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Cultura 15 de febrero de 2026

Martín Kohan: “Hoy hay un proyecto abierto de embrutecimiento social”

En “Argentinos, ¡a las cosas!”, el escritor propone pensar lo argentino desde huellas concretas y lejos de los esencialismos. Antes de su paso por MarPlaneta, reflexiona sobre la noción de identidad, al tiempo que señala el empobrecimiento del debate público y propone que la respuesta no es solo de los escritores sino de todos los actores culturales y sociales.

Martín Kohan: “El imaginario de eliminación es una práctica de odio y me parece una marca fuerte de la política argentina”. Foto: archivo LA CAPITAL.

 

Por Rocío Ibarlucía y Félix Lencinas

Martín Kohan es escritor, crítico literario, docente, judío, egresado del Nacional Buenos Aires y la Universidad de Buenos Aires e hincha de Boca. Esta enumeración podría leerse como un gesto biográfico de manual, pero en Kohan opera como problema teórico. Porque, para el autor, la identidad nunca termina de fijarse. “Somos un tejido de identidades inestables”, explica con su habitual tono didáctico a LA CAPITAL. Suele bromear con que la única identidad que siente verdaderamente firme es la de hincha de Boca. “Esa no se toca”, afirma. Lo demás, sugiere, está siempre en discusión.

Esa idea vertebra Argentinos, ¡a las cosas!, el libro de ensayos que publicó a fines de 2025 por Seix Barral. Allí, Kohan retoma la célebre consigna de Ortega y Gasset para someterla a un desvío crítico: en lugar de buscar esencias nacionales, se detiene en 25 objetos, escenas y lugares que permiten leer la argentinidad como un campo de tensiones antes que como una identidad fija.

Reconocido por su vasta obra ensayística y narrativa que incluye novelas como “Dos veces junio”, “Ciencias morales” y “Confesión”, por mencionar solo algunos, Kohan despliega en su último libro su oficio de lector minucioso para correrse de los lugares comunes: ni mitologías patrióticas ni inventarios folklóricos, sino huellas inesperadas donde la identidad se afirma y se desestabiliza al mismo tiempo. Belgrano, Rivadavia, Evita, Gardel, Borges, Luis Ángel Firpo y Maradona son algunas de las figuras que analiza pero también lugares como la pizzería Los Inmortales o la hélice del barco que trajo los restos de San Martín. Todo puede volverse superficie de lectura.

En entrevista con LA CAPITAL, antes de la charla a sala llena que brindó junto a Alexandra Kohan y bajo la moderación de Nicolás Artusi el lunes 2 de febrero en el festival MarPlaneta, Martín Kohan reflexiona sobre los riesgos de pensar la identidad en clave esencialista, al tiempo que advierte sobre el empobrecimiento del debate público mediante planteos por parte del Estado “cargados de ignorancia, violencia y subestimación”.

Nicolás Artusi, Alexandra Kohan y Martín Kohan, en la charla de MarPlaneta.

Nicolás Artusi, Alexandra Kohan y Martín Kohan, en la charla de MarPlaneta.

—¿Qué te llevó, en este contexto, a escribir un libro sobre la identidad argentina más allá de los esencialismos?

—Mirá, el “más allá de los esencialismos” que expresás en el final de tu formulación estuvo en el punto de partida de la posibilidad de escribir este libro. Porque, en realidad, la tentación tuvo que ver con el gusto por escribir sobre huellas y cosas concretas, frente a la muy amplia tradición de trascendencias metafísicas, panorámicas, propias de los esencialismos. Nació de la posibilidad de preguntarse por una identidad sin formularse la pregunta por el Ser, en mayúsculas. No hay un ser. Y si lo hubiese, no hay que ponerle mayúsculas, no esencializar, no fijar trascendencias y aún así preguntarse por lo argentino. Y la tentación de escribir, porque se juega en eso, te dan ganas de escribir: las ideas van, dan vueltas, y de pronto cuando se encienden las ganas de escribir, es poder trabajar con la idea de cosas o escenas o figuras concretas. Con la idea de huella, la idea de ver marcas de lo argentino que no pasaran, en ningún caso, por el estereotipo de lo argentino, sino por huellas donde no se esperaría detectarlas.

—¿Por qué elegís hablar de lo argentino a partir de la cosa concreta y no, por ejemplo, a partir de un episodio histórico? ¿Qué es lo que te permite la cosa?

—Lo que eso habilitó es un tipo de práctica crítica. Asumir una narración de lo argentino está por fuera, no de mis intereses como lector, pero sí de mi competencia específica como crítico. No soy historiador; ahora, como crítico literario que soy, la posibilidad de leer y analizar textos históricos está y lo he hecho. Pero también Barthes, desde la competencia de la crítica literaria, especifica la posibilidad de ampliar la mirada crítica hacia textos que ya no sean literarios. Leer escenas, figuras, objetos, ese es el impulso. Por eso no es, y no pretende ser, ni un ensayo de especulación, ni tampoco exactamente un abordaje histórico, sino un ejercicio de lectura de objetos y de escenas.

La palabra cosas, en realidad, y volver a Ortega y Gasset en el título, era algo a lo que yo le venía dando vueltas desde hacía un tiempo. Hoy escuché una conversación que me lo confirmó: alguien dijo “había un cosito”. No hay nada más concreto que una cosa. En la filosofía se dice “la cosa en sí”, es decir, la posibilidad de definir lo que es estrictamente concreto. Y a la vez, cuando algo nos resulta difuso, le llamamos cosa. Es esa posibilidad de jugar entre lo concreto y lo difuso. Volviendo a Ortega y Gasset, “Argentinos, ¡a las cosas!” fue como una indicación de decir: ocúpense de lo concreto. Al mismo tiempo, la pregunta siguiente es, ¿y lo concreto qué es? ¿Cuáles cosas? ¿De qué cosas estaríamos hablando? Ese juego me resultó atinado para pensar una idea de lo argentino que no estuviese dada por las abstracciones metafísicas, ni tampoco por el repertorio de objetos típicos. Hacer ese juego entre lo concreto y lo difuso y ahí, leer. Porque la vida y la identidad es así, o sea, me interesa pensar así.

—Además, las cosas que analizás contienen las huellas del pasado en el presente, lo que revela lo que queda, pero también lo que se pierde.

—Es que, efectivamente, una vez dispuesta la modalidad de lectura, el siguiente paso al pensar el libro fue, como dice la frase de Nabokov, pensar cosas que no fueran típicas, esperables, reconocibles, pero después era: “¿qué cosas exactamente?”. Así surgieron los 25 objetos de cada uno de los capítulos me fueron a responder y explicar.
Y los objetos mismos aparecían con ese carácter entre lo que permanece y lo que no permanece. Porque la huella es eso: la permanencia de algo que ya no está y una huella es la cosa misma. Ese juego responde a una concepción de la identidad que me convoca. Está y no está, dejó huella, y también una dislocación de una secuencia de historicidad lineal. Los tiempos se pueden ver como capas que se superponen y coexisten. La posibilidad de pensar un pasado que habita el presente pero lo habita como huella o incluso la idea de pensar en términos de ruina. Todo esto que estoy diciendo es (Walter) Benjamin. La posibilidad de pensar en la ruina no como un pasado sobreviviente, sino como la desestabilización del presente. Entonces eso también hace a la identidad dislocada en lugar de conformarse y consolidarse en el tiempo.

En “Argentinos, ¡a las cosas!”, el destacado escritor y crítico literario propone pensar lo nacional a partir de 25 objetos, lugares y escenas concretas antes que en esencias y estereotipos.

En “Argentinos, ¡a las cosas!”, el destacado escritor y crítico literario propone pensar lo nacional a partir de 25 objetos, lugares y escenas concretas antes que en esencias y estereotipos.

—Por ejemplo, reparás tu mirada sobre el vestido negro de Eva Perón expuesto en el museo, ¿qué te permitió pensar este objeto sobre las huellas de Evita?

—En el capítulo sobre Eva Perón, me parece que se relaciona con todos los avatares de su cuerpo: desde el proyecto político de volverlo definitivo y trascendental hasta el proyecto de suprimirlo por completo. Entre esos dos bordes drásticos se produce este juego de persistencia y pérdida, de presencia y ausencia. Cuando vi ese vestido en el museo Evita, vi que es el vestido que está en la tapa de “La razón de mi vida”. Entonces, ves el vestido y la ves a ella, pero la ves no estando y eso dice sobre la figura de Evita como parte de un imaginario de la Argentina. Entre la pretensión de que no esté y el hecho de que sin embargo está. Dice mucho sobre el peronismo también.

—¿Qué dice del peronismo?

—En la fantasía renovada de que el peronismo no exista más. Detecto en el fanatismo antiperonista la voluntad de reducir el peronismo a la inexistencia, en esa dinámica de peronismo y antiperonismo, una máquina de producción de peronismo. Porque yo no soy peronista, pero paso 20 minutos con un antiperonista… Y ves una vocación de destrucción, de inexistencia, la diferencia decisiva entre superación y eliminación. La superación habilita una dinámica histórica de discusión política. El imaginario de eliminación es una práctica de odio y me parece una marca fuerte de la política argentina. La posibilidad de leerla en un objeto concreto que es a la vez presencia y ausencia de un cuerpo. Entre los dos gestos de búsqueda de lo definitivo, esto otro que es ese vestido donde Evita está y no está.


“Somos un tejido de identidades inestables”


—Te detenés también en el mural de Maradona (de Martín Ron) con la camiseta de la final perdida, ¿qué dice eso de la forma de construir ídolos que tenemos?

—A mí me interesó mucho ese mural. Suelo verlo en disposición futbolística porque las veces que yo más paso por ahí es yendo a la cancha de Boca. La idea de la épica de la derrota me interesa muchísimo. El primer libro de cuentos que escribí tiene uno que se llama “Muero contento” y ahí me doy cuenta que aparece la caída heroica. Cuando vi el mural de Maradona, al ver que la camiseta era la de la final del 90, ahí inmediatamente afloró todo lo que estábamos diciendo: es un mural de un partido perdido. No sé en el mundo cuántos murales habrá dedicados a una derrota. En ese sentido, Maradona fue alguien que pudo sostener una épica de la derrota. En la victoria es más esperable que haya épica y haya heroísmo. La posibilidad de insuflar épica y heroicidad a la derrota, me parece que la figura de Maradona es particular en ese sentido. En un libro pensado con una identidad esencializada y reconocible y típica, tendría que haber sido Maradona con la copa. Y a la vez, ¿quién la puede soportar, asumir? Messi no fue héroe, no hubo épica en la derrota. Al revés, bajaba la cabeza. Después, esas coincidencias que a mí me gustan: que también fue con la camiseta azul.

—Y en lo personal, ¿cómo se juega esa idea de la identidad?

Mi relación más fuerte con las identidades propias consiste en ponerlas en crisis. No para despojarme de ellas, es mi manera de asumirlas. Salvo Boca. Esa identidad está muy bien, no se toca. Porque está hecha para no tocarse. Entonces, se cifra la idea de que estamos atravesados y constituidos por múltiples identidades. Porque la identidad nacional, en su esencialización, tiende a darse como prioritaria. La idea es que todos somos un tejido de identidades inestables. Porque según la escena y el momento, es una u otra la que prevalece o se relega. Pero de las distintas identidades que uno podría decir, soy porteño, soy de Boca, soy varón, soy egresado del Nacional Buenos Aires, soy argentino, la cantidad de cosas que uno es, no es que lo haya dejado de vivir. Pero en un momento yo supuse que mi crisis con el judaísmo, religiosa, política, amenazaba mi condición de judío. Hasta que advertí que no hay nada más típicamente judío que estar en crisis con la condición judía. Es perfectamente reconocible como modo de ser judío estar en crisis con la condición de estar ahí. Que no era menos judío, que era plenamente judío preguntarme qué es ser judío.


“Me parece que lo más frustrante del gobierno actual es llevar a un nivel espantosamente bajo a la discusión”.


—La identidad argentina se ha ido redefiniendo en distintos procesos históricos de acuerdo a los proyectos políticos de cada gobierno, ¿qué lectura hacés de la idea de lo argentino que promueve el gobierno actual? Por ejemplo, usa consignas como la de volver a la Argentina potencia mundial, en sintonía con el “Make America Great Again” de Trump. ¿Pensás que tu libro dialoga o discute con este clima de época?

—Ah, me encantaría, ojalá que sí. Eso lo tienen que decir los lectores, que vos lo digas ya me entusiasma porque abre al menos esa posibilidad. Lo que a mí me resulta frustrante respecto a lo que me preguntan del gobierno actual es el grado de chatura y tosquedad de los términos que nos plantean. No es una cuestión que yo haría pasar por el acuerdo o por el desacuerdo, sino por el estímulo que pueda plantearnos algo, ya sea que estemos o no de acuerdo, y en general pueden ser mucho más estimulantes los desacuerdos. El grado de simplificación, el esquematismo, la chatura, la pobreza de elaboración, la promoción del desconocimiento, el hostigamiento al conocimiento y al ámbito educativo, el desprecio por la producción de conocimiento… Hostigan en lo más concreto, desde el financiamiento hasta los pronunciamientos despectivos. El propio aparato del Estado ataca los espacios de producción artística y cultural. Hoy hay un proyecto abierto de embrutecimiento social, en el que estamos metidos todos, yo no me considero a salvo de ese proceso.

Tomo el ejemplo que vos ponías. Argentina nunca fue potencia mundial. ¿Podía esperar un futuro más promisorio? ¿Algunas variables daban más o mejor en términos de proyección económica? Sí. Potencia mundial nunca fue. De manera que la idea de volver a hacer de la Argentina una potencia mundial es una falsedad y requiere ignorancia. Con lo cual no es nada estimulante esa discusión porque empieza y termina en el mismo punto. Cuando distintos historiadores, razonablemente, salieron a decir que Argentina nunca fue potencia mundial, obtuvieron por parte del presidente de la república un señalamiento respecto de una violación por el ano, porque mandril es eso. El problema no es el acuerdo o el desacuerdo, sino el grado de estímulo, porque yo he encontrado un desacuerdo con quizás todos los gobiernos democráticos que viví como argentino. Por poner un ejemplo desde el lugar del lector: Beatriz Sarlo y Horacio González no estaban de acuerdo, pensaban de maneras muy diferentes. ¡Qué estimulante resulta como lector leer esos desacuerdos entre los dos y, eventualmente, estando uno mismo en desacuerdo con uno y con otro y hasta con los dos! ¡Qué estimulante en relación al grado de elaboración de esas ideas! Ahora, el punto en el que estamos hoy es responder con la fantasía de dejarle el ano rojo. Entonces, no hay manera de sustraerse a una atmósfera de embrutecimiento generalizado porque los términos del planteo están cargados de ignorancia, de violencia, de subestimación.

—Se anula la posibilidad de la discusión.

—Si alguien te dice que está pensando en dejarte el culo rojo, se entiende que no es en una escena de placer sexual, sino por la fuerza, pero si ese alguien además es el jefe de Estado… En la tribuna se cantan distintas cosas y en la conversación cotidiana se usan metáforas y expresiones de esa índole. ¿Pero un jefe de Estado? La respuesta del poder del Estado nos devuelve una y otra vez a un imaginario de violencia y a una relación yo diría, por lo menos, perturbada con la sexualidad que uno dice, bueno, me salgo de esta escena. ¿Y a la vez cómo te vas a salir, si la atmósfera social está fuertemente tomada por eso y las prácticas alternativas de esos dispositivos de violencia están siendo frontalmente hostigadas? Producción artística, producción cultural, ámbitos educativos están siendo hostigados, que es donde este tipo de cosas se piensan y se elaboran de otro modo. Me parece que estamos todos muy dañados en ese sentido y en este tiempo relativamente corto.

Hay otra dinámica también muy rudimentaria: “y en el gobierno anterior”. Era más interesante discutir con gobiernos anteriores. Me parece que lo más frustrante del gobierno actual es llevar a un nivel espantosamente bajo a la discusión. Y no pretenden otra cosa, no es que no les sale. Les sale perfectamente. Por eso largan a discutir a los que largan a discutir. Que no los largan a discutir, los largan a agredir.


Quiero pensar que tampoco vivimos en una sociedad en la que mayoritariamente no importa que empujen a los jubilados a la muerte, total ya no producen. Que quiten asistencia sanitaria a los enfermos de cáncer. Me resisto a pensar que somos una sociedad en la que una porción eventualmente mayoritaria considera que estas variables no importan.


—Y en este panorama, ¿cuál creés que es el rol del escritor?

—Mirá, yo no lo pondría solamente en términos de escritor. No es que sea un rol del escritor. Creo que en el lugar que cada uno de nosotros tenga. Yo soy escritor, soy docente, pero, recién mismo lo dije, preferí pensarlo desde mi lugar de lector. Por ejemplo, cuando yo leí el debate entre Sarlo y Horacio González o yo como lector en desacuerdo con las últimas posturas de Juan José Sebreli. Pero una discrepancia con Sebreli es un estímulo enorme porque era tremendamente inteligente y porque los planteos que hacía, estaban bien elaborados y bien fundamentados.

Más que pensar en el rol que pueda tener un escritor, yo diría en qué manera nos interpela a todos porque somos o escritores o lectores o docentes o estudiantes o personas que prenden la tele y antes veían un programa de historia en Canal Encuentro y hoy está desguazado y vaciado. O visitaban el Museo Histórico Nacional dirigido por Gabriel Di Meglio y encontraban una muestra estimulante. Gabriel Di Meglio fue despedido del Museo Histórico Nacional. Entonces yo no diría el rol del escritor, yo diría el lugar en el que cada uno de nosotros, todos, nos posicionamos frente a este estado de cosas y puede ser escribiendo, leyendo, enseñando, aprendiendo, filmando, o yendo al cine, al teatro, preparando una obra teatral. ¿Qué nos pasa con el vaciamiento del Instituto de Cine, del Instituto del Teatro, el desfinanciamiento educativo, el desguazamiento del Canal Encuentro? Todas herramientas que están siendo premeditadamente destruidas o dañadas desde el poder del Estado.

Se llega a esta situación por una fatiga de una situación económica previa preocupante, afligente, desgastante. Decido creer que no hay un 50% o un 30% de ciudadanos argentinos a los que no les importa el vaciamiento de la educación, que creen que un país puede no tener políticas culturales y eso no tiene ninguna importancia. Me parece que la adhesión a una gestión de gobierno responde a otras variables ligadas a condiciones. ¿A dónde va a parar una esperanza cuando impera la desesperanza, cuando va a parar un lugar que lucía nuevo, inédito, y abre sobre eso una ilusión de que las cosas puedan ser distintas de como son? Me parece que esa ilusión está destinada a frustrarse, pero quiero pensar que el motor que impulsa una adhesión ha sido hacerse ilusión con algo que lucía nuevo y no pensar que nos hemos convertido en una sociedad donde no solamente el vaciamiento de las políticas culturales no importa, ni el vaciamiento de las políticas de estímulo artístico no importa, ni el vaciamiento del sistema educativo importa. Quiero pensar que tampoco vivimos en una sociedad en la que mayoritariamente no importa que empujen a los jubilados a la muerte, total ya no producen. Que quiten asistencia sanitaria a los enfermos de cáncer. Me resisto a pensar que somos una sociedad en la que una porción eventualmente mayoritaria considera que estas variables no importan. Me parece que hubo largamente padecimientos desatendidos, y la ilusión y la esperanza fue a parar a donde fue a parar. Para mí, es un lugar equivocado pero que el resto es un efecto de arrastre y que no necesariamente somos una sociedad tan mezquina y tan miserable para pensar que realmente no importa que a los enfermos de cáncer se los deje morir y que a los jubilados se los empuje a morir y que la educación se vacíe. Me parece que no hemos caído tan bajo. Son coletazos sostenidos en la ilusión de que ciertas condiciones económicas puedan estabilizarse y mejorar, solo que además creo que esa ilusión está mal fundada, o sea que tampoco eso va a salir bien.