Alberto Farías Gramegna.
Por Alberto Farías Gramegna (*)
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“Es estúpido hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes”
Aserto presumiblemente atribuido a Albert Einstein. (“Ma se non è vero, è ben trovato”)
***
Un “accidente” por definición del diccionario es una “cualidad o estado que aparece en algo, sin que sea parte de su esencia o naturaleza”. Por el contrario, los llamados “accidentes de tránsito” suelen generarse por complejas causalidades propias (muy rara vez “casualidades”) y en general evitables.
Conductores, pasajeros, peatones y circunstantes se cuentan entre las víctimas de tanta desmesura en las calles y en las rutas. En Argentina, según distintas fuentes estadísticas se estima entre 4000 y 4500 fallecidos anualmente por causas de siniestralidad de tránsito, los mal llamados “accidentes” y la cantidad de personas lesionadas se eleva a muchas decenas de miles.
¡Es el comportamiento, estúpido!: La causalidad siniestral
A la hora de buscar explicaciones aparecerán sin duda complejos factores de índole a) educativa b) social c) técnico-infraestructural y d) psicológica. Primero aclaremos la diferencia entre accidente vial y siniestro vial. Todo accidente es un siniestro, pero no todo siniestro es accidental.
La definición de la RAE del acápite de este articulo lo deja claro. La diferencia fundamental radica en que “un accidente es un suceso fortuito e involuntario, mientras que un siniestro es un evento que genera daños o pérdidas materiales y humanas considerables”. Si un coche desvía violentamente su trayectoria por efecto mecánico o la existencia de un pozo en la calle, podemos hablar de accidente en relación a la responsabilidad del conductor. Y aquí agregamos por diferencia que un siniestro lleva implícita responsabilidad por acción u omisión de los protagonistas, por ineptitud, desconsideración o irresponsabilidad.
El hombre y su circunstancia. El factor psicológico.
La conciencia del riesgo y las herramientas para prevenirlo no provienen casi nunca de la autodeterminación, sino de la presión social del entorno donde le toca vivir al individuo. Manejar no es lo mismo que conducir. Y conducir implica conducirse. Las constantes infracciones a las leyes de tránsito, (algunas gravísimas para el responsable y para terceros) requieren de una doble respuesta, a la vez preventiva y represiva, en el marco de una fuerte sanción social y no solo legal-administrativa. Vamos a ocuparnos aquí en principio solo del factor psicológico, en mi opinión el más gravitante en la serie causal mencionada.
Algunos aspectos de la psicología del conductor son: omnipotencia y agresividad en la conducción por la falta de educación vial y una concepción anárquica e individualista del manejo. También la descarga de tensiones psico-sociales a través de la velocidad y la prepotencia. La desatención del entorno por estar fumando, hablando por celular o con el acompañante, leyendo o realizando cualquier otra tarea mientras el vehículo se desplaza, constituye un factor importante al momento de evaluar causas desencadenantes de colisiones.
Al disminuir la “atención flotante” se pierde registro consiente de cada secuencia percibida, y por lo tanto hay “cosas” que se miran sin ver: a veces el conductor dependiendo solo de los automatismos del manejo y abstraído en preocupaciones diversas, no recuerda cómo y cuándo recorrió un trayecto.
Por otro lado, el estilo del “yo primero y como quiero” crea un tránsito más cercano al espectáculo del “doble de riesgo” de las películas de acción que a una circulación civilizada.
La percepción distorsionada y el retraso de las reacciones por efectos de la ingesta de alcohol, la falta de descanso o cansancio por fatiga laboral, etc. aparecen como causas asociadas cada vez con mayor frecuencia. Hay que considerar también la vivencia de artificialidad o irrealidad que producen las cabinas aisladas o con música estereofónica, creando una suerte de realidad virtual más allá del parabrisas. Y claramente la distracción al usar el teléfono móvil mientras se maneja.
¿Y a mí por qué me miran…?: El peatón y la cultura de la transgresión.
En lo atinente a la responsabilidad de peatón, no es difícil observarlo cruzando por cualquier parte, de espaldas al sentido de circulación del tránsito, mirando al suelo o corriendo en medio de una avenida arrastrando de la mano a varios niños. El peatón suele caminar abstraído dependiente solo de los automatismos motrices, sin mantener atención en cada cruce, distraído y sumido en sus preocupaciones. Además, si bien en general no se desconoce el significado de las señales, no se las respeta en absoluto.
La cultura de la trasgresión se impone por permisividad o consenso del grupo: si una luz roja impide el cruce en la senda peatonal, pero no se ven autos cerca, todos cruzan igual con un criterio pragmático, y esperar la señal blanca hace sentir “ridículo” al que cumple con las reglas. Educación, prevención y sanción, la tríada necesaria para luchar contra prácticas consuetudinarias que alimentan las estadísticas de la siniestralidad y hacen que muchos de los protagonistas del tránsito actual sean peligrosos a cualquier velocidad.
(*) Consultor en RRHH y Psicología del Trabajo.
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