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Cultura 17 de diciembre de 2021

Libro repasa la vida de Vera Rubin, la primera astrónoma

El trabajo de Rubin fue fundamental para redefinir la composición de nuestro cosmos.

Por Alejandro Manrique

 

En 1965, Vera Rubin fue la primera astrónoma a quien se le permitió hacer observaciones en el Observatorio de Monte Palomar –administrado por el Instituto Tecnológico de California– situado en San Diego, California, Estados Unidos.

Por aquella época, muchos centros de investigación norteamericanos restringían el uso de los grandes telescopios a las mujeres. Época de cambios políticos y sociales rápidos, con acontecimientos y reivindicaciones de derechos civiles que marcaron notablemente a la sociedad.

Motivo de ese impedimento, Rubin, nacida en 1928 como Vera Cooper, no pudo recolectar sus propios datos de investigación hasta una década después de alcanzar su doctorado y siguió su trabajo señero para provocar una revolución en el campo de la astronomía.

Ashley Jean Yeager, periodista científica de los Estados Unidos y que ha escrito en prestigiosos medios de prensa de aquel país, se encarga de rescatar la vida y obra de Vera Rubin en su magnífico libro “Bright Galaxies, Dark Matter, and Beyond – The Life of Astronomer Vera Rubin” (Galaxias brillantes, materia oscura y más allá – La vida de la astrónoma Vera Rubin), publicado por The MIT Press (2021, 256 páginas) en los Estados Unidos.

El título de la obra no es casual, sino una elección sugestiva a modo de continuación del original libro de Rubin “Bright Galaxies, Dark Matters” –colección de ensayos que compilan el variado trabajo en temas de astronomía y astrofísica que publicó en 1996-, para describir a una de las más brillantes investigadoras de la astronomía.

La investigación de Vera Rubin obligó a los cosmólogos a revisar la concepción del universo como tal. En las décadas de 1960 y 1970, los datos observacionales de Rubin de estrellas girando dentro de las galaxias revelaron la influencia gravitacional de la “materia oscura” invisible.

Aunque los astrónomos habían detectado sus indicios durante décadas, los datos de Rubin ayudaron finalmente a convencer a una comunidad científica escéptica de que la materia oscura existe.

En la década de 1970, Rubin y su colega Kent Ford quedaron desconcertados al analizar resultados de las observaciones de la galaxia de Andrómeda en los laboratorios del Instituto Carnegie, en Washington. Al intentar resolver el problema de la rotación de la galaxia, obtuvieron fuertes evidencias de la existencia de la materia oscura, sustancia invisible que impregna el espacio y conforma hasta un 80 por ciento de la materia del universo.

El trabajo de Rubin fue fundamental para redefinir la composición de nuestro cosmos, asevera Yeager en su obra, narrando pormenores de su carrera como astrónoma y los obstáculos que debió persistentemente sortear frente a las fuertes desaprobaciones y discriminaciones de sus pares masculinos en el ámbito científico de ese entonces.

A partir de una serie de entrevistas que Yeager mantuvo con Rubin en varias ocasiones, la autora cuenta detalles esenciales que pintan a la astrónoma y su particular forma de pensar y actuar. Fue una fuente de inspiración y apoyo para las mujeres que incursionaron en astronomía y física a lo largo de toda su carrera.

Desde la curiosa niña que miraba las estrellas o buscaba libros de astronomía, pasando por su formación en las universidades Vassar y Cornell, hasta su casamiento con el matemático Robert Rubin, el primer libro de Yeager recorre la vida de la prestigiosa astrónoma y fuerte defensora de las mujeres en la ciencia. Una vida plagada de dificultades, desde el momento cuando Rubin era una joven astrónoma en las décadas de 1950-1960 y muchos observatorios estaban cerrados a las mujeres, ignoradas por los más célebres científicos de renombre.

En su obra, Yeager dedica buena parte a describir la evidencia de la materia oscura más allá de la investigación por parte de Rubin. Así, se remonta a los estudios y trabajos que llevaron a la comunidad científica a aceptar la existencia de la materia oscura. Aceptación que tuvo su marco principal en los estudios realizados por Rubin sobre las curvas de rotación planas en todo tipo de galaxias. Ya la radioastronomía había encontrado evidencia del fenómeno, pero el trabajo de Rubin –desarrollado en longitudes de onda visibles- derribó los rechazos y los científicos se convencieron definitivamente.

A lo largo de su distinguida trayectoria, Rubin obtuvo doctorados honorarios de numerosas universidades, entre ellas Harvard y Yale, fue miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos y de la Academia Pontificia de Ciencias, sumado a innumerables publicaciones sobre la estructura de nuestra galaxia, distinciones académicas y premios.

En su excelente libro, Yeager no sólo evoca a Rubin por su gran carrera científica sino también desde su costado humano. La recuerda como una figura bondadosa, curiosa y siempre dispuesta a ayudar a sus semejantes. Activa con las observaciones astronómicas hasta sus últimos años, narra Yeager, Rubin fue muy afectada por el fallecimiento de su esposo y la temprana muerte de su hija, lo que provocó una decadencia rápida hasta su desaparición en 2016 a los 88 años.

Ya en el epílogo de su libro, Yeager trae a colación un debate sobre las razones por las cuales Rubin no fue acreedora al Premio Nobel. La mayoría de los astrónomos coinciden en que la evidencia rotunda de la materia negra hallada por Rubin es un descubrimiento cósmico fundamental. Y es por ello que especularon por años con la concesión de ese premio, máximo galardón que catapulta a un investigador científico al pináculo de su carrera académica.

Según los especialistas, Rubin no lo recibió porque falló en interpretar sus observaciones, otros argumentan que descubrió un fenómeno cuya causa primordial no era bien comprendida o “…quizás fue una más entre los muchos investigadores que trataron incansablemente de descifrar el rompecabezas de la existencia de la materia oscura…”, asevera la autora en su libro.

Otro argumento es que la materia oscura es aún un estudio teórico. O tal vez fue dejada de lado por su condición de mujer. Un debate que continúa indefinidamente, al igual que los casos de Rosalind Franklin por su trabajo en la estructura del ADN o de Jocelyn Bell por su descubrimiento de los pulsares de radio, olvidadas a la hora de darles un merecido crédito y reconocimiento.

El trabajo de Yeager transmite la imagen de Vera Rubin como una mujer de insaciable curiosidad sobre el universo y persistencia tenaz para recolectar datos, con una capacidad de hacerse incesantes preguntas y alentar a que otras mujeres sigan igual camino.

Llega en un momento propicio para el rol que aspiran a ocupar las mujeres que incursionan en ciencia e investigación, con desafíos asociados y enraizados en la historia tradicional, y es un buen estímulo para la promoción de los estudios en disciplinas STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), donde el género femenino está escasamente representado y muchas veces discriminado.



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