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La Ciudad 28 de enero de 2026

Otra fiesta que se perdió, sonrisas y preocupación por el calamar y la nueva sede que tendrá el restaurante top

Todos los entretelones de lo que es noticia en Mar del Plata.

A veces hace falta que alguien que recorrió el mundo venga a decir lo obvio. Esta semana, en Mar del Plata, Diego Guelar anduvo haciendo de espejo incómodo. Exembajador, diplomático de carrera, más acostumbrado a Washington o Bruselas que a Playa Grande, terminó maravillado con la ciudad. Instalado en el balneario Ocean de Playa Grande, Guelar se mueve en bicicleta, camina la costa, va a la playa y manda videos casi todos los días a amigos del exterior. Sin proponérselo, se convirtió en una especie de promotor turístico amateur. “Mar del Plata tiene una dimensión internacional desconocida”, repite en cada charla. El dato no es menor: Guelar no venía de vacaciones desde que tenía cinco años. Todo lo demás fueron visitas exprés, charlas, actos, agendas apretadas. “Eso no es venir a Mar del Plata”, le decía al marplatense Filo Nocelli. Y ahora, con 75, siente que está redescubriendo una ciudad que muchos argentinos miran de reojo.

 

 

En sobremesas y conversaciones de pasillo, el diplomático se anima a una comparación que levanta cejas: salvo por el clima, Río de Janeiro es mucho menos ciudad que Mar del Plata. No lo dice para provocar, lo dice convencido. Infraestructura, escala urbana, servicios, paseos costeros. Todo junto. El diagnóstico es tan elogioso como incómodo: el principal problema de Mar del Plata no es lo que es, sino cómo se la percibe. Especialmente por sus propios habitantes y dirigentes. Para Guelar, la ciudad debería pensarse con ambición global, no solo como destino de temporada. Prometió volver fuera del verano para conocerla en otro ritmo. Y dejó flotando una idea que suena fuerte: quizás Mar del Plata no necesite reinventarse tanto, sino creérsela un poco más. Mientras, en carpa cercana, el productor de espectáculos se lamentaba ante empresario pesquero porque el sector dejó morir la Fiesta Nacional de los Pescadores. “No puede ser que, con la guita que mueve la pesca, no se pueda hacer una fiesta, no te digo como la de la Vendimia pero al menos algo digno, que convoque y con espectáculos musicales de nivel que traccionen”, se le escuchó decir. Y recordó que este fin de semana, la Fiesta de la Empanada Costera en Santa Elena, Mar Chiquita, convocó a más de 70 mil personas.

 

 

Y a propósito de pescadores, se vienen registrando buenas capturas de calamar en el Mar Argentino. La zafra viene rindiendo, los números acompañan y en los muelles hay sonrisas moderadas. Hasta ahí, todo bien. El problema –otra vez– empieza cuando se mira un poquito más allá del horizonte. Porque al borde de la milla 200, volvió el clásico paisaje nocturno: casi 600 buques extranjeros, mayormente poteros, alineados como una ciudad flotante, iluminando el Atlántico Sur. No están “adentro”, pero tampoco tan afuera. Legalidad internacional mediante, operan en la famosa milla 201, justo donde el calamar migra y donde el esfuerzo de pesca se vuelve decisivo. En el sector hablan de competencia despareja, presión sobre el recurso y un déjà vu que se repite cada temporada: Argentina cuida, regula y veda; otros esperan del otro lado y levantan toneladas sin las mismas reglas. Prefectura controla, monitorea y patrulla, pero el límite es claro: más allá de las 200 millas, manda la alta mar… y el vacío regulatorio. La postal es conocida, el reclamo también. Mientras tanto, el calamar sigue siendo negocio, pero la pregunta que sobrevuela –como siempre– es cuánto dura la fiesta cuando la cancha no es pareja y el mar, aunque parezca infinito, no lo es.

 

 

Desde el 9 de enero, que se abrió la temporada de pesca del calamar al sur del grado 44 –”de Bahía Camarones para abajo, para que se entienda”, detalló con simplicidad el reconocido empresario en charla con periodista de este medio–, se han logrado muy buenas capturas de calamar ilex. Y reveló que, más allá de la milla 200, ya operan al menos 580 barcos extranjeros, 70 de los cuales son nuevos y chinos, encontrándose además embarcaciones coreanas, taiwanesas y españolas. “Del lado de acá, del nuestro, en el mejor de los casos, podemos llegar a tener 150 barcos”, dijo, y comentó que un potero argentino puede llegar a capturar 6,000 toneladas de calamar en cada marea, que se prolonga entre 25 y 28 días. La paradoja es que, pese a que chinos y taiwaneses abarrotan de buques la zona lindante al Mar Argentino, son ellos los principales compradores del calamar pescado por la flota local. Luego, aparecen Europa y Estados Unidos, estableciéndose que han surgido compradores también de calamar chico. “Los asiáticos lo compran para carnada, para la pesca de atún, y ahora también Canadá y Noruega están pidiéndolo”, reseñó.

 

El empresario textil celebraba que Mar del Plata haya recuperado el público joven y resaltaba los operativos policiales para la desconcentración de los boliches, aunque sugería una vuelta de tuerca. “Entre las seis y las siete de la mañana, debería haber algún patrullero por las calles Roca, Peña y Primera Junta de Alem hasta Paunero; pues luego del embudo que se forma en la subida de Playa Grande, los chicos se dispersan a través de tres o cuatro cuadras y comienzan a bajar hacia el centro en grupos de quince, veinte o más, que en más de una ocasión a la altura de Pellegrini o Urquiza se amontonan, beben, orinan en los frentes de las casas, tocan timbres y no falta oportunidad donde se enfrentan. Creo que la sola presencia policial de ronda los dispersaría más rápidamente y no molestarían”, añadió en la reunión vespertina que se armó en la carpa del balneario de Playa Grande, con asistentes “históricos” que terminan en acalorados campeonatos de truco entre cervezas y clericot.

 

 

Como al pasar, entre envidos y retrucos, la “primicia” la tiró el carpero, que dijo ser hermano de un mozo de Sarasanegro, uno de los restaurantes más destacados de Mar del Plata. El periodista, que se había sumado al grupo aprovechando su día franco, tomó nota y luego chequeó la data, constatando la veracidad del anuncio. Sarasanegro cambiará de sede. A partir de setiembre, el emblemático restaurante marplatense abrirá sus puertas en el histórico chalet –declarado patrimonio histórico– de Aristóbulo del Valle y Saavedra. El lugar que ocupa hoy Sarasanegro, en San Martín entre España y Jujuy, se convertirá en centro de producción de la firma y seguramente también se habilitará una escuela de cocina. La cava permanecerá tal cual se encuentra hoy, y se reservará exclusivamente para eventos especiales. “No es solo lo de la nueva casa histórica, sino que habrá alguna sorpresa más”, reveló en Furia un allegado de Patricio Negro, quien actualmente se encuentra en España como representante de la gastronomía argentina, y de Mar del Plata en particular, en la edición 2026 de Madrid Fusión, el congreso gastronómico más relevante del calendario internacional, que se desarrolla en Madrid, España.

 

 

En la antesala de la llegada del presidente Javier Milei a Mar del Plata, hubo una cena con “pesos pesados” de la adelantada de la comitiva presidencial, con algunos políticos locales (no más de cinco) y un par de periodistas en la noche del sábado en quincho de residencia de Los Troncos, con chef de los “top” de la ciudad encargado del espectacular menú. Muchas preguntas de los visitantes sobre la realidad política local y la relación Neme-Montenegro, elogios por la gastronomía marplatense y comentarios sobre la fuerte presencia de Mar del Plata en redes sociales a través de posteos de miles de argentinos que muestran sus gustos, preferencias o puntos de vista sobre comercios, playas, boliches, restaurantes, espectáculos, etcétera. “Mirás Instagram, X o Tik Tok con 40 grados en CABA y cuando ves algo de Mar del Plata lo único que querés es venirte”, afirmaba el más joven de la mesa, precisamente del equipo presidencial que maneja las redes sociales.

 

 

Mucho más rico, en cuanto a comentarios, análisis y chismes políticos, fue el asado en el SUM de edificio de Playa Grande el domingo al mediodía cuando el termómetro marcaba más de 30 grados. Calor, sobremesa larga y política mezclada con la carne. En la mesa, entre amigos, estaba Carlos Fara, consultor, hablando de lo que viene hablando hace días y que después terminaría bajando a una columna. Arrancó por la llamada ley de inocencia fiscal. Sin rodeos, dijo: “Eso nació muerto”. La salida de Paul Starc de la UIF fue, para Fara, la confirmación. Reglamentar en contradicción con el GAFI era inviable. Los bancos no iban a aceptar dinero negro ni por épica ni por presión política. “Pueden ser muchas cosas, pero no son tontos”, deslizó. Por algo los contadores pidieron participar de la reglamentación: el problema es más grande de lo que parece. Alguien en la mesa acotó que, de todos modos, el Banco Central está comprando dólares. Fara coincidió: el mercado aflojó, Bausili está haciendo lo que el FMI viene reclamando hace años y, si el ritmo se mantiene, el Gobierno gana aire. No necesariamente respaldo político, pero sí tiempo. Que en la Argentina es un bien escaso.

 

 

La charla derivó en las salidas de funcionarios de la última semana. Ocho en pocos días, varios bajo sospecha de corrupción. Transporte, fútbol, organismos de control. Todo muy argentino. Fara sonrió cuando alguien mencionó el saludo con Infantino: “La Scaloneta no se toca”. Nadie en la mesa lo discutió. La oposición apareció apenas en la conversación. Vacaciones, internas y silencios largos. Poco para decir sobre el récord de mora en créditos personales o el salto en la demora de pagos con tarjetas. Alguien celebró la suba del índice de confianza del consumidor, pero Fara pidió leer el informe completo: mejora el presente, caen las expectativas. “Estamos un poco mejor hoy, pero no sabemos qué pasa mañana”. Ya con el postre servido, llegó Davos. Fara destacó el tono moderado de Milei, más académico que incendiario, sin meterse en los grandes conflictos globales. Prudencia, pragmatismo y algo de Maquiavelo, como corresponde a cualquier presidente. La sobremesa se fue apagando y quedó una sensación compartida: la economía sigue frágil, el consumo no termina de arrancar y el futuro está abierto. Lo que se dijo en esa mesa, horas después, tomaría forma de columna. En Mar del Plata, como casi siempre, la política se entiende mejor así: entre amigos, con calor, y sin necesidad de levantar la voz.

 

Por parte de los locales, hubo algunos comentarios sobre el reciente encuentro entre el intendente Agustín Neme y el ministro de Infraestructura bonaerense, Gabriel Katopodis, en la comuna, adelantado por este medio y que motivó numerosas lecturas políticas. Uno de los comensales tenía “info” de primera. Contó que en la mesa no hubo generalidades: se habló de obras concretas, plazos y, sobre todo, de quién pone la plata en un escenario donde Nación corre el cuerpo y la Provincia empieza a asomar como salvavidas en determinados temas. Primer punto sensible: el ensanche de la avenida Jorge Newbery, en el tramo que va de Mario Bravo a Bahía Thetis. Katopodis dejó una definición que en el Municipio leen como señal política: la obra se adjudicaría una vez pasada la temporada de verano, bajo la figura de ampliación de la obra 515. Traducción: no se cae, pero tampoco corre. Segundo tema, menos visible pero igual de estratégico: la reactivación del Corredor Gandhi, una obra que quedó en pausa y que ahora vuelve a la agenda, aunque todavía sin cronograma público.

 

 

Pero el corazón de la reunión estuvo en otro lado. Provincia como financista. Se acordó trabajar en conjunto para conseguir fondos bonaerenses para obras clave: el CAPS Avelino Martínez, el desagüe pluvial de la avenida Constitución y otros proyectos que el Municipio considera prioritarios y que hoy no tienen respaldo nacional. Incluso se fue un paso más allá. Sobre la mesa, apareció la posibilidad de que la Provincia colabore o directamente asista en la finalización de dos obras pesadas: el Colector Pluvial Marco Sastre (segunda etapa) y el Acueducto del Oeste. Pero hay un “detalle” a tener en cuenta: para que eso ocurra, primero habría que cerrar o rescindir los convenios vigentes con Nación, todos con distintos grados de avance y, por ahora, en un limbo administrativo. En definitiva, se comentó, más que una reunión de cortesía, fue una charla sobre cómo rearmar el mapa de obras públicas en tiempos de billeteras flacas. Nación se apaga, Provincia evalúa y los municipios hacen equilibrio para que las obras no queden a mitad de camino.

 


Fue uno de los comentarios en el “círculo rojo” local. El presidente Javier Milei ya le puso sobrenombre a Paolo Rocca. Lo llamó “don Chatarrín de los tubitos caros”. En el mundo libertario, el apodo no es humor ni picardía tuitera: es doctrina. Es la forma de convertir a un empresario en personaje y al personaje en enemigo. Rocca perdió una licitación y el Presidente lo celebra como si hubiera vencido él solo a una encarnación de la casta industrial. “Aclaremos algo: Rocca no es ningún santo. Nunca lo fue. Es uno de los grandes jugadores del capitalismo argentino, con poder, lobby, historia, contratos y rosca. Nadie puede pintarlo como víctima pura de un sistema que, en buena medida, ayudó a diseñar. Pero una cosa es discutir reglas, y otra muy distinta es que el Presidente festeje desde el poder la derrota de un empresario, como si el mercado funcionara por escarnio público”, señalaba reconocido empresario del sector alimenticio de Mar del Plata.

 


Rocca, dicen, espera. Porque estas escenas no son nuevas. El poder primero se burla, después señala, más tarde necesita. “Mi viejo –refería un diputado provincial de descanso en Mar del Plata– tenía una frase para estas cosas. Cuando yo criticaba la música que él escuchaba, una vez me puso la mano en el hombro y me dijo: ‘Nene, el tango te espera’. No era una amenaza. Era una ley de gravedad. Acá pasa algo parecido. Milei se ríe hoy, bautiza, celebra. Pero el tango –el de la economía real, el de los fierros, el de las inversiones que no llegan por apodo ni por Twitter– siempre espera. Y cuando arranca, suele hacerlo en tono menor”.

 

 

En café cercano a la Municipalidad, el exsecretario de Educación, Sebastián Puglisi, no se dejaba convencer por amigo que le recomendaba comenzar clases de pilates, poco antes de analizar el informe “Presente y futuro de la cantidad de alumnos por docente y por grado”, de Argentinos por la Educación, y Martín De Simone (Banco Mundial). Se señalaba que la Argentina empieza a tener un problema nuevo para un país acostumbrado a discutir siempre lo mismo: sobran aulas. O, mejor dicho, faltan chicos. Para 2030 habrá 1,2 millones de alumnos menos en la primaria. Un 27 % de caída que no responde a ninguna crisis coyuntural, sino a algo más definitivo: nacieron menos. El sistema educativo, claro, no se enteró. Sigue organizado como si el ‘baby boom’ estuviera a la vuelta de la esquina. Cargos, secciones, edificios y presupuestos diseñados para una matrícula que ya no existe y no va a volver.

 


Los números son elocuentes. Hoy hay en promedio 16 alumnos por docente. En pocos años, podrían ser 12. En algunas provincias, directamente 7 u 8. La transición demográfica deja ganadores y perdedores. Buenos Aires pierde más de medio millón de alumnos. CABA cae un 34 %. El interior profundo también se achica, aunque a otro ritmo. El resultado es un país con escuelas que se vacían mientras el presupuesto educativo sigue atado a inercias administrativas y no a resultados. El dato que nadie quiere discutir está escondido al final del informe: si se mantuvieran los ratios actuales, habría que reordenar más de 70 mil cargos docentes y cerrar 50 mil secciones. Traducido a plata: casi un billón de pesos por año. No es un ajuste. Es una decisión política que nadie quiere firmar. El dilema es conocido pero ahora tiene fecha. O se aprovecha la caída de la matrícula para invertir más y mejor por alumno –tutorías, jornada extendida, acompañamiento real– o el sistema se desliza hacia una paradoja cruel: gastar lo mismo para enseñar menos. En definitiva, la escuela argentina no está en crisis porque tenga menos chicos. Está en riesgo porque sigue funcionando como si no se hubiera dado cuenta.