Pablo Torres: “La identidad no es una pregunta del pasado, sigue escribiéndose en el presente”
En "El mar vacío", el autor convierte una inquietud íntima en el punto de partida de una novela que reflexiona sobre la identidad, la memoria y las consecuencias que el terrorismo de Estado continúa proyectando sobre nuevas generaciones. En esta entrevista habla del origen de la obra, del proceso de investigación y de por qué considera que todavía quedan preguntas urgentes por responder.
Pablo Torres, autor de "El mar vacío".
Por Andrea Albertano
¿Qué ocurre cuando una sospecha pone en duda toda una vida? ¿Cómo se construye una identidad cuando el origen permanece oculto? En “El mar vacío”, Pablo Torres parte de esas preguntas para narrar una historia donde la búsqueda personal se entrelaza con uno de los capítulos más dolorosos de la historia argentina.
A partir de una extensa investigación y de años de reflexión sobre las consecuencias de la apropiación de niños durante la última dictadura, la novela propone mirar el presente desde una perspectiva poco explorada: la de las nuevas generaciones que todavía conviven con los efectos de ese delito. En esta conversación, el autor recorre el proceso de escritura, la construcción de los personajes y el papel que la literatura puede desempeñar para mantener viva la reflexión sobre la identidad y la memoria.
—”El mar vacío” parte de una pregunta inquietante: ¿quiénes somos realmente? ¿En qué momento y cómo fue que apareció esa pregunta como motor de la novela?
—Hace unos diez años, alrededor del 2015, me percaté del problema de la identidad de los hijos apropiados, que se prolongaba a partir de que iban teniendo sus propios hijos. Eso me disparó cierta angustia por el hecho de que hubiera personas que vivieran toda su vida sin conocer un dato básico de su existencia: quiénes eran sus padres, dónde nacieron, cuándo… Así que empecé a hablar de este tema con personas de diferentes disciplinas científicas (la ciencia política, la psicología, colegas míos de trabajo social, entre otros). Nos propusimos hacer una investigación para desentrañar este tema, del que todavía no se hablaba para nada, queríamos buscar el impacto de la apropiación de la identidad en los hijos de los desaparecidos apropiados y, a medida que pasaban los años, en sus propios hijos.
—La historia combina investigación periodística, ficción y memoria. ¿Cómo encontraste el equilibrio entre el rigor documental y la libertad narrativa?
—Intentamos hacer una investigación que no prosperó, pero sí logramos hacer una recopilación de material teórico e incluso algunas entrevistas a hijos apropiados que habían sido recuperados, y que, al momento de la recuperación de su verdadera identidad, ya tenían sus propios hijos. Ese material quedó, estuvo un tiempo ahí, hasta que se me ocurrió darle alguna utilidad, y empezar a pensar una ficción que tocara el tema, con el objetivo de ponerlo en la agenda pública, como para hacer un aporte a la discusión en esa temática de la que aún se habla poco.
La dictadura que terminó hace 43 años sigue generando delitos, cada vez que nace un hijo de uno de aquellos apropiados. Aquellos bebés apropiados por la dictadura, hoy tienen alrededor de 50 años, ya muchos tendrán sus hijos, que andarán en los veintipico de años, con lo cual también están en condiciones de tener su propia descendencia. Es decir, el delito de apropiación de la identidad se sigue reproduciendo a más de 40 años de finalizada la dictadura. Y lógicamente cada vez es más difícil encontrar a esas personas con falsa identidad…
—Más allá del contexto histórico, la novela pone en escena una búsqueda profundamente humana. ¿Creés que la necesidad de conocer el propio origen es una de las preguntas universales de la literatura?
—Sí, creo que todos nos preguntamos en algún momento de nuestras vidas quiénes somos, de dónde venimos. De hecho, me pasó con el libro que una persona me escribió para contarme el impacto que había sufrido en ella y en su vida familiar el hecho de enterarse que no era hija de quienes la habían criado. Me contó que su caso no tenía que ver con la dictadura ni los desaparecidos, pero se había enterado quiénes eran sus verdaderos padres a los 50 años, y cómo la había impactado con dureza en todos los ámbitos de su vida. La identidad es una construcción que todos hacemos paulatinamente.
Adicionalmente, la apropiación de niños no es algo que inventó la dictadura. Siempre se robaron niños en Argentina. A veces hasta con la buena intención de dárselos a familias más adineradas para que tuvieran mejores vidas. Pero la historia argentina está llena de ejemplos de apropiación de niñas y niños.
“Sentí que no saber de dónde venís o quién sos es sentir la misma angustia que al estar frente a un mar vacío”.
—Ciriaco inicia su búsqueda casi impulsado (o solo impulsado) por una intuición. ¿Cómo fue ahondar en ese dilema entre certezas y sospechas en la construcción de una identidad?
—La intuición suele ser una fuerza interior que nos moviliza con gran energía. Creí que de allí sacaba Ciriaco la energía necesaria para pelear por conocer la verdad y al mismo tiempo enfrentarse a su padre, que no compartía su deseo de búsqueda ni sus dudas. De alguna forma creo también que la intuición se basa en elementos que no sabemos de dónde vienen pero que están y seguramente nuestro inconsciente los registra. Es un tema más psicoanalítico, seguramente estoy diciendo una burrada, porque no soy psicoanalista, pero mientras escribía pensaba que a Ciriaco lo empujaba una fuerza interior potente, y también el hecho de que su compañera estaba embarazada y él a punto de ser padre. Cuando uno es padre, cambian muchas cosas, se ponen en duda muchas de las anteriores certezas. A Ciriaco le pasa eso, le aparecen las dudas, debe enfrentarse a un contexto negativo, su padre lo boicotea, pero él tiene unos deseos enormes de resolver sus dudas antes del nacimiento de su hija. No quiere legarle la incertidumbre que él habita. También tomé el caso de la realidad, ya que varios hijos apropiados iniciaron el proceso de descubrir su propia identidad a partir exclusivamente de una intuición, así que es algo que también se verifica en la vida real, no solo en la ficción.
—La música atraviesa toda la novela y es, en cierta manera, el lenguaje emocional de los personajes. ¿Cómo trabajaste esa construcción?
—Es una pregunta difícil, porque yo no sé de música, no tengo oído, no vivo escuchando música todo el tiempo. No es algo que esté en mí, tal vez por eso, porque lo vivo como carencia es que definí que Ciriaco fuera un músico de rock y, además, que el narrador, el Chino, sea un periodista de rock. Leí bastante sobre el rock, que además es la música que más me gusta, y también me dejé llevar por mi propia intuición. Si Ciriaco busca su identidad intuitivamente, no estaba mal que lo construyera como músico también intuitivamente. Que vos digas que la novela tiene a la música como lenguaje emocional de los personajes, de alguna manera me dice que no estuvo tan mal esa idea.
—En distintas instancias de la novela aparecen instituciones, documentos y procedimientos reales, pero siempre al servicio del relato. ¿Qué trabajo de investigación hubo detrás –o precedió– a “El mar vacío”?
—Creo que antes hablé de que previo a la escritura de la novela teníamos una idea de realizar una investigación de tipo sociológico sobre cómo impactaba la restitución de la identidad en las personas que habían sido apropiadas de bebés y en sus hijos. Hicimos una buena tarea de recopilación teórica sobre el tema de la identidad, consultamos mucho material producido por Abuelas de Plaza de Mayo, entrevistamos a algunos profesionales y también a algunos de los apropiados restituidos… Teníamos mucho material que después no se usó porque la investigación quedó en la nada. Entonces decidí aprovechar ese trabajo, lo leí, lo releí y decidí escribir una ficción, no sobre el pasado, sino sobre el presente y el futuro de esas personas que aún hoy siguen viviendo bajo falsas identidades, y que tienen hijos y nietos que permanecen con identidades falsas.

—La novela invita a pensar cómo el pasado sigue proyectándose sobre las generaciones que no vivieron la dictadura. ¿Sentís que esa conversación sigue siendo necesaria para comprender el presente?
—La novela no es sobre el pasado, es sobre lo que ocurre hoy y lo que ocurrirá mañana. Aquellos bebés apropiados hoy tienen 50 años, sus hijos tendrán 20 o 25, pronto también tendrán hijos. La dictadura cada vez que nace un descendiente de estos 300 apropiados que permanecen en esa condición reproduce un delito. Y, además, como ya dijimos, la apropiación de bebés no es un fenómeno exclusivo de la dictadura. Creo que todos esos elementos hacen que el tema tenga vigencia hoy, y permanezca vivo en el futuro.
—Tus personajes están atravesados por dudas, contradicciones y silencios. Lejos de estereotipos, ¿cómo fue el trabajo de construir cada personaje?
—Yo no tengo más experiencia que esta como novelista, había escrito libros, pero de ensayo o de investigación sociológica. Esta fue mi primera aproximación al género, así que busqué que los personajes tengan los rasgos que tenemos las personas comunes. Traté de alejarme de los estereotipos: Ernesto, el padre de Ciriaco, no es el hijo de desaparecidos típico, el militante, sino es un tipo de guita, bastante desagradable, preocupado por cuestiones más individuales. Traté de hacerlo antipático. Tal vez por eso elegí que el narrador fuera un periodista, pero no político, sino de rock, alguien que no viene del estricto palo de la militancia. En la construcción de los personajes me basé en mi propia intuición, yo vengo del micromundo de la militancia política, traté de hacer gente poco parecida a mí.
—El título, “El mar vacío”, tiene una enorme carga poética. ¿Cuándo apareció y qué representa dentro de la historia?
—El título se lo robé a Nietzsche, que en “Así habló Zaratustra” en un momento dice: hemos matado a dios, hemos vaciado el mar. Me pareció una imagen muy potente: un mar sin agua, un mar vacío. Me angustia esa imagen de mar sin agua e imaginé que así podría sentirse Ciriaco con su duda sobre quiénes eran sus abuelos, sobre si eran desaparecidos o no (no diremos aquí si lo son o no, para no spoilear a quienes lean el libro). Sentí que no saber de dónde venís o quién sos es sentir la misma angustia que al estar frente a un mar vacío.
—¿Qué te gustaría que permanezca en el lector una vez cerrada la última página: la intriga de la investigación, la reflexión sobre la identidad o la experiencia emocional del viaje?
—Cada lector verá qué le queda, a mi especialmente me quedó la reflexión sobre la identidad, la importancia de saber quiénes somos, de dónde venimos, porque creo que nuestros orígenes también nos marcan el camino que seguiremos. No lo definen, pero le dan un sentido que podemos seguir o no. Creo importante mirar hacia atrás antes de marchar hacia adelante. No me caen bien los desclasados que olvidan sus orígenes y se presentan a la sociedad como construcciones individuales. Será por eso que me cae tan bien Diego Maradona, que desde la estratósfera en la que le tocó vivir siempre marcaba posiciones que lo mostraban con los pies sobre la tierra. Pero bueno, una novela, cualquier novela, la termina de construir el lector, yo solo quise hacer un aporte para que reflexionemos sobre estos temas. Ojalá que eso suceda.
—Todos los personajes atravesaron transformaciones durante el tiempo en que transcurre “El mar vacío”. ¿Qué significó para vos haber escrito esta obra? ¿Qué te pasó en lo personal?
—La escribí allá por el 2017 o 18, ya ni me acuerdo, luego la dejé en reposo forzado, no pude dedicarme a ella porque mi militancia me llevó a tener una gran responsabilidad política que fue ser intendente de mi pueblo, encima en la época de pandemia, así que digamos que la olvidé totalmente durante cuatro años. Luego, cuando regresé de la gestión, la empecé a re-vivir pero como si la hubiese escrito otra persona. Igualmente para mi este libro se engancha en mi militancia, en este caso más cultural, con la intención de aportar, de poner en agenda, un tema que aún tiene demasiado por recorrer en la historia argentina.
Memoria, identidad y los desafíos del presente
—Hoy asistimos a un límite biológico inevitable: las Madres y Abuelas están falleciendo. En este escenario donde las fundadoras del movimiento de DDHH van partiendo y se busca disputar el sentido de la memoria reciente desde ciertos sectores, ¿qué rol político urgente le cabe a la literatura y a la militancia para evitar que el “Nunca más” se vuelva una consigna del pasado?
—Las Madres y Abuelas están partiendo, por una cuestión lógica de la biología, pero tienen recambio en nuevas organizaciones, como Hijos o Nietes, y en nuevos cuadros para Abuelas y Madres, creo que desde eso la continuidad de la lucha está cubierta. Cierto es que estamos en un contexto desfavorable donde todo se pone en duda con un negacionismo atroz. La labor de todos los actores sociales, sean culturales, artísticos, políticos, deportivos. Es informar a los que nacieron cuando la Dictadura ya había terminado de que quedan cosas por resolver, de que hay que evitar regresar al pasado oscuro, de que hay 300 personas que fueron apropiadas y aún no se restituyeron, y además están sus hijos y sus posibles nietos. Creo que la literatura debe colaborar en poner estos temas en la agenda pública, en ayudar a pensarlos, en reflexionar sobre ellos. La consigna “los pueblos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo” no es un frase hecha, es un aprendizaje que los pueblos se han dado y cuando vemos como avanzó el negacionismo vemos que no es imposible volver a un pasado oscuro como el de la dictadura, tal vez con otras formas pero no con mejores consecuencias para los pueblos.
—Decís que el delito de apropiación no concluyó en 1983, sino que se ramifica de manera viva en los hijos/as de aquellos bebés robados (que hoy tienen 50 años) y cuyos hijos (nietes) tienen 25. Desde tu lugar de militante y dirigente, ¿cómo se interpela políticamente a esa generación de nietos/as que no vivió los 70 ni la posdictadura inmediata, pero cuya propia identidad sigue atravesada por la impunidad del terrorismo de Estado?
—El de la interpelación a los más jóvenes es un gran problema que tiene la política hoy, en todos los temas, en el económico, en el social y también en la información de lo que pasó en la dictadura. Estamos en un mundo nuevo, con nuevas reglas, con nuevos esquemas. Un mundo que aún no hemos terminado de comprender. La dirigencia política mayoritariamente no está a la altura de las circunstancias, no está interpelando a los ciudadanos, no está dando respuestas a las necesidades de la población. Todo lo contrario. Estamos en un momento muy feo, donde las dirigencias no parecen comprender cómo hablarles a las ciudadanías, y las ciudadanías –con mucha razón- desconfían de dirigentes y partidos que no han gobernado buscando los intereses de las mayorías. Creo que igualmente en el tema de las consecuencias de la dictadura, especialmente en la apropiación de niñas/os, los y las jóvenes están mucho más permeables a recibir esa información y en comprometerse con la Memoria, la Verdad y la Justicia, eso queda más que evidenciado en cada marcha del 24 de marzo.
“La literatura debe colaborar en poner estos temas en la agenda pública, en ayudar a pensarlos, en reflexionar sobre ellos”.
—Señalás tu rechazo a la idea del “desclasado” o del individuo autosuficiente, reivindicando que saber de dónde venimos define hacia dónde vamos. En la coyuntura actual, donde cobran fuerza discursos que niegan lo colectivo y promueven la meritocracia, ¿de qué manera la lucha por la restitución de la identidad se convierte en una trinchera ideológica central para el proyecto político de la Argentina actual?
—La lucha por la identidad es también la lucha por la identidad de los pueblos, ideologías que promueven el individualismo, la meritocracia, el emprendedurismo, entre otros falsos valores no tienen en cuenta los valores fundamentales de nuestra gente ni de quienes crearon nuestra Nación. La reflexión sobre nuestra identidad, nuestros valores, nuestra fe en lo colectivo, donde nadie debe ser dejado de lado, donde nos abrimos a la diversidad de nuestra sociedad, ayuda a re valorizar un proyecto de país que hoy parece totalmente vaciado de contenido.
—Contás que tuviste que poner en pausa la novela durante cuatro años para asumir la gestión ejecutiva como intendente. Ahora que retomás esta militancia cultural, ¿qué herramientas o debates creés que la creación artística le aporta a la política territorial que a veces la coyuntura del día a día o la gestión del Estado terminan tapando?
—La creación artística creo que aporta aspectos imprescindibles para el debate y la reflexión. La gestión política, como bien decís, está cargada de coyuntura, el día a día va comiendo a los gestores territoriales, como decía Mafalda, “lo urgente no deja tiempo para lo importante”. Creo que todas las creaciones artísticas ayudan a eso, a detenerse un momento a pensar en “lo importante”. Y lo hacen colectivamente, mediante la discusión y el debate, lo que en tiempos del individualismo extremo no es poca cosa.
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