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Lola Moss: “Hoy vivimos en escenarios terroríficos”

La artista marplatense escribió y protagoniza "Solo un pájaro negro", un unipersonal que dirige Lucas Deyacobbi y que indaga en todos los ámbitos y todos los géneros en los que aparece el miedo. Es lo nuevo de Misterio Compañía Teatral.

Arte y Espectáculos 13 de septiembre de 2026

“Hasta en los cuentos infantiles y las historias de amor”. El miedo está presente no solo en la realidad, sino en todos los géneros literarios y Misterio Compañía Teatral, indaga en los diferentes miedos y los diferentes ámbitos y situaciones -lógicas o no- que los producen, en “Solo un pájaro negro”.

El unipersonal, escrito por Lola Moss, quién también protagoniza la obra, con dirección de Lucas Deyacobbi, asistencia de dirección de Laura Sánchez y escenografía e iluminación de Anabel García, estrenará este sábado, 19 de septiembre, a las 20.30, en la Sala Nachman del Teatro Auditorium.

En esta nueva propuesta de la compañía que el año pasado lanzó “El entreacto”, el miedo no aparece como una figura concreta sino como una trama que conecta recuerdos, culpas, ausencias y crueldades. La obra va de una historia a otra, de una imagen a otra, de una escena a otra, como si siguiera hilos dispersos dentro de una misma memoria. La del personaje, la del espectador. La de todos.

“Lo había pensado hace unos años como un documental. Pero al reencontrarme con los textos, me fueron llevando de a poco a construir un monólogo, a ponerlos en la voz de un actor o actriz”, contó Lola Moss a LA CAPITAL.

Tras tomar esa decisión, “reuní al equipo de Misterio, nuestra compañía teatral, y les propuse que rotáramos roles. Ese fue nuestro desafío principal, construir nuevas identidades en este trabajo”, destacó la artista que en “El entreacto” había escrito y dirigido.

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Lola Moss -en el centro- junto al equipo de Misterio Compañía Teatral.

—¿Qué fue lo que te llevó a indagar sobre el miedo?

—El miedo nos interpela a todos. Todos tenemos miedo a algo o quizás también a alguien. Hay miedos profundos que paralizan y son inexplicables y también hay miedos ridículos. Fue un poco ir escuchando a los otros. En la calle, los amigos. De un modo u otro, nos identificamos con los otros por compartir algunos miedos. No son únicos. Nos acompañan muchas veces desde la infancia y con los años se transforman en otros nuevos.

—“Todas las historias tienen algo cruel o terrorífico”, plantea la obra…

—Muchas veces pensamos en esos términos cuando imaginamos escenas espectaculares, en imágenes impresionables, sensibles. Pero en realidad, nos rodean todo el tiempo en lo cotidiano. Hablamos y les decimos palabras crueles a los otros, nos hablamos a nosotros mismos así también. Hoy vivimos en escenarios terroríficos, vemos en la calle retratos duros, escuchamos relatos violentos, el contexto pone al humano en un lugar extraño.

—En la obra el miedo no aparece como una figura concreta, sino a través de recuerdos, culpas, ausencias y crueldades. ¿Cómo trabajaron para llevarlo al teatro?

—Creo que en la escritura estuvo puesto justamente en los recuerdos, las ausencias, las crueldades. La escucha de los otros. El miedo es una sensación, que puede ser externa o interna. Y el trabajo actoral se enfocó en esos matices, la construcción de eso que percibimos afuera y lo que guardamos en el interior.

—¿Por qué te interesó recorrer distintos géneros y tipos de relatos para hablar de una misma sensación?

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“El personaje, es la esencia de todos los personajes oscuros de todas esas historias. No es nadie en particular, porque es un poco todos”.

—Primero me llamo la atención, era un factor común que las atravesaba, más allá de que ese fuera el eje principal de la historia. Y ese fue el disparador para trabajar, e investigarlo. Desde lo filosófico, lo psicológico y la literatura.

—Parece inquietante encontrar el miedo también en historias infantiles o de amor. ¿Qué te llevó a incorporarlos en esta obra?

—Hace muchos años cuando estudiaba en la EMAD, en Filosofía, analizamos los cuentos infantiles. Claro que con la mirada adulta, uno descubre otros mensajes, otro relato. Y son terribles, los clásicos infantiles, generalmente infunden miedo para que te portes bien. Si haces tal cosa, te va a pasar otra. Quise retomar eso, porque me pareció un material interesante para trabajar con un sinfín de matices. Y que formó parte de muchas generaciones. En las historias de amor, hay otros miedos y crueldades. La perdida, el abandono, el desamor. Muchas historias de terror, son en el fondo de amor, un ejemplo es “Drácula”.

—¿El personaje que construiste tiene una identidad única o buscaste que pueda ser, de alguna manera, muchas personas?

—El desafío más grande fue ese, sobre todo con un tema que atraviesa a todos. El personaje, es la esencia de todos los personajes oscuros de todas esas historias. No es nadie en particular, porque es un poco todos. El personaje pone de manifiesto esa “sensación” de vivenciar lo que los autores le escriben. Construyendo escenas, para que el espectador forme parte de ello. Es el miedo el hilo que construye esos relatos.

—¿Cuánto hay de tu propia memoria, tus miedos o tus experiencias en la obra?

—Creo que cuando se escribe, siempre hay cosas de uno, muchas veces funcionan como disparadores. Pero con el trabajo que fui realizando en este tiempo, observé en los otros que los miedos acercan a las personas, suena un poco paradójico. Pero el tema está en que se empatiza con el otro por compartir temores. Y eso alivia un poco el propio temor, “también le pasa a otros”. El teatro funciona como un reflejo de lo que sucede, se ficciona esa realidad. Y eso fue lo que me pareció atractivo, escribir e interpretar esas situaciones que son tan individuales, tan íntimas y que nos acompañan desde la niñez y con los años se van transformando.

—¿Diferenciás el miedo del terror?

—No sé si podría establecer una diferencia concreta. El miedo tiene muchas formas, puede ser triste, cruel, horroroso, ridículo, paralizante y podría seguir. El terror es una poética, es una forma de contar una historia, creo que van muchas veces de la mano.

—No solo volvés al escenario después de un tiempo de estar en la escritura, en la dirección, sino a un unipersonal ¿Qué desafíos implicó interpretar el texto?

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—Tenía muchas ganas de volver a hacer un unipersonal, es un género que me encanta y siempre es un desafío como actriz, (empecé profesionalmente haciendo uno hace 12 años). Me entusiasmó ponerle el cuerpo y la voz a un personaje, que habla de él y de todos al mismo tiempo. Que juega con la ironía, la tristeza, la infancia, los recuerdos, la muerte. Crea matices todo el tiempo.

—¿Cómo fue el trabajo con Lucas Deyacobbi para encontrar los tonos, la puesta, los matices?

—Fue un gran desafío para los dos, yo lo dirigí en “El entreacto”, y rotamos roles en este proyecto. La puesta la armó él y eso fue interesante como dramaturga, porque es ver cómo otros interpretan tus palabras. Me dejó proponer como actriz y fuimos afinando detalles con el transcurrir de los ensayos. Para mí era importante construir distintos momentos, que estuvieran presentes los matices, que no fuera un relato lineal. Ni de lo corporal ni desde la palabra.

Fue un trabajo en equipo, se conformó una comunidad. El trabajo de la escenografía también juega un papel importante. Todo tiene un sentido en la puesta.

—¿Qué lugar ocupa el espectador en esta obra?

—Un lugar muy importante, porque creemos que van a estar presentes su memoria, sus sensaciones. Y así terminar de construir ese mundo.

—¿Hay algún miedo que hayas descubierto o comprendido de otra manera durante el proceso de creación?

—Sí, que muchas veces uno le pone carga a miedos que todavía no sucedieron.

—¿Qué te da miedo hoy que quizás no te daba miedo cuando empezaste a hacer teatro o hay algo que te genere miedo que te haya llevado a transmutarlo en teatro?

—Es un poco contradictorio, pero me daba mucho miedo la exposición, que me vean. Pero una vez que me subí al escenario, y mas allá de los nervios, ahí parada todos los miedos se van, me dejo ser, es un lugar único que me da autenticidad. Soy feliz ahí.