La investigadora marplatense Agustina Catalano dialoga con LA CAPITAL sobre escritoras y activistas desaparecidas y/o asesinadas por el terrorismo de Estado: voces que desarman los estereotipos de lo femenino y revisitan la militancia desde una mirada íntima, incómoda y profundamente actual, a medio siglo de su silencio forzado.
Por Rocío Ibarlucía
Una mujer escribe poemas en la ESMA, a escondidas, mientras es obligada a trabajar para sus captores; otra mujer hace circular desde su celda en la prisión de Trelew versos donde el amor insiste en medio del horror; otras acuden al humor, la ternura o la experiencia de la maternidad para dar cuenta de una época violenta antes de ser detenidas. Ana María Ponce, Rosa María Pargas, Mónica Morán, Alicia Eguren y Luisa Córica son algunos de los nombres de estas mujeres que fueron a la vez militantes y poetas desaparecidas y/o asesinadas en los años 70 por la represión estatal y cuyas obras quedaron durante décadas fuera del canon literario. Hoy, la investigadora Agustina Catalano las rescata de los márgenes para apreciar no solo el valor testimonial, sino –sobre todo– el valor literario de sus textos.
Su interés por las poetas de este período histórico tiene un antecedente en su estudio sobre Roberto Santoro –poeta, editor y militante desaparecido en 1977–. La investigación doctoral, de la cual resultó la publicación del libro “Puede brotar el fuego o la hermosura” (Alción editora, 2023), se corre de las lecturas más rígidas sobre la literatura política del período. Porque, por el contrario, advierte “la poesía de Santoro también es diversión, comunidad, ritual, goce”. En su caso, cuenta a LA CAPITAL, “intervenir en la realidad no es únicamente la militancia sacrificial, el esfuerzo, la entrega total del cuerpo, sino además pasarla bien y reírse, aún cuando el horror y la muerte parecen ganar”.
En su trabajo actual, Catalano profundiza esa línea al enfocarse en las producciones de mujeres que quedaron solapadas tanto por el terrorismo de Estado como por las desigualdades de género. Al analizar sus textos, la doctora en Letras resalta que las autoras cuestionan las representaciones tradicionales de lo femenino y de la revolución, al hablar de temas como la maternidad, la vida cotidiana, los vínculos afectivos, pero también del miedo, la duda y las contradicciones de la militancia política. “La épica y el heroísmo entran en crisis, no para tirar abajo el proyecto revolucionario sino para volverlo más humano”, explica.
“Aparece mucho la idea de escritores comprometidos, pero ¿dónde estaban las mujeres comprometidas?”.
A medio siglo del golpe del 24 de marzo de 1976, y en un contexto en el cual las interpretaciones sobre la dictadura vuelven a estar en disputa, este trabajo les devuelve nombres, voces, cuerpos e historias concretas a las desaparecidas, a quienes el terrorismo de Estado intentó borrar sus identidades. Y, al mismo tiempo, se pregunta qué lugar tuvieron –y pueden tener hoy– la literatura y el arte frente a la violencia.
—¿De dónde viene, cómo surgió tu interés por estudiar a mujeres poetas de los años 70?
—En los años de hacer la tesis sobre Santoro leí muchas antologías de poesía de la época y también compilaciones que se hicieron en el exilio o en la posdictadura. Así armé un corpus, un poco a tientas y un poco siguiendo mi gusto personal, de poetas mujeres a ver qué sucedía con la experiencia de ser mujer, poeta y militante en ese momento. Lo primero que saltó a la vista es que los tópicos, en relación a la poesía que venía leyendo, cambiaban radicalmente. Muchas ponían en el centro la maternidad, la pareja, el amor, lo doméstico, temas que todavía son referenciados directamente con el universo femenino. Las exigencias propias del sistema de becas me llevaron muy rápido a redefinir la pregunta inicial por lo político en vinculación con el género. En los campos de la historia y la sociología se investigó la experiencia de las mujeres en la militancia de los 70 con bastante profundidad. En cambio, en la literatura todavía hay cierta vacancia.
Roberto Santoro, poeta y editor desaparecido en 1977.
En el periodo aparece mucho la idea de “escritores comprometidos”, de “escritores intelectuales”, y creo que se dio con bastante naturalidad que, leyendo crítica y textos de la época, me preguntara qué pasó o dónde estaban las mujeres “comprometidas”. La categoría misma de intelectual supuso durante muchísimo tiempo la exclusión de la mujer, que siempre estaba relegada al dominio de las emociones y no de la razón. Por otra parte, este momento coincide con el fenómeno editorial del boom latinoamericano que concedió amplio reconocimiento y visibilidad de manera casi exclusiva a escritores varones. Estas escritoras van a contramano totalmente: escriben en soledad, en cuadernos escolares, en papelitos, la mayoría no publica ni manda a concursos literarios, incluso en algunas aparece mucho el uso del “tú” que se había abandonado hace tiempo, y como cierta influencia de Alfonsina o de una poesía romántica que no resuena para nada en las poéticas hegemónicas o en lo que se estaba escribiendo en ese momento. Esto siempre me pareció interesante: buscar en los bordes, en lo que pasa afuera del centro.
“Estas escritoras que abordan la experiencia de ser madres y militantes o ser madres en cautiverio, en condiciones de extremo terror, no aparecen como parte de los antecedentes o de la conversación”.
—Muchas de estas escritoras fueron, como señalás, doblemente silenciadas: por el terrorismo de Estado y por desigualdades de género dentro de los propios espacios militantes. ¿Qué implica hoy ponerlas en circulación para romper con ese silenciamiento?
—Las escritoras que tomé para investigar en estos últimos años son Mónica Morán, Luisa Córica, Ana María Ponce, Rosa María Pargas, Alicia Eguren, entre otras. Todas están desaparecidas y/o fueron asesinadas por la represión estatal y como decís, padecieron también las desigualdades de un campo literario fuertemente patriarcal, cosa que ahora podríamos pensar que ya no es así. Bueno, volver a leerlas y ponerlas en circulación supone reconstruir genealogías rotas. Por ejemplo, hoy se habla mucho de literatura y maternidad; sin embargo, estas escritoras que abordan la experiencia de ser madres y militantes o ser madres en cautiverio, en condiciones de extremo terror, no aparecen como parte de los antecedentes o de la conversación.
Por otro lado, sus textos son iluminadores para revisar o repensar el imaginario de la revolución en ese momento ya que si bien muchas de ellas fueron militantes, tienen una interpretación del momento revolucionario para nada altisonante, a la vez que muestran que la lucha y la revolución pueden estar atravesadas por el miedo, la duda, el dolor, la contradicción. Esto me parece interesante no tanto para contrastar con determinados autores o determinadas poéticas del mismo periodo, sino para indagar desde el presente cómo miramos esa militancia de los 70 y, en definitiva, todo compromiso político. Las autoras que leo, y otras también, claro, logran dar cuenta de cómo impacta en las subjetividades esta militancia tan intensa y radicalizada, pero sin caer en un discurso contrarrevolucionario o apolítico. La épica y el heroísmo entran en crisis, no para tirar abajo el proyecto revolucionario sino para volverlo más humano, más cercano en cierta forma. Su poesía no sería ni de glorias ni de penas, más bien están en un espacio intermedio, a mitad de camino. Esto se ve mucho, por ejemplo, en poemas dedicados a los hijos, en los que se busca “traducir” o “explicar” algo de lo que estaba pasando.
“La risa de alguna manera contrarresta el miedo”
—Ana María Ponce o Rosa María Pargas escribieron en contextos de encierro. ¿Qué tipo de escritura emerge en esas condiciones extremas? ¿Cómo se articulan lo íntimo y lo político?
—El corpus de escritos en el encierro es bastante amplio y las mujeres no son una excepción en ese sentido. El poema en el encierro permitía sortear mejor la censura y a la vez era breve y se condensaba mucho en pocos versos o en una imagen. Los casos de Ponce y de Pargas sobresalen de alguna manera porque décadas después los poemas fueron recogidos en libros individuales, póstumos porque ambas están desaparecidas, contrariamente a lo que pasa con las escrituras en el encierro que perviven en antologías y compilaciones. Y a partir de esa individualización emerge o se destaca lo singular de cada caso.
Rosa María Pargas.
Ponce escribió durante su cautiverio en la ESMA, usando una máquina de escribir que los militares le habían impuesto para realizar trabajo esclavo. Muchos de los poemas están escritos en segunda persona, para el hijo, que es de alguna manera decir que están escritos pensando hacia el futuro. Son poemas que están a medio andar entre el presente y el futuro, el niño y el adulto, la vida y la muerte, el dolor y el amor. Y no se queda solo ahí porque también aparece, quizás de manera sutil, una idea de luchar ahí dentro contra la muerte, aferrándose a lo vivido pero también a pequeñas cosas, gestos, acciones, en el mismo cautiverio que recuerdan su humanidad y la vida en definitiva: reírse, por ejemplo. Y cualquiera diría: ¿cómo podés reír cuando estás en la ESMA? Los poemas de Ponce lanzan ese desafío. Uno dice:
Busco la luz,
aún encerrada entre paredes,
busco el sol,
la vida,
los pájaros,
la risa.
Y me río,
me río
para poder vivir,
para querer vivir
Ponce escribe en otro poema “no se burlen / de mis infantiles poesías / que quiero vivir/ soy feliz”. Hay algo infantil, los textos mismos lo advierten, casi naif, ¿no? Los niños se ríen, contemplan y disfrutan de las cosas más simples, de las que muchos adultos ya se olvidaron o que ya no producen más sorpresa. Creo que se abren muchas preguntas a partir de esos versos: ¿qué nos dice en medio del horror del campo de concentración este énfasis en la risa como forma de supervivencia, en la felicidad?, ¿de qué tipo de risa hablan los poemas?, ¿es la risa como desafío, como rasgo de humanidad, como catarsis, como suspensión momentánea del terror inscripto en el cuerpo?, ¿y qué pasa cuando es una mujer la que se ríe? Al igual que en Santoro, la risa de alguna manera contrarresta el miedo, no porque consiga anularlo sino porque lo transforma en otra cosa. Lo mismo sucede con el lenguaje y con tomar la palabra en ese contexto. Los poemas lograron traspasar los muros gracias a la ayuda de dos amigas de Ana María Ponce.
Poema manuscrito de Ana María Ponce. Cortesía de Agustina Catalano.
En el caso de Pargas, ella escribe en la prisión de Trelew, los días previos y los días posteriores a lo que fue la masacre de Trelew. Ella se enamora en la prisión de un militante estudiante de Medicina que participa de la fuga. De hecho ella cree por unos días que Miguel Alberto Camps muere y le dedica varios poemas. Ellos se enamoran ahí, conversando a través de un agujero que habían hecho los militantes para unir la celda de mujeres con la de varones. Después se casan, tienen hijos, se exilian, regresan al país y son secuestrados y desaparecidos. La poesía es de alguna manera testimonio de ese amor en ese contexto, un amor que está en la encrucijada entre el compañerismo y la pareja militante y el erotismo, el deseo juvenil, el amor trágico, el amor idealizado.
—¿Qué rasgos comunes y qué diferencias encontrás entre estas autoras? ¿Es posible hablar de una “poética” de las mujeres de los 70 o justamente lo interesante es la heterogeneidad?
—Me parece que es interesante y necesario reparar en la cuestión de género como un elemento de análisis y de trabajo en las investigaciones pero de ningún modo eso significa que exista algo así como una literatura de mujeres o una literatura femenina. Porque si eso es así, entonces hay que hablar de literatura varonil y masculina como dos instancias separadas y no creo que funcione en los textos porque justamente la literatura opera la mayoría de las veces por fuera de los esencialismos. Hay una experiencia o una subjetividad en la escritura que tiene que ver con marcas de género y con problemáticas y conflictos asociados a la mujer pero lo interesante es pensar eso con y en un sistema literario mayor y no contra o como un corpus alternativo. Por ejemplo, con respecto al tema de la maternidad, también hay muchos poemas sobre la paternidad y la militancia, y aunque son bien diferentes, lo productivo es leerlos como parte de esa heterogeneidad y diversidad de puntos de vista que enriquecen y aportan distintos ángulos en el estudio del periodo. Las autoras a su vez son distintas entre sí y tienen rasgos bien particulares y distintos en algunos casos como en Morán que trabaja con lo teatral, los títeres, las voces. O Córica que tiene una poesía más erótica, con tintes surrealistas.
Luisa Córica, en 1974.
“Los consensos sociales no son eternos y abandonar la discusión o el diálogo con los que no piensan como uno puede ser contraproducente”.
—A 50 años del golpe de Estado y en este contexto, ¿por qué es importante volver a leer estas voces?
—Hoy es evidente que estamos en un momento complejo, muy desafiante, para discutir el pasado, porque lógicamente hay que escuchar y ver muchas cosas que no nos gustan, que nos enojan o nos ofenden, con las que por supuesto muchos no coincidimos. Me refiero a lo que conocemos como discursos negacionistas, que relativizan, banalizan, distorsionan o inclusive niegan la dictadura y el genocidio, a la vez que desprestigian y señalan a los organismos de Derechos Humanos y a las investigaciones públicas en Humanidades y Ciencias Sociales, muchas de las cuales trabajan sobre este pasado. No obstante, me parece importante salir del enojo o de la sensación de derrota por el hecho de que otra vez estos discursos circulan y encuentran eco en ciertos sectores de la sociedad (en especial en la juventud) y participar activamente de esa discusión que es de interés público y que está bien vigente. Es completamente legítimo que alguien no sepa, dude o piense algo distinto a mí sobre los años 70. El asunto en todo caso es cómo nos posicionamos y con qué elementos se cuenta para discutir. En esa línea considero que la literatura juega un papel importantísimo, sobre todo con los estudiantes y los jóvenes, como una forma de acercarse o de ingresar a la discusión, por el costado, por otra vía. Y también es interesante porque la literatura rara vez supone una bajada de línea. Al contrario, es un discurso donde partimos más bien de la incertidumbre que de la afirmación. Creo que se trata de reflexionar y de tener herramientas para esa reflexión y no de dar servida o cerrada una idea o un pensamiento, un “relato”. Creo que esto no funciona y me arriesgaría a decir que buena parte de la coyuntura que hoy estamos atravesando tiene que ver con haber creído que había discusiones ya saldadas o que no íbamos a tener que revisar y que en eso estábamos todos de acuerdo. Ahora queda claro que los consensos sociales no son eternos y que abandonar la discusión o el diálogo con los que no piensan como uno puede ser contraproducente. La pluralidad y la escucha son esenciales. Hoy son más las personas que no vivieron los 70, la dictadura, y hay que tener eso en cuenta y en definitiva, como docentes, investigadores, desde nuestros campos de acción, pensar qué podemos hacer o aportar, cómo abrir o cómo responder a las inquietudes de muchísimos jóvenes y revitalizar la discusión en este nuevo contexto de disputa por el pasado.
Ana María Ponce.
—Para quienes quieran acercarse por primera vez a la poesía argentina de los años 70, ¿por dónde recomendarías empezar? ¿Qué autores o libros pueden ser una puerta de entrada?
—Bueno, no sé si hay que empezar necesariamente porque cualquiera que escuchó canciones de María Elena Walsh tiene ahí a mano, cerca, letras que hablan de los 70. Digo esto porque a veces se cree que las referencias, los libros, los autores hay que ir a buscarlos cuando en realidad están ahí, siempre estuvieron, no hay que ir muy lejos. “No negociable” de Santoro me parece un gran libro para entrar a los 70.
a mi país se le han perdido muchos habitantes
y dice que algún cuerpo de ejército los tiene
yo señor?
sí señor
no señor
pues entonces quién los tiene?
la policía
yo señor?
sí señor
no señor
pues entonces quién los tiene?
(Fragmento de “El gran bonete”, poema de No negociable de Roberto Santoro)
Juana Bignozzi también es una gran poeta, con una mirada corrosiva y mordaz hasta el punto de incomodar y hacer tambalear muchas de las certezas e ideas que movilizaron a la militancia de ese periodo. Por ejemplo, “Mujer de cierto orden”. También se puede pensar los 70 a partir de la poesía contemporánea, digo libros escritos de los noventa en adelante: Martín Gambarotta o Alejandro Rubio.
Después, fuera de la poesía, para mí Rodolfo Walsh, que no tenía nada que ver con María Elena, fue una lectura decisiva: “Operación masacre”, “Caso Satanowsky”, “Quién mató a Rosendo”. También creo que me marcaron mucho “Nadie nada nunca” y “El entenado” de Saer. “El antiguo alimento de los héroes” de Antonio Marimón, un libro que conocí gracias a mi directora de tesis Nancy Fernández, condensa poesía y narrativa a partir de la memoria de la derrota. Y más acá en el tiempo, Félix Bruzzone, Mariana Eva Pérez, Julián López, Albertina Carri (sus películas y sus libros) me parecen voces muy potentes para volver al pasado dictatorial y sus reverberaciones en el presente.
Agustina Catalano (Mar del Plata, 1990) es doctora en Letras, becaria postdoctoral del Conicet, docente de la UNMdP y autora de poesía, ensayos y el diario “Recién llegada”.
Rosa María Pargas fue socióloga, militante y poeta. Estuvo detenida durante 1972 en la cárcel de Rawson, donde conoció a Alberto Miguel Camps, también militante y sobreviviente de la masacre de Trelew. Sobre ese tiempo y esa intensa relación, Pargas escribió una serie de poemas compilados décadas más tarde en el libro póstumo “Hubiera querido” (2011), donde configura imágenes del amor militante, en las que cruza aspectos tanto del amor romántico como del compromiso revolucionario. En el siguiente poema que Pargas escribió creyendo que Alberto Camps había muerto puede leerse esa tensión:
Hubiera querido traspasar tu cuerpo,
hasta diluirme en tu sangre somnolienta,
y conocerme al revés,
y salirme
y verme al verte.
Hubiera querido masticar la noche
y tragarla muy despacio
hasta vomitarla y detenerla.
Hubiera querido que tus pies helados
se quedaran atracados en la cama
y yo atracarme en tu cuerpo cálido
y hacernos esclavos infinitos de las ganas.
Hubiera querido muchas cosas
alargar la distancia de mi cuerpo
abarcarme y abarcarte más…
Entrar, ser vos,
salir, dejar de serlo.
Apretarte, apretarme.
Estar siempre mojada de tus hijos
llenarme las manos con tu pelo,
recorrer con mi lengua las raíces de tus cosas,
todo muy rápido, ¡todo al mismo tiempo…! …
pero el tiempo se viene y hay que caminarlo para
hacerlo.
Porque desde allá, desde donde el carajo está siendo
razonado,
y el fusil ya se abre paso entre los dedos
porque el hambre ya se transformó en bostezo largo
y el sueño, como el pan, en un misterio.
Se oye un grito gritando para todos.
el que no quiera escuchar, se irá muriendo…
Hubiera querido tantas cosas, dije,
y no me alcanzó el tiempo.
Ana María Ponce fue maestra, nacida en San Juan aunque se mudó a La Plata para continuar su formación. Allí comienza su militancia en la Juventud Peronista y en la Federación Universitaria de la Revolución Nacional (FURN), donde conoce a Godoberto Luis Fernández, “Lucho”, con quien tendría un hijo, Luis Andrés, “el Piri”. El inicio de la dictadura los obliga a mudarse a Capital Federal. Lucho es secuestrado y visto por última vez el 11 de enero de 1977. Ponce es secuestrada en julio de ese mismo año por el Grupo de Tareas 3.3.2. y detenida en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Durante su cautiverio, Ana María Ponce escribió poemas como este:
Que no me mientan,
detrás de mí,
espera el fin.
Que no me mientan,
detrás de mí,
están los recuerdos,
la simple alegría de vivir libre.
Detrás de mí,
Quedó un mundo que ya no me pertenece…
Me miro los pies.
Están atados.
Me miro las manos,
están atadas,
me miro el cuerpo;
está guardado entre paredes,
me miro el alma,
esta presa …
Me miro, simplemente
me miro y a veces
no me reconozco …
Entonces vuelvo a mirarme,
los pies,
y están atados;
las manos,
y están atadas;
el cuerpo,
y está preso;
pero el alma,
¡ay! el alma, no puede
quedarse así,
la dejo ir, correr,
buscar lo que aun
queda de mí misma,
hacer un mundo con retazos,
y entonces río,
porque aun puedo
sentirme viva
Mónica Morán nació en Bahía Blanca, era poeta, docente, titiritera, actriz y artista plástica. Militaba en el PRT. Fue secuestrada la madrugada del 13 de junio de 1976, durante un ensayo de su grupo de Teatro Independiente Alianza. Según testigos, Mónica fue fusilada en el Centro Clandestino La Escuelita y su cuerpo apareció el 24 de junio. Había compartido con sus compañeros de teatro unos días antes de su secuestro una serie de poemas:
sé que llegará ese día terrible en que me miraré al espejo
y mis arrugas estarán más profundas que nunca
y mis manos cansadas como siempre
solas como ahora
sé que llegarán los tiempos de cataplasmas dolores bufandas
y recuerdos
y la soledad será más cruel entre estas cuatro paredes
o cualquiera de otras cuatro paredes siempre iguales
siempre ajenas
porque será más triste
será definitivo el olvido
porque mi vientre será una boca inútil alargándose en la noche
pero algo he sembrado —dirá una voz infantil y lejana
y se apagará en el golpe con mi cuerpo enfermo
ya será tarde para los gritos los gritos serán recuerdo
como las mañanas los amores las guerrillas los sueños
ahora solo quedará elegir un lugar
muy lejos de esas ciudades que tanto me lastimaron
muy lejos de esa gente
perdida extranjera olvidada
hundida en el secreto de la tierra.
Mónica Morán.
Luisa Córica nació en La Plata. Era poeta y actriz. Estudiaba Filosofía en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP, y trabajaba en el Hipódromo, donde era delegada sindical de la Juventud Trabajadora Peronista. En cine tuvo un papel secundario en la película “Boquitas pintadas” (1974) de Leopoldo Torre Nilson. El 7 de abril de 1975, a los 30 años, fue secuestrada en la estación de trenes de La Plata y asesinada por integrantes de la Concentración Nacional Universitaria en Los Talas, Berisso.
O ahora
que la ciudad me gusta
y
me gustan sus olores
de tilos y magnolias
de tierras embebidas
que siento casi mías…
así
los días de lluvia
entonces desvanezco
el exilio
antes
de ser cautiva
otra vez
de tu sombra.
Alicia Eguren.
Alicia Eguren nació en 1925 en la ciudad de Buenos Aires. Estudió Letras en la UBA. Se desempeñó como docente de Literatura argentina II en la UNLP. Publicó cuatro poemarios. Luego del golpe de 1955 fue recluida en el penal de Olmos durante 19 meses. La poeta fue una activa organizadora de la Resistencia peronista, colaboró y militó en distintas organizaciones revolucionarias durante dos décadas. Militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores cuando fue secuestrada el 26 de enero de 1977 por un grupo de tareas de la ESMA. A continuación, un poema de “Aquí, entre magras espigas” (1949-1951):
No nacemos hermanos pero el tiempo
con su mísero plasma nos hermana.
Cada cual sabe bien por qué se asfixia
cómo se desmorona.
Por esto, por todo esto y por muchas otras cosas
que en su desolado misterio el corazón prefiere tapiar,
digo y muy triste:
en algún irreparable punto ha quedado todo.
Todo queda.
En algún relámpago de la gran pirámide de confusiones.
La memoria es una matriz consoladora.
Pero sobre todo el olvido.
Es necesario
que Dios comprenda
comprenda que no es posible
este constante derrame
de piedras heladas e hirvientes
sobre los hijos de Dios.