuadro. Porque al mirarlo, experimenta ese efecto de tiempo suspendido: el instante en que se olvida de sí misma y habita lo eterno.

La novela también indaga la compleja relación con los hijos y la paulatina pérdida de autonomía. Ruth y sus amigas, su verdadero sostén afectivo, ponen en palabras la incomodidad de pasar, casi sin transición, de decidir por sí mismas a ser vigiladas por los “halcones” de sus hijos. Frente a la pérdida de posibilidades –“llevo años achicando el mundo”, observa–, el arte aparece como forma de resistencia a la muerte: “La pintura tiene el don de estar fuera de tiempo y de expulsarme también a mí del reloj”. 

Con una prosa poética, cargada de frases filosas y espesas de significados, la novela de Adriana Riva construye un personaje entrañable, cansado de obedecer y dispuesto a decir, sin filtros, lo que piensa. Ruth propone así otra mirada sobre la vejez: una que desafía la tendencia a infantilizar a las personas mayores y les devuelve la posibilidad de volver a tener primeras veces, incluso cuando parecía que ya no se podía.

Ruth

-¿De dónde nació el interés de escribir sobre una mujer en sus 80 y abordar temas alrededor de la vejez? ¿Hubo un disparador personal o artístico? 

-Sí, mi mamá. Yo no es que quería escribir sobre la vejez, sino que quería escribir sobre mi mamá, y siempre estaba buscando por dónde podía abordarla. Un día noté que en lugar de escribir sobre ella, podía intentar ponerme en sus pies, y así fue como apareció este personaje en el umbral de los 80. De hecho, la mujer de la tapa que está mirando de espaldas el cuadro de Rothko es mi madre.

Después, cuando empecé a construir este personaje de 82 años, sí me puse a investigar sobre la vejez, a leer libros afines y a ver qué se había escrito sobre mujeres mayores. Y me di cuenta de que la mayoría de la literatura que abarcaba a este tipo de protagonistas iba siempre por un lado más sombrío, sobre los últimos días en la vida de alguien, el Alzheimer, la demencia senil, la enfermedad. Y tanto mi mamá como un montón de otras personas mayores que conozco, si tienen un buen pasar económico y buena salud, viven bien, no es que están agonizando en los últimos días, sino vivitas y coleando. Por eso, quise dar una mirada más luminosa a la vejez, que me parece que la tiene, como todas las etapas de la vida. 

-Y en esa búsqueda, ¿hubo algún texto literario que te haya interpelado por cómo aborda la vejez desde una perspectiva más cercana a la que querías narrar? 

-El personaje de Olive Kitteridge de la escritora estadounidense Elizabeth Strout, que empezó en Olive y siguió en Luz de febrero, que es la continuación, me parece que es muy similar al perfil que yo buscaba. No es un tema que esté tan abordado literariamente, porque antes no se vivía tanto. De pronto, ahora todos conocemos a alguien que tiene 85 o más. Creo que por eso cada vez va a haber más lugar para estas voces. 


“En la vejez aparece aún más la risa para atravesar el sinsentido de la vida”


-¿Cómo fue el proceso de construcción de la voz de Ruth? Para entrar en sus zapatos, su lengua y su mirada de mundo, ¿te nutriste de tu mamá o también de otras mujeres en el umbral de los 80? 

-Sí, mi mamá es el puntapié, pero después no es que Ruth sea un reflejo de ella, sino que le presté mucha atención también a tías cercanas, amigas y a las personas en general. De pronto me di cuenta de que conocía a un montón de personas con 80 años, como cuando una está embarazada y empecé a ver solo embarazadas. La novela es una suerte de collage de un montón de voces de mujeres de esa edad. 

-La novela aborda el envejecimiento del cuerpo, la pérdida, el olvido y la soledad desde un tono tragicómico. ¿Desde el inicio elegiste ese registro, evitando el patetismo pero sin negar las angustias de esta etapa de la vida?

-Sí, porque yo no quería contar un cuento de hadas. Por supuesto, la vejez tiene un montón de cosas, sobre todo físicas, que no acompañan. Y eso también es, creo yo, la mayor perversión en cuanto a que uno puede estar muy bien de la mente y muy mal con el cuerpo. No hay cirugía que resista. Envejecemos porque somos finitos y porque la única certeza que tenemos es la muerte. Tarde o temprano, eso va a llegar. El cuerpo se deteriora desde temprano, yo tengo 45 y ya está deteriorado, entonces no hay con qué darle a eso. Quiero decir, así como en la adolescencia uno se llena de granos y tiene aparatos fijos y le crece la nariz, todas las etapas tienen un lado luminoso y un lado oscuro. La infancia también lo tiene. 

Entonces, sentía que no podía dejar de lado todo lo oscuro. Y no es solo lo corporal. Es probable que si uno llega a esa edad, haya perdido a mucha gente en el camino, haya vivido muchas experiencias dolorosas, tenga más traumas, más experiencia, más vida con todo lo que eso implica.

Pero no por eso es una depresión total. Además, porque veía y veo mujeres en los bares, en los aeropuertos viajando solas, en los cines, en los teatros, con vidas más libres de responsabilidades, con mayor libertad para hacer lo que finalmente tienen ganas de hacer, cuando ya no tienen el deber laboral, familiar, social, sino que están abocadas a sí mismas. 

Y por eso también siempre está tan presente el humor, que para mí es muy importante, no solo en este libro, sino en la vida. Es como el superpoder que tenemos los seres humanos, más aún en la vejez. En la vejez aparece la risa para atravesar un momento doloroso, o de incomprensión, o el sinsentido de la vida. 

Adriana Riva cofundó la editorial infantil Diente de León, para la que escribió libros ilustrados. Es coeditora de la revista literaria El Gran Cuaderno.

Adriana Riva cofundó la editorial infantil Diente de León, para la que escribió libros ilustrados. Además, es coeditora de la revista literaria El Gran Cuaderno.

-Ruth dice: “Mientras sigo siendo yo misma, soy también eso otro”, refiriéndose a que además de ser una mujer mayor, también sigue siendo la misma persona de siempre, con derechos y deseos. ¿Cómo pensás esto en relación con la tendencia de la sociedad, incluso familiares, a reducirlos a su edad y sus limitaciones físicas?

-Bueno, porque lo primero que uno ve es esa cáscara que es el cuerpo y lo ve deteriorado, decaído, sin fuerza. Entonces, le asigna esa misma personalidad. De esa persona total, piensa que lo que refleja el cuerpo es después lo que también es esa persona por dentro. Y, por supuesto, no es así. Esa es tal vez la paradoja más grande, que el cuerpo no siempre acompaña a la mente, o viceversa. Quiero decir que hay una disociación entre querer salir corriendo y ya no poder. La persona mayor se siente con la lucidez y las energías de una persona de 25, pero tiene el cuerpo de 80.

-En la novela abordás esa tensión entre los impedimentos físicos y el deseo. A pesar de todo, Ruth sigue siendo una mujer deseante: desea estudiar arte, ir a la ópera, viajar, ver amigas, a veces hasta un compañero… 

-Sí, yo creo que el deseo es el motor de vida, de seguir queriendo saber algo, de no darse por vencida. Es esa curiosidad que sigue empujando a uno a levantarse todos los días y apreciar la vida. Es el deseo de que haya un día más y no importa que sea el día anterior a la muerte, porque uno sigue vivo hasta el último segundo. El deseo, en su caso, está relacionado con el arte y todas las actividades culturales con las que va pasando los días, resistiéndose al aburrimiento, a bajar los brazos.

-¿Y qué lugar tiene la amistad en su vida? Pareciera ser un vínculo más auténtico y libre que el que tiene con sus hijos, que muchas veces resultan opresivos por esta sobreprotección que no le da ni voz ni voto a Ruth. 

-La amistad es importantísima, por eso las personas que tienen su misma edad son todas las que tienen nombre propio en la novela. Ni los hijos ni las nietas tienen nombre, la idea era un poco relegarlos a un segundo plano. Por supuesto son parte de la vida de Ruth, pero las que están en el día a día y las que la acompañan, la entienden y enfrentan las mismas cosas son sus amigas. Son las que la llaman realmente y no cuando tienen cinco minutos antes de entrar a la oficina, como hacen sus hijos. Eso no quiere decir que haya desamor ni destrato familiar, sino que los hijos tienen otras ocupaciones, otro ritmo de vida que no lo tiene su amiga Fanni. La amistad es lo que la sostiene en esta etapa de la vida.

-¿Qué le ofrece la pintura a la vida de Ruth y qué crees que le aporta además a tu novela? 

-Creo que la posibilidad de crear arte es la singularidad que tiene el ser humano y es casi una suerte de creencia. Así como hay quienes creen en Dios, Ruth cree en el arte y eso es lo que la sostiene. Está siempre buscando obras, pero no es que sea erudita ni académica, sino que es simplemente una amateur, una persona curiosa del arte porque el arte la pone a pensar. Ese trabajo que hace Ruth citando a pintores, describiendo los cuadros, también puede abrirle la posibilidad al lector de buscar quién es Helen Frankenthaler o Hilma af Klint. El arte acompaña a Ruth y la idea es que también acompañe al lector. Porque ante la pregunta de cómo sorteamos a la soledad, a la muerte, al desconocimiento, al sinsentido, a todo lo que nunca vamos a saber, buscamos respuestas en el arte. 


“No hay motivo para pensar que después de los 80 ya está todo vivido”


-Por eso Ruth describe la experiencia de mirar una pintura como un tiempo suspendido, en el que se olvida de sí misma, de sus problemas y de la finitud de la vida.

-Sí, es lo que le pasa con “Fausto”; cuando ve la ópera siente el instante eterno. Además, en el arte hay algo de volver a mirar por primera vez, con el asombro que te generan ciertas cosas que nunca viste. Y cuando miramos por primera vez, miramos de verdad, a diferencia de cuando caminamos por la misma calle y obviamente no estamos mirando. El arte, en cambio, te obliga a volver a mirar, a esa primera vez, a ese desafío de interpretar qué significa todo eso. 

-Ruth nos hace ver que también se puede tener una primera vez después de los 80 años.

-Totalmente, no hay motivo para pensar que después de los 80 ya está todo vivido. Si siempre hay algo nuevo, siempre va a haber algo desconocido que se puede conocer. No hay que tirar la toalla, para decirlo coloquialmente. 

-¿Qué reacciones te llegaron de las lectoras que tienen la edad de Ruth? 

-Mi miedo más grande era que no fuese verosímil para la gente mayor, porque yo no tengo 82 años. Por suerte, lo que más he recibido son comentarios sobre cómo pude meterme en su cabeza, me dicen “yo soy Ruth”, “es exactamente lo que pienso”, “¡¿cómo pudiste representar tan bien a una persona de 82 años?!”, lo cual confirma que entonces el personaje es verosímil. Me cuentan, además, que se ríen. También hay gente que le puede entristecer por momentos, pero es una novela que, en general, hace reír, sin ser disparatada, ni caricaturesca, o sea, no busca ser Mamá Cora.

-¿Y el público más joven?

-Muchas personas me dijeron que, después de leer “Ruth”, entendían mejor a sus padres o que querían regalarle el libro a su mamá. Que habían comprendido algo de lo que tal vez les toque vivir más adelante. Eso me parece muy potente, porque la novela no está escrita solo para quienes son mayores, sino también para quienes todavía no lo son.

Creo que Ruth pone en evidencia la necesidad de no infantilizar la vejez, de no tratar a las personas mayores como si hubieran perdido la capacidad de decidir sobre su propia vida. Es muy fuerte pasar toda una vida siendo adulto y que, de pronto, otros empiecen a decirte qué hacer, incluso desde el amor. A veces creemos saber qué es lo mejor para nuestros padres, pero no siempre nos detenemos a preguntarles qué desean. ¿Le preguntaste si eso era lo que realmente quería?

***

Adriana Riva participará del festival MarPlaneta este martes 5 de enero, a las 20.30, en Chauvin (San Luis 2849, Mar del Plata), en una charla junto a Fabián Casas titulada “Musas de libros y canciones”, con la participación del músico Joaquín del Mundo. Luego, firmará ejemplares. La programación completa de las dos jornadas de enero del festival organizado por Grupo Planeta puede consultarse acá:

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