“No hay hijo que sepa de su padre”, Tom Maver lleva el duelo y la memoria a la orilla del río
El poeta debuta en la narrativa con la historia de un hijo que cuida a su padre moribundo y, entre sus delirios y recuerdos, descubre un pasado familiar desconocido. Con una escritura poética, conmovedora y reflexiva, el Río de la Plata se convierte en un lugar de encuentro con los fantasmas, las pérdidas y las heridas de la historia argentina.
Tom Maver (Buenos Aires, 1985) es autor de los libros de poesía Yo, la incesante nieve, Marea Solar, Nocturno de Aña Cuá, Sara Luna y Canto de viuda.
Por Rocío Ibarlucía
Un padre agoniza y, en el delirio, confunde a su hijo con otro hijo que perdió muchos años atrás. Le pide que lo acompañe al río, porque allí recuerda mejor su vida. El hijo acepta: lo cuida, lo baña, le conversa, le hace escuchar tangos, lo acompaña a la orilla.
“A esta orilla es a donde vengo con la sensación de que debería escribir sobre lo que uno sabe. Pero no hay porteño que sepa del Río de la Plata. Y no hay hijo que sepa de su padre”, puede leerse al comienzo de La orilla donde tiemblo, la primera novela de Tom Maver.
A partir de ese encuentro en el tramo final de una vida, el padre empieza a contar, entre el delirio y los recuerdos, de un hijo, una mujer y el río. El narrador intenta reconstruir un pasado que desconoce y se enfrenta a una pregunta difícil de responder: cuánto podemos conocer de quienes amamos y qué queda de ellos en nosotros cuando ya no están.
En la novela, el Río de la Plata es mucho más que un escenario. “Late y tiene memoria”. Por eso, los personajes acuden allí para escuchar a sus fantasmas y enfrentarse con aquello que no logran explicar. Sus aguas también guardan las huellas de la historia argentina, desde la contaminación hasta los cuerpos arrojados durante la última dictadura militar. Una zona de cruce entre la memoria íntima y el horror colectivo.
La historia familiar del protagonista, de raíces británicas y argentinas, también abre hondas reflexiones sobre la lengua que heredamos y que perdemos, y deja lugar para la pregunta por Malvinas, un tema que incomoda y sobre el cual quiere seguir escribiendo Maver.
A pesar de que sea su primera novela, el poeta, traductor, editor y docente llega a la narrativa después de años de escribir poesía. Y esa experiencia se percibe en la densidad de su prosa, en su musicalidad y en la atención a cada imagen. El propio autor, sin embargo, desconfía de las fronteras rígidas entre los géneros: para él, el ritmo no pertenece exclusivamente a la poesía, del mismo modo que la narración y la construcción de una voz también pueden ser territorios de exploración poética.

Tom Maver, junto a Catalina Méndez, presentando su novela en Fervor Libros.
En diálogo con LA CAPITAL, Maver habla sobre el pasaje de la poesía a la narrativa, el duelo, los vínculos entre padres e hijos y la escritura como una búsqueda que empieza, según sus propias palabras, con la necesidad de contar aquello que le arde.
—¿Cómo surgió “La orilla donde tiemblo”?
—Es posible que haya arrancado siendo un poema, como muchas cosas. Yo vengo de la poesía, entonces la primera forma de esta novela fueron poemas, hace muchos años. Lo fui escribiendo de a poquito y sin saber qué estaba escribiendo. No sabía si estaba escribiendo una novela. De modo que supongo que el origen fue en realidad muchos orígenes, muy brumoso, hasta que en algún momento el material se acumuló y ahí me di cuenta de que lo que tenía entre manos era otra cosa, diferente a lo que ya venía trabajando, que en mi caso, repito, son libros de poemas, que por más que sean bastante narrativos, no son una novela.
—Y después de tantos años escribiendo y publicando poesía, ¿qué fue lo más interesante y a la vez difícil de emprender este proyecto narrativo?
—Bueno, yo un poco me hice el tonto. El proyecto narrativo es algo que de esa manera nunca lo pensé. En realidad, para salvaguardarme, a lo mejor me quedaba un poco grande. Entonces sencillamente en mi caso fue tener suficiente distancia respecto del texto para poder entrar y sobre todo divertirme. Pero, para llegar a ese punto, a mí me llevó un tiempo. Con respecto a la poesía, el cambio fue un poquito natural. Porque ya mis poemas son muy narrativos al punto de que en el último libro, que se llama Canto de viuda, todo el tiempo habla un personaje, que es una viuda. Cada poema va contando diferentes fases de su duelo. No es lo mismo que una novela, pero hay parecidos fuertes. Así que me hacía un poco el tonto pero al final dije, bueno, esto no es un libro de poemas, esto es otra cosa. Fue un poco así, un poco con trampa y otro poco, chiquito, con conciencia.
—Así como decís que tus poemas tienden a ser narrativos, tu novela “La orilla donde tiemblo” es poética. Hay un trabajo con el lenguaje muy sensorial, cargado de imágenes, con un cierto ritmo. ¿Qué recursos o modos de mirar propios de la poesía creés que llevaste a esta novela?
—No sé si la poesía tiene cosas propias de la poesía y la narrativa, cosas propias de la narrativa. No sabría. No me quiero hacer ni el canchero ni nada de eso con la hibridez de los géneros, pero creo que ni el ritmo es solamente de la poesía ni los personajes ni los capítulos son algo propio de la narrativa. Aparte, siento que es un lindo momento para ver cómo todo está un poco enchastrado y contaminado. Es más, ni siquiera la rima es propia de la poesía. A lo mejor, los elementos que vos mencionaste recién tienen un poco que ver. En la novela hay ritmo, trabajo mucho con las imágenes y con los comienzos y finales, pero eso me parece que también es propio de la narrativa o de cierta narrativa que yo también disfruto mucho. Pienso en Las olas, de Virginia Woolf, en esa prosa poética, que es muy musical, muy de las imágenes, muy de crear una voz. No me quiero comparar; solamente quiero decir que creo que hay muchos ejemplos de novelas que son así, a las que les interesa un poco ese trabajo, esa cierta densidad, como también Clarice Lispector. En fin, autoras que a mí me encantan. Es muy probable que ciertos elementos que podemos encontrar en la poesía ellas también los tomen para su narrativa.
“Necesito contar cosas que me ardan. Me he encontrado escribiendo por escribir y no me sale bien eso. Me tiene que importar”.
—¿Y sentís que encontraste algo nuevo escribiendo una novela, hubo una revelación?
—Sí, en principio, un montón de problemas a resolver (risas). Porque no escribía narrativa, entonces no sabía si estaba haciendo cualquiera o estaba pisando firmemente. También la cantidad de caracteres, que es tanto más grande que la poesía. Además, eso me llevó a otro tiempo. Estuve mucho tiempo escribiéndola, corrigiéndola o solamente mirándola. Eso también fue muy distinto a la poesía, a la que yo estoy mucho más acostumbrado y necesito menos tiempo para escribirla, corregirla, evaluar si tengo entre manos un texto. Leí hace años un texto de Murakami que me quedó grabado y que decía: “Yo necesito más o menos una semana o diez días para saber si tengo entre manos un cuento, pero pueden pasar cuatro años y yo todavía no sé si tengo una novela”. Bueno, esa fue una de las revelaciones que tuve con este libro.
—El río tiene una presencia constante en la historia, da nombre a la novela, es un lugar de memoria, pero también de fantasmas, de muerte y de revelaciones, para el padre, para Lydia y para el hijo. ¿Qué representa para vos este lugar?
—Es un signo de pregunta, no sé qué es. El otro día en la presentación de Mar del Plata, una persona dijo que el Río de la Plata no es un río, sino un estuario, como diciendo que estuvo mal nombrado siempre. Y yo dije que es un error espectacular. Creo que si yo hubiera sabido, me hubiera sentido más pícaro todavía. Pero por eso es un gran signo de pregunta, no sabemos su nomenclatura, no sabemos si es un río, si es un estuario, que sea “de plata”…
—Bueno, los primeros conquistadores en llegar lo llamaron “mar dulce”, como recuperás en la novela.
—Exacto, el problema está en el límite de su propia nomenclatura, no sabemos si es un mar, si es un río, si es un estuario, si es dulce, si es salado, si es de barro, si corresponde mirarlo o no corresponde mirarlo. Y, como autor, viví muy cerca del río, 95% de mi vida, y sin nunca verlo, prácticamente, ni pensarlo, ni nunca fue parte de mi vida. Bueno, un poco la novela fue como traerlo al centro de mi vida, que nunca lo fue, la verdad. Esa es una actitud, para mí, muy porteña, pero ni como algo bueno, ni como algo malo. Y esa idea me parece que para el texto estaba bueno trabajarlo.
—El Río de la Plata se describe en la novela como una “cosa muerta” e inmóvil, como una “paria”, un “desclasado”, lleno de basura y de muerte, incluso se menciona a los cuerpos arrojados por la dictadura en los vuelos de la muerte. Sin embargo, el río también propicia el recuerdo de quienes ya no están. ¿Cómo conviven en ese espacio la degradación, el horror del pasado y la posibilidad de recordar a quienes amamos y perdimos?
—Sí, totalmente, me parecía un buen lugar de límite, donde se conjuga eso: alguien que espera que le llegue una voz de alguien perdido, alguien que va a buscar cosas al río, alguien que siente que pierde todo en ese río, y además la historia del pasado. El otro día un amigo me mostró fotos de la playa de Vicente López en la década del 60 y parecía una playa de Mar del Plata, llena de reposeras, de gente ahí habitándolo. Es muy contrastante con el presente, ahora no hay nadie en el río por la contaminación. Y después, uno puede empezar a pensar lo inquietante que es la masa de agua tan grande, tan cerca.
—El narrador va a la orilla para encontrarse con su padre, a acompañarlo, a reconstruir su pasado y, de algún modo, a conocerlo. Sin embargo, mirando el río, se da cuenta de que “no hay hijo que sepa de su padre”. ¿Qué descubriste sobre el vínculo entre padres e hijos mientras escribías esta historia?
—Bueno, que me parece un afán noble querer conocer a un padre, y viceversa, que una madre quiera reencontrarse con un hijo. Por más que pueda estar signado o no por el fracaso de antemano, me parece algo lindo no soltar esa bandera. Y segundo, tiene mucho que ver con esta idea de compañía que mencionás, de acompañar a alguien que está atravesando un momento muy difícil, o uno de los más difíciles, y estar a la altura del acompañamiento, estar a la altura del dolor de los demás. Eso me pareció revelador en un punto.
“No sé si la poesía tiene cosas propias de la poesía y la narrativa, cosas propias de la narrativa. Es más, creo que ni el ritmo es solamente de la poesía ni los personajes ni los capítulos son algo propio de la narrativa”.
—¿Y cómo fue el proceso de escritura de la novela? ¿Doloroso, angustiante, liberador?
—No, ninguna palabra negativa, nada de eso. Lo que sí, como te decía, tuve problemas con los textos. Y eso es lo lindo también, porque dentro de los problemas formales, te pasan un montón de otras cosas. Yo me divertí mucho escribiéndola. A mí me ayudó Martín Sancia Kawamichi, que es un escritor que me encanta. Él me dio una mano invaluable al momento de trabajar la novela, me habilitó con muchas decisiones que yo quería tomar. Y para responder tu pregunta, cuando terminé de escribirla, ahí me agarró un bajón no tanto emocional, sino por el desgaste. Estaba cansado. Pero el proceso de escritura fue lleno de entusiasmo, de ganas de destrabar. Y cuando eso se logró, gracias a Sancia, el texto se abrió como un dique. O sea, un proceso que fue muy lento pero con una culminación súper vertiginosa.
—En un pasaje del libro, el narrador recuerda que, de chico, escribió “DADDY boludo” y que su madre le pidió que no escribiera “esas cosas”. A partir de esa escena, se da cuenta de la potencia que tiene la palabra escrita y define la escritura así: “Desde entonces para mí escribir fue repetir esa escena: quedarme solo, encerrarme a sacar emociones que me hicieran arder, decir algo que no debería y ponerlo en lugares estratégicos para que otros lo encuentren”. ¿Qué significa escribir para vos hoy? ¿Estás de acuerdo?
—Algo de eso hay. La primera parte seguro, la de encerrarme, ponerme a escribir. Necesito contar cosas que me ardan. Me he encontrado escribiendo por escribir y no me sale bien eso. Me tiene que importar. Y a mí me gusta esta idea medio doble que tiene la escritura que, por un lado, es algo que hacés en secreto, a escondidas o solo y, por otro lado, se vuelve algo público y compartido con los lectores. Lo último de la cita, a lo mejor no creo tanto, no sé si por los lugares estratégicos suena todo muy perverso, muy calculador. Yo diría, en todo caso, que ojalá el círculo que arranca con un ardor íntimo para escribir el texto termine con el ardor íntimo de las personas que lo leen. Uno espera que sean muchos, ojalá.

Portada de ‘La orilla donde tiemblo’ editado por el sello chileno La Pollera.
—El nombre del narrador es Tom, como vos, y su padre viene de familia británica. Llamarse Tom Maver en Argentina no ha sido fácil para el personaje. Dice: “Dije bien mi nombre una vez que el inglés fue la lengua muerta de mi familia”. ¿Para vos también ha sido complejo llamarse así?
—Bueno, tengo una relación con el nombre que es graciosa, problemática, como el río. Yo no sé bien cómo carajo mencionarme y esto siempre trae el mismo chiste. Dando clases en la escuela, los pibes de 15, 16 años te hacen las preguntas, por eso son tan lindos, y me dicen “¿pero vos cómo te llamás en tu DNI?”. Y ahí entramos siempre en discusiones sobre el nombre, que no me parece una pregunta menor, ni hablar si tu nombre está en un idioma que no es el castellano. Entonces, a mí me pareció divertido llevar eso al texto, porque sí efectivamente tengo familia británica, de la rama paterna, pero son una familia británica-argentina, nacidos en Argentina. Mi abuelo nació en Uruguay, mi abuela en Rosario, pero al mismo tiempo eran gente que conservaba muchísimo su cultura británica. Hablaban en inglés, eran protestantes, leían el Herald. Mi abuela daba clases de inglés, mi abuelo traducía y hacía otras cosas. Y en la novela yo también en algún momento llevo un poco la tensión a la pregunta por Malvinas. La idea de que en algún momento fueron también lenguas en guerra. Quise traerlo a la novela, en relación con las preguntas que se hace en la novela sobre la lengua materna y de la familia y que no puede responderse. No sé qué pensaban mis abuelos. Los abuelos del narrador no se sabe muy bien qué pensaban, pero el protagonista encuentra la autobiografía de Thatcher en su biblioteca.
—Me decías que escribís sobre las cosas que te preocupan, que te arden. Hoy, ¿qué es lo que te preocupa? ¿Qué estás escribiendo?
—Bueno, estoy escribiendo sobre Malvinas, justamente. Porque es un tema que no digo que me obsesiona, pero me encanta. Es un tema que me genera muchísimo conflicto. Escribo sobre temas que me conflictúan, como el río, con los que no me siento cómodo, no me terminan de gustar, no sé bien qué pienso yo. Escribí un libro de poemas hace un año que se llama War Baby. Los war babies son los bebés que nacen en contextos de guerra, en general, hijos de madre local y padre extranjero colonialista, de las fuerzas de ocupación. Entonces los poemas tenían esa temática y siento que me quedé corto, siento que quiero escribir más. Estoy intentando. De vuelta a lo que te decía antes, no sé si esto se va a terminar en una novela o no tengo nada y tengo que volver para atrás y recular y quedarme con el libro de poemas. Pero tengo ese afán de situar una novela en Malvinas, que además es un tema que literariamente en Argentina nos ha dado grandes, grandes cosas.
—Seguramente sea un libro también en la orilla, entre Argentina e Inglaterra, siendo hijo de las dos lenguas, las dos culturas, los dos bandos. ¿Desde qué perspectiva lo vas a narrar?
—Sabés que no sé qué va a ser. En principio diría que quiero llevarlo adentro de las islas, es más, quisiera plantear esta idea de los kelpers, que es problematiquísima. Quiero que sea un isleño, es más, un isleño que se mete bien adentro de las islas, en el contexto de la guerra, en principio querría eso.
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