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Opinión 31 de enero de 2024

Nosotros, los fieles, también somos parte de la Iglesia

El padre Luis Albóniga fue trasladado a Jujuy.

Por Mónica Lence

Quiero escribir antes de escuchar cualquier noticia, cualquier chisme, cualquier versión. Antes de que una parte de la Iglesia me diga que me tengo que callar, que así son las cosas en la casa de Dios, que solo Él conoce los porqués y que la Iglesia es Santa y no se equivoca. Quiero escribir antes de que la otra mitad murmure en contra del protagonista de esta situación.

Antes de que empiecen a elucubrar motivos simples y complejos. Antes de que empiecen a mancharlo, a hacer leña sobre los rumores, antes de murmurar que por algo lo mandan a Jujuy, que algo muy grave debió haber hecho.

Mandar al padre Luis Albóniga a Jujuy, independientemente de los motivos, es una aberración por la forma. Por la crueldad de la forma.

Y acá quiero pararme en un solo lugar, que es el de mi condición de miembro de la Iglesia y catequista que lleva 10 años entregando su tiempo y su vida a una institución que hoy parece alejada de lo que proclama. Hablo desde adentro. No desde la vereda de enfrente.

Con pararme en mi lugar, quiero que se me respete como parte activa de una comunidad. Y que no se me subestime ni a mí, ni a los que piensan en torno a esta situación como yo. No estoy solo defendiendo al padre Luis.

O sea que pueden guardarse todos los comentarios acerca de que mi fe debe madurar, que debo atarme a Dios, que no se debe seguir a los hombres. Mi fe está madura, estoy atada a Dios y no sigo a los hombres.

Esta vez siento que se han burlado de mí, de mi trabajo, de mi fe, de mi esperanza, de mi confianza. De cada segundo de mi vida que he dejado en la parroquia, intentando construir una Iglesia de la que pueda estar orgullosa. Orgullosa de ser parte.

¿Cómo puedo estar orgullosa de ser parte de lo que han hecho, si de un día para el otro, como si fuéramos objetos que ni merecen una explicación, envían a nuestro sacerdote a Jujuy? Sabiendo que todos vamos a pensar que, para que eso suceda, debió haber pasado algo muy grave. Porque todos, todos nosotros conocemos los movimientos usuales de la Iglesia y este no es un movimiento usual más.

Primero, lo envían a Jujuy. En una forma de destierro, luego de burlarse de todos nosotros poniendo y sacando obispos los últimos meses. Sin explicarnos nada. Sin tenernos en cuenta como pueblo. Subestimándonos una vez más, con la excusa de que la Iglesia tiene secretos que son reservados para unos pocos.

Lo envían a Jujuy sabiendo que van a empezar los rumores, los chusmeríos, los dimes y diretes, la desconfianza hacia su persona: “Qué tan grave pudo haber sido. Qué tan horroroso para que se lo lleven así de un día para el otro. ¿Habrá sido un pecado o un delito? ¿Habrá cometido equivocaciones o habrá pasado las barreras que todos piensan y nadie se atreve a decir?”.

Mandarlo a Jujuy, sembrando la duda sobre su humanidad, sobre sus actos, es el acto más cruel que jamás podría haber imaginado que viniera de la que yo sentía que era mi casa.

El silencio en el que lo dejan es de una cobardía pasmosa.

Si fue un error, si fue una equivocación y él debe pensar sobre sus acciones, ¿por qué no mandarlo cerca, donde nadie pudiera pensar mal, donde él pudiera iniciar su camino de introspección, de misericordia, de perdón, de sanación, de crecimiento, de amor?

Podrían haberlo hecho, y esta carta no existiría.

Lo hubiéramos despedido, con más o menos lágrimas, y sabríamos que está por acá, cerca nuestro, cerca de donde reside toda su vida, donde se desarrolló y se desarrolla con un amor y una entereza que solo el que está cerca conoce.

Eligieron otra cosa. Eligieron quitarle las ropas en público, humillarlo, pegarle latigazos y darle una cruz… para luego hacerlo caminar entre nosotros hasta el Monte Calvario.

No me voy a lavar las manos. No voy a tener la sangre del Cristo que proclamo entre los dedos. Y si hubiera cometido un delito, lo hubieran denunciado. Porque eso es más digno para él, para la Iglesia y para todos nosotros, los fieles.

No siento solo mucho dolor. También siento mucha vergüenza. Vergüenza de lo que está haciendo mi Iglesia. Me cuesta estar en un lugar donde se hacen estas cosas y nadie dice nada. Donde se cometen injusticias y se castiga al otro con una crueldad extrema delante de la vista de todos y se hace silencio.

La Iglesia en la que creo camina en Verdad. Y la verdad se construye diciendo lo que está bien. Y lo que está mal.

Yo, que caminé junto al padre Luis desde el Santuario de Jesús Misericordioso hasta La Asunción, no puedo permitir que le hagan esto, de esta manera. Porque está mal.

Y no me voy a quedar callada. Porque lo vi trabajar. En lo pequeño y en lo grande. Y siempre fue digno.

Qué lejos están algunos de Dios estando tan cerca. Siendo custodios de la fe, qué lejos.

Qué lejos.

De todas las formas posibles para enseñar, eligieron la crueldad. Ese es el límite. Solo espero que el día que quienes decidieron esto se encuentren con Dios cara a cara expliquen por qué lo hicieron. Por qué eligieron ese modo. Y puedan explicarle a Él las verdaderas razones.

Mientras tanto, me quedo al lado de mi párroco, como lo hace la enorme cantidad de gente que lo ama, esperando que vuelva. Esperando que nos respeten y no nos subestimen. Lo vamos a esperar el tiempo que sea necesario. Sin olvidarnos nada y curándonos las heridas que nos provocaron.

Por último. Es cierto que en un primer momento renuncié a continuar en la catequesis. Pero cuando pasó el enojo y llegó la tristeza, comprendí que no fue una buena decisión. Porque las cosas se cambian desde adentro. Y yo estoy adentro.

Así que me quedo en mi parroquia y sigo trabajando. Rezando por él, y por todos.

Como muchos de nosotros.

Hasta que lo traigan de vuelta.

 



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