Cultura

“Las preguntas incómodas que viene a hacer el feminismo interpelan al poder establecido”

La periodista Mariana Carbajal, autora de "Yo te creo hermana" habló con LA CAPITAL sobre los testimonios que incluyó en su libro: mujeres que sufrieron diversas formas de violencia machista. El 10 y el 11 lo presentará en Mar del Plata.

Todas las violencias machistas, las más extremas materializadas en abusos sexuales, y las otras, las que se componen de actitudes manipulatorias, discriminaciones laborales, gestos, comentarios sexistas, acosos y hasta creencias (“las mujeres son yeta”) aparecen reflejadas en “Yo te creo hermana“, el nuevo libro de Mariana Carbajal.

Periodista especializada en perspectiva de género, Carbajal permite que sean ellas, todas las protagonistas que entrevistó para su libro, las que cuenten en primera persona sus historias de sometimiento a un mismo sistema.

Así, cada relato -por lo general relatos cortos- conforman una suerte de rompecabezas que revelan la verdadera matriz que respira en el fondo: la “cartografía del patriarcado”, tal como lo llama. Que no es otra cosa que una red, un sistema, una ideología que impone jerarquías y determina roles. Y que atraviesa todas las clases sociales, los sectores y las edades.

“Porque parece que si no te pegan ni te violan, no es grave”, dice una de las entrevistadas y permite así entender que cada trama personal de injusticia que se expone en el libro dialoga con esa matriz patriarcal general.

Carbajal presentará “Yo te creo, hermana” en Mar del Plata. El 10 de mayo a las 18 estará en La Casa del Balcón (3 de Febrero 2538), en una actividad organizada por Periodistas Feministas, y el sábado 11 a las 15 charlará en El Faro de la Memoria sobre su flamante publicación. Antes de llegar a Mar del Plata, fue entrevistada por LA CAPITAL.

La primera historia del libro es la de Carolina Carrillo, una mujer que en su infancia fue abusada por el padre de una amiga, un prestigioso juez de Mar del Plata. En el libro se lo menciona con el nombre ficticio de Niall. Fue la hija del juez la que emprendió la investigación de esos abusos y detectó los más de treinta casos de chicas que habían sido víctimas de su padre.

“Esa historia es increíble, por lo dolorosa, por la impunidad que tuvo”, arrancó Carbajal. “También sucedió a la vista de todos, ese juez abusaba de las amiguitas de sus hijas. Fue muy valiente su hija Laura para poder tomar distancia de esa perversa historia familiar y salir, de esa forma, tal vez, a reparar el daño que había hecho su padre, al ir contactando una a una a sus amigas de la infancia para preguntarles si a ellas también las había abusado”, dijo la periodista, que se desempeña en el diario Página 12.

“Un mapa del machismo”

– En la introducción del libro hablás de una “cartografía del machismo”. ¿Es ponerle nombre a algo que está ahí de hace tiempo, tan a la vista que cuesta, paradójicamente, verlo?

– Claro… El libro construye, con una sucesión de relatos en primera persona de mujeres y también de otras identidades feminizadas, un mosaico para mostrar lo que el patriarcado hace con nuestras vidas, desde las violencias machistas más visibles y reconocibles hasta los micromachismos y las discriminaciones más naturalizadas. La idea fue armar ese mapa del machismo y su impacto sobre nuestras vidas, rescatando escenas, situaciones, historias, contextos, del pasado y del presente. Con voces bien diversas en edades, geografías, profesiones, circunstancias, para mostrar además la interseccionalidad de esas violencias más o menos explícitas, donde lo que prima en la mayoría de los casos es la impunidad. Se arma entonces esa cartografía que muestra hechos, conductas, costumbres, todas atravesadas por el machismo.

– Decís que el patriarcado es “casi infinito”, eso supone que nunca se lo derribará ¿Solo se puede aspirar a suavizarlo?

– Aspiro a que este libro alguna vez sea registro histórico, es decir, que lo que se cuenta haya quedado en el pasado, sea historia. ¿A qué mujer no le pasó algo de lo que cuenta el libro?

– También señalás que al poner las vivencias en palabras no se vuelve al mismo lugar, ¿qué cambia en las víctimas?

– Poder contarlo ya es reparador. Y que te crean, mucho más, de ahí el título, que es justamente derribar ese mito tan instalado en la Justicia sobre todo -pero no solo- de que las mujeres somos mentirosas y que contamos o denunciamos esas situaciones por despecho, venganza o para perjudicar al agresor o porque somos histéricas o kilomberas. Te decía que la mayoría de las historias que recopilo, que tienen que ver con hechos delictivos –porque no todo lo que se cuenta en el libro alude a figuras contenidas en el Código Penal— están impunes o porque quienes las sufrieron no pudieron contarlas en los tiempos de la Justicia o porque no les creyeron, a veces, incluso en su ámbito familiar. Por eso, muchas de las mujeres que entrevisté me agradecían solo por haberlas escuchado y mucho más, por reflejar en un libro, por dejar registrado, esa situación que vivió, cuando en realidad, la agradecida soy yo porque confiaron en mi escucha para hablar y aceptaron que incluya en un libro ese relato tan doloroso e íntimo.

– En ese sentido, como a veces las víctimas hablan de lo sucedido mucho tiempo después, esos delitos prescriben. ¿Existe la posibilidad de que se revise esa cuestión en el campo jurídico, que se lo revoque para que se conviertan en delitos imprescriptibles?

– Thelma Fardín (la actriz) está impulsando un proyecto en ese sentido. Es necesario que la Justicia respete los tiempos de las víctimas para hablar.

“Hay que ver el vaso medio lleno”

– En esa cartografía, hay ejemplos de los más crudos, reconocibles, hasta aquellos más sutiles, pero tan extendidos que cuesta identificar. ¿Cuál es el valor de mostrar, desnudar esos micromachismos?

– Los muestro porque creo que también es importante erradicarlos. Ponerle nombre, identificarlos, es el primer paso. Para que los puedan ver otras mujeres, que tal vez, también los naturalizan, y sobre todo, los varones, que son quienes los reproducen y sepan el impacto que tiene sobre nosotras, en el ámbito de la pareja, de una oficina, de la escuela, de una guardia médica, de la calle, de la política, en el sindicalismo, en un boliche bailable, en los medios de comunicación. A veces son las propias instituciones, como la educativa, la que reproduce micro y macromachismos.

– Hay testimonios de situaciones que pasaron hace muchos años y otros más recientes, igual de graves. ¿Con perspectiva histórica, considerás que la situación, hoy, es esperanzadora o los cambios son lentos, falta mucho por hacer?

– Hay que ver el vaso medio lleno. Estamos en un momento histórico, donde hay un reflorecimiento de los feminismos increíble, donde las adolescentes sienten que nacieron feministas, cuando nosotras, las que llevamos más de dos décadas de activismo siempre hemos dicho que feminista no se nace, una se va haciendo. Ellas, las adolescentes feministas son hijas del surgimiento del movimiento Ni Una Menos, que a su vez emerge como consecuencia de años de Encuentros Nacionales de Mujeres. Hoy vemos que las preguntas incómodas que viene a hacer el feminismo interpelan al poder establecido en todos los espacios, recientemente, por ejemplo, en un mundo de los más machistas como es el del fútbol, con la demanda de las jugadoras por la profesionalización del fútbol femenino. El movimiento de mujeres, lesbianas, travestis y trans se consolida como sujeto político y marca agenda. Ese es un enorme avance. Las mentiras y el activismo en Latinoamérica de los grupos antiderechos marcan que vamos por el buen camino, sin dudas.

– Otra de las cuestiones que queda en evidencia es la, aún fuerte, red de respaldo a ese machismo: “Venía a violarnos, pero lo protegían a él”, o “no se defienda porque la pueden acusar de lesiones” o no poder dar nombres ante amenazas de contradenuncias por calumnias e injurias. ¿Cuál es la importancia del laburo colectivo para ir contrarrestando eso?

– Hoy hay una escucha más empática para acompañar las denuncias y eso es parte de la construcción colectiva, que se ha dado con el Ni Una Menos, y otros acontecimientos como el #MiráComoNosPonemos a partir de la denuncia de Thelma Fardín, contra Juan Darthes. Thelma pudo hablar públicamente porque fue abrazada por el colectivo de Actrices Argentinas. La denuncia de Thelma, cuyo testimonio también incluyo en el libro –la entrevisté dos meses antes de que hiciera pública la denuncia— ha sido significativamente potente para otras mujeres, que a partir de que ella se anima a revelar, a poner en palabras, a contar aquella violación que sufrió cuando tenía 16 años, también deciden romper el silencio porque sienten que hay una sociedad más dispuesta a creerles, a no culpabilizarlas, como históricamente el patriarcado hizo, frente a las violencias machistas que sufríamos.

– En muchas de las historias sorprende la ausencia de adultos, la vulnerabilidad de las niñas frente a los abusadores. Es un aspecto repetitivo. ¿Dónde estaban los adultos? ¿Creés que este libro también sirve para que madres y padres estén más alertas?

– Sí, creo que sirve para abrir ojos. A veces los adultos no ven y otras, no quieren ver. Pero ojalá sirva el libro también para que las mujeres se vean en espejo, para que se den cuenta de que lo que les pasó, no fue su culpa, les pasó a otras muchas más, y fue porque ellos, quienes perpetraron esas conductas, en sus variantes, consideraron que tenían derecho a hacerlo por ser varones. Y también me gustaría que ellos, los varones, lo lean, para reconocer esas situaciones y puedan repensarlas y repensarse, para que realmente sean parte del pasado, alguna vez.

Las violencias de los represores

– La periodista Miriam Lewin hace una autocrítica hacia la conciencia que tenían las mismas mujeres montoneras cuando sobrevivían y cuestiona el orden machista que había en el seno de Montoneros. ¿La historia debe aún saber más sobre las relaciones de género y de poder en el interior de las organizaciones revolucionarias, te parece que es un aspecto que no fue tenido en cuenta en las investigaciones realizadas?

– Podría ser… tal vez el hecho de que en ese momento histórico lo más grave no fue el machismo en sí sino el horror provocado por terrorismo de Estado, dejó en un segundo o tercer plano ese tema. Pero lo que refleja el relato de Miriam, por cierto muy conmovedor, es que por ser mujeres las violencias de los represores tenían otras características frente a las que vivían sus compañeros varones.

– ¿Cómo y cuándo te reconociste feminista?

– Al salir del secundario empecé a conocer sobre el feminismo y sus luchas, primero a través de mi madre, Marisú Devoto, pionera en el sur del conurbano bonaerense en la atención de sobrevivientes de violencia de género en relaciones de pareja, en aquel entonces se decía mujeres golpeadas, desde la Fundación Propuesta. Ella se hizo feminista en sus cuarenta y nos lo fue trasmitiendo a sus hijas e hijos. Y luego a partir de mi trabajo como periodista, entrevistando y hablando con referentas del movimiento de mujeres y feministas que me fueron abriendo la cabeza. Fui conociendo historias reales, víctimas de violencia de género, historias de femicidios, mujeres jóvenes que luchaban por acceder a una ligaduras de trompas en aquel entonces, antes de la ley de anticoncepción quirúrgica, que es del 2006, me obsesioné por visibilizar los casos de muertes por abortos clandestinos para dar cuenta del impacto de la criminalización de esa práctica. Esas historias me rompieron la cabeza. Y también recurrí a lecturas. El feminismo es una necesaria forma de ver el mundo.

– ¿Cómo fue tu trabajo para detectar, reconocer esas situaciones personales que contás en el prólogo?

– Las más explícitas son más fáciles de reconocer. Tuve herramientas simbólicas, que afortunadamente adquirí en mi crianza familiar, para poder identificarlas. Y para poder intentar ponerles freno. Pero aun así me pasaron cosas que no me gustaron, como enumero en la introducción porque a todas nos pasan. Como esa escena que cuento de una redacción de un diario, donde uno de los periodistas con más poder, con cargo jerárquico y se suponía una pluma respetada y admirada, se paseaba y nos manoseaba en la espalda a algunas mujeres jóvenes, a la vista de todos. Yo era becaria en esa redacción. Sentía que no podía hacer nada, porque eso sucedía a la vista de todos y nadie pensaba que estaba mal.

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