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Cultura 6 de mayo de 2019

Nada es para siempre

por José Santos

Un hombre nada desnudo, de un extremo a otro de su piscina, hasta que siente que su cuerpo se hunde bajo el agua. Mas allá, y rodeada por una terraza de adoquines, la casona de tres plantas, iluminada por la luna llena. En los alrededores de la piscina, a un poco más de sesenta metros, el Mudo Rocosso, jefe de sus guardias, completa la ronda nocturna. Controla el perímetro electrificado y a los custodios dispersos en varios puestos de vigilancia que no reportan novedades. Los rottweileres entrenados para matar, sujetos a sus cadenas, lucen atentos. La casa está en orden.

Hizo dieciocho brazadas hasta la pared norte. Hizo el rolido, escondiendo la barbilla hacia abajo y la patada mariposa para completar el giro. Avanzó hasta el centro de la piscina, cuando se le cuela un trago de agua clorada. Tose. Un error de cálculo. Acelera el ritmo, aumenta la fuerza, pero se hunde un poco más. Ayuda. Agita manos. Patalea. Un grito tapado. Medio metro bajo agua. Incluso ve borroso, la belleza de la noche estrellada. Afuera, Rocosso a través de los ligustrinas, escucha un chapoteo que despierta su atención, avanza hacia la piscina.

Un metro bajo el agua, el cuerpo vigoroso y sano, lucha y nada. Lucha y nada, porque no hay calambres, ni parálisis, ni dolor. Sin embargo, se hunde. El oxígeno se consume. Casi en el fondo, se agita, lucha, rola. Pero se hunde más. Cambio de plan. Se queda inmóvil para no consumir el oxígeno remanente. Ya lo auxiliarán. De hecho, es lo que el Mudo Rocosso está haciendo. Atraído por los chapoteos, atraviesa la explanada rumbo a la piscina, cuando uno de los rottweileres, ubicado en el lado sur de la casona, interrumpe la calma, con ladridos frenéticos, desplazándose, tanto como se lo permite su cadena. Rocosso se detiene. Aún lejos, ve que en la piscina retornó la calma. El rottweiler, por el contrario, más alborotado. Convoca a cuatro custodios a la zona que vigila el rottweiler. Mientras tanto, en la piscina, los reflectores internos iluminan la venecita del fondo. El nadador ruega una bocanada de aire, pero no encuentra ni aire ni donde sujetarse.

A pesar que el rottweiler sigue perturbado, los vigilantes, no divisan nada extraño. El rottweiler de la zona norte se acopla a los ladridos y dispara la alerta de seguridad. Los custodios corren hacia los perímetros.

En el fondo, agotado y sin oxígeno, traga agua. En su último arrojo, impulsa sus piernas contra las rejillas de los filtros. No se mueve. Es cuando entiende lo que sucede. Cuando se da cuenta, ya es tarde. Vuelve a tragar agua. Sus custodios patrullan atentos. Otro trago. En el comedor de la casona, su familia lo espera. Con el siguiente trago de agua, los alvéolos terminan de inundarse.

En la piscina, pequeños borbotones de burbujas afloran. En segundos todo cesa y otra vez el agua es un espejo perfecto de la luna llena. Los rottweileres, acaban sus ladridos. Su esposa descorcha un malbec. El cuerpo se estaciona en el fondo. Cuando vuelve a flotar, la luna, las estrellas y la noche siguen brillando. Él no. Lleva los ojos vidriosos, opacos.

– Facebook:  La mano de la Paranoia