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Cultura 23 de mayo de 2017

Peregrinos

por Héctor Alvarez Castillo

Cerré los ojos y vi una larga fila de seres que avanzaban y retrocedían. Unos hacían una cosa, los otros, lo contrario; un compás sin música los animaba. Y en esa línea que iban trazando coincidían viejos con jóvenes, niños con mujeres, ancianas con doncellas. El movimiento transcurría en silencio, distintos seres en direcciones inversas. Mantenían la mirada hacia ambos lados, pero no observaban ni lo que dejaban atrás ni lo que se anunciaba por delante. Para ellos no existía pasado ni futuro, sólo un surco que esa caminata interminable hacía más profundo, bajo ese ritmo de marcha que no se dejaba oír.

Comencé a caminar al costado de ellos, imitando el paso, ese tempo monocorde que no cesaba. Permanecí al margen de esa serpiente de indefinida e infinita forma. Y al ir acercándome noté que en esa hilera el movimiento era continuo hacia ambos extremos, como si no hubiera diferencia; aunque con mis ojos no divisaba el fin en ninguno de los dos sentidos, como si cada uno se prolongara sin determinación. Más próximo estuve, más tiempo observé el fenómeno, percibí que luego de un lapso algunos variaban el rumbo de sus pasos sin que esto aparejara inconvenientes. Hormigas o abejas disciplinadas no lo hubieran hecho mejor.

Los que iban por el centro eran quienes tendían con mayor naturalidad a fijar la mirada hacia abajo, sin que nada los distrajera. Los laterales infringían, aparentemente, ese orden con visiones hacia afuera, pero nunca hacia delante, nunca hacia atrás.

Me acerqué un poco más. Estaba cansado. No hallaba la razón de lo que me extenuaba y es probable que tampoco me interesara conocerla. Cerré los ojos, el cansancio estaba en mí. Debía aceptarlo.

Me acomodé a la par de ellos, casi rozándolos. En esa cercanía no distinguí el cuerpo de quien estaba a mi lado, apenas sospeché de una figura humana que extraviaba sus contornos, que se tornaba difusa. Se hizo a un lado y me dejó su lugar. Ese espacio se abrió y lo ocupé como si la impronta de una fuerza ciega me llevara hacia él. Seguimos la marcha. No sé hacia dónde, hacia qué dirección me encaminaba; en la larga fila nadie lo sabía.



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