La fruta y la verdura tienen sus sobrantes. Pero en sí no son basura, dejan de estar en los cajones de venta por pequeñas picaduras o porque se pudren del todo. Entre ese descarte y sobrante hay muchas en buen estado.
Hay una máquina estilo container en un mercado frutihortícola que es capaz de aplastar y comprimir lo que sea en segundos. Allí también se depositan cientos de frutas y verduras a diario.
Personas comen de ahí, otros las comercian o hacen trueque o las regalan. Cuestión del destino diario. De ahí, raramente se van con las manos vacías.
En esas eternas búsquedas, hay un clima de amistad y de compartir algo con otro, sumar al que se acerca por primera vez y poner en claro cuando alguno quiere llevarse algo de más. Están juntos, balbuceando sus vidas personales, familias, miedos y sueños.
Un encuentro del gauchaje, que no para de decir: -¿Viste que hoy no vino el Colorado Juan con su carrito? -¡Tenes razón! ¿Le habrá pasado algo?
Mañana y tarde, carros con bicis, cajas, bolsas, mujeres, adultos, jóvenes, adultos mayores abren la espera esperanzada de llevarse algo para subsistir el día a día, la olla y la economía. Todo sucede entre changarines, quinteros, vendedores, camioneros, vendedores de café, chancheros, barrenderos, personas que trabajan en comedores.
Dicen que todo lo que brilla no es plata ni oro, incluso en la basura lo gris y lo oscuro asoman sus narices. Uno, gris, dice ni. El otro, oscuro, no, y entonces las puertas que parecían abiertas se pueden cerrar.
Su tacho, con escoba al costado, merodea con un único fin: salir rápido por sorpresa para tocar el botón de la máquina y lo que entre allí se aplaste lo más rápido posible. Este barrendero cumple una misión que ni los dueños del mercado se proponen.
Para los veinte o treinta que esperan hay un sentimiento alentador: muchos deciden llevar los cajones antes de la caída de frutas y verduras sobre la máquina aplastadora. Son momentos de júbilo y entusiasmo.
Después veremos si los alimentos se pueden consumir o es legal comercializarlos así. Lo cierto es que antes que nada o poco, ayuda a cientos de marplatenses desocupados, con bajos salarios, endeudados hasta la médula y a aquellos que por elección, enfermedad o desidia viven en la calle.
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Mirar como si fuera la primera vez lo cotidiano de nuestra ciudad y su gente. Con ese fin nacieron estos escritos, que se desprenden de los micros radiales “Acercando el oeste y Mar del Plata”. Son voces barriales desde la salud, la comunicación y la integración comunitaria.
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