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Opinión 12 de febrero de 2020

Parapoliciales y el clan Bolsonaro

Durante décadas, la mirada hacia Río de Janeiro estuvo asociada al narcotráfico en las favelas, pero al mismo tiempo creció un poder paralelo, paraestatal, formado por policías corruptos, que se transformó en una mafia con decenas de tentáculos, como el jefe de una organización de sicarios muerto el domingo, homenajeado por la familia del presidente Jair Bolsonaro.

La relación entre la familia Bolsonaro y Adriano Da Nóbrega, el jefe del grupo de matadores de Río de Janeiro conocido como Oficina del Crimen, se terminó luego de 17 años, dejando en evidencia hasta qué punto esta clase de actividad ilegal se mezcla con la política formal.

El prófugo ex policía Nóbrega fue muerto en una casa de campo en el interior del estado de Bahía por una operación policial a la que parte de la prensa y la oposición llaman “quema de archivo” o, como se diría en la Argentina, “porque sabía demasiado”.

El sicario muerto había sido detenido por un tiempo en 2003 por gatillo fácil, por matar a un albañil en la favela Ciudad de Dios, pero ese hecho hizo que el entonces ignoto diputado estadual Flavio Bolsonaro, hoy senador y segundo hijo del presidente, le entregara la Medalla Tiradentes, la mayor honra del estado de Río de Janeiro.

“Es un brillante oficial”

El propio presidente Bolsonaro usó la tribuna de la Cámara de Diputados en Brasilia en 2005 para defender a Nóbrega. “Es un brillante oficial”, subrayó el entonces diputado Bolsonaro sobre el policía, echado en 2018 por corrupción siendo capitán del Batallón de Operaciones Especiales, inmortalizado en el filme “Tropa de elite”, de José Padilha.

Cuando Bolsonaro venció en la elección presidencial en octubre de 2018, comenzó a descubrirse un escándalo de ñoquis en la Asamblea Legislativa de Rio, en el despacho de Flavio Bolsonaro: entre los empleados fantasmas que devolvían parte de su sueldo para una supuesta caja ilegal de campaña estaban la madre y la esposa de Nóbrega.

La madre y la esposa de Nóbrega fueron echadas por Flavio, que se mudó a Brasilia para ser senador.
Nóbrega, despedido de la policía de Río por corromperse con la quiniela clandestina (“juego del bicho”, se dice en Brasil), comandaba la organización parapolicial a la que pertenecían los dos ex policías detenidos por asesinar a la concejal socialista Marielle Franco en marzo de 2018. En Brasil se les dice “milicias” a las mafias de sicarios parapoliciales.

El personaje muerto es el emergente de lo que en Colombia se llamó en los años 80 y 90 “la parapolítica”: policías corruptos con amplio poder dentro del Estado que sin el uniforme mataban fuera de servicio a quienes investigaban con la Constitución en la mano. Y en Río de Janeiro esto surgió en los años 70, al calor de la dictadura militar, con bandas de policías que fueron ocupando terrenos públicos y privados en litigio en la zona oeste de Río y en lo que se conoce como Baixada Fluminense, una zona del Gran Río contenida por los municipios paupérrimos de Duque de Caxias, Queimados, Nova Iguazú, Belford Roxo, Sao Joao de Meriti y Nilópolis.

Vendiendo protección

Desde esos lugares estas bandas de ex policías y policías en actividad prometían terminar con el terror narco en las favelas ofreciendo seguridad privada: terminaron haciendo lo mismo que las bandas de traficantes, vendiendo desde garrafas de gas hasta servicios de TV por cable.

Fácil es contratarlos; difícil es dejar de pagar. En los años 80, con la apertura democrática, comenzaron a ser llamadas estas bandas como escuadrones de la muerte, famosos mundialmente por las masacres de ocho niños de la calle en la Iglesia de la Candelaria el 23 de julio de 1993.

“Son cinco décadas de grupos de exterminio, de presencia en el Estado de estos parapoliciales; cinco décadas de exterminio resultaron en un 70 % de apoyo a Bolsonaro en la Baixada Fluminense”, sostuvo el mayor experto en las “milicias”, el sociólogo José Claudio Souza Alves, autor del libro sobre el tema llamado “De los barones al exterminio”.

Para el especialista, las bandas parapoliciales como Oficina del Crimen son más poderosas que el tráfico pese a la visión global instalada, por ejemplo, con la película Ciudad de Dios, de Fernando Meirelles.
“Nadie -dijo Souza Alves- toca a esa gente. Los narcos de la favela no son más poderosos. Los grupos parapoliciales son más poderosos que el tráfico. Ellos son electos, los narcos no. La base económica de los parapoliciales no es afectada. El traficante no, vive matando y muriendo. Estas bandas son el Estado.”