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Cultura 4 de marzo de 2026

Marco Denevi y la necesidad de redescubrir “Rosaura a las diez”

Un análisis de la novela inicial de alguien que había surgido ya como un autor consumado.

Marco Denevi.

Por Eduardo Balestena

“—Che, ¿vos escribiste una novela? Porque llamaron diciendo que ganaste un premio…

La que hablaba por teléfono desde la casa de Sáenz Peña a las oficinas de la Caja Nacional de Ahorro Postal ese 15 de marzo de 1955 era Celia, casi ignorante de que, prácticamente a escondidas, su hermano había escrito un libro titulado Rosaura a las diez, según la evocación que el premiado muchas veces hizo de la noticia que habría de cambiar el rumo de su vida.

Había nacido un escritor”.

(Juan José Delaney, Marco Denevi y la sacra ceremonia de la escritura, una biografía literaria. Corregidor, Buenos Aires, 2006, pág. 45).

Cientos de novelas de toda América Latina fueron enviadas a concursar por el premio Kraft, cuyo jurado estaba integrado por Rafael Alberto Arrieta, Roberto Giusti, Frida Shultz de Mantovani, Álvaro Melián Lafinur y Manuel Mujica Láinez.

El hecho de que Denevi no perteneciera al mundo literario y fuera entonces un desconocido habla de la transparencia del concurso y de la idoneidad de los jurados. Además de la recompensa de $ 30.000, la publicación del libro, el premio incluía el diez por ciento de los derechos de autor y la posibilidad de la publicación en inglés y francés.

Rosaura a las diez era la novela inicial de alguien que había surgido ya como un autor consumado.

La formación de un universo narrativo

No solamente la historia y el modo de contarla singularizan a Rosaura…, sino el uso de materiales absolutamente ajenos a una narración de esa naturaleza, como lo es la novela policial de enigma (y en el caso de Ceremonia Secreta, la novela gótica).

En el capítulo de mi libro El corazón del mundo. Ensayos sobre Germán Rozenmacher y Marco Denevi (Biblos, 2025, colección Teoría y Crítica) dedicado a la obra, se hace referencia a que la novela se encuentra estructurada en cinco partes, correspondientes, cada una, a un personaje diferente y a un narrador en tercera persona. La más extensa y nuclear es la primera “Declaración de la señora Milagros Ramoneda, viuda de Perales, propietaria de la hospedería llamada La Madrileña, de la calle Rioja, en el antiguo barrio del Once”. La simple mención del título implica al menos dos operaciones: la renuncia a un narrador propiamente dicho en favor de la presentación de un testimonio y la parcialidad del punto de vista, que parece ser total y verosímil, pero se revelará que no es ni una cosa ni la otra; mientras tanto, enuncia y desarrolla un mecanismo de intriga.

La maestría está básicamente en dos cosas: el manejo del idiolecto de una mujer española, de fuerte carácter y opiniones tajantes (lo que genera los giros graciosos que siempre fueron la marca de un escritor que hablaba como escribía y que, en efecto, era muy gracioso) y la verosimilitud de la versión de esa primera narradora, sesgada por el propio carácter del personaje, que solo será desvirtuada mucho más adelante, cuando se produce una muda del narrador.

Por primera vez aparece la concepción de un personaje condenado, como los denomina Cristina Piña (La soledad y sus disfraces, 1983), quien divide a los personajes denevianos en condenados y encerrados; los primeros son reducidos al aislamiento en contra de su voluntad, los segundos lo son debido a un acto voluntario. Este código habrá de funcionar muy elaboradamente en “Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos”, de 1956. La primera novela es innovadora en su concepción, al llevar la narración prismática a un nivel de elaboración tan eficaz como imaginativo y hacerla descansar sobre el dominio del lenguaje que siempre –desde que era alumno del Colegio Nacional Buenos Aires– destacó a quien es uno de los mejores escritores en lengua española.

La otra cuestión que surge es que no se trata de una novela de personajes sino de una centrada en el propio lenguaje –el arte puro–, en el cual tanto la historia como las alternativas de los personajes, no son el fin propuesto por el autor que gobierna al narrador o, en este caso, a los narradores, sino que el fin es la propia escritura.

Son muchos los recursos estilísticos de cada uno de los narradores para detenerse –aunque sea someramente– en ellos, baste decir que hechos y personajes funcionan como un mecanismo por el modo en que el autor va dosificando su aparición y funcionalidad en el desarrollo de la historia, deteniéndose en la presentación tanto de situaciones como de personajes, particularidad que veremos en la novelística posterior: Un pequeño Café y Ceremonia Secreta que considero la trilogía de la novela de “puertas adentro”, que transcurre en ámbitos cerrados y en un grupo reducido de personajes y que descansa en un lenguaje que es al mismo tiempo instrumento y fin.

El final de Rosaura es inesperado y la pista que lo señala surge como al pasar. Como casi toda novela, tiene convenciones que el lector acepta de buen grado porque son necesarias para sostener una narración cuya singularidad debe haber sido lo que más llamó la atención del jurado.

En el cine

El autor mantenía los derechos de adaptación cinematográfica y los editores, el de participar de las negociaciones y percibir beneficios por el pago de los referidos derechos, pero declinaron esa facultad y, entre varias ofertas, Denevi eligió la de Mario Soficci (1900-1977), que aparece como personaje en la película.

El mencionado fue el primer acierto, el segundo estuvo dado por la elección del elenco, comenzando por Juan Verdaguer (como Camilo Canegato), que entonces se encontraba trabajando en México, Susana Campos (Rosaura), María Luisa Robledo (doña Milagros), Alberto Dalbes, María Concepción César, Héctor Calcaño, Nina Brian, Lali Gacel, Beto Gianola, Amalia Bernabé y Sarita Rudoy.

Absolutamente fiel al texto literario, la película, filmada en los estudios de Argentina Sono Film, fue estrenada en 1958 y participó en el festival de Cannes.

Un clásico

Rosaura a las diez se convirtió, en todo el sentido de la palabra, en un clásico y sus méritos literarios son mayores a los que es posible advertir en una simple lectura, particularmente en el capítulo “Conversación con el asesino”, que es no solo una ruptura de las versiones de los narradores anteriores y un punto de inflexión, sino una revelación del verdadero tema de la novela que, como en toda o casi toda su obra, es la soledad.

Allí, por mediación del inspector Baigorri, quien lo interroga, se deja atrás el carácter (falsamente) policial y surge otra cosa que será constante en la obra deneviana: la soledad, los personajes encerrados y condenados y el esfuerzo por romper un límite que, en algunas de las obras –como Rosaura– podrá ser superado y liberar al personaje.

Persona y personaje

Marcos Héctor Denevi había nacido el 12 de mayo de 1920 –y no en 1922 como decía– y hasta 1968 fue inspector general de la Caja Nacional de Ahorro Postal, cargo al que renunció en pos de su libertad para dedicarse a la literatura. Para 1973 había producido lo más significativo de su corpus creativo y ya al final de su vida declaró “vivo de lo que escribo pero no todo lo que escribo es literatura”.

No era una persona lo que se dice fácil de tratar y pienso que puso lo mejor de sí en una obra que merece ser redescubierta y revalorizada.

Hay textos, como “Variación del perro”, “La obra maestra de Anhouil perdida” o “Reproches a Luisilda por haber salido en 1945 sin anteojos” (entre otros), que resultan imposibles de concebir por alguien que no sea él. Una obra maestra lo es por su propuesta, su ejecución y por algo indefinible que la hace ser lo que es.

Ese es su mensaje y el nuestro es la necesidad de redescubrirlo.