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Cultura 16 de marzo de 2020

Martín Caparrós: “La novela futurista es hoy una forma deformada del realismo”

El escritor y periodista elige el tono de crónica para plantear en su novela "Sinfín" las paradojas de una sociedad hipertecnologizada.

Martín Caparrós durante una entrevista con EFE.

En un gesto que arranca a modo de autoparodia y luego se diluye para perderse en la interrogación sobre las complejidades de una vida eterna, el escritor y periodista Martín Caparrós elige el tono de crónica para plantear en su novela “Sinfín” las paradojas de una sociedad hipertecnologizada en la que la muerte ya no existe, las religiones han perdido terreno y se siguen reproduciendo las desigualdades sociales de la actualidad.

La nueva ficción del autor de “A quien corresponda”, “Larga distancia” y “El hambre” desanda un futuro no demasiado lejano donde la realidad tangible pasa a ser el territorio excluyente de los pobres, mientras las clases más adineradas se trasladan al mundo virtual para transitar existencias diseñadas por catálogo. La muerte no existe y parece un gran logro de la civilización, aunque la condición de la vida eterna sea la soledad y las corporaciones sigan ejerciendo despóticamente el control del universo.

Sentado junto a la ventana de un restaurante próximo al Jardín Botánico, Caparrós reparte su atención entre la lluvia torrencial que cae oblicuamente sobre los vidrios y la contemplación de un gato que duerme encimado sobre su pierna izquierda. Ambos comparten sillón y un aire despreocupado que desafía el pánico colectivo que ha convertido al coronavirus en el argumento recurrente para restringir los encuentros.

Con ese manejo de la oralidad casi siempre orientado a la ironía o al sarcasmo sutil, el escritor cuenta que arrancó “Sinfín” (Random House) como una crónica impostada que buscaba burlarse un de los estereoptipos de la crónica y de su posicionamiento dentro del género: “Me quería reir un poco de mí mismo pero también de esa cosa de entrar a un lugar pobre o marginal y describirlo, algo que he hecho muchas veces en muchas crónicas”, indica a Télam.

“Después me fue cautivando cada vez ese mundo que estaba tratando de inventar y fui dejando ese sarcasmo inicial -explica-. Esa la diferencia básica entre la ficción y la no ficción. Es mucho más libre por un lado pero también más exigente, porque no hay una realidad disponible que esté ahí para que la cuentes. Hay que inventar todo”.

– ¿Una novela futurista como “Sinfín” se lee con más inquietud hoy que las sociedades ya no están regidas por la idea de progreso y no hay un proyecto fuerte de futuro que articule a la humanidad?

– Vivimos en una sociedad que no ha conseguido armarse una idea de futuro que le interese -cosa que que pasa cada tanto en la historia- o mejor dicho, que viene de un proyecto de futuro que acaba de derrumbarse (como fue la caída del socialismo que funcionó desde fines del siglo XIX hasta bien entrado el XX) y ahora la siguiente tardará acaso décadas en construirse. Por eso, hoy vemos al futuro como amenaza y no como promesa.

Hoy tenemos miedo de la amenaza ecológica, de la amenaza poblacional, de la amenaza política…Tenemos muchas amenazas dando vueltas y parece que siempre necesitamos de algún apocalipsis. Ahora tenemos el del cambio climático pero como es de muy largo plazo hemos conseguido el coronavirus. Por eso, efectivamente, muchas de las ficciones que se arman sobre el futuro son bastante oscuras. No creo que “Sinfin” sea tan funesta: me parece que un triunfo en esta larguísima batalla del hombre contra la muerte no es poco. Tiene un costo, pero en todo caso encerrarse en una especie de vida virtual agradable y entretenida es menor que el de simplemente morirse. El gran futuro distópico es, justamente, morirse.

– El mundo contemporáneo se parece más a las distopías de George Orwell o Philip K. Dick que a las novelas realistas de Leon Tolstoi ¿Escribir hoy sobre el futuro supone pensar en un presente hiperbólico, apenas un poco trastocado?

– Sí, la novela futurista es hoy una forma deformada del realismo, una manera de mirar la realidad y contar algo un poco distinto de esa realidad para entenderla. El realismo de Tolstoi consistía en contar la realidad tal como se la veía por aquel entonces mientras que este nuevo futurismo deforma apenas un poco la realidad para tratar de encontrar qué líneas de fuga puede haber treinta o cien años hacia adelante.

– La historia transcurre alrededor de 2070 y en el marco de esa formulación futurista irrumpe el pueblito de Darwin, donde sus habitantes viven de la caza y mueren prematuramente por infecciones ¿La ironía es imaginar a la civilización como una estructura circular en la que tras millones de años de evolución la humanidad vuelve al punto de partida?

– Yo no diría que vuelve al mismo estado del principio sino que mantiene la separación de clase y grandes sectores que hay ahora. Uno podría haber hecho una novela sobre el futuro en 1930 y plantear que en el 2020 las personas iban a andar en aviones supersónicos y se iban a comunicar de continente a continente con sólo tocar una tecla. Esa hubiera sido una descripción más o menos apropiada de lo que le está pasando hoy… a cuántas personas? Dos mil millones de millones? Pero después hay otros cuatro mil millones que viven de una manera radicalmente distinta.

Por eso quise integrar en la novela a aquellos a quienes los cambios tećnicos les sirven para muy poco. La novela plantea en esa línea la idea de cómo puede ser que haya vida después de la muerte y no les llegue a todos. Es lo que pasa ahora con la expectativa de vida: en muchos países es común vivir hasta después de los 80 pero al lado de esos hay otros países donde la gente vive hasta los 55. Esa disparidad no es ficción.

– “Sinfín” plantea que gracias a las religiones, los hombres vivieron convencidos de que la muerte no mataba porque siempre estaba la posibilidad de una vida eterna o un más allá ¿Por qué entró en crisis ese relato?

– Hubo muy pocos momentos en la historia en que muchas personas tuvieran que creer que la muerte era el final. La mayor parte del tiempo la humanidad se las ingenió para creerse relatos según los cuales uno no se muere sino que cambia de lugar o de estado. No sé si los primeros grandes impulsores del ateísmo del siglo XVIII tenían en claro que nos iban a dejar tan desnudos frente a la muerte cuando quisieron acabar con las religiones. Lo cierto es que eso es lo que nos sucede en estos días. Por eso me gustó imaginar una novela donde la técnica ocupa el lugar de las religiones y ofrece sustituir todo aquello que hemos perdido para obtener un mínimo refugio frente a la muerte.